sábado, 21 de septiembre de 2013

Capitulo 10

Está bien —tartamudeo mientras soy arrancada cruelmente de mi sueño erótico.
Salgo de la ducha y tomo dos toallas. Pongo mi cabello en una y la envuelvo al estilo Carmen Mirando en mi cabeza. A toda prisa, me seco, ignorando la sensación placentera de la toalla frotándose contra mi piel súper sensible.
Inspecciono la bolsa de los pantalones. Taylor no sólo me compró eso y nuevas Converses, sino que también una camisa azul pálida, medias y ropa interior. Oh mi Dios. Un sostén limpio y bragas… aunque en verdad, describirlas en una forma mundana y utilitaria no les hace justicia. Son de un diseño exquisito, de alguna lencería europea cara. De encaje azul pálido y de tafetán. Wow. Estoy asombrada y un poco intimidada por esta lencería… y además, me quedan perfectamente. Por supuesto que lo hacen. Me ruborizo al pensar en el hombre con corte militar en alguna tienda de lencería comprando esto para mí. Me pregunto qué más hay en su descripción laboral.

Me visto rápidamente. El resto de la ropa se ajusta perfectamente. Bruscamente seco mi cabello con la toalla y trato desesperadamente de controlarlo. Pero, como siempre, se rehúsa a cooperar y mi única opción es sujetarlo con una banda para el cabello. Debo tener una en mi bolso. Tomo una profunda respiración. Tiempo de enfrentar al Sr. Confusión.
Estoy aliviada de encontrar la habitación vacía. Rápidamente busco mi bolso, pero no está aquí. Tomando una profunda respiración, entro en la sala de la suite. Hay una opulenta área para sentarse, llena de sofás acolchados y suaves cojines, una elaborada mesa de café con un estante de libros brillantes, un área de estudio con una computadora Mac de última generación, una enorme pantalla plasma de TV en la pared y Pedro está sentando en la mesa del comedor al otro lado de la habitación, leyendo un periódico. Es del tamaño de una cancha de tennis o algo parecido, no es que yo juegue tenis, aunque he visto a Zai unas cuantas veces. ¡Zaira!
—Mierda, Zaira —grazno. Pedro me mira.
—Sabe que estás aquí y todavía viva. Le envíe un mensaje de texto a Elliot —lo dice con un rastro de humor.
Oh, no. Recuerdo su ardiente baile de anoche. ¡Todos sus movimientos patentados usados con el máximo efecto para seducir nada más ni nada menos que al hermano de Pedro! ¿Qué va a pensar sobre mí estando aquí? Nunca antes me he quedado fuera.
Ella sigue con Elliot. Sólo lo ha hecho dos veces antes y ambas veces había tenido que soportar ese horrendo pijama rosa durante una semana luego de que terminaran. Va a pensar que yo también he estado con Pedro. 
Pedro me mira imperiosamente. Está usando una camisa de lino blanca, cuello y mangas sin abotonar.
—Siéntate —ordena, señalando un puesto en la mesa. Camino por la habitación y me siento frente a él, como me indicó. La mesa está repleta de comida.
—No sabía que te gustaba, así que ordené una selección del menú del desayuno. —Me da una torcida sonrisa de disculpa.
—Eso es muy despilfarrador de tu parte —murmuro, perpleja por la elección, aunque estoy hambrienta.
—Sí, lo es—suena culpable.
Opto por panqueques, jarabe de arce, huevos revueltos y tocino. Pedro trata de ocultar una sonrisa mientras regresa a su omelette de huevos blancos. La comida es deliciosa.
—¿Té? —pregunta.
—Sí, por favor.
Me pasa una pequeña taza de agua caliente y en el platillo hay una bolsa de té de Twining’s English Breakfast. ¡Caray! Recuerda como me gusta mi té.
—Tu cabello está muy mojado —me reprende.
—No pude encontrar el secador —murmuro, avergonzada. No es como si lo hubiera buscado.
La boca de Pedro se tensa en una dura línea, pero no dice nada.
—Gracias por organizar lo de la ropa.
—Es un placer, Paula. Ese color te favorece.
Me ruborizo y miro mis dedos.
—Sabes, en verdad debes aprender a recibir un cumplido. —Su tono es castigador.
—Debería darte dinero por esta ropa.
Me mira como si lo hubiera ofendido. Continúo.
—Ya me diste libros, los que, por supuesto, no puedo aceptar. Pero esta ropa… por favor, déjame pagarte. —Le sonrío tentativamente.
—Paula, créeme, puedo pagarlo.
—Ese no es el punto. ¿Por qué deberías comprármelas?
—Porque puedo. —Sus ojos brillan con algo extraño.
—Sólo porque puedas no significa que debas —respondo en voz baja mientras me arquea una ceja, sus ojos brillando y de repente, siento como si estuviéramos hablando de otra cosa, pero no sé qué es. Lo que me recuerda…
—¿Por qué me enviaste los libros, Pedro? —Mi voz es suave. Baja sus cubiertos y me contempla, sus ojos grises brillando con una emoción incomprensible. 
Mierda santa… mi boca se seca.
—Bueno, cuando casi fuiste atropellada por el ciclista y yo estaba sosteniéndote y me mirabas diciéndome “Bésame, bésame, Pedro”. —Hace una pausa y se encoge de hombros lentamente—. Sentí que te debía una disculpa y una advertencia. —Pasa sus manos por su cabello—. Paula, no soy el tipo de hombre de flores y corazones, no me interesa el romance. Mis gustos son muy singulares. Deberías alejarte de mí. — Cierra sus ojos como si estuviera dándose por vencido—. Sin embargo, hay algo que me impide alejarme de ti. Pero pienso que ya has descubierto eso.

Mi apetito se desvanece. ¡No puede alejarse!
—Entonces, no lo hagas —susurro.
Él jadea, sus ojos abiertos.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Ilústrame, entonces.
Nos sentamos mirándonos el uno al otro, ninguno tocando la comida.
—¿No eres célibe entonces? —respiro.
Sorpresa ilumina sus ojos grises.
—No, Paula, no soy célibe. —Hace una pausa para que la información penetre y me ruborizo. El filtro cerebro-boca está roto de nuevo. No puedo creer que lo dije en voz alta—. ¿Cuáles son tus planes para los próximos días? —pregunta, su voz baja.
—Hoy trabajo medio día. ¿Qué hora es? —De repente, tengo pánico.
—Poco después de las diez. Tienes mucho tiempo. ¿Qué te parece mañana? —Tiene
sus codos en la mesa y su barbilla descansando en sus largos dedos.
—Zai y yo vamos a comenzar a empacar. Nos mudaremos a Seattle la próxima semana y yo voy a trabajar en Clayton toda esta semana.
—¿Ya tienes un apartamento en Seattle?
—Sí.
—¿Dónde?
—No puedo recordar la dirección. Es en el Distrito Market Pike.
—No está lejos de mí —sus labios se tuercen en una medio sonrisa—. ¿En qué vas a trabajar en Seattle?
¿A dónde va con todas estas preguntas? La Inquisición de Pedro Alfonso es casi tan irritante como la de Zaira Nara.
—Apliqué para algunas pasantías. Estoy esperando noticias.
—¿Aplicaste para mi compañía como sugerí?
Me ruborizo… por supuesto que no.
—Um… no.
—¿Qué tiene de malo mi compañía?
—¿Tu compañía o tú compañía? —sonrío con picardía.
Él sonríe.
—¿Me estás sonriendo, señorita Chaves? —Inclina su cabeza hacia un lado y creo que se ve divertido, pero es difícil de decir. Me sonrojo y bajo la mirada a mi desayuno sin terminar. No puedo mirarlo a los ojos cuando usa ese tono de voz.
—Me gustaría morder ese labio —susurra en un tono oscuro.
Oh Dios. Estoy completamente consciente de que estoy mordiendo mi labio inferior. Mi boca cae abierta mientras jadeo y trago al mismo tiempo. Esa tiene que ser la cosa más sexy que me han dicho jamás. Mi corazón se salta un latido y creo que estoy jadeando.
Dios, soy un desastre tembloroso y ni siquiera me ha tocado. Me retuerzo en mi asiento y encuentro su mirada oscura.
—¿Por qué no lo haces? —lo reto en voz baja.
—Porque no voy a tocarte Paula… no hasta tener tu consentimiento escrito para hacerlo. —Sus labios se curvan en una sonrisa.
¿Qué?
—¿Qué significa eso?
—Exactamente lo que dije. —Suspira y sacude su cabeza, divertido pero exasperado también—. Necesito mostrártelo, Paula. ¿A qué hora terminas de trabajar esta tarde?
—Alrededor de las ocho.
—Bien, podríamos ir a Seattle esta noche o el próximo sábado para cenar en mi casa y te informaré sobre los hechos entonces. La elección es tuya.
—¿Por qué no puedes decírmelo ahora? —Sueno petulante.
—Porque estoy disfrutando mi desayuno y tu compañía. Una vez que seas iluminada respecto a esto, probablemente no querrás volver a verme.

Mierda santa. ¿A qué se refiere? ¿Acaso realiza trata de blancas con pequeños niños en algún lugar del planeta olvidado por Dios? ¿Es parte de algún sindicado del crimen de los bajos mundos? Eso explicaría por qué es tan rico. ¿Es profundamente religioso? ¿Impotente? Seguramente no, podría probarme eso justo ahora. 
Oh, Dios. Mis mejillas se tiñen de escarlata al pensar en las posibilidades. Esto no me está llevando a ningún lado. Me gustaría resolver el enigma que es Pedro Alfonso más temprano que tarde.
Aunque si el secreto que tiene es tan asqueroso que ya no querré verlo más, francamente, será un alivio. No te mientas a ti misma, me grita mi subconsciente, tendría que ser sangrientamente malo para que corras hacia las colinas.
—Esta noche.
Él levanta una ceja.
—Al igual que Eva, quieres comer pronto del árbol del conocimiento. —Sonríe.
—¿Me está sonriendo, señor Alfonso? —pregunto dulcemente. Idiota pomposo.
Entrecierra sus ojos y levanta su BlackBerry. Presiona un número.
—Taylor. Voy a necesitar a Charlie Tango.
¡Charlie Tango! ¿Quién es ella?
—Desde Portland digamos a las ocho treinta… No, detenido en Escala… Toda la noche.
¡Toda la noche! 
—Sí. Hasta mañana en la mañana. Lo pilotearé desde Portland a Seattle.
¿Pilotear?
—Piloto en espera desde las diez y media. —Corta la llamada. Ningún por favor o gracias.
—¿La gente siempre hace lo que le dices?
—Usualmente, si quieren mantener sus empleos —dice, impasible.
—¿Y si no trabajan para ti?
—Oh, puedo ser muy persuasivo, Paula. Deberías terminar tu desayuno. Y luego te llevaré a tu casa. Te recogeré en Clayton a las ocho, cuando hayas terminado. Volaremos a Seattle.

Parpadeo en su dirección.
—¿Volar?
—Sí. Tengo un helicóptero.
Lo miro alucinada. Tengo mi segunda cita con Pedro oh-tan-misterioso Alfonso.
Desde café hasta vuelos en helicóptero. Wow.
—¿Iremos hasta Seattle en helicóptero?
—Sí.
—¿Por qué?
Él sonríe perversamente.
—Porque puedo. Termina tu desayuno.
¿Cómo puedo comer ahora? Iré a Seattle en helicóptero con Pedro Alfonso. Y él quiere morder mi labio… me retuerzo ante el pensamiento.
—Come —dice más claramente—. Paula, tengo un problema con la comida desperdiciada… come.
—No puedo comer todo esto. —Dirijo mi mirada hasta lo que queda sobre la mesa.
—Come lo que está en tu plato. Si hubieras comido apropiadamente ayer, no estarías aquí y yo no estaría declarando mis intenciones tan pronto. —Su boca se estrecha en una línea sombría. Parece enojado. 
Frunzo en ceño y vuelvo a mi comida fría. Estoy demasiado excitada para comer, Pedro.
¿No lo entiendes? Explica mi subconsciente. Pero soy demasiado cobarde para expresar
mis pensamientos en voz alta, especialmente cuando él se ve tan sombrío. Hmmm, como un niño pequeño. Encuentro esa idea divertida.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunta. Sacudo mi cabeza, sin atreverme a decirle y mantengo mis ojos en mi comida. Tragando mi último trozo de panqueque, lo miro. Me está observando especulativamente.
—Buena chica —dice—. Te llevaré a casa cuando hayas secado tu cabello. No quiero que te enfermes. —
Hay alguna clase de promesa implícita en sus palabras. ¿A qué se refiere? Dejo la mesa, preguntándome por un momento si debería pedir permiso pero desestimando la idea.
Suena como un precedente peligroso que establecer. Me dirijo otra vez hacia su dormitorio. Un pensamiento me detiene.
—¿Dónde dormiste anoche? —Me giro para mirarlo, todavía sentado en la silla del comedor. No puedo ver mantas o sábanas aquí… tal vez las arregló de inmediato.
—En mi cama —dice simplemente, su mirada impasible otra vez.
—Oh.
—Sí, fue una tremenda novedad para mí también. —Sonríe.
—No tener… sexo. —Ahí… dije la palabra. Me sonrojo, por supuesto.
—No —niega con su cabeza y frunce el ceño como si estuviera recordando algo incómodo—. Dormir con alguien. —Toma su periódico y continúa leyendo.
¿Qué, en nombre del cielo, significa eso? ¿Nunca ha dormido con nadie? ¿Es virgen?
De alguna forma lo dudo. Me quedo de pie mirándolo fijamente con incredulidad. Es la persona más desconcertante que jamás he conocido. Me doy cuenta que he dormido con Pedro Alfonso y me pateo a mí misma… qué hubiera dado por estar consciente para observarlo dormir. Verlo vulnerable. De algún modo, encuentro eso difícil de imaginar. Bueno, al parecer todo será revelado esta noche.

En su dormitorio, busco en una cómoda y encuentro el secador de cabello. Utilizando mis dedos, seco mi pelo lo mejor que puedo. Cuando he acabado, me dirijo al baño.
Quiero limpiar mis dientes. Veo el cepillo de dientes de Pedro. Sería como tenerlo a él en mi boca. Hmm… Miro con culpa por encima de mi hombro hacia la puerta, siento las cerdas del cepillo de dientes. Están húmedas. Él ya debe haberlo usado.
Tomándolo rápidamente, pongo un poco de pasta de dientes en él y cepillo mis dientes dos veces más rápido de lo normal. Me siento tan traviesa. Es una tremenda emoción. 
Tomando mi camiseta, sujetador y bragas de ayer, las pongo en la bolsa de la compra que Taylor trajo y me dirijo hacia el área de la sala en busca de mi bolso y mi chaqueta. Para mi tremenda alegría, hay un lazo para el cabello en mi bolso. Pedro me está observando con expresión indescifrable mientras sujeto mi cabello en una coleta. Siento sus ojos seguirme mientras me siento y espero a que él termine. Está en su BlackBerry hablando con alguien.
—¿Ellos quieren dos?... ¿Cuánto costará?... Muy bien, ¿y qué medidas de seguridad tenemos en el lugar?... ¿E irán vía Suez?... ¿Qué tan seguro es Ben Sudan?... ¿Y cuándo llegan a Darfur?... Muy bien, hagámoslo. Mantenme informado del progreso. — Cuelga.
—¿Lista para irnos?
Asiento. Me pregunto de qué se trataba su conversación. Se coloca una chaqueta azul marino a rayas, recoge las llaves de su auto y se dirige hacia la puerta.
—Después de ti, señorita Chaves —murmura, abriendo la puerta para mí. Se ve tan casual y elegante.
Me detengo, una fracción de segundo demasiado extensa, empapándome de él. Y pensar que dormí con él la noche anterior y después de todo el tequila y el vómito, todavía está aquí. Lo que es más, quiere llevarme a Seattle. ¿Por qué yo? No lo entiendo. Me dirijo hacia la puerta recordando sus palabras: “Hay algo en ti.” Bueno, el sentimiento es completamente mutuo señor Alfonso y estoy determinada a descubrir qué es.
Caminamos en silencio a lo largo del pasillo hacia el ascensor. Mientras esperamos, le doy un vistazo a través de mis pestañas y él me mira por el rabillo de su ojo. Sonrío y sus labios se contraen.
El ascensor llega y nos subimos. Estamos solos. Repentinamente, por algún motivo inexplicable, posiblemente nuestra cercanía en un espacio tan cerrado, la atmósfera entre nosotros cambia, cargándose con una eléctrica y estimulante anticipación. Mi respiración se altera mientras mi corazón se acelera. Su cabeza se gira hacia mí una fracción, sus ojos se oscurecen. Muerdo mi labio.

—Oh, a la mierda el papeleo —gruñe. 
Se abalanza sobre mí, empujándome contra la pared del ascensor. Antes de que lo sepa, tiene mis dos manos en una de las suyas en un férreo agarre por encima de mi cabeza y está clavándome contra la pared utilizando sus caderas. Mierda santa. Su otra mano sujeta mi coleta y la tira hacia abajo, levantando mi rostro y sus labios están sobre los míos. Simplemente no es doloroso.
Gimo en su boca, dándole la entrada a su lengua. Toma completa ventaja de esto, su lengua explora mi boca de forma experta. Nunca he sido besada de esta forma. Mi lengua tentativamente acaricia la suya y se une en un lento baile erótico que es sobre el tacto y las sensaciones, todo golpe y choques de dientes. Levanta su mano para sujetar mi barbilla y me sostiene en mi lugar. Y no puedo hacer nada, mis manos están sujetas, mi cara en un firme agarre y sus caderas me restringen… siento su erección contra mi vientre. Oh Dios… él me desea, Pedro Alfonso, Dios Griego, me desea y yo lo deseo, aquí… ahora, en el ascensor.

—Eres. Tan. Dulce —murmura, cada palabra una declaración.

El ascensor se detiene, la puerta se abre y se aleja de mí en un abrir y cerrar de ojos, dejándome ahí. Tres hombres en trajes de negocios nos miran y sonríen mientras suben a bordo. Mi ritmo cardíaco está por las nubes y me siento como si hubiera corrido una carrera cuesta arriba. Quiero inclinarme y apoyarme en mis rodillas… pero eso es demasiado obvio.
Lo miro. Se ve tan fresco y tranquilo, como si hubiera estado haciendo el crucigrama del Seattle Times. Qué injusto. ¿Es que no está afectado por mi presencia? Me mira por el rabillo de su ojo y toma suavemente una respiración profunda. Oh, sí que está afectado… y mi pequeña diosa interna se bambolea en una suave samba de la victoria.
Los hombres de negocios se bajan en el segundo piso. Todavía tenemos un piso más
que recorrer.

—Cepillaste tus dientes —dice, mirándome fijamente.
—Usé tu cepillo de dientes —respiro.
Sus labios se curvan en una media sonrisa.
—Oh, Paula Chaves, ¿qué voy a hacer contigo?
Las puertas se abren en el primer piso, él toma mi mano y tira de mí hacia afuera.
—¿Qué es lo que tienen los ascensores? —murmura, más para él que para mí mientras camina a lo largo del vestíbulo. Me esfuerzo por mantener la paz con él, porque mi ingenio ha sido real y completamente derramado sobre el piso y las paredes del ascensor tres del Hotel Heathman









Bueno negras como chipa *ni tierna* acá hay otro cap.
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6 comentarios:

  1. Por fin!!! cómo esperé el capítulo!!! es raro leer ahora que estoy advertida de lo que se viene!!! pero me encanta!!! Es todo tan raro! tan oscuro, debe ser eso lo que atrapa! Gracias chicas por subir!!!

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  2. me encanta!!me intriga mucho! subi mas!!!!!

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  3. buenísimo el capítulo,me encanto!!!

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  4. Al fin!!!!!!!!!! Me tiene atrapada esta historia, necesito que suban más seguido please!!!! Está buenísima!!!!!!!!!!!

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  5. aiii me encanta esta novelaa!! pero porfaa subi mas seguidoo... !! ya quiero saber como sigue!! :D

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