martes, 10 de septiembre de 2013

Capitulo 8

¿Paula? —Está sorprendido de escucharme. Bueno, francamente, estoy sorprendida de llamarlo. Entonces, mi confundido cerebro registra… ¿Cómo sabe que soy yo?
—¿Por qué me enviaste los libros? —digo, formando mal las palabras.
—¿Paula, estás bien? Tu voz suena extraña. —Su voz está llena de preocupación.
—Yo no soy la extraña, tú lo eres —lo acuso. Ahí, eso se lo dice, mi valor alimentado por el alcohol.
—Paula, ¿has estado bebiendo?
—¿Qué te importa?
—Estoy… curioso. ¿Dónde estás?
—En un bar.
—¿Cuál Bar? —Suena exasperado.
—Un bar en Portland.
—¿Cómo regresarás a casa?
—Encontraré una manera. —Esta conversación no está saliendo como esperaba.
—¿En que bar estás?
—¿Por qué me enviaste los libros, Pedro?
—Paula, ¿dónde estás? Dímelo ahora. —Su tono es tan, pero tan dictatorial… como siempre controlador. Me lo imagino como un director de películas antiguas, usando pantalones de montar, sosteniendo un megáfono y una fusta. La imagen me hace reír a carcajadas.
—Eres tan dominante… —Suelto una risita tonta.
—Pau, ayúdame con esto, ¿en dónde diablos estás?
Pedro Alfonso está maldiciendo frente a mí. Me río de nuevo.
—Estoy en Portland… muy lejos de Seattle.
—¿En qué parte de Portland?
—Adiós, Pedro.
—¡Pau!

Cuelgo. ¡Já! Aunque no me dijo nada de los libros. Frunzo el ceño. Misión no cumplida. Estoy realmente borracha, mi cabeza nada incómoda mientras me arrastro en la fila. Bueno, el objetivo del ejercicio era emborracharse. Lo he logrado. Esto es algo como: una experiencia que probablemente no debe ser repetida. La fila se ha movido y ahora es mi turno. Me quedo mirando fijamente el cartel en la parte posterior de la puerta del baño que exalta las virtudes del sexo seguro. Santa mierda, ¿acabo de llamar a Pedro Alfonso? Mierda. Mi teléfono suena y me hace saltar. Grito por la sorpresa.

—Hola —gimo tímidamente al teléfono. No había contado con esto.
—Iré a recogerte —dice y cuelga. Sólo Pedro Alfonso puede sonar tan tranquilo y amenazante al mismo tiempo.

Santa mierda. Subo mis pantalones. Mi corazón late con fuerza. ¿Vendrá a buscarme?
Ay no, me voy a enfermar… no… estoy bien. Espera. Simplemente está jugando con mi cabeza. No le dije en dónde estaba. No puede encontrarme aquí. Además, le tomará horas llegar aquí desde Seattle. Y ya nos habremos ido para entonces. Me lavo las manos y compruebo mi rostro en el espejo. Me veo ruborizada y ligeramente desenfocada. Hmm… Tequila.
Espero en la barra por lo que se siente como una eternidad por la jarra de cerveza y finalmente vuelvo a la mesa.
—Te fuiste por mucho tiempo —me regaña Zai—. ¿Dónde estabas?
—En la fila para ir al baño.
José y Levi están teniendo un acalorado debate acerca de nuestro equipo local de beisbol. José hace una pausa en su sermón para servirnos cerveza a todos y tomo un largo trago.

—Zai , creo que será mejor que salga y tome un poco de aire fresco.
—Pau, eres verdaderamente un peso ligero.
—Serán cinco minutos.
Me abro paso a través de la multitud de nuevo. Estoy comenzando a sentir náuseas, mi cabeza está girando y no tengo mucho equilibrio. Menos equilibro de lo normal.
Tomar el aire fresco en el estacionamiento hace que me cuenta de cuan borracha estoy.
Mi visión se ha visto afectada y realmente estoy viendo doble todas las cosas, al igual que en las viejas repeticiones de los dibujos animados de Tom y Jerry.  Creo que voy a vomitar. ¿Por qué me permití llegar a esto?
—Pau. —José ha llegado—. ¿Estás bien?
—Creo que simplemente he bebido un poquito demás. —Le sonrío débilmente.
—Yo también —murmura, sus oscuros ojos mirándome intensamente—. ¿Necesitas ayuda? —pregunta y da un paso hacia mí, poniendo sus brazos a mi alrededor.
—José estoy bien. Puedo hacerlo. —Intento empujarlo para alejarlo pero es un débil intento.
—Pau, por favor —susurra, y ahora me sostiene en  sus brazos, acercándome más a él.
—José, ¿qué estás haciendo?
—Sabes que me gustas Pau, por favor. —Una de sus manos está en la parte baja de mi espalda apretándome contra él, la otra sobre mi mentón tirando de mi cabeza hacia atrás. Demonios… va a besarme.
—No José, detente, no. —Lo empujo, pero es una pared de músculo duro y no lo puedo mover. Su mano se ha deslizado hacia mi cabello y deja quieta mi cabeza.
—Por favor, Pau, cariña —susurra contra mis labios. Su aliento es suave y demasiado dulce, por las Margaritas y la cerveza. Con suavidad, traza un sendero de besos a lo largo de mi mandíbula hasta la comisura de mis labios. Me siento borracha, fuera de control y con pánico. La sensación es sofocante.
—José, no —suplico. No quiero esto. Eres mi amigo y creo que voy a vomitar.

—Creo que la señorita dijo que no —dice tranquilamente una voz en la oscuridad.
¡Santa Mierda! Pedro Alfonso, está aquí. ¿Cómo? José me libera.
—Alfonso —dice con sequedad. Miro ansiosamente a Pedro. Él está mirando a José con el ceño fruncido. Y está furioso. Mierda. Mi estomago da un tirón y me inclino hacia adelante, mi cuerpo ya no es capaz de tolerar el alcohol y vomito de forma espectacular sobre el suelo.

—Ugh, ¡Dios mío, Paula! —José salta hacia atrás, asqueado. Alfonso recoge mi cabello y lo
saca de la línea de fuego y me conduce con cuidado a un jardín ubicado en el borde del
estacionamiento. Noto, con profunda gratitud, que está relativamente oscuro.
—Si vas a vomitar otra vez, hazlo aquí. Yo te sostendré. —Uno de sus brazos está alrededor de mis hombros, el otro sostiene mi pelo en una improvisada cola de caballo sobre mi espalda dejando mi rostro despejado. Trato de alejarlo pero vomito de nuevo… y otra vez. Oh, mierda, ¿cuánto tiempo iba a durar esto? Aun cuando mi estómago está vacío y ya nada viene, horribles arcadas sacuden mi cuerpo. Prometo en silencio que jamás volveré a beber. Esto es simplemente demasiado horrible como para poder expresarlo en palabras. Finalmente, se detiene.
Mis manos descansan en la pared de ladrillo que bordea el pequeño jardín, apenas
sosteniéndome: vomitar tanto es agotador. Alfonso retira sus manos y me ofrece un
pañuelo. Sólo él tendría un pañuelo de lino recién lavado con las iniciales PTA
grabadas en él. No sabía que todavía se podía comprar uno de estos. Vagamente, mientras me limpio la boca, me pregunto que significa la T. No me atrevo a mirarlo.
Estoy abrumada por la vergüenza, disgustada conmigo misma. Quiero que las azaleas del jardín me traguen y estar en cualquier parte menos aquí.
José continúa rondando la entrada del bar, vigilándonos. Gimo y pongo mi cabeza entre mis manos. Este tiene que ser simplemente el peor momento de mi vida. Mi cabeza sigue a la deriva mientras trato de recordar uno peor —sólo consigo recordar el
rechazo de Pedro— y esto es mucho, mucho más terrible en términos de humillación. Me arriesgo a darle un vistazo. Me está mirando fijamente, su rostro íntegro, sin dejar traslucir nada. Me doy la vuelta y miro a José quien luce muy avergonzado y, al igual que yo, intimidado por Alfonso. Lo fulmino con la mirada.
Tengo unas cuantas cosas que decirle a mi supuesto amigo. Ninguna de las cuales puedo repetir delante del Gerente General Pedro Alfonso. Paula, a quién engañas, acaba de verte vomitar sobre el suelo y la flora local. No hay forma de disfrazar que no sabes comportarte como una dama.

—Ehm... nos vemos adentro —murmura José, pero ambos lo ignoramos y él se escabulle dentro del edificio. Estoy sola con Alfonso. Doble mierda. ¿Qué debería decirle?
Disculparme por la llamada telefónica.
—Lo siento —murmuro, mirando el pañuelo que estoy apretando furiosamente con los dedos. Es tan suave.
—¿Qué es lo que lamentas Paula?
Ah mierda, está exigiendo una explicación.
—La llamada telefónica principalmente, sentirme mal. Ah, la lista es interminable — murmuro, sintiendo como mi piel se sonrojaba. Por favor, por favor ¿puedo morir ahora?
—Todos hemos estado ahí, quizás no tan dramáticamente como tú —dice secamente—. Se trata de conocer tus propios límites, Paula. Quiero decir, estoy a favor de presionar hasta el límite, pero, de verdad, esto es demasiado. ¿Este tipo de comportamiento es un hábito en ti?

La cabeza me zumba por el exceso de alcohol y la irritación ¿Qué demonios tiene que ver esto con él? No lo invité aquí. Suena como un hombre de mediana edad regañándome como si fuera una niña descarriada. Una parte de mí quiere decirle que si quiero emborracharme cada noche como lo hice hoy, entonces es mi decisión y no tenía nada que ver con él, pero no soy lo suficientemente valiente. No ahora que he vomitado frente a él. ¿Por qué sigue aquí?
—No —digo compungida—. Nunca he estado borracha antes y ahora mismo no tengo
deseos de volver a estarlo.
Simplemente no entiendo por qué está aquí. Comienzo a sentirme mareada. Él se da
cuenta, me toma antes de que caiga y me alza en sus brazos, sosteniéndome contra su
pecho como si fuera una niña pequeña.
—Vamos, te llevaré a casa —murmura.
—Tengo que decirle a Zai. —Buen Señor, estoy en sus brazos otra vez.
—Mi hermano puede decirle.
—¿Qué?
—Mi hermano, Elliot, está hablando con la señorita Nara.
—¿De veras? —No lo entiendo.
—Él estaba conmigo cuando llamaste.
—¿En Seattle? —Estoy confundida.
—No, me estoy hospedando en el Heathman
¿Todavía? ¿Por qué?
—Rastreé tu teléfono celular Paula.
Oh, por supuesto que lo hizo. ¿Cómo es posible? ¿Es legal? Acosador, me susurra mi subconsciente a través de la nube de tequila que todavía flota en mi cerebro, pero de alguna manera, porque se trata de él, no me molesta.
—¿Tienes una chaqueta o un bolso?
—Ehm… Sí, vine con ambos. Pedro, por favor, tengo que decirle a Zai. Se preocupará. —Su boca se aprieta en una línea dura y suspira pesadamente.
—Si tienes que hacerlo.
Me pone de pie y, tomando mi mano, me conduce de nuevo dentro del bar. Me siento débil, todavía borracha, avergonzada, exhausta, mortificada y en algún extraño nivel, extremadamente emocionada. Él está tomado mi mano, un despliegue tan confuso de emociones. Necesitaré de al menos una semana para procesarlas todas.
Es ruidoso, está lleno de gente y la música ha comenzado, por lo que hay una gran multitud en la pista de baile. Zai no está en nuestra mesa y José ha desaparecido.
Levi se ve perdido y desamparado estando solo.
—¿Dónde está Zai? —le grito a Levi por encima del ruido. Mi cabeza comienza a palpitar al ritmo del contrabajo.
—Bailando —grita Levi y puedo decir que está enfadado. Está mirando a Pedro suspicazmente.
Me pongo mi chaqueta negra y meto mi pequeño bolso por encima de mi cabeza de
manera que quede en mi cadera. Estoy lista para irme una vez que haya visto a Zai.

—Ella está en la pista de baile. —Toco el brazo de Pedro, me inclino y le grito al oído, rozando su cabello con la nariz, oliendo su aroma limpio y fresco. Ay mi Dios.
Todos esos sentimientos prohibidos y desconocidos que he intentado negar salen a la superficie y corren a través de mi agotado cuerpo. Me sonrojo y en algún lugar muy profundo, mis músculos se contraen deliciosamente.
Él pone los ojos en blanco, toma mi mano de nuevo y me guía hasta la barra.  Es servido inmediatamente. No hay espera para el señor Controlador Alfonso, ¿todo le tiene que llegar tan fácilmente? No puedo escuchar lo que ordena. Me entrega un vaso enorme de agua helada.
—Bebe —me ordena.
Las luces se mueven dando vueltas al compás de la música arrojando extraños colores y sombras al bar y a sus clientes. Él alterna entre verde, azul, blanco y un rojo demoniaco. Me observa con atención. Tomo un sorbo tentativo.
—Bébelo todo —grita para hacerse oír por sobre la música.
Es tan autoritario. Se pasa una mano a través de su cabello rebelde. Se ve frustrado, enojado. ¿Cuál es su problema? Aparte de que una tonta niña ebria lo llame en medio de la noche y él piense que debe rescatarla. Y resulta ser que si debe salvarla de su amigo demasiado amoroso. Y luego la ve vomitando a sus pies. Ay, Pau… ¿Superarás esto alguna vez? Mi subconsciente está chasqueando la lengua y mirándome fijamente por encima de sus anteojos de media luna, figurativamente hablando, claro. Me balanceo un poco y él pone una mano en mi hombro para estabilizarme. Hago lo que se me dice y me tomo el vaso entero. Me hace sentir mareada. Quitándome el vaso de las manos lo coloca en la barra. En medio del desenfoque, le doy un vistazo a lo que lleva puesto; una camisa blanca holgada de lino, pantalones ajustados, zapatillas converse negras y una chaqueta oscura a rayas. Su camisa está desabrochada en la
parte superior y no veo una pizca de pelo. En mi actual estado mental, se ve delicioso.
Toma mi mano una vez más. Santo cielo, me lleva a la pista de baile. Mierda.  Yo no
bailo. Puede sentir mi resistencia y bajo las luces de colores, puedo ver su ligeramente sardónica sonrisa divertida. Le da un tirón a mi mano y estoy de nuevo en sus brazos.
Comienza a moverse, llevándome con él. Caramba, sabe bailar. Y no puedo creer que esté siguiéndolo paso a paso. Quizá sea porque estoy borracha y puedo seguir el ritmo.
Me aprieta con fuerza contra él, su cuerpo contra el mío… Si no me apretara con tanta fuerza, estoy segura de que me desmayaría a sus pies. En el fondo de mi mente, la advertencia que a menudo mi madre me recitaba resuena en mi cabeza: Nunca confíes en un hombre que sabe bailar.

Nos mueve a través de la multitud de bailarines hasta el otro lado de la pista de baile y llegamos junto a Zai y Elliot, el hermano de Pedro. La música martillea con fuerza en mi cabeza. Se me corta la respiración. Zai está haciendo sus movimientos. Baila moviendo su trasero. Y ella sólo lo hace cuando realmente le gusta alguien. Lo que significa que habrá tres de nosotros para el desayuno mañana temprano. ¡ZAI!
Pedro se inclina y le grita a Elliot en el oído. No puedo escuchar lo que dice. Elliot es alto y de hombros anchos, pelo rubio rizado y unos ojos perversamente brillantes.
No puedo decir de qué color son debido al juego de brillantes luces intermitentes.
Elliot sonríe y tira de Zai a sus brazos, en donde ella está más que feliz de estar…
¡Zaira! Incluso en mi estado de ebriedad, me asombra. Acaba de conocerlo. Ella asiente con la cabeza a cualquier cosa que Elliot le esté diciendo, luego me sonríe y me dice adiós con la mano. Pedro nos saca de la pista de baile en un rápido tiempo doble.
Pero nunca llegué a hablar con ella. ¿Está bien? Puedo ver donde terminarán las cosas para ellos dos. Tengo que hacer la charla del sexo seguro. En el fondo de mi mente, espero que lea uno de los carteles en la parte posterior de las puertas de los aseos. Mis pensamientos se estrellan contra mi cerebro, luchando con la difusa sensación de embriaguez. Hace tanto calor aquí, es demasiado ruidoso, colorido, demasiado brillante. Mi cabeza comienza a ir a la deriva, ay no…y puedo sentir el suelo viniendo al encuentro  de mi rostro o al menos así se siente. Lo último que oigo antes de desmayarme en los brazos de Pedro, es su discordante calificativo.
—Mierda.





Comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica y/o @paisbrenda

5 comentarios:

  1. me encantó!!! sentirse tan mal y que te vean en ese estado! qué humillación para Pau! qué bueno que Pepe la cuide! ggracias x subirla es re linda la nove!

    ResponderEliminar
  2. Es tan desconcertante pp..la rechaza..la busca..

    ResponderEliminar
  3. muy bueno el capitulo!! espero que puedas subir más seguido asi no se le pierde el hilo a la historia!!! :D

    ResponderEliminar