sábado, 28 de septiembre de 2013
Capitulo 13
La primera cosa que noto es el olor; cuero, madera y encerado con un cierto aroma cítrico. Es muy agradable, la iluminación es suave y sutil. De hecho no puedo ver la fuente de iluminación, pero está alrededor de la esquina de la sala, emitiendo una brillante luminosidad de tipo ambiental. Las paredes y el techo son de un profundo y oscuro color vino tinto, dándole a la espaciosa habitación un aspecto similar al útero femenino. El piso es de madera antigua barnizada. Hay una gran cruz fijada en la pared frente a la puerta en forma de X. Está hecha de caoba pulida y hay esposas en cada esquina. Por encima, hay una reja de hierro que cuelga del techo. Mide por lo menos unos ocho metros cuadrados y de ella cuelgan todo tipo de cuerdas, cadenas y relucientes grilletes. A cada lado de la puerta se sitúan dos largos mástiles pulidos y finamente tallados como cabezales de una baranda pero más largos, cuelgan como cortinas a través de la pared. De ellos, cuelgan un asombroso surtido de paletas, látigos, fustas e implementos plumosos de aspecto gracioso.
Al lado de la puerta hay un baúl de caoba con cajones de tamaño considerable, cada cajón es prácticamente minúsculo, como si estuvieran diseñados para contener ejemplares de un viejo museo bohemio. Me pregunto, brevemente, cuál será realmente el contenido de los cajones. ¿Quiero saber? En el rincón más alejado hay una banqueta de cuero acolchada de color granate y justo al lado, está fijado a la pared un estante de madera pulida que luce como una base para sostener palos de billar, pero en una inspección más cercana, me doy cuenta que sostiene bastones de diferentes longitudes y anchos. En la esquina opuesta hay una sólida mesa de seis metros —de madera pulida y patas intrincadamente talladas— y dos taburetes a juego por debajo.
Pero lo que domina la habitación es la cama. Es más grande incluso que el tamaño extra-grande, de estilo rococó, elaboradamente tallada con cuatro postes y una cima plana. Parece de finales del siglo XIX. Bajo el dosel, puedo ver más cadenas y relucientes manguitos. No hay ropa de cama… sólo un colchón cubierto de cuero y rojos cojines de satén apilados en un extremo.
A los pies de la cama, a unos cuantos metros, hay un sofá tapizado en granate, justo en medio de la habitación, de cara a la cama. Una extraña disposición… tener un sofá frente a la cama y me sonrío a mí misma: elijo decir que el sofá es extraño cuando en realidad, es la pieza más mundana entre todo el mobiliario de la habitación.
Miro hacia arriba y me quedo mirando el techo. Hay mosquetones recubriéndolo a intervalos impares. Vagamente, me pregunto para qué son. Extrañamente, toda la madera, paredes oscuras, débil iluminación y tapicería de cuero granate le dan a la habitación algo de suavidad y romanticismo… aunque sé que es todo menos eso. Pero creo que esta es la versión suave y romántica de Pedro.
Me volteo. Él está contemplándome atentamente como sabía que estaría haciéndolo, su expresión es totalmente ilegible. Me adentro aún más en la habitación y él me sigue.
La cosa con plumas me ha intrigado. La toco vacilante. Es gamuza, como un pequeño gato de nueve colas, pero más espesa. En los extremos tiene cuentas de plástico pequeñitas.
—Se llama flogger. —La voz de Pedro es suave y silenciosa.
Un flogger… Hmm. Creo que estoy conmocionada. Mi subconsciente ha emigrado, se ha quedado mudo o simplemente se desplomo y pereció. Estoy entumecida. Puedo observar y asimilar, pero no puedo expresar mis sentimientos, porque estoy conmocionada. ¿Cuál es la respuesta adecuada al encontrar en un amante potencial a un completo sádico o masoquista? Miedo… Sí… Ese parece ser el sentimiento más preocupante. Lo reconozco ahora. Pero extrañamente, no temo de él. No creo que él vaya a lastimarme, bueno, no sin mi consentimiento. Por lo que un montón de preguntas nublan mi mente. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con qué frecuencia? ¿Con quién? Me acerco a la cama y recorro con mis manos uno de los postes de madera tallada. El mástil es muy sólido, una excepcional artesanía.
—Di algo —ordena Pedro, su voz es engañosamente suave.
—¿Le haces esto a la gente o ellos te lo hacen a ti?
Su boca se levanta en una sonrisa torcida, con diversión o quizás alivio.
—¿Gente? —Parpadea un par de veces como si considerara su respuesta—. Le hago esto a las mujeres que me desean.
No entiendo.
—Si tienes voluntarias más que dispuestas ¿Por qué estoy aquí?
—Porque quiero hacer esto contigo, muchísimo.
—Ah. —Se me corta la respiración. ¿Por qué?
Deambulo hasta la esquina más alejada de la habitación, acaricio el talle superior de la banqueta acolchada y deslizo mis dedos sobre el cuero. Le gusta hacer daño a las mujeres.
El pensamiento me deprime.
—¿Eres un sádico?
—Soy un Dominante. —Sus ojos son de un gris abrasador, intensos.
—¿Qué significa eso? —susurro.
—Significa que quiero que voluntariamente te entregues a mí, en todas las cosas.
Frunzo el ceño mientras intento asimilar la idea.
—¿Por qué lo haría?
—Para complacerme —susurra mientras ladea la cabeza hacia un lado y veo el fantasma de una sonrisa.
¡Complacerlo! ¡Él quiere que yo lo complazca! Creo que incluso mi boca se abre. Complacer a Pedro Alfonso.
Y me doy cuanta en ese momento, que sí, eso es exactamente lo que quiero. Quiero que esté condenadamente encantado conmigo. Es una revelación.
—En términos muy simples, deseo que quieras complacerme —dice en voz baja. Su voz es hipnótica.
—¿Y cómo lo hago? —Tengo la boca seca y deseo beber más vino. De acuerdo, entiendo la parte de complacer pero, ¿en dónde encaja este agradable cuartito de torturas isabelino? ¿Quiero saber la respuesta?
—Tengo reglas y quiero que las acates. Están hechas para mi placer y tu beneficio. Si sigues estas reglas hechas para mi satisfacción, te recompensaré. Si no lo haces, te castigaré y así aprenderás —susurra y le doy un vistazo al estante de bastones en cuanto lo dice.
—¿Y en dónde encaja todo esto? —Muevo mi mano abarcando toda la habitación.
—Todo esto es parte del paquete de incentivos. Tanto recompensa como castigo.
—Así que obtendrás gozo por ejercer tu voluntad sobre mí.
—Se trata de ganar tu confianza y respeto, por eso me dejarás ejercer mi voluntad sobre ti. Obtendré un gran placer, dicha, debido a tu sumisión. Mientras mayor sea tu sumisión, mayor será mi dicha, es una ecuación muy simple.
—Bueno, ¿y qué obtendré yo de esto?
Él se encoge de hombros, casi en modo de disculpas.
—A mi —dice con sencillez.
Por Dios. Pedro desliza una mano entre su cabello cuando me mira.
—No estarás regalando nada, Paula, serás retribuida —murmura exasperado—. Bajemos las escaleras a donde pueda concentrarme mejor. Es una gran distracción tenerte aquí. —Me extiende su mano, la cual ahora estoy reacia a tomar.
Zai había dicho que era peligroso y estaba tan en lo cierto. ¿Cómo lo sabía? Él es peligroso para mi salud porque sé que diré que sí. Y parte de mí no quiere. Parte de mí quiere salir corriendo, dando gritos, de esta habitación y lo que representa. Estoy tan sobrepasada por la situación, fuera de lugar.
—No voy a hacerte daño, Paula—. Sus ojos grises imploran y sé que dice la verdad. Tomo su mano y entonces, me conduce fuera de la habitación.
—Si haces esto, entonces déjame enseñarte. —En vez de bajar las escaleras, gira a la derecha de la “Sala de juegos”, como él mismo le llama y bajamos por un corredor.
Pasamos varias puertas hasta que nos detenemos en la última. Más allá de ella hay un dormitorio con una cama extra grande, todo en blanco… todo: muebles, paredes, ropa de cama. Es estéril y fría, pero con la vista más gloriosa de Seattle a través de la pared de vidrio.
—Esta será tu habitación. Puedes decorarla como quieras, tener lo que quieras aquí.
—¿Mi habitación? ¿Esperas que me mude? —No puedo ocultar el horror en mi voz.
—No a tiempo completo. Sólo por ejemplo, desde el viernes por la noche hasta el domingo. Tenemos que hablar todo eso, negociar. Si quieres hacer esto —añade, su voz es calmada y titubeante.
—¿Dormiré aquí?
—Sí.
—No contigo.
—No. Ya te lo dije, no duermo con nadie, excepto tú, cuando estás aturdida el trago.
—En sus ojos hay reprimenda.
Juntos mis labios en una dura línea. Esto es lo que no puedo conciliar. El amable y bondadoso Pedro, que me rescata de la embriaguez y me sostiene gentilmente mientras vomito en las azaleas con el monstruo que posee cadenas y látigos en una habitación especial.
—¿Dónde duermes tú?
—Mi habitación está abajo. Ven, debes tener hambre.
—Extrañamente, parece que he perdido el apetito —murmuro con petulancia.
—Tienes que comer, Paula —me reprende y tomando mi mano, me conduce hacia abajo.
De vuelta a la imposiblemente gran sala, me lleno de profunda inquietud. Estoy en el borde de un precipicio y tengo que decidir si salto o no.
—Estoy plenamente consciente de que es un sendero oscuro por el que te estoy conduciendo, Paula, por lo que realmente quiero que pienses en esto. Debes tener algunas preguntas —dice mientras se pasea por la zona de la cocina, liberando mi mano.
Las tengo. Pero, ¿por dónde empezar?
—Has firmado un CDC. Puedes preguntarme lo que quieras y contestaré.
Me quedo de pie delante de la barra del desayuno, observándolo mientras abre el refrigerador y saca un plato con diferentes quesos y dos grandes racimos de uvas rojas y verdes. Lo pone en la encimera y procede a rebanar una barra de pan francés.
—Siéntate. —Señala uno de los taburetes de la barra de desayuno y obedezco sus órdenes. Si voy a hacer esto, voy a tener acostumbrarme a ello. Me doy cuenta que de que él ha sido así de mandón desde que lo conocí.
—Mencionaste un documento.
—Sí.
—¿Qué documento es ese?
—Bueno, aparte del CDC hay un documento que dice lo que haremos y lo que no. Tengo que conocer tus límites y tú tienes que conocer los míos. Esto es consensual, Paula.
—¿Y si no quiero hacer esto?
—No habría problema —dice con cuidado.
—Pero ¿no tendríamos ningún tipo de relación? —pregunto.
—No.
—¿Por qué?
—Este es el único tipo de relación en la que estoy interesado.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros.
—Es mi manera de ser.
—¿Cómo te volviste de esta manera?
—¿Por qué cualquiera es de la forma que es? Eso es algo difícil de responder ¿Por qué algunas personas adoran el queso y otras lo odian? ¿Te gusta el queso? La señora Jones, mi ama de llaves, ha dejado esto para cenar. —Toma algunos platos grandes de color blanco de un armario y pone uno frente a mí.
Estamos hablando de queso… Mierda santa.
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