martes, 15 de octubre de 2013

Capitulo 18



La luz llena la habitación, persuadiéndome desde el sueño profundo a la vigilia. Me estiro y abro los ojos. Es una hermosa mañana de mayo, con Seattle a mis pies. Vaya, qué vista. A mi lado, Pedro Alfonso está profundamente dormido. Vaya, qué vista.
Me sorprende que todavía esté en la cama. Está frente a mí y tengo una oportunidad sin precedentes para estudiarlo. Su hermoso rostro parece más joven, relajado en el sueño. Sus esculpidos labios carnosos están separados un poco y su cabello brillante y claro es un desastre glorioso. ¿Cómo podría alguien verse así de bien y aún así ser legal? Recuerdo su habitación de arriba... a lo mejor no es legal.
Niego con la cabeza, es mucho para pensar. Es tentador estirarse y tocarlo, pero como un niño pequeño, es
tan adorable cuando está dormido. No tengo que preocuparme de lo que voy a decir, de lo que va a decir, qué planes tiene, sobre todo sus planes para mí.
Podría mirarlo todo el día, pero tengo necesidades… necesidades de cuarto de baño.
Deslizándome de la cama, encuentro su camisa blanca en el suelo y me la pongo.
Camino a través de una puerta pensando que podría ser el cuarto de baño, pero estoy en un inmenso clóset tan grande como mi dormitorio. Filas y filas de trajes caros, camisas, zapatos y corbatas. ¿Cómo puede alguien necesitar esta cantidad de ropa?
Hago un gesto de desaprobación. En realidad, el armario de Zai probablemente compita con esto. ¡Zaira! Oh, no. No pensé en ella toda la noche. Se suponía que le escribiría. Mierda. Voy a estar en problemas. Me pregunto brevemente cómo lo está pasando con Elliot.
Volviendo a la habitación, Pedro sigue durmiendo. Intento la otra puerta. Es el cuarto de baño y es más grande que mi dormitorio. ¿Por qué un hombre solo necesita tanto espacio? Dos lavabos, me doy cuenta con ironía. Teniendo en cuenta que no se acuesta con nadie, uno de ellos no puede haber sido utilizado.
Me miro en el espejo gigante por encima de los lavabos. ¿Me veo diferente? Me siento diferente. Me siento un poco dolorida, si soy honesta y mis músculos… Caray, es como si nunca hubiera hecho ningún ejercicio en mi vida. No has hecho ningún ejercicio en tu vida, mi subconsciente se ha despertado. Ella me mira con los labios fruncidos, dando golpecitos con el pie.
Así que acabas de dormir con él, le diste tu virginidad a un hombre que no te ama. De hecho, tiene ideas muy extrañas acerca de ti, quiere hacerte una especie de esclava sexual y perversa. 
¡¿Estás loca?! Me está gritando.
Me estremezco cuando me miro en el espejo. Voy a tener que procesar todo esto.
Sinceramente, fantasear con enamorarse de un hombre que es más que hermoso, más rico que Croesus y tiene un Salón Rojo del Dolor esperando por mí. Me estremezco.
Estoy desconcertada y confundida. Mi cabello está en su propia rebeldía de costumbre. El cabello de acabo de follar no me sienta. Trato de poner orden al caos con mis dedos, pero fallo miserablemente y me rindo; tal vez encontraré cintas para el cabello en mi bolso.
Me muero de hambre. Me dirijo de nuevo hacia el dormitorio. El Bello Durmiente sigue durmiendo, así que lo dejo y me dirijo a la cocina.

Oh, no... Zai. Dejé mi bolso en el estudio de Pedro. Lo busco y alcanzo mi teléfono celular. Tres mensajes de texto.
*Stas Bn Pau*
*Dónde stas Paauu*
*Maldición, PAULA*

Llamo a Za. Cuando no contesta, le dejo un mensaje rastrero para decirle que estoy viva y no he sucumbido a Barba Azul, bueno, no en el sentido que ella se preocuparía; o tal vez yo lo he hecho. Oh, esto es muy confuso. Tengo que tratar de clasificar y analizar mis sentimientos por Pedro Alfonso. Es una tarea imposible. Niego con la cabeza.
Necesito tiempo a solas, lejos de aquí para poder pensar.
Encuentro dos cintas para el cabello al mismo tiempo en mi bolso y rápidamente ato mi cabello en coletas. ¡Sí! Cuanto más femenina me vea, tal vez más segura estaré de Barba Azul.
Saco mi iPod del bolso y conecto los auriculares. No hay nada como la música para cocinar. Lo guardo en el bolsillo de la camisa de Pedro, encendiéndolo a todo volumen y comienzo a bailar.
Santos infiernos, tengo hambre.
Estoy intimidada por su cocina. Es muy elegante, moderna y ninguno de los armarios tiene asideros. Me toma unos segundos para deducir que tengo que empujar las puertas del armario para abrirlos. Tal vez debería hacerle el desayuno a Pedro.
Estaba comiendo un omelet el otro día... uhm, ayer en el Heathman.
Vaya, han pasado muchas cosas desde entonces.
Reviso en la nevera, donde hay un montón de huevos y decido que quiero panqueques y tocino. Estoy haciendo un poco de masa, bailando a mi manera alrededor de la cocina.
Estar ocupada es bueno. Me permite un poco de tiempo para pensar, pero no demasiado profundamente. La música a todo volumen en mis oídos también ayuda a evitar los pensamientos profundos. He venido aquí a pasar la noche en la cama de Pedro Alfonso y lo logré, a pesar de que no permite a nadie en su cama.

Sonrío, misión cumplida. A lo grande. Sonrío. Grande, a lo grande y me distraigo por el
recuerdo de la noche anterior.
Sus palabras, su cuerpo mientras me hace el amor...
Cierro los ojos mientras mi cuerpo zumba ante el recuerdo y mis músculos se contraen deliciosa y profundamente en mi vientre. Mi subconsciente me frunce el ceño... mierda, no hacer el amor me grita como una arpía. La ignoro, pero en el fondo, sé que ella tiene un punto. Niego con la cabeza para concentrarme en la tarea a mano.
Hay una extensa cocina estilizada. Creo que le tomo el truco a esto. Necesito un lugar para mantener los panqueques calientes y me pongo con el tocino. Amy Studt está cantando en mi oído acerca de inadaptados. Esta canción solía significar mucho para mí, porque soy una inadaptada social. Nunca he encajado en ningún lugar y ahora... tengo una propuesta indecente a considerar desde el propio Rey de los Inadaptados.
¿Por qué es así? ¿De naturaleza o de crianza? Es tan ajeno a todo lo que sé.
Pongo el tocino en la parrilla y mientras se cocina, bato algunos huevos.
Me giro y Pedro está sentado en uno de los taburetes de la barra en el mostrador del desayuno, apoyándose en ella, su rostro apoyado en sus manos. Todavía está vistiendo la camiseta con la que durmió. El cabello de acabo de follar realmente, en serio le sienta, al igual que su barba naciente.
Se ve a la vez divertido y perplejo. Me quedo paralizada, ruborizada, luego me recobro y quito los auriculares de mis oídos, mis rodillas se tambalean a la vista de él.

―Buenos días, señorita Chaves. Está con mucha energía esta mañana ―dice secamente.
―Dormí bien ―tartamudeo mi explicación. Sus labios intentan disimular su sonrisa.
―No puedo imaginar por qué. ―Hace una pausa y frunce el ceño―. Yo también, después de que regresé a la cama.
―¿Tienes hambre?
―Mucha ―dice con una mirada intensa y no creo que se esté refiriendo a la comida.
―¿Panqueques, tocino y huevos?
―Suena muy bien.
―No sé donde guardas tus manteles. ―Me encojo de hombros, tratando desesperadamente de no parecer nerviosa.
―Yo haré eso. Tú cocina. ¿Quieres que ponga algo de música para que puedas continuar con tu... err... baile?
Miro abajo hacia mis dedos, sabiendo que estoy volviéndome de un pardo rojizo.
―Por favor, no te detengas por mí. Es muy entretenido. ―Su tono es uno de diversión irónica.

Frunzo mis labios. Entretenido, ¿eh? Mi subconsciente se ha reído de mí el doble. Me doy vuelta y continúo batiendo los huevos, probablemente batiéndolos un poco más duro de lo que necesitan.
En un momento, él está a mi lado. Tira suavemente de mi coleta.
―Me encantan estas ―susurra―. No te van a proteger. ―Hmm, Barba Azul…
―¿Cómo te gustan los huevos? ―le pregunto con aspereza. Él sonríe.
―Completamente batidos y golpeados. ―Sonríe.
Me dirijo de nuevo a la tarea en cuestión, tratando de ocultar mi sonrisa. Es difícil estar enojada por eso. Especialmente cuando está siendo tan inusualmente juguetón.
Abre un cajón y saca dos manteles para colocar en la barra del desayuno. Vierto la mezcla de huevos en una cacerola, saco el tocino, lo giro sobre ella y lo pongo de nuevo en la parrilla.
Cuando me vuelvo del todo, hay jugo de naranja sobre la mesa y está haciendo el café.
―¿Quieres un poco de té?
―Sí, por favor. Si tienes un poco.
Encuentro un par de platos y los coloco en la bandeja de calentamiento de la cocina. Pedro llega a un armario y saca algo de té Twining Breakfast Inglés. Frunzo mis labios.
―Soy una conclusión inevitable, ¿no es cierto?
―¿Lo eres? No estoy seguro de que hayamos concluido nada, señorita Chaves ―murmura.
¿Qué quiere decir con eso? ¿Nuestras negociaciones? ¿Nuestra, err... relación... sea lo que sea?
Sigue siendo tan críptico. Sirvo el desayuno caliente en los platos y los pongo sobre los manteles. Rebusco en el refrigerador y encuentro un poco de jarabe de arce.
Echo un vistazo a Pedro y él me está esperando para sentarse.
―Señorita Chaves. ―Hace un gesto a uno de los taburetes de la barra.
―Señor Alfonso. ―Asiento en reconocimiento. Me subo y hago una ligera mueca de dolor cuando me siento.
―¿Qué tan dolorida estás? ―pregunta mientras se sienta. Sus ojos grises se oscurecen.
Me sonrojo. ¿Por qué hace preguntas tan personales?
―Bueno, para ser sincera, no tengo nada con que comparar esto ―le espeto―. ¿Desea ofrecer su conmiseración? ―pregunto, demasiado dulce. Creo que está tratando de reprimir una sonrisa, pero no puedo estar segura.
―No. Me preguntaba si deberíamos continuar con tu entrenamiento básico.
―Oh. ―Lo miro atónita mientras dejo de respirar y todo dentro de mí se aprieta.
Ooh... eso es tan agradable. Suprimo mi gruñido.
―Come, Paula. ―Mi apetito se ha vuelto incierto otra vez... más... más sexo... sí, por favor.
―Esto es delicioso, por cierto. ―Me sonríe.
Pruebo un bocado del omelet pero apenas puedo saborearlo. ¡Entrenamiento básico!
Quiero follar tu boca. ¿Eso forma parte del entrenamiento básico?
―Deja de morderte el labio. Es muy distractor y resulta que sé que no estás usando nada debajo de mi camisa, lo que lo hace aún más distractor ―gruñe.
Mojo mi bolsita de té en el pequeño tarro que Pedro me ha proporcionado. Mi mente está en un torbellino.
―¿Qué tipo de entrenamiento básico tienes en mente? ―pregunto, mi voz es también ligeramente alta, traicionando mi deseo de sonar tan desinteresada, natural y calmada como puedo con mis hormonas causando estragos a través de mi cuerpo.
―Bueno, como estás dolorida, creo que podríamos continuar con habilidades orales.
Me ahogo con mi té y lo observo con los ojos abiertos y ampliándose más. Me palmea delicadamente la espalda y me pasa jugo de naranja. No puedo decir lo que está pensando.
―Eso si quieres quedarte ―agrega. Levanto la mirada hacia él, intentando recuperar mi equilibrio. Su expresión es ilegible. Es tan frustrante.
―Me gustaría quedarme por hoy. Si eso está bien. Tengo que trabajar mañana.
―¿A qué hora tienes que estar en el trabajo mañana?
―Nueve.
―Te llevaré al trabajo a las nueve mañana.
Frunzo el ceño. ¿Acaso él quiere que me quede otra noche?
―Necesito ir a casa esta noche, necesito ropas limpias.
―Puedo conseguirte algunas aquí.
No tengo dinero de sobra para gastar en ropa.
Su mano sube y sostiene mi barbilla, tirando de ella para que mi labio sea liberado del agarre de mis dientes. No me había dado cuenta de que estaba mordiendo mi labio.
―¿Qué pasa? ―pregunta.
—Necesito estar en casa esta tarde.
Su boca es una dura línea.
—Bien, esta tarde. ―Está de acuerdo―. Ahora come tu desayuno.
Mis pensamientos y mi estómago están en un torbellino. Mi apetito se ha desvanecido.
Observo mi desayuno a mitad de comer. Simplemente no tengo hambre.
―Come, Paula. No comiste anoche.
―Realmente no tengo hambre ―susurro.
Sus ojos se angostan.
―Realmente me gustaría que terminaras tu desayuno.
―¿Qué tienes con la comida? ―espeto. Su frente se arruga.
―Te lo dije, tengo problemas con la comida desperdiciada. Come ―chasquea. Sus ojos están oscuros, afligidos.
Santa Mierda. ¿De qué se trata? Recojo mi tenedor y como lentamente, intentando masticar. Debo recordar no poner mucho en mi plato si se va a poner raro con la comida. Su expresión se suaviza cuando cuidadosamente me termino mi desayuno.
Noto que recoge su plato. Espera a que termine y recoge mi plato.
―Tu cocinaste, yo recojo.
―Eso es muy democrático.
―Sí. ―Frunce el ceño―. No es mi estilo habitual. Después de que termine esto, tomaremos un baño.
―Oh, de acuerdo. ―Oh mi… Preferiría tomar una ducha. Mi celular suena,interrumpiendo mi ensueño. Es Zai.
―Hola. ―Vago hacia las puertas de vidrio del balcón, lejos de él.
―Pau, ¿por qué no me mandaste un mensaje de texto anoche? ―Está enojada.
―Lo siento, fui sobrepasada por los acontecimientos.
―¿Estás bien?
―Sí, estoy bien.
―¿Lo hicieron? ―Está pescando información. Pongo mis ojos en blanco con laexpectación en su voz.
―Zai, no hablaré de esto por teléfono. ―Pedro me mira.
―Lo hicieron… puedo notarlo.
¿Cómo puede notarlo? Está fanfarroneando y no puedo hablar sobre esto. Firmé un maldito acuerdo.
―Zai, por favor.
―¿Cómo fue? ¿Estás bien?
―Te dije que estoy bien.
―¿Fue cuidadoso?
―¡Zaira, por favor! ―No puedo ocultar mi exasperación.
―Paula, no lo ocultes de mí, he estado esperando este día por casi cuatro años.
―Te veré en la tarde. ―Cuelgo.

Este va a ser un cuadrado difícil de circular. Es tan tenaz y quiere saber, en detalle y no le puedo contar porque he firmado un… ¿cómo se llamaba? CDC. Ella va a enloquecer y con razón. Necesito un plan. Vuelvo la cabeza para ver a Pedro moverse con elegancia en su cocina.
―¿El CDC cubre todo? ―pregunto cautelosamente.
―¿Por qué? ―Se gira y me mira mientras guarda los Twinings. Me sonrojo.
―Bueno, tengo algunas preguntas, tu sabes, sobre sexo. ―Bajo la mirada hacia mis dedos―. Y me gustaría preguntarle a Zai.
―Puedes preguntarme a mí.
―Pedro, con el debido respeto. ―Mi voz se desvanece. No puedo preguntarte a ti. Obtendré tu predispuesta, perversa como-el-infierno, distorsionada visión del mundo en cuanto al sexo. Quiero una opinión imparcial―. Es sólo sobre aspectos prácticos. No mencionaré el Salón Rojo del Dolor.
Él levanta sus cejas.
―¿Salón Rojo del Dolor? Es más sobre placer, Paula. Créeme ―dice él―.Además ―su tono se endurece―, tu compañera de cuarto está haciendo la bestia de dos espaldas (Tener relaciones sexuales) con mi hermano. Realmente preferiría que no lo hicieras.
 ―¿Tu familia sabe sobre tu… preferencia?
―No. No es asunto suyo. ―Deambula hacia mí hasta que está parado frente a mí.―¿Qué quieres saber? ―pregunta y levantando sus manos recorre desde mi mejilla hacia mi barbilla suavemente con sus dedos, inclinando mi cabeza hacia atrás para poder verme directamente a los ojos.
Me retuerzo por dentro. No puedo mentirle a este hombre.
―Nada específico por el momento ―susurro.
―Bueno, podemos empezar con: ¿cómo estuvo anoche para ti? ―Sus ojos queman, llenos de curiosidad. Está ansioso por saber. Wow.
―Bien ―murmuro.
Sus labios se levantan ligeramente
―Para mí también ―él murmura―. Nunca había tenido sexo vainilla antes. Hay mucho que decir de eso. Pero claro, tal vez es por ti. ―Mueve su pulgar a través de mi labio inferior.
Inhalo fuertemente. ¿Sexo vainilla?
―Ven, vamos a darnos un baño. ―Se inclina y me besa. Mi corazón da un brinco y el deseo se desliza demasiado abajo… demasiado ahí abajo.
La tina es una piedra blanca, profunda, de forma ovoide, muy diseñada. Pedro se inclina y la llena desde la llave en la pared de azulejos. Vierte un aceite de baño con aspecto caro dentro del agua. Hace espuma mientras la tina se llena, huele a dulce y sensual jazmín. Se pone de pie y me observa, sus ojos oscurecidos, luego se quita su camiseta y la arroja al suelo.


sábado, 12 de octubre de 2013

Capitulo 17



Todavía estoy jadeando, tratando de aminorar mi respiración, mi corazón desbocado y mis pensamientos están desenfrenados. Guao... eso fue asombroso. Abro los ojos y tiene su frente apretada contra la mía, sus ojos cerrados, su respiración entrecortada. 
Los ojos de Pedro parpadean abriéndose y me miran, sombríos pero suaves. 
Todavía está dentro de mí. Inclinándose,  presiona suavemente un beso en mi frente y luego, lentamente, se retira de mí. 
—Oh. —Me estremezco con la falta de familiaridad. 
 —¿Te lastimé? —pregunta Pedro mientras se acuesta a mi lado, recostado sobre un codo. Se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Y tengo que sonreír, ampliamente. 
 —¿Me estas preguntando si me heriste? 
—No he perdido la ironía —sonríe sardónicamente—. De verdad, ¿estás bien? —Sus ojos son intensos, minuciosos, exigentes incluso. 
Me tiendo a su lado, sintiéndome despejada, mis huesos como la mermelada, pero estoy relajada, profundamente relajada. Le sonrío. No puedo dejar de sonreír. Ahora sé por qué tanto alboroto. Dos orgasmos… llegando al tope, como una lavadora en centrifugado, wow. No tenía idea de lo que mi cuerpo era capaz de hacer, podía ser enrollado con tanta fuerza y liberado con tanta violencia,  tan gratificante. El placer era indescriptible. 
 —Estas mordiéndote el labio y no me has respondido. —Tiene el ceño fruncido. Le sonrío con picardía. Luce glorioso con su pelo alborotado, sus ojos grises ardientes y la expresión seria y oscura. 
 —Me gustaría hacer eso de nuevo —susurro. Por un momento, pienso que veo una mirada fugaz de alivio en su rostro antes de que las persianas bajen y  me mira con los ojos entornados. 
 —¿Lo harías ahora, señorita Chaves? —murmura secamente. Se inclina y me besa gentilmente en la esquina de mi boca—.  No exiges pequeñas cosas. Voltéate. 
Parpadeo en su dirección momentáneamente y me volteo.  Me desabrocha el sujetador y  pasa su mano de la espalda a mi trasero. 

—De verdad tienes la piel más bella —murmura. Se mueve hasta que una de sus piernas está entre las mías y esta acostado a medias en mi espalda. Puedo sentir los botones de su camisa presionándome mientras recoge mi cabello y besa mi hombro desnudo. 
—¿Por qué estas usando tu camisa? —pregunto. Él se queda quieto. Después de un latido, se quita la camisa y se acuesta sobre mí. Siento su cálida piel contra la mía. 
Mmmm… se siente celestial.  Tiene una fina capa de pelo en el pecho que me hace cosquillas en la espalda. 
 —Entonces, ¿quieres que te folle otra vez? —me susurra en el oído y comienza a dejar un rastro de suaves y delicados besos alrededor de mi oído y bajando por mi cuello. 
Sus manos bajan, rozando mi cintura, encima de mi cadera y abajo de mi muslo a la parte de atrás de mi rodilla. Empuja mi rodilla más arriba y mi aliento se dificulta... 
¡Oh! ¿qué está haciendo ahora? Se mueve para estar entre mis piernas, presionándose contra mi espalda y su mano se desplaza desde mi muslo hasta mi trasero.  Me acaricia el glúteo lentamente y luego arrastra los dedos por entre mis piernas. 
—Te voy a tomar desde atrás, Paula —murmura y con su otra mano sujeta mi pelo por la nuca en un puño y tira suavemente,  manteniéndome en posición. No puedo mover la cabeza. Estoy maniatada por debajo de él, impotente. 
 —Eres mía —susurra—. Solo mía. No lo olvides. —Su voz es intoxicante, sus palabras emocionantes y seductoras.  Siento su erección creciendo contra mi muslo. 
Sus largos dedos se desplazan para masajear suavemente mi clítoris, dando vueltas lentamente. Surespiración es suave contra mi cara mientras lentamente me pellizca a lo largo de mi mandíbula. 
—Hueles divino —me acaricia detrás de la oreja. Su mano se frota contra mí, dando vueltas y vueltas. Acto reflejo, mis caderas comienzan a circular, imitando su mano, mientras el insoportable placer despunta a través de mi sangre como adrenalina. 

 —Quédate quieta —me ordena, su voz suave pero urgida y lentamente introduce su pulgar dentro de mí, girándolo en vueltas y vueltas, acariciando la pared frontal de mi  vagina. El efecto es alucinante, toda mi energía se concentra en este espacio  pequeño dentro de mi cuerpo. Gimo. 
—¿Te gusta? —pregunta suavemente, sus dientes tomando mi oreja y comienza a  flexionar el dedo lentamente, adentro, afuera, adentro, afuera... sus dedos siguen dando vueltas.

Cierro mis ojos, tratando de mantener mi respiración bajo control, tratando de absorber las caóticas sensaciones desordenadas a las que sus dedos dan rienda suelta, el fuego atravesando mi cuerpo. Gimo de nuevo.
—Estas muy mojada, tan rápido. Tan entusiasta, Oh, Paula, me gusta eso. Me gusta mucho —susurra. 

Quiero endurecer mis piernas pero no me puedo mover. Me está inmovilizando, manteniendo una constante, el ritmo lento y tortuoso. Es absolutamente exquisito. 
Gimo de nuevo y se mueve de repente. 
 —Abre tu boca —ordena y mete su dedo en mi boca. Mis ojos se abren, parpadeando salvajemente. —Prueba como sabes —respira contra mi oído—. Chúpame, cariño. —Su pulgar se presiona contra mi lengua y mi boca se cierra alrededor de él, succionándolo salvajemente. Pruebo la salinidad en su pulgar y el sabor metálico de la sangre. 
Santa mierda. Esto está mal, pero santos infiernos, es erótico. 
 —Quiero follarte la boca, Paula y lo haré pronto — su voz es ronca, cruda, su respiración más inconexa. 

 ¡Follarme la boca! Gimo y lo muerdo. Él jadea y  me tira el pelo más fuerte, con dolor, así que lo libero. 
—Mi atrevida y dulce chica —susurra y  luego alcanza la mesa de noche para conseguir un paquete plateado—. Quédate tranquila, no te muevas —me ordena mientras libera mi cabello. 
Rompe el papel mientras respiro con dificultad, la sangre zumbando en mis venas. La anticipación es estimulante. Se inclina hacia abajo, su peso sobre mí y me agarra del cabello manteniendo mi cabeza inmóvil. No me puedo mover. Estoy seductoramente atrapada por él, preparada y lista para que me tome otra vez. 
 —Vamos a hacerlo de verdad, despacio esta vez, Paula —resopla. 
Y poco a poco se acomoda en mí, poco a poco, lentamente, hasta que está enterrado en mí. Estirándose, llenándome, implacable. Gimo ruidosamente. Se siente más profundo esta vez, delicioso. Gimo otra vez y deliberadamente hace circular sus caderas y retrocede, se pausa un segundo y luego vuelve a entrar. Repite esto una y otra vez. Me está volviendo loca, sus embestidas juguetonas, deliberadamente lentas y 
la sensación de plenitud intermitente es abrumadora.

—Te sientes tan bien —gime y mis entrañas comienzan a temblar. Se retira y espera—. Oh, no, nena, todavía no —murmura y cuando el temblor cesa, comienza el  delicioso proceso de nuevo. 
 —Oh, por favor —suplico. No estoy segura de que pueda soportarlo más. Mi cuerpo esta aprisionado, ansiando la liberación. 
—Quiero que te duela, cariño —murmura y continua su dulce  tormento, sin prisa, hacia atrás, hacia adelante—. Cada vez que te muevas mañana, quiero que recuerdes que he estado aquí. Sólo yo. Eres mía. 
 Gimo. 
—Por favor, Pedro —susurro. 
—¿Qué quieres, Paula? Dime.
Gimo de nuevo.  Lo saca y se mueve lentamente hacia mí, girando las caderas una vez más. 
 —Dime —murmura. 
—A ti, por favor. —Incrementa el ritmo sólo un poco y su respiración se vuelve más errática. Mis entrañas empiezan a acelerarse y Pedro coge el ritmo. 
 —Eres.Tan.Dulce —murmura entre cada embestida—. Te.Deseo.Tanto. 
Gimo. 
—Eres.Mía. Acaba para mi, cariño —gruñe. 
Sus palabras son mi perdición, inclinándome por el precipicio. Mi cuerpo se convulsiona en torno a él y acabo, ruidosamente diciendo en voz alta una versión distorsionada de su nombre en el colchón y Pedro sigue con dos embestidas agudas, y se congela, acabando dentro de mí mientras se libera. Se derrumba sobre mí, su rostro en mi pelo. 

—Mierda. Paula —susurra. Se quita sobre mi inmediatamente y  rueda sobre su lado de la cama. Subo mis rodillas hasta mi pecho, completamente agotada e inmediatamente  me quedo dormida o pierdo el conocimiento en un sueño exhausto.

Cuando me despierto, todavía está oscuro. No tengo idea de cuánto he dormido. Me extiendo por debajo de la manta y me siento adolorida, deliciosamente adolorida. 
Pedro  no se ve por ningún lado. Me siento, viendo el paisaje de la ciudad en frente de mí. Hay unas pocas luces entre los rascacielos y hay un susurro del amanecer en el este. Escucho música. Las notas melodiosas del piano, un lamento triste y dulce. Bach, creo, pero no estoy segura. 
Me envuelvo en el edredón y silenciosamente voy hacia el corredor y hacia el gran salón. Pedro está en el piano, completamente perdido en la música que está sonando. Su expresión es triste y desamparada, como la música. Su interpretación es fascinante. 
Recostada contra la pared de la entrada, escucho embelesada. Él es un músico consumado. Se sienta desnudo, su cuerpo bañado por la cálida luz emitida por una lámpara solitaria junto al piano. Con el resto de la gran sala en la oscuridad, es como si estuviera en su propia aislada piscina, intocable... solo en una burbuja. 
Voy lentamente en silencio hacia él, atraída por la música sublime, la melancolía. 
Estoy hipnotizada viendo sus hábiles dedos largos mientras se encuentran y presionan suavemente las teclas, pensando en cómo esos mismos dedos han manejado y acariciado hábilmente mi cuerpo. Me sonrojo y jadeo ante los recuerdos y presiono mis muslos. El alza la mirada, sus ojos grises brillantes e insondables, su expresión indescifrable. 
 —Lo siento —susurro—. No quise interrumpirte. 
Una arruga revolotea en su rostro. 
— Sin duda debería decirte eso a ti —murmura. Termina de tocar y pone sus manos en sus piernas. 
Noto que está usando pantalones de pijama. Corre sus dedos a través de su cabello y se levanta. Sus pantalones cuelgan de sus caderas, de esa manera... oh Dios. Mi boca se seca mientras casualmente pasea alrededor del piano hacia mí. Tiene los hombros anchos, caderas estrechas y sus abdominales se tensan a medida que camina. Es realmente impresionante. 
 —Deberías estar en la cama —me advierte. 
—Esa es una bella pieza. ¿Bach? 
—La transcripción es de Bach, pero originalmente es un concierto para oboe de Alessandro Marcello. 
—Fue exquisita, pero muy triste, una gran melodía melancólica. 
Sus labios se tuercen en una media sonrisa. 
—Cama —ordena—. Estarás exhausta en la mañana. 
—Me desperté y no estabas allí. 
 —Se me hace difícil dormir, no estoy acostumbrado a dormir con nadie —murmura. 
No puedo entender su estado de ánimo. Parece un poco desanimado, pero es difícil decir en la oscuridad. Tal vez fue el tono de la pieza que estaba tocando. Pone su brazo a mí alrededor y gentilmente me regresa a la habitación. 
—¿Por cuánto tiempo has estado tocando? Tocas maravillosamente. 
—Desde que tenía seis. 
 —Oh. —Pedro como un niño de seis años… mi mente invoca una imagen de un lindo niño de pelo cobrizo con ojos verdes y mi corazón se derrite, un niño a quien le gusta la música triste. 
—¿Cómo te sientes? —pregunta cuando estamos de nuevo en el cuarto. Enciende una luz lateral. 
 —Estoy bien. 
Miramos a la cama al mismo tiempo. Hay sangre en las sábanas, evidencia de mi virginidad perdida. Me sonrojo, avergonzada, tirando del edredón  más fuerte a mí alrededor.
—Bueno, eso le va a dar a la señora Jones algo en lo que pensar —murmura Pedro mientras se pone delante de mí.  Pone su mano debajo de mi barbilla e inclina hacia atrás mi cabeza, mirándome. Sus ojos son intensos y examina mi rostro. Me doy cuenta de que no había visto su pecho desnudo antes. Instintivamente, me estiro para correr mis dedos a través del puñado de vello oscuro en el pecho para ver cómo se siente. Inmediatamente, él da un paso atrás fuera de mi alcance. 

—Métete en la cama —dice bruscamente—. Iré y me acostaré contigo. — Su voz se suaviza. Dejo caer mi mano y frunzo el ceño. No creo que jamás haya tocado su torso.  
Abre una cómoda, saca una camiseta y rápidamente la desliza sobre él. 
—Cama —ordena de nuevo. Subo de nuevo en la cama, tratando de no pensar en la sangre. Se trepa a mi lado y me jala en su abrazo, envolviendo sus brazos alrededor de mí, de modo que estoy de espaldas a él. Besa mi cabello suavemente e inspira profundamente. 
 —Duerme, dulce Paula —murmura y cierro mis ojos, pero no puedo evitar sentir una melancolía residual, de la música o de su conducta. Pedro Alfonso tiene un lado triste. 









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Capitulo 16



¡Aargh! ―grito mientras siento una extraña sensación de pinchazo profunda en mi interior mientras él rasga mi virginidad. Se queda quieto, mirándome, sus ojos brillantes con triunfo extático. 
Su boca está abierta ligeramente y su respiración es pesada. Gime. 
―Estás tan apretada. ¿Estás bien? 
Asiento, mis ojos amplios, mis manos en sus antebrazos. Me siento tan llena. Sigue quieto, dejándome aclimatarme a la sensación intrusiva y abrumadora de él en mi interior. 
―Voy a moverme, nena ―respira después de un momento, su voz tirante. 
Oh. 
Se retira con una lentitud exquisita. Y cierra sus ojos, gime y empuja en mi interior de nuevo. Grito una segunda vez y él se queda quieto. 
―¿Más? ―susurra, su voz torca. 
―Sí. ―Aspiro. Él lo hace una vez más y se queda quieto de nuevo. 
Gimo. Mi cuerpo aceptando… Oh, quiero esto. 
―¿Otra vez? ―aspira. 
―Sí. ―Es una súplica.
Y él se mueve, pero esta vez no se detiene. Se echa sobre sus codos para así poder sentir su peso sobre mí, oprimiéndome. Se mueve lentamente al principio,  impulsándose dentro y fuera de mí. Acelera. Yo gimo, él se mueve más fuerte, acelerando la velocidad, sin piedad, un ritmo incesante y yo mantengo el ritmo, encontrándome con sus embestidas. 
Agarra mi cabeza entre sus manos y me besa fuertemente, sus dientes agarrando mi labio inferior otra vez. Se mueve un poco y puedo sentir la edificación de algo muy dentro de mí, como antes. Empiezo a ponerme 
más rígida a medida que el empuja una y otra vez. Mi cuerpo se estremece, se arquea, un brillo de sudor se acumula sobre mí. Oh Dios...  no sabía que iba a sentirse así... no sabía que podía sentirse tan bueno como esto. Mis pensamientos se dispersan... sólo hay sensación... sólo él... sólo yo... oh, por favor... me pongo rígida.

—Acaba para mí —susurra sin aliento y me deshago con sus palabras, explotando alrededor de él mientras llego al clímax y me desarmo en un millón de pedazos debajo de él. 
Mientras él se viene, dice mi nombre, empujando duro, luego quedándose quieto mientras acaba dentro de mí. 


viernes, 4 de octubre de 2013

Capitulo 15



Pedro está pasando ambas manos por su cabello y caminando de un lado a otro por su estudio. Dos manos, eso es doble exasperación. Su control sólido usual se ha esfumado. 
―No entiendo por qué no me dijiste ―me crítica severamente. 
―El tema nunca surgió. No tengo el hábito de revelar mi estatus sexual a todo el que conozco. Quiero decir, apenas si nos conocemos. ―Estoy mirando mis manos. ¿Por qué me estoy sintiendo culpable? ¿Por qué está tan enojado? Le doy una mirada. 
―Bueno, tú sabes mucho sobre mí ahora ―chasquea, su boca se presiona en una línea severa―. ¡Sabía que eras inexperta, pero virgen! ―Lo dice como si realmente fuera una mala palabra―. Rayos, Pau, acabo de mostrarte ―gime―. Puede que Dios me perdone. ¿Alguna vez has sido besada, sin contarme a mí? 
―Por supuesto que sí. ―Hago mi mejor esfuerzo para lucir ofendida. De acuerdo… quizás dos veces. 
―¿Y un joven agradable no ha caído rendido a tus pies? Simplemente no entiendo. Tienes veintiuno, casi veintidós. Eres hermosa. ―Pasa sus manos por su cabello otra vez. 

Hermosa. Me sonrojo, complacida. Pedro Alfonso piensa que soy hermosa. Anudo mis dedos, mirándolos fijamente, tratando de ocultar mi sonrisa tonta. Quizás es corto de vista, mi subconsciente ha levantado su cabeza, sonámbula. ¿Dónde estaba cuando la necesitaba? 
―Y estás discutiendo con seriedad lo que quiero hacer, cuando no tienes experiencia. ―Sus cejas se juntan―. ¿Cómo has evitado el sexo? Dime, por favor. 
Me encojo de hombros. 
―No ha habido nadie en realidad, ya sabes. ―Nadie ha estado a la altura, sólo tú. Y resultaste ser alguna clase de monstruo―. ¿Por qué estás tan enojado conmigo? ―susurro. 
―No estoy enojado contigo, estoy enojado conmigo. Simplemente asumí… ―Suspira. Me mira con astucia y luego sacude su cabeza―. ¿Quieres irte? ―pregunta, su voz gentil. 

―No, a menos que quieras que me vaya ―murmuro. Oh no… No quiero irme. 
―Por supuesto que no. Me gusta tenerte aquí. ―Él frunce el ceño mientras dice esto y luego mira su reloj―. Es tarde. ―Y se gira para mirarme―. Estás mordiéndote el labio. ―Su voz es ronca y está mirándome especulativamente. 
―Lo siento. 
―No te disculpes. Es sólo que también quiero morderlo, duro.
Jadeo… cómo puede decirme cosas como esa y esperar que no esté afectada. 
―Ven ―murmura. 
―¿Qué? 
―Vamos a rectificar la situación ahora mismo. 
―¿Qué quieres decir? ¿Qué situación? 
―Tu situación. Paula, voy a hacerte el amor, ahora. 
―Oh. ―El piso se ha desmoronado. Soy una situación. Estoy sosteniendo mi respiración. 
―Si es que quieres hacerlo, quiero decir, no quiero empujar mi suerte. 
―Creí que tú no hacías el amor. Creí que follabas duro. ―Trago saliva, mi boca repentinamente seca. 

Me da una sonrisa maliciosa, los efectos de ésta viajan todo el camino hasta allí. 
―Puedo hacer una excepción o quizás combine los dos, ya veremos. Realmente quiero hacerte el amor. Por favor, ven a mi cama conmigo. Quiero que nuestro acuerdo funcione, pero realmente necesitas tener alguna idea de en qué te estás metiendo. Podemos empezar tu entrenamiento esta noche, con lo básico. Esto no significa que todo vaya a volverse corazones y flores, es un medio para un fin, pero uno que quiero, y que espero que tú también. ―Su mirada gris es intensa. 
Me sonrojo… oh Dios mío… los deseos se hacen realidad.
―Pero no he hecho todas las cosas que exiges de tu lista de reglas. ―Mi voz está entrecortada, vacilante. 
―Olvídate de las reglas. Olvídate de todos esos detalles por esta noche. Te deseo. Te he deseado desde que entraste en mi oficina y sé que me deseas. No estarías sentada aquí discutiendo calmadamente sobre castigo y límites estrictos si no lo quisieras. Por favor, Pau, pasa la noche conmigo. ―Extiende su mano en mi dirección, sus ojos están brillantes, ardientes… excitados y pongo mi mano en la suya. 
Él me empuja hacia sus brazos así que puedo sentir la longitud de su cuerpo contra el mío, esta acción rápida me toma por sorpresa. Pasa sus dedos alrededor de mi cuello, enrolla mi cola de caballo alrededor de su muñeca y empuja gentilmente, así que me veo obligada a mirar arriba hacia él. También me mira.
―Eres una joven valiente ―susurra―. Estoy impresionado. 
Sus palabras son como alguna clase de artefacto incendiario; mi sangre arde. Se inclina, besa mis labios gentilmente y chupa mi labio inferior. 
―Quiero morder este labio ―murmura contra mi boca y cuidadosamente tira de éste con sus dientes. Gimo y él sonríe. 
―Por favor, Pau, déjame hacerte el amor. 
―Sí ―susurro, porque esa es la razón por la que estoy aquí. Su sonrisa es triunfante mientras me libera, toma mi mano y me lleva a través del apartamento. 
Su habitación es enorme. Las ventanas dejan ver un Seattle iluminado y elevado. Las paredes son blancas y los muebles son azul pálido. La cama enorme es ultra-moderna, hecha de madera gris y áspera, cuatro postes pero sin dosel. Sobre la pared encima de estos hay una pintura impresionante del mar.
Estoy temblando como una hoja. Esto es. Finalmente, después de todo este tiempo, voy a hacerlo, con nadie más que Pedro Alfonso. Mi respiración es superficial y no puedo quitarle los ojos de encima. Él se quita su reloj y lo pone sobre la parte superior de un mueble con cajones a juego con la cama y se quita la chaqueta, dejándola sobre la silla. Está vestido con una camisa de lino blanco y pantalones. Es de una belleza sorprendente. Su cabello cobrizo oscuro es un desastre, su camisa está por fuera, sus ojos grises audaces y deslumbrantes. 
Se quita sus Converse, se estira y se saca las medias, una por una. Los pies de Pedro Alfonso… vaya… ¿qué tienen los pies descalzos? Girándose, me mira, su expresión suave. 
―Asumo que no tomas la píldora. 
¡Qué! Mierda. 
―Pensé que no. ―Abre el cajón superior del mueble y saca un paquete de condones. 
Me mira atentamente. 
―Prepárate ―murmura―. ¿Quieres las cortinas cerradas? 
―No me importa ―susurro―. Pensé que no dejabas que nadie durmiera en tu cama.  
―¿Quién dice que vamos a dormir? ―murmura suavemente. 
―Oh. ―Santa mierda. 

Camina lentamente hacia mí. Confiado, sexy, sus ojos ardientes y mi corazón empieza a palpitar. Mi sangre está bombeando alrededor de mi cuerpo. Deseo, denso y caliente llena mi estómago. Él se para frente de mí, mirándome a los ojos. Es jodidamente atractivo. 
―Vamos a quitar esta chaqueta, ¿de acuerdo? ―dice suavemente, toma las solapas y desliza gentilmente mi chaqueta por mis hombros. La deja sobre la silla. 
―¿Tienes idea de lo mucho que te deseo, Paula Chaves? ―susurra. Mi respiración se entrecorta. No puedo quitar mis ojos de los suyos. Se estira y gentilmente pasa sus dedos desde mi mejilla hasta mi barbilla. 
―¿Tienes alguna idea de lo que voy a hacerte? ―agrega, acariciando mi barbilla. 
Los músculos dentro de la parte más profunda y más oscura de mí se aprietan de la forma más deliciosa. El dolor es tan dulce y agudo que quiero cerrar mis ojos, pero estoy hipnotizada por los ojos grises mirándome fervientemente. Inclinándose, me besa. Sus labios son demandantes, firmes y lentos, moldeando los míos. Empieza a desabotonar mi camisa mientras deja besos como toques de plumas sobre mi mandíbula, mi barbilla y las esquinas de mi boca. Lentamente la quita y la deja caer al suelo. Retrocede y me mira. Tengo un sostén de ajuste perfecto de color azul claro. 
Gracias al cielo. 
―Oh, Pau ―respira―. Tienes la piel más hermosa, pálida y perfecta. Quiero besar cada centímetro de tu cuerpo. 
Me sonrojo. Oh Dios mío… ¿Por qué dijo que no podía hacerme el amor? Haré cualquier cosa que quiera. Toma mi lazo para el cabello, lo quita y jadea cuando mi cabello cae en cascadas alrededor de mis hombros. 
―Me gustan las morenas ―murmura y sus manos están en mi cabello, agarrando cada lado de mi cabeza. Su beso es demandante, su lengua y labios miman los míos. Gimo y mi lengua encuentra tentativamente la suya. Pone sus brazos a mí alrededor y me arrastra contra su cuerpo, apretándome con fuerza. Una mano permanece en mi cabello, la otra viaja por mi espina dorsal hasta mi cintura y luego a mi trasero. Sus manos se flexionan sobre él y aprieta gentilmente. Me sostiene contra sus caderas y siento su erección, que lánguidamente empuja hacia mí. 
Gimo una vez más en su boca. Difícilmente puedo contener las sensaciones desenfrenadas o las hormonas que se alborotan a través de mi cuerpo. Lo deseo con tantas ganas. Tomando la parte superior de sus brazos, siento sus bíceps, él es sorprendentemente fuerte… muscular. Tentativamente, muevo mis manos a su rostro y hacia su cabello. Santo Moisés. Es tan suave, revuelto. Tiro gentilmente y él gime. Me lleva hacia la cama, hasta que la siento detrás de mis rodillas. Creo que va a empujarme sobre ella, pero no lo hace. Liberándome, repentinamente cae sobre sus rodillas. Agarra mis caderas con ambas manos y recorre con su lengua alrededor de mi ombligo, luego mordisquea gentilmente su camino hasta el hueso de mi cadera, luego 
sobre mi vientre hasta el otro lado. 
―Ah ―gimo. 
Mirarlo sobre sus rodillas en frente de mí, sentir su boca sobre mí, es tan inesperado y caliente. Mis manos permanecen en su cabello, empujando gentilmente mientras trato de tranquilizar mi respiración demasiado fuerte. Me mira a través de esas pestañas imposiblemente largas, sus ojos de un gris ahumado ardiente. Sus manos alcanzan y deshacen el botón de mis jeans  y sin prisas baja la cremallera. 
Sin quitar sus ojos de mí, sus manos se mueven bajo la pretina, rozándome y moviéndose a mi trasero. Sus 
manos se deslizan lentamente desde mi trasero a mis muslos, quitando mis jeans mientras lo hace. No puedo alejar mi mirada. Él se detiene y lame sus labios, nunca rompiendo el contacto visual. Se inclina hacia adelante, recorriendo su nariz hasta el vértice entre mis muslos. Lo siento. Allí. 

―Hueles tan bien ―murmura y cierra sus ojos, una mirada de placer puro sobre su cara y prácticamente convulsiono. Se estira y tira de la manta de la cama, luego me empuja gentilmente hasta que caigo sobre el colchón.  
Todavía arrodillado, agarra mi pie y desata mi Converse, quitándome mi zapato y la media. Me levanto sobre mis codos para ver lo que está haciendo. Estoy jadeando… queriendo. Él levanta mi pie por el talón y corre la uña de su pulgar por el empeine. Es casi doloroso, pero siento que el movimiento hace eco en mi ingle. Jadeo. Sin quitar sus ojos de los míos, otra vez pone su lengua a lo largo de mi empeine y luego sus 
dientes. Mierda. Gimo… cómo puedo sentir esto, allí. Me recuesto sobre la cama, gimiendo. Escucho su risita suave. 
―Oh, Paula, lo que podría hacerte ―susurra. Me quita mi otra media y zapato, luego se para y me quita los jeans. Estoy acostada sobre su cama vestida sólo con mi sostén y bragas y él está mirándome. 
―Eres muy hermosa, Paula Chaves. No puedo esperar a estar dentro de ti. 

Santa Mierda. Sus palabras. Él es tan seductor. Me quita la respiración. 
―Muéstrame cómo te complaces.
¿Qué? Frunzo el ceño. 
―No seas tímida, Pau, muéstrame ―susurra. 
Sacudo mi cabeza. 
―No sé qué quieres decir. ―Mi voz es ronca, difícilmente la reconozco, enlazada con el deseo.
―¿Cómo te haces correr? Quiero verlo. 
Sacudo mi cabeza. 
―No lo hago ―murmuro. Él levanta sus cejas, asombrado por un momento, sus ojos se oscurecen y sacude su cabeza en incredulidad. 
―Bueno, tendremos que ver lo que podemos hacer sobre eso. ―Su voz es suave, desafiante, una amenaza deliciosa y sensual. 
Deshace los botones de sus pantalones y lentamente se los baja, sus ojos sobre los míos todo el tiempo. Se inclina sobre mí y, agarrando cada uno de mis tobillos, separa rápidamente mis piernas y se arrastra sobre la cama entre ellas. Se cierne sobre mí. Estoy temblando con necesidad. 
―Quédate quieta ―murmura y luego se inclina y besa el interior de mi muslo, dejando un rastro de besos hacia arriba, sobre el material de encaje delgado de mis bragas, besándome. 

Oh… no puedo quedarme quieta. ¿Cómo no puedo moverme? Me retuerzo bajo él. 
―Vamos a tener que trabajar en que te quedes quieta, nena. ―Deja besos sobre mi vientre, su lengua se hunde en mi ombligo. Todavía está dirigiéndose al norte, besándome sobre mi torso. Mi piel está en llamas. Estoy sonrojada, demasiado caliente, demasiado fría, estoy agarrando la sábana bajo mí. Se tumba a mi lado y su mano viaja desde mi cadera, a mi cintura y hasta mi pecho. Me mira, su expresión ilegible y gentilmente acuna mi pecho. 
―Llenas mi mano perfectamente, Paula ―murmura y hunde su dedo índice en la copa de mi sostén y gentilmente la tira hacia abajo liberando mi pecho, pero el alambre de abajo y la tela de la copa lo fuerzan hacia arriba. Su dedo se mueve a mi otro pecho y repite el proceso. Mis pechos están hinchados y mis pezones se endurecen bajo su mirada firme. Estoy atada por mi propio sostén. 
―Muy lindo ―susurra apreciativamente y mis pezones se endurecen incluso más. 
Sopla muy suavemente sobre uno mientras su mano se mueve a mi otro pecho y su pulgar gira lentamente al final de mi pezón, alargándolo. Gimo, sintiendo la dulce sensación hasta en mi ingle. Estoy tan húmeda. Oh por favor, ruego internamente mientras mis dedos aprietan mucho más la sábana. Sus labios se cierran alrededor de mi otro pezón y tira de él. 
Casi convulsiono. 

―Vamos a ver si podemos hacer que te corras de esta manera ―susurra, continuando su asalto lento y sensual. 
Mis pezones soportan el peso delicioso de sus dedos hábiles y labios, encendiendo cada terminación nerviosa de mi cuerpo así que mi cuerpo entero canta con dulce agonía, él simplemente no se detiene. 
―Oh… por favor ―ruego y echo mi cabeza hacia atrás, mi boca abierta mientras gimo, mis piernas endurecidas. Santa mierda, ¿qué está sucediéndome? 
―Vamos, nena ―murmura. Sus dientes se cierran sobre mi pezón y su pulgar y dedo empujan fuerte y me deshago en sus manos, mi cuerpo convulsionando haciéndose añicos en miles de pedazos. Él me besa, profundamente, su lengua en mi boca absorbiendo mis gritos. 
Oh Dios mío. Eso fue extraordinario. Ahora sé de qué se trata todo esto. Su mirada baja hacia mí, una sonrisa satisfecha sobre su rostro, aunque estoy segura de que no hay nada más que gratitud y admiración en la mía. 
―Eres muy sensible ―respira―. Vas a tener que aprender a controlar eso y va a ser muy divertido enseñarte cómo. ―Me besa otra vez. 
Mi respiración todavía está entrecortada mientras bajo de mi orgasmo. Su mano se mueve a mi cintura, a mi cadera y luego me acuna, íntimamente… Caramba. Su dedo se desliza a través del encaje fino y lentamente hace círculos a mí alrededor… allí. 
Brevemente cierra sus ojos y su respiración se entrecorta. 
―Estás tan deliciosamente húmeda. Dios, te deseo. ―Empuja su dedo en mi interior y grito mientras lo hace una y otra vez. Pasa su mano por mi clítoris y grito una vez más. 
Empuja en mi interior más y más fuerte. Gimo. 
De repente, se sienta, tira de mis bragas y la lanza sobre el suelo. Se quita sus bóxers y su erección se libera. Santa vaca… Se estira sobre su mesa de noche y agarra un paquete de aluminio y luego se mueve entre mis piernas, separándolas mucho más. Se pone de rodillas y empuja un condón sobre su considerable longitud. Oh no… ¿Lo hará? ¿Cómo?
―No te preocupes ―respira, sus ojos sobre los míos―. También te expandes. ―Se inclina, su mano en cada lado de mi cabeza, así se cierne sobre mí, mirándome a los ojos, su mandíbula apretada, sus ojos quemando. 
Es sólo ahora que me doy cuenta que todavía está vistiendo su camisa. 
―¿Realmente quieres hacer esto? ―pregunta suavemente. 
―Por favor ―ruego. 
―Pon tus rodillas arriba ―ordena suavemente y soy rápida en obedecer―. Voy a follarte ahora, señorita Chaves ―murmura, mientras posiciona la cabeza de su erección en la entrada de mi sexo―. Duro ―susurra y se hunde de un golpe en mi interior. 







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