sábado, 28 de septiembre de 2013

Capitulo 14

¿Cuáles son las reglas que tengo que seguir?
—Las tengo bajo escrito. Las revisaremos una vez hayamos comido. 
Comida. ¿Cómo puedo comer ahora? 
—No estoy realmente hambrienta —susurro.
—Comerás —dice simplemente. Pedro el Dominante, todo se vuelve claro ahora—. ¿Te gustaría otra copa de vino?  
—Sí, por favor. 
Vierte vino en mi copa y viene a sentarse a mi lado. Tomo un sorbo apresurado.  
—Sírvete, Paula. 
Tomo un racimo pequeño de uvas. Esto lo puedo manejar. Entorna los ojos. 
—¿Llevas largo rato siendo así? —pregunto. 
—Sí. 
—¿Es fácil encontrar mujeres que quieran hacer esto? 
Enarca una ceja. 
—Te sorprenderías —dice con sequedad. 
—Entonces, ¿por qué yo? Realmente no lo entiendo.
—Paula, ya te lo he dicho. Hay algo en ti. Simplemente no puedo alejarme. —Sonríe irónicamente—. Soy como la polilla a la llama. —Su voz se oscurece—. Te quiero de una forma tan terrible, especialmente ahora, cuando estás mordiendo tu labio de nuevo. —Toma una profunda respiración y traga. 

Mi estómago se sobresalta, él me desea… de una extraña manera, cierto, pero este hermoso, extraño y pervertido hombre me desea. 

—Pienso que tienes ese cliché al revés —me quejo. Yo soy la polilla y él la llama y me voy a quemar. Lo sé. 
—¡Come! 
—No, no he firmado nada todavía, así que pienso que tiraré de mi libertad un poco más, si eso está bien para ti. 
Sus ojos se suavizan y sus labios cambian a una sonrisa. 
—Como desee, señorita Chaves. 
—¿Cuántas mujeres? —Suelto la pregunta. Pero soy muy curiosa. 
—Quince. 
Oh… no tantas como había pensado. 
—¿Por largos periodos de tiempo? 
—Algunas de ellas, si. 
—¿Alguna vez heriste a alguna? 
—Sí. 
Santa mierda 
—¿Gravemente? 
—No. 
—¿Vas a herirme? 
—¿Qué quieres decir? 
—Físicamente, ¿vas a herirme? 
—Te castigaré cuando lo requieras y será doloroso. 
Creo que me siento un poco débil. Tomo otro sorbo de vino. Alcohol, esto me hará más valiente.
—¿Alguna vez has sido golpeado? —pregunto.
—Sí. 

Oh… eso me sorprende. Antes de que pueda preguntarle más sobre esta revelación, interrumpe mi tren de pensamientos. 
—Discutámoslo en mi estudio. Quiero mostrarte algo. 

Esto es muy duro de procesar. Allí estaba yo, tontamente pensando que me gustaría pasar una noche de pasión en la cama de este hombre y en realidad, estábamos negociando este extraño acuerdo. 
Lo sigo dentro de su estudio, una espaciosa habitación con otra ventana del piso al techo que se abre hacia afuera en un balcón. Se sienta al escritorio, indicándome con un movimiento que me siente en un sillón de cuero frente a él y me entrega una hoja de papel. 
—Estas son las reglas. Pueden estar sujetas a cambios. Forman parte del contrato, que también puedes tener. Lee las reglas y las discutiremos. 

REGLAS

Obediencia: 
La Sumisa obedecerá todas las instrucciones dadas por el Dominante de inmediato, sin vacilación ni reservas y de manera expedita. La Sumisa estará de acuerdo con cualquier actividad sexual considerada adecuada y agradable por el Dominante, con excepción de aquellas actividades que se detallan en los límites de dureza (Anexo 2). Lo hará con entusiasmo y sin titubeos. 

Dormir: 
La Sumisa se asegurará de alcanzar un mínimo de siete horas de sueño por noche cuando no esté con el Dominante. 

Comida:
La Sumisa comerá regularmente para mantener su salud y bienestar de una lista de alimentos (Anexo 4). La Sumisa no ingerirá alimentos entre comidas, con excepción de fruta.

Vestimenta: 
Durante el plazo, la Sumisa vestirá solo lo aprobado por el Dominante. El Dominante proporcionará un presupuesto de ropa a la Sumisa, el cual la Sumisa debe utilizar. El Dominante deberá acompañar a la Sumisa a comprar sobre una base ad hoc (Se refiere al término utilizado por los jueces que literalmente significa “específicamente para este fin”. Es decir que la va a acompañar a comprar ropa solo para el fin del contrato). Si el Dominante así lo exige, la Sumisa deberá usar, durante el plazo, cualquier adorno que el Dominante requiera, en presencia del Dominante y en cualquier otro momento que el Dominante considere conveniente. 

Ejercicio: 
El Dominante proveerá a la Sumisa un entrenador personal cuatro veces por semana en sesiones de una hora de duración, en horarios de mutuo acuerdo entre el entrenador personal y la Sumisa. El entrenador personal reportará al Dominante sobre el progreso de la Sumisa. 

Higiene personal / belleza: 
La Sumisa se mantendrá limpia y afeitada y/o depilada en todo momento. La Sumisa visitará el salón de belleza de la elección del Dominante las veces que decida el Dominante y se someterá a tratamientos que el Dominante crea convenientes. 

Cuidado personal: 
La Sumisa no beberá en exceso, no fumará, no tomará drogas recreativas o se expondrá a cualquier peligro innecesario. 

Cualidades personales: 
La Sumisa no tendrá relaciones sexuales con alguien que no sea el Dominante. La Sumisa se conducirá de una manera respetuosa y modesta en todo momento. Debe reconocer que su comportamiento es un reflejo directo del Dominante. Ella se hará responsable por cualquier delito, error o mala conducta cometida cuando no esté en presencia del Dominante. 

El incumplimiento de cualquiera de los anteriores, resultará en un castigo inmediato, cuya naturaleza será determinada por el Dominante. 

Santa mierda. 
—¿Límites de dureza? —pregunto. 
—Si. Lo que no vas a hacer, lo que no voy a hacer, tenemos que especificarlo en nuestro contrato. 
—No estoy segura sobre aceptar dinero para ropa. Se siente incorrecto. —Me muevo incómodamente. 
—Quiero despilfarrar dinero sobre ti, déjame comprarte unas cuantas prendas. Quizás necesite que me acompañes a algunas funciones y quiero que vistas bien. Estoy seguro de que tu salario, cuando consigas un trabajo, no va a cubrir el tipo de ropa que me gustaría que uses. 
—¿No tendré que usarlos cuando no esté contigo? 
—No. 
—De acuerdo. —Piensa en ello como un uniforme. 
—No quiero ejercicios cuatro veces a la semana.
—Paula, te necesito flexible, fuerte y con resistencia. Créeme. Necesitas ejercicio. 
—Pero seguramente no cuatro veces a la semana, ¿qué tal tres? 
—Quiero que hagas cuatro. 
—¿Pensaba que esto era una negociación? 
Frunce los labios en mi dirección. 
—De acuerdo, señorita Chaves, otro punto bien hecho. ¿Qué te parece una hora por tres días y un día de media hora?
—Tres días, tres horas. Tengo la impresión de que vas a mantenerme ejercitada cuando este aquí. 
Sonríe con malicia y sus ojos brillan como aliviados.  
—Sí, lo haré —estuvo de acuerdo—. ¿Segura de que no quieres practicar en mi compañía? Eres buena negociando. 
—No, no pienso que sea buena idea. —Miro abajo, hacia sus reglas. ¡Depilación! ¿Depilar qué? ¿Todo? Uf. 
—Entonces, límites. Estos son los míos. —Me da otra hoja de papel. 

Límites de dureza: 
 No actos que involucren encender fuego.
 No actos que involucren micción, defecación y derivados. 
 No actos que involucren agujas, cuchillos, piercings o sangre. 
 No actos que involucren instrumentos médicos ginecológicos.
 No actos que involucren niños o animales. 
 No actos que puedan dejar marcas permanentes en la piel. 
 No actos que involucren control de la respiración. 

Ugh. ¡Tenía que escribir esto hasta abajo! Por supuesto, todo ello luce muy sensible y, francamente, necesario… a cualquier persona sana no le gustaría estar involucrada en este tipo de cosas ¿no? Aunque ahora, me siento un poco mareada. 

—¿Hay algo que te gustaría agregar? —pregunta amablemente. 
Mierda. No tengo idea. Estoy completamente perpleja. Me mira y frunce el ceño. 
—¿Hay algo que no quieras hacer? 
—No lo sé. 
—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?  
Me remuevo incómoda y muerdo mi labio.
—Nunca he hecho algo como esto. 
—Bueno, cuando has tenido sexo, ¿hubo algo que no te gustara hacer? 
Por primera vez en lo que parecían ser años, me sonrojo. 
—Puedes decirme, Paula. Debemos ser honestos con el otro o esto no va a funcionar. 
Me remuevo incómoda nuevamente y miro mis dedos entrelazados. 
—Dime —ordena. 
—Bueno… nunca antes he tenido sexo, así que no sé. —Mi voz se reduce. Lo miro y él está mirándome, con la boca abierta, congelado y pálido, muy pálido. 
—¿Nunca? —Susurra. Niego con la cabeza.
—¿Eres virgen? —Respira. Asiento con la cabeza, enrojeciendo de nuevo. Cierra los ojos y parece como si contara hasta diez. Cuando los abre nuevamente, está enojado, mirándome. 

—¿Por qué mierda no me lo dijiste? —gruñe. 







HI BITCHS!! Acá les dejamos dos capítulos  en el que otra vez les amagamos jajaj, pero no se preocupen, YA va a venir lo que quieren :d
Bueno, comenten y kcio, si quieren pueden seguir la nove no se c: 
Comenten acá o en @soloosoiimica y/o @paisbrenda

Les dejamos muchos kisses nalgables (?
  

Capitulo 13



La primera cosa que noto es el olor; cuero, madera y encerado con un cierto aroma cítrico. Es muy agradable, la iluminación es suave y sutil. De hecho no puedo ver la fuente de iluminación, pero está alrededor de la esquina de la sala, emitiendo una brillante luminosidad de tipo ambiental. Las paredes y el techo son de un profundo y oscuro color vino tinto, dándole a la espaciosa habitación un aspecto similar al útero femenino. El piso es de madera antigua barnizada. Hay una gran cruz fijada en la pared frente a la puerta en forma de X. Está hecha de caoba pulida y hay esposas en cada esquina. Por encima, hay una reja de hierro que cuelga del techo. Mide por lo menos unos ocho metros cuadrados y de ella cuelgan todo tipo de cuerdas, cadenas y relucientes grilletes. A cada lado de la puerta se sitúan dos largos mástiles pulidos y finamente tallados como cabezales de una baranda pero más largos, cuelgan como cortinas a través de la pared. De ellos, cuelgan un asombroso surtido de paletas, látigos, fustas e implementos plumosos de aspecto gracioso.  
Al lado de la puerta hay un baúl de caoba con cajones de tamaño considerable, cada cajón es prácticamente minúsculo, como si estuvieran diseñados para contener ejemplares de un viejo museo bohemio. Me pregunto, brevemente, cuál será realmente el contenido de los cajones. ¿Quiero saber? En el rincón más alejado hay una banqueta de cuero acolchada de color granate y justo al lado, está fijado a la pared un estante de madera pulida que luce como una base para sostener palos de billar, pero en una inspección más cercana, me doy cuenta que sostiene bastones de diferentes longitudes y anchos. En la esquina opuesta hay una sólida mesa de seis metros —de madera pulida y patas intrincadamente talladas— y dos taburetes a juego por debajo. 
Pero lo que domina la habitación es la cama. Es más grande incluso que el tamaño extra-grande, de estilo rococó, elaboradamente tallada con cuatro postes y una cima plana. Parece de finales del siglo XIX. Bajo el dosel, puedo ver más cadenas y relucientes manguitos. No hay ropa de cama… sólo un colchón cubierto de cuero y rojos cojines de satén apilados en un extremo.  
A los pies de la cama, a unos cuantos metros, hay un sofá tapizado en granate, justo en medio de la habitación, de cara a la cama. Una extraña disposición… tener un sofá frente a la cama y me sonrío a mí misma: elijo decir que el sofá es extraño cuando en realidad, es la pieza más mundana entre todo el mobiliario de la habitación. 
Miro hacia arriba y me quedo mirando el techo. Hay mosquetones recubriéndolo a intervalos impares. Vagamente, me pregunto para qué son. Extrañamente, toda la madera, paredes oscuras, débil iluminación y tapicería de cuero granate le dan a la habitación algo de suavidad y romanticismo… aunque sé que es todo menos eso. Pero creo que esta es la versión suave y romántica de Pedro.  
Me volteo. Él está contemplándome atentamente como sabía que estaría haciéndolo, su expresión es totalmente ilegible. Me adentro aún más en la habitación y él me sigue. 
La cosa con plumas me ha intrigado. La toco vacilante. Es gamuza, como un pequeño gato de nueve colas, pero más espesa. En los extremos tiene cuentas de plástico pequeñitas. 

—Se llama flogger. —La voz de Pedro es suave y silenciosa. 

Un flogger… Hmm. Creo que estoy conmocionada. Mi subconsciente ha emigrado, se ha quedado mudo o simplemente se desplomo y pereció. Estoy entumecida. Puedo observar y asimilar, pero no puedo expresar mis sentimientos, porque estoy conmocionada. ¿Cuál es la respuesta adecuada al encontrar en un amante potencial a un completo sádico o masoquista? Miedo… Sí… Ese parece ser el sentimiento más preocupante. Lo reconozco ahora. Pero extrañamente, no temo de él. No creo que él vaya a lastimarme, bueno, no sin mi consentimiento. Por lo que un montón de preguntas nublan mi mente. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con qué frecuencia? ¿Con quién? Me acerco a la cama y recorro con mis manos uno de los postes de madera tallada. El mástil es muy sólido, una excepcional artesanía. 

—Di algo —ordena Pedro, su voz es engañosamente suave. 
—¿Le haces esto a la gente o ellos te lo hacen a ti? 
Su boca se levanta en una sonrisa torcida, con diversión o quizás alivio. 
—¿Gente? —Parpadea un par de veces como si considerara su respuesta—. Le hago esto a las mujeres que me desean. 
No entiendo. 
—Si tienes voluntarias más que dispuestas ¿Por qué estoy aquí? 
—Porque quiero hacer esto contigo, muchísimo. 
—Ah. —Se me corta la respiración. ¿Por qué? 
Deambulo hasta la esquina más alejada de la habitación, acaricio el talle superior de la banqueta acolchada y deslizo mis dedos sobre el cuero. Le gusta hacer daño a las mujeres. 
El pensamiento me deprime. 
                                                           
—¿Eres un sádico? 
—Soy un Dominante. —Sus ojos son de un gris abrasador, intensos. 
—¿Qué significa eso? —susurro. 
—Significa que quiero que voluntariamente te entregues a mí, en todas las cosas. 
Frunzo el ceño mientras intento asimilar la idea. 
—¿Por qué lo haría? 
—Para complacerme —susurra mientras ladea la cabeza hacia un lado y veo el fantasma de una sonrisa. 
¡Complacerlo! ¡Él quiere que yo lo complazca! Creo que incluso mi boca se abre. Complacer a Pedro Alfonso. 
Y me doy cuanta en ese momento, que sí, eso es exactamente lo que quiero. Quiero que esté condenadamente encantado conmigo. Es una revelación.  

—En términos muy simples, deseo que quieras complacerme —dice en voz baja. Su voz es hipnótica. 
—¿Y cómo lo hago? —Tengo la boca seca y deseo beber más vino. De acuerdo, entiendo la parte de complacer pero, ¿en dónde encaja este agradable cuartito de torturas isabelino? ¿Quiero saber la respuesta? 
—Tengo reglas y quiero que las acates. Están hechas para mi placer y tu beneficio. Si sigues estas reglas hechas para mi satisfacción, te recompensaré. Si no lo haces, te castigaré y así aprenderás —susurra y le doy un vistazo al estante de bastones en cuanto lo dice. 

—¿Y en dónde encaja todo esto? —Muevo mi mano abarcando toda la habitación. 
—Todo esto es parte del paquete de incentivos. Tanto recompensa como castigo. 
—Así que obtendrás gozo por ejercer tu voluntad sobre mí. 
—Se trata de ganar tu confianza y respeto, por eso me dejarás ejercer mi voluntad sobre ti. Obtendré un gran placer, dicha, debido a tu sumisión. Mientras mayor sea tu sumisión, mayor será mi dicha, es una ecuación muy simple. 
—Bueno, ¿y qué obtendré yo de esto?  
Él se encoge de hombros, casi en modo de disculpas. 
—A mi —dice con sencillez.

Por Dios. Pedro desliza una mano entre su cabello cuando me mira. 
—No estarás regalando nada, Paula, serás retribuida  —murmura exasperado—. Bajemos las escaleras a donde pueda concentrarme mejor. Es una gran distracción tenerte aquí. —Me extiende su mano, la cual ahora estoy reacia a tomar. 

Zai había dicho que era peligroso y estaba tan en lo cierto. ¿Cómo lo sabía? Él es peligroso para mi salud porque sé que diré que sí. Y parte de mí no quiere. Parte de mí quiere salir corriendo, dando gritos, de esta habitación y lo que representa. Estoy tan sobrepasada por la situación, fuera de lugar. 

—No voy a hacerte daño, Paula—. Sus ojos grises imploran y sé que dice la verdad. Tomo su mano y entonces, me conduce fuera de la habitación. 
—Si haces esto, entonces déjame enseñarte. —En vez de bajar las escaleras, gira a la derecha de la “Sala de juegos”, como él mismo le llama y bajamos por un corredor. 
Pasamos varias puertas hasta que nos detenemos en la última. Más allá de ella hay un dormitorio con una cama extra grande, todo en blanco… todo: muebles, paredes, ropa de cama. Es estéril y fría, pero con la vista más gloriosa de Seattle a través de la pared de vidrio. 

—Esta será tu habitación. Puedes decorarla como quieras, tener lo que quieras aquí. 
—¿Mi habitación? ¿Esperas que me mude? —No puedo ocultar el horror en mi voz.
—No a tiempo completo. Sólo por ejemplo, desde el viernes por la noche hasta el domingo. Tenemos que hablar todo eso, negociar. Si quieres hacer esto —añade, su voz es calmada y titubeante. 
—¿Dormiré aquí? 
—Sí. 
—No contigo. 
—No. Ya te lo dije, no duermo con nadie, excepto tú, cuando estás aturdida el trago. 
—En sus ojos hay reprimenda. 
Juntos mis labios en una dura línea. Esto es lo que no puedo conciliar. El amable y bondadoso Pedro, que me rescata de la embriaguez y me sostiene gentilmente mientras vomito en las azaleas con el monstruo que posee cadenas y látigos en una habitación especial. 
—¿Dónde duermes tú? 
—Mi habitación está abajo. Ven, debes tener hambre. 
—Extrañamente, parece que he perdido el apetito —murmuro con petulancia. 
—Tienes que comer, Paula —me reprende y tomando mi mano, me conduce hacia abajo. 

De vuelta a la imposiblemente gran sala, me lleno de profunda inquietud. Estoy en el borde de un precipicio y tengo que decidir si salto o no. 
—Estoy plenamente consciente de que es un sendero oscuro por el que te estoy conduciendo, Paula, por lo que realmente quiero que pienses en esto. Debes tener algunas preguntas —dice mientras se pasea por la zona de la cocina, liberando mi mano. 

Las tengo. Pero, ¿por dónde empezar?  

—Has firmado un CDC. Puedes preguntarme lo que quieras y contestaré. 
Me quedo de pie delante de la barra del desayuno, observándolo mientras abre el refrigerador y saca un plato con diferentes quesos y dos grandes racimos de uvas rojas y verdes. Lo pone en la encimera y procede a rebanar una barra de pan francés. 
—Siéntate. —Señala uno de los taburetes de la barra de desayuno y obedezco sus órdenes. Si voy a hacer esto, voy a tener acostumbrarme a ello. Me doy cuenta que de que él ha sido así de mandón desde que lo conocí. 
—Mencionaste un documento. 
—Sí. 
—¿Qué documento es ese? 
—Bueno, aparte del CDC hay un documento que dice lo que haremos y lo que no. Tengo que conocer tus límites y tú tienes que conocer los míos. Esto es consensual, Paula. 
—¿Y si no quiero hacer esto? 
—No habría problema —dice con cuidado. 
—Pero ¿no tendríamos ningún tipo de relación? —pregunto. 
—No. 
—¿Por qué?
—Este es el único tipo de relación en la que estoy interesado.
—¿Por qué? 
Se encoge de hombros. 
—Es mi manera de ser.
—¿Cómo te volviste de esta manera? 
—¿Por qué cualquiera es de la forma que es? Eso es algo difícil de responder ¿Por qué algunas personas adoran el queso y otras lo odian? ¿Te gusta el queso? La señora Jones, mi ama de llaves, ha dejado esto para cenar. —Toma algunos platos grandes de color blanco de un armario y pone uno frente a mí. 

Estamos hablando de queso… Mierda santa. 






LEAN EL QUE SIGUE...

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Capitulo 12


Cuando estamos más cerca, me doy cuenta que es más grande de lo que pensaba. Esperaba que fuera una versión compacta para dos, pero este tiene al menos siete asientos. Pedro abre la puerta y me dirige hacia uno de los asientos del frente.

—Siéntate, no toques nada —me ordena mientras se sube detrás de mí.
Cierra la puerta. Me alegra que el área este iluminada, de otra forma, me hubiera costado trabajo ver dentro de la pequeña cabina. Me siento en mi asiento y él se hinca a un lado de mí para ponerme los arneses. Es un arnés de cuatro puntas con todas las correas conectadas a un seguro central. Ajusta las dos correas superiores, así que apenas me puedo mover. Está tan cerca y concentrado en lo que está haciendo. Si me inclinara hacia adelante, mi nariz estaría en su cabello. Huele limpio, fresco, celestial, pero estoy asegurada en mi asiento y totalmente inmóvil. Él voltea a verme y sonríe, como si estuviera disfrutando un chiste privado, sus ojos grises cálidos. Está tan tentadoramente cerca. Detengo mi respiración mientras él estira una de las correas superiores.

—Asegurada, no hay escape —murmura, sus ojos son abrasadores—. Respira, Paula —añade suavemente. Levanta su mano y acaricia mi mejilla, pasando sus dedos largos hacia mi barbilla, la cual toma entre su pulgar y dedo índice. Se inclina y planta un corto y puro beso en mis labios, dejándome anonadada, mi interior conmocionado por la emoción del inesperado toque de sus labios.
—Me gusta este arnés —murmuro.

¿Qué?
Se sienta a mi lado y se abrocha el cinturón y entonces, comienza un prolongado procedimiento de chequear indicadores, mover interruptores y botones de la alucinante matriz de diales, luces e interruptores frente a mí. Pequeñas luces parpadean y brillan en diversos diales y el panel completo se enciende.

—Ponte tus auriculares —dice, apuntando al juego de auriculares frente a mí. Me los pongo y las hélices se encienden. Son ensordecedoras. Él se pone sus auriculares y continúa moviendo varios interruptores.
—Sólo estoy haciendo la rutina de chequeos antes de volar. —La voz de Pedro está en mis oídos a través de los auriculares. Volteo y le sonrío.
—¿Sabes qué estás haciendo? —pregunto. Voltea y me sonríe.
—He sido un piloto calificado por cuatro años, Paula, estás a salvo conmigo. —Y me da una sonrisa lobuna—. Bueno, mientras estemos volando. —Añade y guiña.
Guiñando… ¡Pedro!
—¿Estás lista?
Asiento con los ojos muy abiertos.
—Okay, torre. PDX, este es Charlie Tango Golf, Golf Echo Hotel, libre para despegar. Por favor confirmar, cambio.
—Charlie Tango, estás libre. PDX llamar, preceder a uno cuatro mil, dirigiéndose cero
uno cero, cambio.
—Torre Roger, Charlie Tango listo, cambio y fuera. Aquí vamos —añade para mí y el helicóptero se eleva lenta y suavemente en el aire.
Portland desaparece frente a nosotros cuando nos aproximamos al espacio aéreo estadounidense, aunque mi estómago continúa firmemente en Oregon. ¡Wow! Todas las luces se encogen hasta que parpadean dulcemente bajo nosotros. Es como mirar hacia afuera desde una pecera. Una vez que estamos más alto, realmente no hay nada para ver. Es negro como la boca de un lobo, ni siquiera la luna derrama alguna luz sobre nuestro viaje. ¿Cómo puede ver hacia dónde vamos?
—Sobrecogedor ¿no? —La voz de Pedro está en mi oído.
—¿Cómo sabes que vas en el camino correcto?
—Aquí. —Señala con su dedo índice uno de sus indicadores y me muestra una brújula electrónica—. Esto es un Eurocopter EC135. Uno de los más seguros de su clase. Está equipado para el vuelo nocturno. —Me da un vistazo y sonríe.—Hay una pista de aterrizaje en la cima del edificio donde vivo. Hacia allá nos dirigimos.

Desde luego que hay una pista de aterrizaje donde él vive. Estoy tan fuera de mi liga aquí. Su rostro está suavemente iluminado por las luces del panel de instrumentos.
Está muy concentrado mientras continuamente mira varios diales al frente. Me empapo en sus rasgos, mirándolo de reojo. Tiene un perfil hermoso. La nariz recta, la mandíbula cuadrada; me gustaría recorrer con mi lengua toda su mandíbula. No se ha afeitado y su barba hace el panorama doblemente tentador. Mmm... Me gustaría sentir que tan áspera es bajo mi lengua, mis dedos, contra mi rostro.

—Cuando vuelas en la noche, vuelas sin visibilidad. Tienes que confiar en tus instrumentos. —Interrumpe mi sueño erótico.
—¿Cuánto durará el vuelo? —consigo decir, jadeando. No estaba pensando en sexo en absoluto, no, de ninguna manera.
—Menos de una hora, el viento está a nuestro favor.
Mmm, menos de una hora para Seattle... eso no está mal, no importa que estemos volando.
Tengo menos de una hora antes de la gran revelación. Todos los músculos en mi vientre se aprietan, fuerte. Tengo un serio caso de mariposas. Se multiplican en mi estómago. Oh, mierda, ¿qué tiene reservado para mí?
—¿Estás bien, Paula?
—Sí. —Mi respuesta es corta y sale con dificultad por mis nervios.
Creo que sonríe, pero es difícil decirlo en la oscuridad. Pedro mueve otro interruptor.
—PDX, esto es Charlie Tango ahora a los mil cuatrocientos, cambio. —Él intercambia información con el control de tráfico aéreo. Todo suena muy profesional para mí. Creo que nos movemos del espacio aéreo de Portland al Aeropuerto Internacional de Seattle.
—Sea-Tac entendido, cambio y fuera.

—Mira hacia allá. —Señala a una pequeña luz a lo lejos—. Eso es Seattle.
—¿Siempre impresionas a las mujeres de ésta manera? “Ven y vuela en mi helicóptero”—le pregunto, genuinamente interesada.
—Nunca traje a una mujer aquí, Paula. Es otra primera vez para mí también. —Su voz es tranquila, seria.
Oh, esa es una respuesta inesperada. ¿Otra primera vez? ¿Oh, lo de dormir con alguien, tal vez?
—¿Estás impresionada?
—Estoy intimidada, Pedro.
Él sonríe.
—¿Intimidada? —Y por un breve momento, él tiene su edad de nuevo.
Asentí.
—Eres tan... competente.
—¡Vaya! Gracias señorita Chaves —dice cortésmente. Creo que está contento, pero no estoy segura.

 Sea-Tac, Aeropuerto Internacional de Seattle-Tacoma. 
Volamos en silencio por la oscuridad de la noche por un tiempo. La mota brillante que es Seattle, poco a poco se hace más grande.
—Torre de Sea-Tac a Charlie Tango. Plan de vuelo hacia Escala. Por favor, continúe y esté alerta. Fuera.
—Esto es Charlie Tango, entendido Sea-Tac. Estoy alerta, cambio y fuera.

—Realmente disfrutas esto —murmuro.
—¿Qué? —Me mira. Parece burlón a la penumbra de los instrumentos.
—Volar —contesté.
—Requiere control y concentración... ¿Cómo podría no amarlo? Aunque prefiero volar.
—¿Volar?
—Sí. Volar sin motor. Planeadores y helicópteros. Piloteo ambos.
—Ah. —Aficiones caras. Lo recuerdo diciéndome eso durante la entrevista. A mí me gusta leer y en ocasiones ir a ver películas. Soy más común.  
—Charlie Tango adelante, por favor, cambio. —La voz incorpórea de control aéreo interrumpe mi sueño. Pedro responde, sonando controlado y seguro.
Seattle se está acercando. Ahora estamos realmente afuera. ¡Oh! Luce absolutamente impresionante. Seattle de noche, desde el cielo...
—Luce bien, ¿no? —murmura.
Asiento entusiasmada. Parece de otro mundo, irreal y me siento como en el reparto de una película de gigantes, tal vez la película favorita de José, Bladerunner. El recuerdo del intento de beso de José me atormenta. Me empiezo a sentir un poco cruel por no llamarlo. Puede esperar hasta mañana... Seguro.
—Estaremos allí en unos minutos —murmura Pedro y de repente, mi sangre palpita en mis oídos mientras los latidos de mi corazón se aceleran y la adrenalina recorre mi sistema. Empieza a hablar de nuevo con control aéreo, pero no escucho más.
Oh mi... Creo que me voy a desmayar. Mi destino está en sus manos.
                                                         
Ahora volamos entre los edificios y frente a nosotros, puedo ver un rascacielos con una pista de aterrizaje en la cima. La palabra “Escala” está pintada en blanco en la cima del edificio. Está cada vez más cerca, se hace cada vez más y más grande... Como mi ansiedad. Dios, espero no defraudarlo. Él me encontrará carente de algo. Desearía haber escuchado a Zai y haber tomado uno de sus vestidos, pero a mí me gustan mis jeans negros, estoy usando una camisa verde claro y la chaqueta negra de Zai. Me veo elegante. 
Sujeto el borde de mi asiento cada vez más fuerte. Puedo hacerlo. Puedo hacerlo. Canto ese mantra mientras descendemos.  
El helicóptero reduce la marcha, se sostiene en el aire y Pedro lo deja sobre la pista de aterrizaje en la cima del edificio. Mi corazón está en mi boca. No puedo decir si es por nervios anticipados, alivio de que llegamos vivos o miedo de que de alguna manera fallaré. Él apaga el motor, el sonido del rotor disminuye y se tranquiliza hasta que escucho el sonido de mi respiración irregular. Pedro se quita sus auriculares, alcanza los míos y también los quita.
—Estamos aquí —dice suavemente.
Su mirada es tan intensa, la mitad en las sombras y la otra mitad iluminada por las luces de aterrizaje. El caballero oscuro y el caballero blanco, es una metáfora apropiada para Pedro. Parece tenso. Su mandíbula está apretada y sus ojos ceñidos.
Desata su cinturón de seguridad y se estira para desatar el mío. Su rostro a centímetro del mío.

—No tienes que hacer nada que no quieras, sabes eso, ¿no? —Su tono es tan serio, incluso desesperado, sus ojos grises apasionados. Me toma por sorpresa.
—Nunca haría algo que no quisiera, Pedro. —Y mientras digo las palabras, no estoy completamente convencida, porque en este momento, probablemente haría cualquier cosa por este hombre sentado a mi lado. Pero eso hace la magia. Él está calmado.
Me mira con cautela por un momento y de alguna manera, aunque es tan alto, logra hacer con gracia su camino hacia la puerta del helicóptero y abrirla. Salta fuera, esperando que lo siga y toma mi mano cuando me deslizo hacia abajo a la pista de aterrizaje. Hace mucho viento en la cima del edificio y estoy nerviosa por el hecho de que estoy soportando al menos a treinta metros de altura. Pedro rodea mi cintura con su brazo, atrayéndome fuertemente contra él.
—Vamos —grita sobre el ruido del viento. Me arrastra hacia un ascensor y, después de tocar un número en el teclado, la puerta se abre. Dentro está cálido y lleno de espejos.

Puedo mirar a Pedro hacia donde sea que mire y lo maravilloso es que me está llevando al infinito también. Pedro introduce otro código en el teclado, luego las puertas se cierran y el ascensor desciende.
Momentos más tarde, estamos en un vestíbulo blanco. En el centro hay una oscura mesa redonda de madera y sobre ésta, un ramo increíblemente enorme de flores blancas. En las paredes, hay cuadros en todas partes. Él abre una puerta doble y el blanco continúa por el pasillo, directamente hacia una gran habitación. Es la sala de estar, con techos altísimos. Enorme es una palabra demasiado pequeña para esto. La pared lejana es de cristal y conduce a un balcón con vista a todo Seattle.
A la derecha hay un imponente sofá con forma de “u”, en el cual pueden sentarse diez adultos cómodamente. Frente a este, una chimenea moderna de acero inoxidable o platino… algo así. El fuego alumbra y arde con cuidado. A nuestra izquierda, por el camino de entrada, está la cocina. Toda de blanco, con encimeras oscuras de madera y una larga barra de desayuno para seis personas.
Cerca de la zona de la cocina, frente a la pared de vidrio, hay una mesa para cenar rodeada por dieciséis sillas. Y en la esquina hay un piano de cola negro brillante. Oh, sí... Probablemente él también toca el piano. Hay arte de todas las formas y tamaños en todas las paredes. De hecho, el apartamento parece más una galería que un lugar para vivir.

—¿Puedo tomar tu chaqueta? —pregunta Pedro. Niego con la cabeza. Todavía tengo frío por el viento en la pista de aterrizaje.
—¿Quieres una bebida? —pregunta él. Parpadeo.
¡Después de ayer en la noche! ¿Está tratando de ser gracioso? Por un segundo, pienso en pedirle una margarita, pero no tengo el valor.
—Voy a tomar una copa de vino blanco ¿te gustaría acompañarme?
—Sí, por favor —murmuro.
Estoy de pie en esta enorme sala, sintiéndome fuera de lugar. Me acerco a la pared de cristal y me doy cuenta que la mitad inferior de la pared se abre hacia el balcón al estilo acordeón. Seattle está iluminado y animado en el fondo. Camino de regreso a la zona de la cocina —eso toma algunos segundos ya que está muy lejos de la pared de vidrio— y Pedro está abriendo una botella de vino. Se ha quitado la chaqueta.
—¿Pouilly Fumé está bien para ti?
—No sé nada sobre vinos, Pedro. Estoy segura de que estará bien. —Mi voz es baja y vacilante. Mi corazón late con fuerza. Quiero huir. Esto es seriamente suntuoso.
Seriamente excesivo al estilo acaudalado de Bill Gates. ¿Qué estoy haciendo aquí?
Sabes muy bien qué estás haciendo aquí, mi subconsciente se burla de mí. Sí, quiero estar en la cama de Pedro Alfonso.
—Aquí tienes. —Me da una copa de vino. Incluso las copas son suntuosas... pesadas, contemporáneas y de cristal. Tomo un sorbo y el vino es ligero, fresco y delicioso.
—Estás muy callada y ni siquiera estás sonrojándote. De hecho, creo que esto es lo más pálida que te he visto, Paula —murmura—. ¿Tienes hambre?
Niego con la cabeza. No de comida.
—Tienes un lugar muy grande aquí.
—¿Grande?
—Grande.
—Es grande. —Coincide y sus ojos brillan con diversión. Tomo otro sorbo de vino.
—¿Tocas? —Apunto con mi barbilla hacia el piano.
—Sí.
—¿Bien?
—Sí.
—Por supuesto que sí. ¿Hay algo que no puedas hacer bien?
—Sí... un par de cosas. —Toma un sorbo de vino. No quita sus ojos de mí. Los siento siguiéndome cuando me doy la vuelta y echo un vistazo alrededor de esta enorme sala.
Sala es una palabra incorrecta. Esta no es una sala, es una declaración de principios.
—¿Quieres sentarte?
Asiento con la cabeza, él toma mi mano y me lleva al extenso sofá blanco grisáceo. Cuando me siento, estoy sorprendida por el hecho de que me siento como Tess Durbeyfield, contemplando la nueva casa que pertenece al célebre Alec D'Urberville.
El pensamiento me hace sonreír.
—¿Qué es tan divertido? —Se sienta a mi lado, volviéndose para mirarme a la cara.
Reposa la cabeza en su mano derecha, con su codo apoyado en el respaldo del sofá.
—¿Por qué me regalaste específicamente Tess of the D'Urbervilles? —pregunto. Pedro me mira fijamente por un momento. Creo que está sorprendido por mi pregunta. 
—Bueno, dijiste que te gustaba Thomas Hardy.
—¿Esa es la única razón? —Incluso yo puedo escuchar la decepción en mi voz. Su boca se aprieta en una línea dura.
—Me pareció apropiado. Podía mantenerte en un ideal imposiblemente alto, como Angel Clare o degradarte por completo, como Alec D'Urberville —murmura y sus ojos grises brillan oscuros y peligrosos.
—Si sólo hay dos opciones, me quedo con la degradación —susurro, mirándolo fijamente. Mi subconsciente está mirándome con asombro. Él jadea.
—Paula, deja de morderte el labio, por favor. Es muy distractor. No sabes lo que estás diciendo.
—Es por eso que estoy aquí.
Frunce el ceño.
—Sí. ¿Me disculpas un momento? —Desaparece por una puerta ancha al lado opuesto de la sala. Se va por un par de minutos y vuelve con un documento.
—Este es un acuerdo de confidencialidad. —Se encoge de hombros y tiene la gracia de verse un poco avergonzado—. Mi abogado insiste en ello. —Me lo entrega. Estoy completamente perpleja—. Si optas por la segunda opción, la degradación, tendrás que firmar esto.
—¿Y si no quiero firmar nada?
—Entonces, serán los altos ideales de Angel Clare, bueno, por la mayor parte del libro de todos modos.
—¿Qué significa este acuerdo?
—Significa que no puedes revelar nada sobre nosotros. Nada, a nadie.
Lo miro con incredulidad. Mierda. Esto es malo, realmente malo y ahora estoy muy curiosa por saber.
—Está bien. Firmaré.
Me da una pluma.
—¿Ni siquiera vas a leerlo?
—No. 
Frunce el ceño.
—Paula, siempre debes leer cualquier cosa que firmes —me aconseja.
—Pedro, lo que no entiendes es que no hablaría de nosotros con nadie, de todos modos. Ni siquiera con Zai. Por lo tanto, es irrelevante si firmo un acuerdo o no. Si eso significa tanto para ti o para tu abogado… con quién obviamente hablaste, entonces está bien. Voy a firmar.
Él me mira y asiente con la cabeza seriamente.
—Punto justo bien planteado, señorita Chaves.
Firmo ostentosamente en la línea punteada de ambas copias y le devuelvo una.
Doblando la otra, la pongo en mi bolso y tomo un gran trago de vino. Estoy pareciendo mucho más valiente de lo que realmente me siento.
—¿Esto significa que vas a hacer el amor conmigo esta noche, Pedro? —Mierda.
¿Acabo de decir eso? Su boca se abre ligeramente, pero se recupera rápidamente.
—No, Paula no. En primer lugar, yo no hago el amor. Follo... duro. En segundo lugar, hay mucho más papeleo por hacer y en tercer lugar, todavía no sabes lo que te espera. Aún puedes huir por las colinas. Ven, quiero mostrarte mi cuarto de juegos.

Mi boca se abre. ¡Follar duro! Mierda, eso suena tan... caliente. Pero ¿por qué vamos a ver un cuarto de juegos? Estoy desconcertada.
—¿Quieres jugar con tu Xbox? —pregunto. Se ríe fuerte.
—No, Paula, ningún Xbox, ni Playstation. Ven. —Se pone de pie, extendiendo la mano. Dejo que me lleve de nuevo hacia el pasillo. A la derecha de las puertas dobles, por dónde entramos, otra puerta conduce a una escalera. Subimos al segundo piso y doblamos a la derecha. Sacando una llave de su bolsillo, abre otra puerta y toma una respiración profunda.
—Puedes irte en cualquier momento. El helicóptero está listo para llevarte cuando quieras irte, puedes pasar la noche aquí y volver a casa por la mañana. Lo que decidas está bien.
—Sólo abre la maldita puerta, Pedro.

Abre la puerta y retrocede para dejarme entrar. Lo miro una vez más. Quiero saber lo que hay aquí. Tomando una respiración profunda, entro.
Y se siente como si hubiera viajado en el tiempo de vuelta al siglo XVI y a la Inquisición española.

Mierda.







OOLEEEEE!!! Se pensaron que ya iban a garchar?? EKIBOKEISHON Ahq. 
Bueno, pero no falta mucho :d Y se que están esperando porque son re perverts e.e Negras coshinas (?

Bueno, comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica y/o @paisbrenda

COMENTEN MIERDAS INMUNDAS (? Ah, y digan si les gusta el blog, osea las porquerias nuevas que le agregamos ♥

lunes, 23 de septiembre de 2013

Capitulo 11


Pedro abre la puerta del pasajero del SUV negro marca Audi y subo en él. Es una fiera de auto. No ha mencionado el estallido de pasión que explotó en el elevador. ¿Debería hacerlo yo? ¿Deberíamos hablar de ello o pretender que nunca pasó? Difícilmente parecía real, mi primer beso sin barreras. 
Mientras el tiempo pasa, le doy un sentido mítico, como la leyenda de Arturo o la de la ciudad perdida de Atlántida. Nunca pasó, nunca existió. Tal vez imaginé todo esto.
No. Toco mis labios, hinchados por su beso. Esto definitivamente pasó. Soy una mujer cambiada. Deseo a este hombre, desesperadamente y él me desea.
Le doy un vistazo. Pedro es educado, como es habitual, ligeramente distante.
Tan confuso.
Enciende el motor y sale de su espacio del estacionamiento. Enciende el reproductor Mp3. El interior del auto se llena con la más dulce, mágica música de dos mujeres cantando. Oh, wow… todos mis sentidos están confusos, por lo que me afecta el doble.
Envía deliciosos escalofríos por mi espina dorsal. Pedro sale por el sudoeste de Park Avenue y maneja con confianza.
—¿Qué estamos escuchando?
—Es El Dueto de Flores por Delibes, de la ópera de Lakmé. ¿Te gusta?
—Pedro, es maravilloso.
—Lo es, ¿no? —Sonríe, mirándome. Y por un fugaz momento, aparenta su edad, joven, desenfadado y hermoso como-para-detener-el-corazón. ¿Esta era la clave para él? ¿Música? Me siento y escucho las voces angelicales burlándose y seduciéndome.
—¿Puedo oírla otra vez?
—Por supuesto. —Pedro presiona un botón y la música me acaricia una vez más.
Es suave, lenta, dulce y un verdadero asalto a mis sentidos auditivos.
—¿Te gusta la música clásica? —pregunto, con la esperanza de tener un raro vistazo
dentro de sus preferencias personales.
—Mi gusto es ecléctico, Paula, todo desde Thomas Tallis a los Kings of Leon.
—Yo también. Aunque, no sé quién es Thomas Tallis.
Se volvió y me miró brevemente antes de que sus ojos regresaran a la carretera.
—Lo pondré alguna vez para ti. Era un compositor británico del siglo dieciséis. Tudor, iglesia, música de coro. —Pedro me sonríe—. Suena muy esotérico, lo sé, pero también es mágico, Paula.
Presiona un botón y los Kings of Leon empiezan a cantar. Hmm… esta la conozco.
Sex on Fire. Qué apropiado.
La música es interrumpida por el sonido del timbre de un celular a través de los parlantes del Mp3. Pedro golpea un botón sobre el volante.
—Alfonso —dice. Es tan brusco.
—Señor Alfonso. Es Welch. Tengo la información que pidió. —Una voz ronca, incorpórea, sale a través de los altavoces.
—Bien, mándame un e-mail. ¿Algo que agregar?
—No, señor.
Presiona el botón, entonces, cuando la llamada se corta, la música regresa. Ningún adiós o gracias. Me alegro de que nunca considerara seriamente la idea de trabajar para él. Me estremezco ante la idea. Es demasiado controlador y frío con sus empleados. La música se corta nuevamente por el teléfono.
—Alfonso.
—El CDC le ha sido enviado por e-mail, Sr. Alfonso. —La voz de una mujer.
—Bien, eso es todo, Andrea.
—Buen día, señor.

Pedro cuelga presionando un botón sobre el volante. La música suena muy brevemente, antes de que el teléfono suene otra vez. Santo infierno, ¿esta es su vida, constantes llamadas molestas?

—Alfonso —espeta.
—Hola Pedro ¿has tenido sexo?
—Hola Elliot, tengo el teléfono en el parlante y no estoy solo en el auto. —Pedro suspira.
—¿Quién está contigo?
Pedro pone los ojos en blanco.
—Paula Chaves.
—¡Hola Pau!
¡Pau!
—Hola Eliot.
—He oído mucho acerca de ti —murmura Elliot roncamente. Pedro frunce el ceño.
—No creas una palabra de lo que Zai te diga.
Eliot ríe.
—Estoy dejando a Paula ahora. —Pedro enfatiza mi nombre—. ¿Quieres que te recoja?
—Seguro.
—Te veo dentro de poco. —Pedro cuelga y la música regresa.

—¿Por qué insistes en llamarme Paula?
—Porque es tu nombre.
—Prefiero Pau.
—¿Lo haces ahora? —murmura.
Estamos casi en mi apartamento. No tomó mucho tiempo.
—Paula —reflexiona. Le frunzo el ceño, pero ignora mi expresión—. Lo que pasó en el ascensor, no volverá a pasar, bueno, no a menos que sea premeditado.

Se detiene en la puerta de mi dúplex. Tarde me doy cuenta de que no ha preguntando en dónde vivo, aunque lo sabía. Pero claro, envió los libros, por supuesto que sabe dónde vivo. Cómo podría con un rastreador de teléfonos celulares y un helicóptero propio, no ser un acosador.
¿Por qué no me besará otra vez? Hago pucheros ante el pensamiento. No lo entiendo.
Honestamente, su apellido debería ser Críptico y no Alfonso. Sale del auto, caminando fácilmente con la gracia de sus piernas largas, rodeándolo hasta mi lado para abrir la puerta, siempre el caballero, excepto en el raro y precioso momento en los ascensores.
Me sonrojo ante el recuerdo de su boca en la mía y el pensamiento de que no he podido tocarlo invade mi mente. Quería correr mis dedos por su decadente y desordenado cabello, pero no había podido mover mis manos. Estaba retrospectivamente frustrada.

—Me gustó lo que pasó en el elevador —murmuro mientras salgo del auto. No estoy segura de haber oído un jadeo audible, pero decidí ignorarlo y subí los escalones de la puerta delantera.
Zai y Elliot estaban sentados en nuestra mesa del comedor. Los libros de catorce mil dólares habían desaparecido. Gracias al cielo. Tengo planes para ellos.
Tiene una sonrisa ridícula, muy poco Zai en su rostro y luce desarreglada en una manera atractiva. Pedro me sigue dentro del área de estar y a pesar de su sonrisa de He-estado-teniendo-un-buen-tiempo-toda-la-noche, Zai lo mira sospechosamente.

—Hola, Pau. —Salta a abrazarme y entonces me sostiene con el brazo extendido para poder examinarme. Frunce el ceño y se vuelve hacia Pedro—. Buenos días, Pedro —dice y su tono es un poco hostil.
—Señorita Nara —dice él, en su forma rígida.
—Pedro, su nombre es Zaira —se queja Elliot.
—Zaira. —Pedro le da una inclinación educada y mira a Elliot, quien sonríe y se levanta para abrazarme también.
—Hola Pau. —Sonríe, sus ojos azules brillan y me gusta inmediatamente. Es obvio que no se parece en nada a Pedro, pero bien, son hermanos adoptivos.
—Hola Elliot. —Le sonrío y me doy cuenta de que me estoy mordiendo el labio.
—Elliot, mejor nos vamos —dice Pedro gentilmente.
—Seguro. —Se vuelve hacia Zai, tomándola en sus brazos y dándole un largo y prolongado beso.
—Hasta más tarde, nena —murmura y tengo que sonreír porque es tan impropio de él.
Pero a pesar de que está siendo irreverente, el término cariñoso remueve algo dentro de mí.

—Te veré a las ocho.—Pedro, se da la vuelta para salir, abriendo la puerta delantera y saliendo al porche. Elliot lo sigue hasta el auto, pero se gira, lanza a Zai otro beso y siento una no bienvenida punzada de celos.

—Entonces, ¿lo hiciste? —pregunta Zai mientras los ve subir al auto y marcharse, la evidente curiosidad quema en su voz.
—No —le lanzo con irritación, con la esperanza de que eso ponga un alto a las preguntas. Nos dirigimos de regreso al departamento—. Aunque tú obviamente sí lo hiciste. —No puedo contener mi envidia. Zai siempre se las arregla para atrapar hombres. Es irresistible, hermosa, sexy, divertida, en fin… todas las cosas que yo no.
Pero el responder a su sonrisa es contagioso.
—Y lo veré nuevamente esta tarde. —Aplaude y salta de arriba hacia abajo como una niña pequeña. No puede contener su emoción, su felicidad y no puedo evitar sentirme feliz por ella. Una Zai feliz… esto va a ponerse interesante.
—Pedro me va a llevar a Seattle esta tarde.
—¿Seattle?
—Sí.
—¿Quizás lo harás entonces?
—Oh, espero.
—Entonces, ¿te gusta?
—Sí.
—¿Lo suficiente para…?
—Sí.
Ella levanta sus cejas.
—Wow. Paula Chaves finalmente se enamora de un hombre y es Pedro Alfonso: ardiente y sexy billonario.
—Sí claro, es por el dinero. —Hago una mueca y las dos comenzamos a reírnos.
—¿Es una blusa nueva? —pregunta y le dejo saber todos los poco interesantes detalles de mi noche.
—¿Ya te beso? —me pregunta mientras prepara café.
Me sonrojo.
—Una vez.
—¡Una vez!—se burla.
Asiento con la cabeza, sin vergüenza.
—Es muy reservado.
Ella frunce el ceño.
—Eso es raro.
—No creo que raro lo cubra realmente —murmuro.
—Tenemos que asegurarnos que estés simplemente irresistible para esta tarde —dice con determinación.
Oh no… eso suena a que voy a pasar tiempo consumidor, humillante y doloroso.
—Tengo que trabajar en una hora.
—Puedo trabajar con ese horario. Vamos. —Zai agarra mi mano y me lleva a su cuarto.

El día se prolonga en Clayton a pesar de que estamos ocupados. Llegamos a la temporada de verano, así que tengo que pasar dos horas acomodando las repisas una vez que la tienda se cierra. Es trabajo simple y me da mucho tiempo para pensar. Y no he tenido tiempo para eso en todo el día.

Bajo la incansable y francamente intrusiva instrucción, mis piernas y axilas están rasuradas a la perfección, cejas delineadas y estoy totalmente impecable. Ha sido la experiencia más desagradable. Pero ella me asegura que esto es lo que los hombres esperan estos días. ¿Qué más podrían esperar? Tengo que convencer a Zai que esto es lo que yo quiero hacer. Por alguna extraña razón, ella no confía en él, quizá porque es tan rígido y formal. Dice que no puede evitarlo, pero le prometí que le mandaría un mensaje de texto cuando llegara a Seattle.
No le he dicho del helicóptero, enloquecería.
También tengo el asunto de José. Me dejó tres mensajes y siete llamadas perdidas en mi teléfono. También llamó a la casa dos veces. Zaira ha sido muy vaga con respecto a dónde estoy. Él sabrá que me está cubriendo. Zai nunca es vaga. Pero he decidido hacerlo esperar. Aún estoy muy enojada con él.

Pedro mencionó algún tipo de trabajo escrito y no sé si solo estaba jugando o voy a tener que firmar algo. Es tan frustrante tratar de adivinar. Y encima de toda mi angustia, apenas si puedo controlar mi emoción o mis nervios. ¡Hoy es la noche!
Después de todo este tiempo, ¿estoy lista para esto? Mi diosa interior me mira, golpeando impacientemente su pequeño pie. Ha estado lista para esto por años y está lista para cualquier cosa con Pedro Alfonso, pero aun no entiendo que ve en mí… la tímida Paula Chaves, no tiene sentido.
Es puntual, por supuesto y me está esperando cuando salgo de Clayton. Se baja de la parte trasera del auto para abrirme la puerta y me sonríe amablemente.

—Buenas tardes, Srita. Chaves —dice.
—Sr. Alfonso. —Le asiento educadamente mientras me siento en el asiento trasero del auto. Taylor está sentado en el asiento del conductor.
—Hola, Taylor —digo.
—Buenas tardes, Srita Chaves. —Su voz educada y profesional.
Pedro se sube del otro lado y toma mi mano, dándole un pequeño apretón que siento por todo mi cuerpo.

—¿Cómo estuvo el trabajo? —me pregunta.
—Muy largo —contesto y mi voz es ronca, muy baja y llena de necesidad.
—Sí, también ha sido un día muy largo para mí. —Su tono es serio.
—¿Qué hiciste? —pregunto.
—Fui a escalar con Elliot. —Su dedo acaricia mis nudillos, hacia atrás y hacia adelante, mi corazón se salta un latido mientras mi respiración se acelera. ¿Cómo logra hacerme esto? Sólo está tocando una pequeña parte de mi cuerpo y mis hormonas están volando.
El camino hacia el helipuerto es corto y antes de que me de cuenta, ya hemos llegado.
Me pregunto dónde estará el legendario helicóptero. Estamos en una zona de la ciudad con muchos edificios y hasta yo se que los helicópteros necesitan espacio para despegar y aterrizar. Taylor se estaciona, se baja del automóvil y me abre la puerta. Pedro se coloca a mi lado en un instante y toma mi mano otra vez.

—¿Lista? —pregunta. Asiento con la cabeza y le quiero decir que estoy lista para lo que sea, pero no puedo articular palabras por lo nerviosa y emocionada que estoy.
—Taylor. —Él asiente hacia su chofer y nos dirigimos hacia el edificio, directo a un grupo de ascensores. ¡Ascensores! El recuerdo de nuestro beso esta mañana regresa a perseguirme. No he pensado en ninguna otra cosa en todo el día. Soñando despierta en la registradora de Clayton. El señor Clayton tuvo que gritarme dos veces para devolverme a la tierra. Decir que había estado distraída hubiera sido la ironía del año.
Pedro voltea a verme, una pequeña sonrisa esta en sus labios. ¡Ja! Él también está pensando en eso.
—Sólo son tres pisos —dice secamente, pero sus ojos grises bailan con diversión.
Seguro es telépata. Es escalofriante.
Trato de mantener mi cara impasible mientras entramos al ascensor. Las puertas se cierran y ahí está, la rara atracción eléctrica brincando entre nosotros, esclavizándome.
Cierro mis ojos en un vano intento de ignorarla. Él aprieta mi mano y cinco segundos después, las puertas se abren en el techo del edificio. Y ahí está, un helicóptero blanco con el nombre Alfonso's Enterprises Holdings Inc. escrito de color azul con el logo de la compañía en un lado. Seguro este es mal uso de la propiedad de la Compañía.
Me dirige hacia una pequeña oficina donde un viejo vigilante está sentado detrás de un escritorio.
—Aquí está su plan de vuelo, Sr. Alfonso. Todos los chequeos externos están hechos. Está listo y esperándolo, señor. Es libre de irse.
—Gracias, Joe. —Pedro le sonríe cálidamente.

Oh. Alguien es merecedor del educado comportamiento de Pedro, quizás el no es un empleado. Veo al viejo señor con admiración.
—Vámonos —dice y nos dirigimos hacia el helicóptero.




YA FALTA POCO PARA LO QUE ME IMAGINO ESPERAN!! Coshinas!! Jajaj
Así que, comenten. Mucho. Es una orden. Ah
Por acá o en @soloosoiimica y/o @paisbrenda

Las loveamos!! Kisses ♥

sábado, 21 de septiembre de 2013

Capitulo 10

Está bien —tartamudeo mientras soy arrancada cruelmente de mi sueño erótico.
Salgo de la ducha y tomo dos toallas. Pongo mi cabello en una y la envuelvo al estilo Carmen Mirando en mi cabeza. A toda prisa, me seco, ignorando la sensación placentera de la toalla frotándose contra mi piel súper sensible.
Inspecciono la bolsa de los pantalones. Taylor no sólo me compró eso y nuevas Converses, sino que también una camisa azul pálida, medias y ropa interior. Oh mi Dios. Un sostén limpio y bragas… aunque en verdad, describirlas en una forma mundana y utilitaria no les hace justicia. Son de un diseño exquisito, de alguna lencería europea cara. De encaje azul pálido y de tafetán. Wow. Estoy asombrada y un poco intimidada por esta lencería… y además, me quedan perfectamente. Por supuesto que lo hacen. Me ruborizo al pensar en el hombre con corte militar en alguna tienda de lencería comprando esto para mí. Me pregunto qué más hay en su descripción laboral.

Me visto rápidamente. El resto de la ropa se ajusta perfectamente. Bruscamente seco mi cabello con la toalla y trato desesperadamente de controlarlo. Pero, como siempre, se rehúsa a cooperar y mi única opción es sujetarlo con una banda para el cabello. Debo tener una en mi bolso. Tomo una profunda respiración. Tiempo de enfrentar al Sr. Confusión.
Estoy aliviada de encontrar la habitación vacía. Rápidamente busco mi bolso, pero no está aquí. Tomando una profunda respiración, entro en la sala de la suite. Hay una opulenta área para sentarse, llena de sofás acolchados y suaves cojines, una elaborada mesa de café con un estante de libros brillantes, un área de estudio con una computadora Mac de última generación, una enorme pantalla plasma de TV en la pared y Pedro está sentando en la mesa del comedor al otro lado de la habitación, leyendo un periódico. Es del tamaño de una cancha de tennis o algo parecido, no es que yo juegue tenis, aunque he visto a Zai unas cuantas veces. ¡Zaira!
—Mierda, Zaira —grazno. Pedro me mira.
—Sabe que estás aquí y todavía viva. Le envíe un mensaje de texto a Elliot —lo dice con un rastro de humor.
Oh, no. Recuerdo su ardiente baile de anoche. ¡Todos sus movimientos patentados usados con el máximo efecto para seducir nada más ni nada menos que al hermano de Pedro! ¿Qué va a pensar sobre mí estando aquí? Nunca antes me he quedado fuera.
Ella sigue con Elliot. Sólo lo ha hecho dos veces antes y ambas veces había tenido que soportar ese horrendo pijama rosa durante una semana luego de que terminaran. Va a pensar que yo también he estado con Pedro. 
Pedro me mira imperiosamente. Está usando una camisa de lino blanca, cuello y mangas sin abotonar.
—Siéntate —ordena, señalando un puesto en la mesa. Camino por la habitación y me siento frente a él, como me indicó. La mesa está repleta de comida.
—No sabía que te gustaba, así que ordené una selección del menú del desayuno. —Me da una torcida sonrisa de disculpa.
—Eso es muy despilfarrador de tu parte —murmuro, perpleja por la elección, aunque estoy hambrienta.
—Sí, lo es—suena culpable.
Opto por panqueques, jarabe de arce, huevos revueltos y tocino. Pedro trata de ocultar una sonrisa mientras regresa a su omelette de huevos blancos. La comida es deliciosa.
—¿Té? —pregunta.
—Sí, por favor.
Me pasa una pequeña taza de agua caliente y en el platillo hay una bolsa de té de Twining’s English Breakfast. ¡Caray! Recuerda como me gusta mi té.
—Tu cabello está muy mojado —me reprende.
—No pude encontrar el secador —murmuro, avergonzada. No es como si lo hubiera buscado.
La boca de Pedro se tensa en una dura línea, pero no dice nada.
—Gracias por organizar lo de la ropa.
—Es un placer, Paula. Ese color te favorece.
Me ruborizo y miro mis dedos.
—Sabes, en verdad debes aprender a recibir un cumplido. —Su tono es castigador.
—Debería darte dinero por esta ropa.
Me mira como si lo hubiera ofendido. Continúo.
—Ya me diste libros, los que, por supuesto, no puedo aceptar. Pero esta ropa… por favor, déjame pagarte. —Le sonrío tentativamente.
—Paula, créeme, puedo pagarlo.
—Ese no es el punto. ¿Por qué deberías comprármelas?
—Porque puedo. —Sus ojos brillan con algo extraño.
—Sólo porque puedas no significa que debas —respondo en voz baja mientras me arquea una ceja, sus ojos brillando y de repente, siento como si estuviéramos hablando de otra cosa, pero no sé qué es. Lo que me recuerda…
—¿Por qué me enviaste los libros, Pedro? —Mi voz es suave. Baja sus cubiertos y me contempla, sus ojos grises brillando con una emoción incomprensible. 
Mierda santa… mi boca se seca.
—Bueno, cuando casi fuiste atropellada por el ciclista y yo estaba sosteniéndote y me mirabas diciéndome “Bésame, bésame, Pedro”. —Hace una pausa y se encoge de hombros lentamente—. Sentí que te debía una disculpa y una advertencia. —Pasa sus manos por su cabello—. Paula, no soy el tipo de hombre de flores y corazones, no me interesa el romance. Mis gustos son muy singulares. Deberías alejarte de mí. — Cierra sus ojos como si estuviera dándose por vencido—. Sin embargo, hay algo que me impide alejarme de ti. Pero pienso que ya has descubierto eso.

Mi apetito se desvanece. ¡No puede alejarse!
—Entonces, no lo hagas —susurro.
Él jadea, sus ojos abiertos.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Ilústrame, entonces.
Nos sentamos mirándonos el uno al otro, ninguno tocando la comida.
—¿No eres célibe entonces? —respiro.
Sorpresa ilumina sus ojos grises.
—No, Paula, no soy célibe. —Hace una pausa para que la información penetre y me ruborizo. El filtro cerebro-boca está roto de nuevo. No puedo creer que lo dije en voz alta—. ¿Cuáles son tus planes para los próximos días? —pregunta, su voz baja.
—Hoy trabajo medio día. ¿Qué hora es? —De repente, tengo pánico.
—Poco después de las diez. Tienes mucho tiempo. ¿Qué te parece mañana? —Tiene
sus codos en la mesa y su barbilla descansando en sus largos dedos.
—Zai y yo vamos a comenzar a empacar. Nos mudaremos a Seattle la próxima semana y yo voy a trabajar en Clayton toda esta semana.
—¿Ya tienes un apartamento en Seattle?
—Sí.
—¿Dónde?
—No puedo recordar la dirección. Es en el Distrito Market Pike.
—No está lejos de mí —sus labios se tuercen en una medio sonrisa—. ¿En qué vas a trabajar en Seattle?
¿A dónde va con todas estas preguntas? La Inquisición de Pedro Alfonso es casi tan irritante como la de Zaira Nara.
—Apliqué para algunas pasantías. Estoy esperando noticias.
—¿Aplicaste para mi compañía como sugerí?
Me ruborizo… por supuesto que no.
—Um… no.
—¿Qué tiene de malo mi compañía?
—¿Tu compañía o tú compañía? —sonrío con picardía.
Él sonríe.
—¿Me estás sonriendo, señorita Chaves? —Inclina su cabeza hacia un lado y creo que se ve divertido, pero es difícil de decir. Me sonrojo y bajo la mirada a mi desayuno sin terminar. No puedo mirarlo a los ojos cuando usa ese tono de voz.
—Me gustaría morder ese labio —susurra en un tono oscuro.
Oh Dios. Estoy completamente consciente de que estoy mordiendo mi labio inferior. Mi boca cae abierta mientras jadeo y trago al mismo tiempo. Esa tiene que ser la cosa más sexy que me han dicho jamás. Mi corazón se salta un latido y creo que estoy jadeando.
Dios, soy un desastre tembloroso y ni siquiera me ha tocado. Me retuerzo en mi asiento y encuentro su mirada oscura.
—¿Por qué no lo haces? —lo reto en voz baja.
—Porque no voy a tocarte Paula… no hasta tener tu consentimiento escrito para hacerlo. —Sus labios se curvan en una sonrisa.
¿Qué?
—¿Qué significa eso?
—Exactamente lo que dije. —Suspira y sacude su cabeza, divertido pero exasperado también—. Necesito mostrártelo, Paula. ¿A qué hora terminas de trabajar esta tarde?
—Alrededor de las ocho.
—Bien, podríamos ir a Seattle esta noche o el próximo sábado para cenar en mi casa y te informaré sobre los hechos entonces. La elección es tuya.
—¿Por qué no puedes decírmelo ahora? —Sueno petulante.
—Porque estoy disfrutando mi desayuno y tu compañía. Una vez que seas iluminada respecto a esto, probablemente no querrás volver a verme.

Mierda santa. ¿A qué se refiere? ¿Acaso realiza trata de blancas con pequeños niños en algún lugar del planeta olvidado por Dios? ¿Es parte de algún sindicado del crimen de los bajos mundos? Eso explicaría por qué es tan rico. ¿Es profundamente religioso? ¿Impotente? Seguramente no, podría probarme eso justo ahora. 
Oh, Dios. Mis mejillas se tiñen de escarlata al pensar en las posibilidades. Esto no me está llevando a ningún lado. Me gustaría resolver el enigma que es Pedro Alfonso más temprano que tarde.
Aunque si el secreto que tiene es tan asqueroso que ya no querré verlo más, francamente, será un alivio. No te mientas a ti misma, me grita mi subconsciente, tendría que ser sangrientamente malo para que corras hacia las colinas.
—Esta noche.
Él levanta una ceja.
—Al igual que Eva, quieres comer pronto del árbol del conocimiento. —Sonríe.
—¿Me está sonriendo, señor Alfonso? —pregunto dulcemente. Idiota pomposo.
Entrecierra sus ojos y levanta su BlackBerry. Presiona un número.
—Taylor. Voy a necesitar a Charlie Tango.
¡Charlie Tango! ¿Quién es ella?
—Desde Portland digamos a las ocho treinta… No, detenido en Escala… Toda la noche.
¡Toda la noche! 
—Sí. Hasta mañana en la mañana. Lo pilotearé desde Portland a Seattle.
¿Pilotear?
—Piloto en espera desde las diez y media. —Corta la llamada. Ningún por favor o gracias.
—¿La gente siempre hace lo que le dices?
—Usualmente, si quieren mantener sus empleos —dice, impasible.
—¿Y si no trabajan para ti?
—Oh, puedo ser muy persuasivo, Paula. Deberías terminar tu desayuno. Y luego te llevaré a tu casa. Te recogeré en Clayton a las ocho, cuando hayas terminado. Volaremos a Seattle.

Parpadeo en su dirección.
—¿Volar?
—Sí. Tengo un helicóptero.
Lo miro alucinada. Tengo mi segunda cita con Pedro oh-tan-misterioso Alfonso.
Desde café hasta vuelos en helicóptero. Wow.
—¿Iremos hasta Seattle en helicóptero?
—Sí.
—¿Por qué?
Él sonríe perversamente.
—Porque puedo. Termina tu desayuno.
¿Cómo puedo comer ahora? Iré a Seattle en helicóptero con Pedro Alfonso. Y él quiere morder mi labio… me retuerzo ante el pensamiento.
—Come —dice más claramente—. Paula, tengo un problema con la comida desperdiciada… come.
—No puedo comer todo esto. —Dirijo mi mirada hasta lo que queda sobre la mesa.
—Come lo que está en tu plato. Si hubieras comido apropiadamente ayer, no estarías aquí y yo no estaría declarando mis intenciones tan pronto. —Su boca se estrecha en una línea sombría. Parece enojado. 
Frunzo en ceño y vuelvo a mi comida fría. Estoy demasiado excitada para comer, Pedro.
¿No lo entiendes? Explica mi subconsciente. Pero soy demasiado cobarde para expresar
mis pensamientos en voz alta, especialmente cuando él se ve tan sombrío. Hmmm, como un niño pequeño. Encuentro esa idea divertida.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunta. Sacudo mi cabeza, sin atreverme a decirle y mantengo mis ojos en mi comida. Tragando mi último trozo de panqueque, lo miro. Me está observando especulativamente.
—Buena chica —dice—. Te llevaré a casa cuando hayas secado tu cabello. No quiero que te enfermes. —
Hay alguna clase de promesa implícita en sus palabras. ¿A qué se refiere? Dejo la mesa, preguntándome por un momento si debería pedir permiso pero desestimando la idea.
Suena como un precedente peligroso que establecer. Me dirijo otra vez hacia su dormitorio. Un pensamiento me detiene.
—¿Dónde dormiste anoche? —Me giro para mirarlo, todavía sentado en la silla del comedor. No puedo ver mantas o sábanas aquí… tal vez las arregló de inmediato.
—En mi cama —dice simplemente, su mirada impasible otra vez.
—Oh.
—Sí, fue una tremenda novedad para mí también. —Sonríe.
—No tener… sexo. —Ahí… dije la palabra. Me sonrojo, por supuesto.
—No —niega con su cabeza y frunce el ceño como si estuviera recordando algo incómodo—. Dormir con alguien. —Toma su periódico y continúa leyendo.
¿Qué, en nombre del cielo, significa eso? ¿Nunca ha dormido con nadie? ¿Es virgen?
De alguna forma lo dudo. Me quedo de pie mirándolo fijamente con incredulidad. Es la persona más desconcertante que jamás he conocido. Me doy cuenta que he dormido con Pedro Alfonso y me pateo a mí misma… qué hubiera dado por estar consciente para observarlo dormir. Verlo vulnerable. De algún modo, encuentro eso difícil de imaginar. Bueno, al parecer todo será revelado esta noche.

En su dormitorio, busco en una cómoda y encuentro el secador de cabello. Utilizando mis dedos, seco mi pelo lo mejor que puedo. Cuando he acabado, me dirijo al baño.
Quiero limpiar mis dientes. Veo el cepillo de dientes de Pedro. Sería como tenerlo a él en mi boca. Hmm… Miro con culpa por encima de mi hombro hacia la puerta, siento las cerdas del cepillo de dientes. Están húmedas. Él ya debe haberlo usado.
Tomándolo rápidamente, pongo un poco de pasta de dientes en él y cepillo mis dientes dos veces más rápido de lo normal. Me siento tan traviesa. Es una tremenda emoción. 
Tomando mi camiseta, sujetador y bragas de ayer, las pongo en la bolsa de la compra que Taylor trajo y me dirijo hacia el área de la sala en busca de mi bolso y mi chaqueta. Para mi tremenda alegría, hay un lazo para el cabello en mi bolso. Pedro me está observando con expresión indescifrable mientras sujeto mi cabello en una coleta. Siento sus ojos seguirme mientras me siento y espero a que él termine. Está en su BlackBerry hablando con alguien.
—¿Ellos quieren dos?... ¿Cuánto costará?... Muy bien, ¿y qué medidas de seguridad tenemos en el lugar?... ¿E irán vía Suez?... ¿Qué tan seguro es Ben Sudan?... ¿Y cuándo llegan a Darfur?... Muy bien, hagámoslo. Mantenme informado del progreso. — Cuelga.
—¿Lista para irnos?
Asiento. Me pregunto de qué se trataba su conversación. Se coloca una chaqueta azul marino a rayas, recoge las llaves de su auto y se dirige hacia la puerta.
—Después de ti, señorita Chaves —murmura, abriendo la puerta para mí. Se ve tan casual y elegante.
Me detengo, una fracción de segundo demasiado extensa, empapándome de él. Y pensar que dormí con él la noche anterior y después de todo el tequila y el vómito, todavía está aquí. Lo que es más, quiere llevarme a Seattle. ¿Por qué yo? No lo entiendo. Me dirijo hacia la puerta recordando sus palabras: “Hay algo en ti.” Bueno, el sentimiento es completamente mutuo señor Alfonso y estoy determinada a descubrir qué es.
Caminamos en silencio a lo largo del pasillo hacia el ascensor. Mientras esperamos, le doy un vistazo a través de mis pestañas y él me mira por el rabillo de su ojo. Sonrío y sus labios se contraen.
El ascensor llega y nos subimos. Estamos solos. Repentinamente, por algún motivo inexplicable, posiblemente nuestra cercanía en un espacio tan cerrado, la atmósfera entre nosotros cambia, cargándose con una eléctrica y estimulante anticipación. Mi respiración se altera mientras mi corazón se acelera. Su cabeza se gira hacia mí una fracción, sus ojos se oscurecen. Muerdo mi labio.

—Oh, a la mierda el papeleo —gruñe. 
Se abalanza sobre mí, empujándome contra la pared del ascensor. Antes de que lo sepa, tiene mis dos manos en una de las suyas en un férreo agarre por encima de mi cabeza y está clavándome contra la pared utilizando sus caderas. Mierda santa. Su otra mano sujeta mi coleta y la tira hacia abajo, levantando mi rostro y sus labios están sobre los míos. Simplemente no es doloroso.
Gimo en su boca, dándole la entrada a su lengua. Toma completa ventaja de esto, su lengua explora mi boca de forma experta. Nunca he sido besada de esta forma. Mi lengua tentativamente acaricia la suya y se une en un lento baile erótico que es sobre el tacto y las sensaciones, todo golpe y choques de dientes. Levanta su mano para sujetar mi barbilla y me sostiene en mi lugar. Y no puedo hacer nada, mis manos están sujetas, mi cara en un firme agarre y sus caderas me restringen… siento su erección contra mi vientre. Oh Dios… él me desea, Pedro Alfonso, Dios Griego, me desea y yo lo deseo, aquí… ahora, en el ascensor.

—Eres. Tan. Dulce —murmura, cada palabra una declaración.

El ascensor se detiene, la puerta se abre y se aleja de mí en un abrir y cerrar de ojos, dejándome ahí. Tres hombres en trajes de negocios nos miran y sonríen mientras suben a bordo. Mi ritmo cardíaco está por las nubes y me siento como si hubiera corrido una carrera cuesta arriba. Quiero inclinarme y apoyarme en mis rodillas… pero eso es demasiado obvio.
Lo miro. Se ve tan fresco y tranquilo, como si hubiera estado haciendo el crucigrama del Seattle Times. Qué injusto. ¿Es que no está afectado por mi presencia? Me mira por el rabillo de su ojo y toma suavemente una respiración profunda. Oh, sí que está afectado… y mi pequeña diosa interna se bambolea en una suave samba de la victoria.
Los hombres de negocios se bajan en el segundo piso. Todavía tenemos un piso más
que recorrer.

—Cepillaste tus dientes —dice, mirándome fijamente.
—Usé tu cepillo de dientes —respiro.
Sus labios se curvan en una media sonrisa.
—Oh, Paula Chaves, ¿qué voy a hacer contigo?
Las puertas se abren en el primer piso, él toma mi mano y tira de mí hacia afuera.
—¿Qué es lo que tienen los ascensores? —murmura, más para él que para mí mientras camina a lo largo del vestíbulo. Me esfuerzo por mantener la paz con él, porque mi ingenio ha sido real y completamente derramado sobre el piso y las paredes del ascensor tres del Hotel Heathman









Bueno negras como chipa *ni tierna* acá hay otro cap.
Comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica y/o @paisbrenda

jueves, 12 de septiembre de 2013

Capitulo 9


Está muy silencioso. La luz es muy débil. Me siento cómoda y cálida en esta cama. Hmm… Abro mis ojos y por un momento estoy tranquila y serena, disfrutando los extraños y desconocidos alrededores. No tengo idea de dónde estoy. La cabecera detrás de mí tiene la forma de un enorme sol. 
Es extrañamente familiar. La habitación es grande, espaciosa y lujosa, amueblada en tonos cafés,
dorados y beiges. La he visto antes. ¿Dónde? Mi cerebro aturdido lucha a través de sus
recientes memorias visuales. Mierda. Estoy en el hotel Heathman… en una suite. He
estado parada en una habitación parecida a esta con Zai. Esta parece más grande.
Oh, mierda. Estoy en la suite de Pedro Alfonso. ¿Cómo llegué aquí?
Recuerdos fragmentados de la noche anterior regresan lentamente a atormentarme. La
bebida, ay no la bebida, la llamada telefónica, oh no la llamada telefónica, el vómito, oh no
el vómito. José y luego Pedro. Oh no. Me estremezco por dentro. No recuerdo venir aquí. Estoy usando mi camiseta, sujetador y bragas. Sin calcetines. Sin jeans. Mierda. Echo un vistazo a la mesa de noche. En ella hay un vaso con jugo de naranja y dos pastillas. Advil. 
Que controlador es, piensa en todo. Me siento y tomo las pastillas. En realidad no me siento tan mal, probablemente mucho mejor de lo que merezco. El jugo de naranja tiene un sabor divino. Apaga la sed y es refrescante. Nada es mejor que el jugo de naranja recién exprimido para revivir una boca seca.
Hay un golpe en la puerta. Mi corazón salta a mi boca y parece que no puede encontrar mi voz. Él abre la puerta de todos modos y entra.
Santo infierno, ha estado haciendo ejercicio. Usa pantalones de chándal gris que
cuelgan de sus caderas y una camiseta gris que esta oscurecida con sudor, al igual que su cabello. Sudor de Pedro Alfonso, la idea causa cosas extrañas en mí. Tomo una respiración profunda y cierro los ojos. Me siento como una niña de dos años. Si cierro mis ojos, entonces no estoy aquí realmente.
—Buenos días, Paula ¿Cómo te sientes?
Oh, no.
—Mejor de lo que me merezco —murmuro.

Le doy un vistazo. Coloca una bolsa de compra grande en una silla y toma cada extremo de la toalla que tiene alrededor de su cuello. Me mira, ojos gris oscuro y como siempre, no tengo idea de lo que está pensando. Esconde sus pensamientos y sentimientos tan bien.

—¿Cómo llegué aquí? —Mi voz es débil, con remordimientos.
Se acerca y se sienta en el borde de la cama. Está lo suficientemente cerca como para que lo pueda tocar, para que lo pueda oler. Oh... el sudor, gel de ducha y Pedro, es un cóctel embriagador... mucho mejor que una margarita y ahora puedo hablar desde la experiencia.
—Después que te desmayaste, no quería arriesgar la tapicería de cuero en mi auto
llevándote todo el camino a tu apartamento. Así que te traje aquí — dice pausadamente.
—¿Me pusiste en la cama?
—Sí. —Su rostro es imperturbable.
—¿Vomite de nuevo? —Mi voz es más silenciosa.
—No.
—¿Me desvestiste? —susurro.
—Sí. —Alza una ceja en mi dirección y me sonrojo furiosamente.
—Nosotros no... —le susurro, mi boca secándose con horror mortificado cuando no puedo completar mi pregunta. Miro mis manos.
—Paula, estabas en estado de coma. La necrofilia no es lo mío. Me gusta que mi mujer sea sensible y receptiva —dice secamente.
—Lo siento mucho.
Su boca se eleva ligeramente en una sonrisa irónica.
—Fue una noche muy divertida. Una que no olvidaré en un tiempo.

Yo tampoco; oh, el bastardo se ríe de mí. No le pedí que viniera a buscarme. De alguna forma, me ha hecho sentir como el villano de la obra.
—No tenías por qué rastrearme con cualquier cosa de James Bond que estés desarrollando para vender al mejor postor —digo bruscamente. Me mira fijamente, sorprendido y si no me equivoco, un poco herido. 
—En primer lugar, la tecnología para rastrear teléfonos celulares está disponible a través de Internet. En segundo lugar, mi compañía no invierte o fabrica cualquier tipo de dispositivos de vigilancia y en tercer lugar, si no hubiera ido por ti, probablemente estarías despertando en la cama del fotógrafo y por lo que puedo recordar, no estabas excesivamente entusiasmada sobre la forma en que te coqueteaba —dice agriamente.

¡La forma en que coqueteaba! Miro a Pedro, me está mirando, sus ojos grises centelleantes, apenado. Trato de morderme el labio, pero fallo al reprimir la risa.

—¿De qué crónica medieval escapaste? —me río—. Suenas como un distinguido caballero.
Su humor cambia visiblemente. Sus ojos se suavizan y se expresión se hace cálida y veo un rastro de sonrisa en sus labios bellamente cincelados.
—Paula, no lo creo. Caballero oscuro tal vez. —Su sonrisa es irónica y niega con la cabeza—. ¿Comiste anoche? —Su tono es acusador. Niego con la cabeza. ¿Qué gran transgresión he cometido ahora? Su mandíbula se aprieta, pero su rostro permanece imperturbable.
—Necesitas comer. Por eso estabas tan mal. Honestamente Paula, es la regla número uno al beber. —Pasa sus manos por su cabello y sé que es porque está exasperado.
—¿Vas a continuar regañándome?
—¿Es eso lo que estoy haciendo?
—Creo que sí.
—Tienes suerte de que sólo te estoy regañando.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, si fueras mía, no serías capaz de sentarte durante una semana después de la proeza que hiciste ayer. No comiste, te emborrachaste, te pusiste en riesgo. —Cierra sus ojos, el temor grabado en su hermoso rostro y se estremece un poco. Cuando abre sus ojos, me mira—. Odio pensar en lo que podría haberte pasado.

Frunzo el ceño en su dirección. ¿Cuál es su problema? ¿Qué soy de él? Si fuera suya...
bueno, no lo soy. Aunque tal vez, a una parte de mí le gustaría serlo. El pensamiento penetra a través de la irritación que siento ante sus palabras arrogantes. Me sonrojo ante la rebeldía de mi subconsciente; ella está haciendo su baile de felicidad en una brillante falda hawaiana de color rojo ante la idea de ser suya.
—Habría estado bien. Estaba con Zai. 
—¿Y el fotógrafo? —me dice bruscamente.
Hmm... el joven José. Voy a tener que enfrentarme a él en algún momento.
—José solo se pasó de la raya. —Me encojo de hombros.
—Bueno, la próxima vez que se pase de la raya, tal vez alguien debería enseñarle buenos modales.
—Eres bastante disciplinario —le digo entre dientes.
—Oh, Paula, no tienes idea. —Sus ojos se entrecierran y luego sonríe con malicia.
Es cautivadora. Un minuto, estoy confundida y enojada, y después, estoy mirando a su bella sonrisa. Wow... estoy en trance y es porque su sonrisa es tan rara. He olvidado de qué está hablando.
—Voy a tomar una ducha. ¿A menos que prefieras ducharte primero? —Ladea la cabeza hacia un lado, aun sonriendo. Los latidos de mi corazón se aceleran y mi bulbo raquídeo ha dejado de hacer sinapsis para que pueda respirar. Su sonrisa se ensancha, se acerca y dirige su pulgar hacia abajo por mi mejilla y a través de mi labio inferior.
—Respira, Paula —susurra y se levanta—. El desayuno estará aquí en quince minutos. Debes estar muerta de hambre. —Se dirige al baño y cierra la puerta.
Dejo escapar el aire que había estado reteniendo. ¿Por qué es tan condenadamente atractivo? En este momento, quiero ir y unirme a él en la ducha. Nunca me he sentido así por nadie. Mis hormonas están en una carrera. Mi piel hormiguea por donde pasó su pulgar, sobre mi rostro y el labio inferior. Me siento retorcer con una necesidad, ansia... incomodidad. No entiendo esta reacción. Hmm... Deseo. Esto es deseo. Así es como se siente.

Me recuesto en las suaves almohadas llenas de plumas. “Si fueras mía.” Oh mi… ¿qué haría para ser suya? Él es el único hombre que alguna vez ha agitado mi sangre. Sin embargo, es tan antagónico también; es difícil, complicado y confuso. Un minuto me rechaza, al siguiente me envía libros de catorce mil dólares, luego me rastrea como un acosador. Y aun así, pasé la noche en su habitación de hotel y me siento a salvo.
Protegida. Le importo lo suficiente para ir y rescatarme de algún peligro percibido erróneamente. No es un caballero oscuro en absoluto, sino un caballero blanco en armadura brillante y deslumbrante, un clásico héroe romántico, Sir Gawain o Lancelot.
Salgo de su cama, buscando frenéticamente mis pantalones. Él emerge del baño, mojado y brillante por la ducha, todavía sin afeitar, con sólo una toalla alrededor de su cintura y ahí estoy yo… con las piernas desnudas y embobada. Está sorprendido de verme fuera de la cama.
—Si estás buscando tus pantalones, los envíe a la lavandería. —Su mirada es de obsidiana oscura—. Estaban salpicados de tu vomito.
—Oh. —Me pongo color escarlata. ¿Por qué en la tierra siempre me atrapa a la defensiva?
—Envíe a Taylor por otro par y unos zapatos. Están en la bolsa de la silla.
Ropa limpia. Que bonus tan inesperado.
—Um… tomaré una ducha —murmuro—. Gracias —¿Qué más puedo decir? Tomo la bolsa y entro disparada al baño, lejos de la proximidad de un Pedro desnudo. El
David de Miguel Angel no tiene comparación con él.
El baño está lleno de vapor. Arranco mi ropa y rápidamente me meto a la ducha, ansiosa de estar bajo el chorro de agua. Cae en cascada sobre mí y alzo mi rostro hacia el bienvenido torrente. Deseo a Pedro Alfonso. Lo deseo demasiado. Es simple. Por primera vez en mi vida, quiero estar en la cama con un hombre. Quiero sentir sus manos y su boca en mí.
Él dijo que le gustaba que su mujer estuviese consciente. Entonces, probablemente no es célibe. Pero él no se aprovechó, a diferencia de Paul o José. No entiendo. ¿Me desea?
No me besó la semana pasada. ¿Soy repelente? Y sin embargo, aquí estoy y me trajo él.
Simplemente no sé a qué está jugando. ¿Qué está pensando? Has dormido toda la noche en su cama y no te tocó, Pau. Haz la suma. Mi subconsciente alza su parte fea y vil, la ignoro.
El agua es caliente y relajante. Hmm… podría quedarme bajo esta ducha, en este baño, por siempre. Alcanzo el jabón y huele a él. Es un olor delicioso. Lo froto por todo mi cuerpo, fantaseando que es él quien frota este jabón con esencia celestial por mi cuerpo, por mis pechos, sobre mi estómago y entre mis muslos con sus largos dedos.
Oh mi Dios. Mi corazón se acelera de nuevo, esto se siente tan… tan bien.
—El desayuno está aquí. —Golpea la puerta, asustándome.

martes, 10 de septiembre de 2013

Capitulo 8

¿Paula? —Está sorprendido de escucharme. Bueno, francamente, estoy sorprendida de llamarlo. Entonces, mi confundido cerebro registra… ¿Cómo sabe que soy yo?
—¿Por qué me enviaste los libros? —digo, formando mal las palabras.
—¿Paula, estás bien? Tu voz suena extraña. —Su voz está llena de preocupación.
—Yo no soy la extraña, tú lo eres —lo acuso. Ahí, eso se lo dice, mi valor alimentado por el alcohol.
—Paula, ¿has estado bebiendo?
—¿Qué te importa?
—Estoy… curioso. ¿Dónde estás?
—En un bar.
—¿Cuál Bar? —Suena exasperado.
—Un bar en Portland.
—¿Cómo regresarás a casa?
—Encontraré una manera. —Esta conversación no está saliendo como esperaba.
—¿En que bar estás?
—¿Por qué me enviaste los libros, Pedro?
—Paula, ¿dónde estás? Dímelo ahora. —Su tono es tan, pero tan dictatorial… como siempre controlador. Me lo imagino como un director de películas antiguas, usando pantalones de montar, sosteniendo un megáfono y una fusta. La imagen me hace reír a carcajadas.
—Eres tan dominante… —Suelto una risita tonta.
—Pau, ayúdame con esto, ¿en dónde diablos estás?
Pedro Alfonso está maldiciendo frente a mí. Me río de nuevo.
—Estoy en Portland… muy lejos de Seattle.
—¿En qué parte de Portland?
—Adiós, Pedro.
—¡Pau!

Cuelgo. ¡Já! Aunque no me dijo nada de los libros. Frunzo el ceño. Misión no cumplida. Estoy realmente borracha, mi cabeza nada incómoda mientras me arrastro en la fila. Bueno, el objetivo del ejercicio era emborracharse. Lo he logrado. Esto es algo como: una experiencia que probablemente no debe ser repetida. La fila se ha movido y ahora es mi turno. Me quedo mirando fijamente el cartel en la parte posterior de la puerta del baño que exalta las virtudes del sexo seguro. Santa mierda, ¿acabo de llamar a Pedro Alfonso? Mierda. Mi teléfono suena y me hace saltar. Grito por la sorpresa.

—Hola —gimo tímidamente al teléfono. No había contado con esto.
—Iré a recogerte —dice y cuelga. Sólo Pedro Alfonso puede sonar tan tranquilo y amenazante al mismo tiempo.

Santa mierda. Subo mis pantalones. Mi corazón late con fuerza. ¿Vendrá a buscarme?
Ay no, me voy a enfermar… no… estoy bien. Espera. Simplemente está jugando con mi cabeza. No le dije en dónde estaba. No puede encontrarme aquí. Además, le tomará horas llegar aquí desde Seattle. Y ya nos habremos ido para entonces. Me lavo las manos y compruebo mi rostro en el espejo. Me veo ruborizada y ligeramente desenfocada. Hmm… Tequila.
Espero en la barra por lo que se siente como una eternidad por la jarra de cerveza y finalmente vuelvo a la mesa.
—Te fuiste por mucho tiempo —me regaña Zai—. ¿Dónde estabas?
—En la fila para ir al baño.
José y Levi están teniendo un acalorado debate acerca de nuestro equipo local de beisbol. José hace una pausa en su sermón para servirnos cerveza a todos y tomo un largo trago.

—Zai , creo que será mejor que salga y tome un poco de aire fresco.
—Pau, eres verdaderamente un peso ligero.
—Serán cinco minutos.
Me abro paso a través de la multitud de nuevo. Estoy comenzando a sentir náuseas, mi cabeza está girando y no tengo mucho equilibrio. Menos equilibro de lo normal.
Tomar el aire fresco en el estacionamiento hace que me cuenta de cuan borracha estoy.
Mi visión se ha visto afectada y realmente estoy viendo doble todas las cosas, al igual que en las viejas repeticiones de los dibujos animados de Tom y Jerry.  Creo que voy a vomitar. ¿Por qué me permití llegar a esto?
—Pau. —José ha llegado—. ¿Estás bien?
—Creo que simplemente he bebido un poquito demás. —Le sonrío débilmente.
—Yo también —murmura, sus oscuros ojos mirándome intensamente—. ¿Necesitas ayuda? —pregunta y da un paso hacia mí, poniendo sus brazos a mi alrededor.
—José estoy bien. Puedo hacerlo. —Intento empujarlo para alejarlo pero es un débil intento.
—Pau, por favor —susurra, y ahora me sostiene en  sus brazos, acercándome más a él.
—José, ¿qué estás haciendo?
—Sabes que me gustas Pau, por favor. —Una de sus manos está en la parte baja de mi espalda apretándome contra él, la otra sobre mi mentón tirando de mi cabeza hacia atrás. Demonios… va a besarme.
—No José, detente, no. —Lo empujo, pero es una pared de músculo duro y no lo puedo mover. Su mano se ha deslizado hacia mi cabello y deja quieta mi cabeza.
—Por favor, Pau, cariña —susurra contra mis labios. Su aliento es suave y demasiado dulce, por las Margaritas y la cerveza. Con suavidad, traza un sendero de besos a lo largo de mi mandíbula hasta la comisura de mis labios. Me siento borracha, fuera de control y con pánico. La sensación es sofocante.
—José, no —suplico. No quiero esto. Eres mi amigo y creo que voy a vomitar.

—Creo que la señorita dijo que no —dice tranquilamente una voz en la oscuridad.
¡Santa Mierda! Pedro Alfonso, está aquí. ¿Cómo? José me libera.
—Alfonso —dice con sequedad. Miro ansiosamente a Pedro. Él está mirando a José con el ceño fruncido. Y está furioso. Mierda. Mi estomago da un tirón y me inclino hacia adelante, mi cuerpo ya no es capaz de tolerar el alcohol y vomito de forma espectacular sobre el suelo.

—Ugh, ¡Dios mío, Paula! —José salta hacia atrás, asqueado. Alfonso recoge mi cabello y lo
saca de la línea de fuego y me conduce con cuidado a un jardín ubicado en el borde del
estacionamiento. Noto, con profunda gratitud, que está relativamente oscuro.
—Si vas a vomitar otra vez, hazlo aquí. Yo te sostendré. —Uno de sus brazos está alrededor de mis hombros, el otro sostiene mi pelo en una improvisada cola de caballo sobre mi espalda dejando mi rostro despejado. Trato de alejarlo pero vomito de nuevo… y otra vez. Oh, mierda, ¿cuánto tiempo iba a durar esto? Aun cuando mi estómago está vacío y ya nada viene, horribles arcadas sacuden mi cuerpo. Prometo en silencio que jamás volveré a beber. Esto es simplemente demasiado horrible como para poder expresarlo en palabras. Finalmente, se detiene.
Mis manos descansan en la pared de ladrillo que bordea el pequeño jardín, apenas
sosteniéndome: vomitar tanto es agotador. Alfonso retira sus manos y me ofrece un
pañuelo. Sólo él tendría un pañuelo de lino recién lavado con las iniciales PTA
grabadas en él. No sabía que todavía se podía comprar uno de estos. Vagamente, mientras me limpio la boca, me pregunto que significa la T. No me atrevo a mirarlo.
Estoy abrumada por la vergüenza, disgustada conmigo misma. Quiero que las azaleas del jardín me traguen y estar en cualquier parte menos aquí.
José continúa rondando la entrada del bar, vigilándonos. Gimo y pongo mi cabeza entre mis manos. Este tiene que ser simplemente el peor momento de mi vida. Mi cabeza sigue a la deriva mientras trato de recordar uno peor —sólo consigo recordar el
rechazo de Pedro— y esto es mucho, mucho más terrible en términos de humillación. Me arriesgo a darle un vistazo. Me está mirando fijamente, su rostro íntegro, sin dejar traslucir nada. Me doy la vuelta y miro a José quien luce muy avergonzado y, al igual que yo, intimidado por Alfonso. Lo fulmino con la mirada.
Tengo unas cuantas cosas que decirle a mi supuesto amigo. Ninguna de las cuales puedo repetir delante del Gerente General Pedro Alfonso. Paula, a quién engañas, acaba de verte vomitar sobre el suelo y la flora local. No hay forma de disfrazar que no sabes comportarte como una dama.

—Ehm... nos vemos adentro —murmura José, pero ambos lo ignoramos y él se escabulle dentro del edificio. Estoy sola con Alfonso. Doble mierda. ¿Qué debería decirle?
Disculparme por la llamada telefónica.
—Lo siento —murmuro, mirando el pañuelo que estoy apretando furiosamente con los dedos. Es tan suave.
—¿Qué es lo que lamentas Paula?
Ah mierda, está exigiendo una explicación.
—La llamada telefónica principalmente, sentirme mal. Ah, la lista es interminable — murmuro, sintiendo como mi piel se sonrojaba. Por favor, por favor ¿puedo morir ahora?
—Todos hemos estado ahí, quizás no tan dramáticamente como tú —dice secamente—. Se trata de conocer tus propios límites, Paula. Quiero decir, estoy a favor de presionar hasta el límite, pero, de verdad, esto es demasiado. ¿Este tipo de comportamiento es un hábito en ti?

La cabeza me zumba por el exceso de alcohol y la irritación ¿Qué demonios tiene que ver esto con él? No lo invité aquí. Suena como un hombre de mediana edad regañándome como si fuera una niña descarriada. Una parte de mí quiere decirle que si quiero emborracharme cada noche como lo hice hoy, entonces es mi decisión y no tenía nada que ver con él, pero no soy lo suficientemente valiente. No ahora que he vomitado frente a él. ¿Por qué sigue aquí?
—No —digo compungida—. Nunca he estado borracha antes y ahora mismo no tengo
deseos de volver a estarlo.
Simplemente no entiendo por qué está aquí. Comienzo a sentirme mareada. Él se da
cuenta, me toma antes de que caiga y me alza en sus brazos, sosteniéndome contra su
pecho como si fuera una niña pequeña.
—Vamos, te llevaré a casa —murmura.
—Tengo que decirle a Zai. —Buen Señor, estoy en sus brazos otra vez.
—Mi hermano puede decirle.
—¿Qué?
—Mi hermano, Elliot, está hablando con la señorita Nara.
—¿De veras? —No lo entiendo.
—Él estaba conmigo cuando llamaste.
—¿En Seattle? —Estoy confundida.
—No, me estoy hospedando en el Heathman
¿Todavía? ¿Por qué?
—Rastreé tu teléfono celular Paula.
Oh, por supuesto que lo hizo. ¿Cómo es posible? ¿Es legal? Acosador, me susurra mi subconsciente a través de la nube de tequila que todavía flota en mi cerebro, pero de alguna manera, porque se trata de él, no me molesta.
—¿Tienes una chaqueta o un bolso?
—Ehm… Sí, vine con ambos. Pedro, por favor, tengo que decirle a Zai. Se preocupará. —Su boca se aprieta en una línea dura y suspira pesadamente.
—Si tienes que hacerlo.
Me pone de pie y, tomando mi mano, me conduce de nuevo dentro del bar. Me siento débil, todavía borracha, avergonzada, exhausta, mortificada y en algún extraño nivel, extremadamente emocionada. Él está tomado mi mano, un despliegue tan confuso de emociones. Necesitaré de al menos una semana para procesarlas todas.
Es ruidoso, está lleno de gente y la música ha comenzado, por lo que hay una gran multitud en la pista de baile. Zai no está en nuestra mesa y José ha desaparecido.
Levi se ve perdido y desamparado estando solo.
—¿Dónde está Zai? —le grito a Levi por encima del ruido. Mi cabeza comienza a palpitar al ritmo del contrabajo.
—Bailando —grita Levi y puedo decir que está enfadado. Está mirando a Pedro suspicazmente.
Me pongo mi chaqueta negra y meto mi pequeño bolso por encima de mi cabeza de
manera que quede en mi cadera. Estoy lista para irme una vez que haya visto a Zai.

—Ella está en la pista de baile. —Toco el brazo de Pedro, me inclino y le grito al oído, rozando su cabello con la nariz, oliendo su aroma limpio y fresco. Ay mi Dios.
Todos esos sentimientos prohibidos y desconocidos que he intentado negar salen a la superficie y corren a través de mi agotado cuerpo. Me sonrojo y en algún lugar muy profundo, mis músculos se contraen deliciosamente.
Él pone los ojos en blanco, toma mi mano de nuevo y me guía hasta la barra.  Es servido inmediatamente. No hay espera para el señor Controlador Alfonso, ¿todo le tiene que llegar tan fácilmente? No puedo escuchar lo que ordena. Me entrega un vaso enorme de agua helada.
—Bebe —me ordena.
Las luces se mueven dando vueltas al compás de la música arrojando extraños colores y sombras al bar y a sus clientes. Él alterna entre verde, azul, blanco y un rojo demoniaco. Me observa con atención. Tomo un sorbo tentativo.
—Bébelo todo —grita para hacerse oír por sobre la música.
Es tan autoritario. Se pasa una mano a través de su cabello rebelde. Se ve frustrado, enojado. ¿Cuál es su problema? Aparte de que una tonta niña ebria lo llame en medio de la noche y él piense que debe rescatarla. Y resulta ser que si debe salvarla de su amigo demasiado amoroso. Y luego la ve vomitando a sus pies. Ay, Pau… ¿Superarás esto alguna vez? Mi subconsciente está chasqueando la lengua y mirándome fijamente por encima de sus anteojos de media luna, figurativamente hablando, claro. Me balanceo un poco y él pone una mano en mi hombro para estabilizarme. Hago lo que se me dice y me tomo el vaso entero. Me hace sentir mareada. Quitándome el vaso de las manos lo coloca en la barra. En medio del desenfoque, le doy un vistazo a lo que lleva puesto; una camisa blanca holgada de lino, pantalones ajustados, zapatillas converse negras y una chaqueta oscura a rayas. Su camisa está desabrochada en la
parte superior y no veo una pizca de pelo. En mi actual estado mental, se ve delicioso.
Toma mi mano una vez más. Santo cielo, me lleva a la pista de baile. Mierda.  Yo no
bailo. Puede sentir mi resistencia y bajo las luces de colores, puedo ver su ligeramente sardónica sonrisa divertida. Le da un tirón a mi mano y estoy de nuevo en sus brazos.
Comienza a moverse, llevándome con él. Caramba, sabe bailar. Y no puedo creer que esté siguiéndolo paso a paso. Quizá sea porque estoy borracha y puedo seguir el ritmo.
Me aprieta con fuerza contra él, su cuerpo contra el mío… Si no me apretara con tanta fuerza, estoy segura de que me desmayaría a sus pies. En el fondo de mi mente, la advertencia que a menudo mi madre me recitaba resuena en mi cabeza: Nunca confíes en un hombre que sabe bailar.

Nos mueve a través de la multitud de bailarines hasta el otro lado de la pista de baile y llegamos junto a Zai y Elliot, el hermano de Pedro. La música martillea con fuerza en mi cabeza. Se me corta la respiración. Zai está haciendo sus movimientos. Baila moviendo su trasero. Y ella sólo lo hace cuando realmente le gusta alguien. Lo que significa que habrá tres de nosotros para el desayuno mañana temprano. ¡ZAI!
Pedro se inclina y le grita a Elliot en el oído. No puedo escuchar lo que dice. Elliot es alto y de hombros anchos, pelo rubio rizado y unos ojos perversamente brillantes.
No puedo decir de qué color son debido al juego de brillantes luces intermitentes.
Elliot sonríe y tira de Zai a sus brazos, en donde ella está más que feliz de estar…
¡Zaira! Incluso en mi estado de ebriedad, me asombra. Acaba de conocerlo. Ella asiente con la cabeza a cualquier cosa que Elliot le esté diciendo, luego me sonríe y me dice adiós con la mano. Pedro nos saca de la pista de baile en un rápido tiempo doble.
Pero nunca llegué a hablar con ella. ¿Está bien? Puedo ver donde terminarán las cosas para ellos dos. Tengo que hacer la charla del sexo seguro. En el fondo de mi mente, espero que lea uno de los carteles en la parte posterior de las puertas de los aseos. Mis pensamientos se estrellan contra mi cerebro, luchando con la difusa sensación de embriaguez. Hace tanto calor aquí, es demasiado ruidoso, colorido, demasiado brillante. Mi cabeza comienza a ir a la deriva, ay no…y puedo sentir el suelo viniendo al encuentro  de mi rostro o al menos así se siente. Lo último que oigo antes de desmayarme en los brazos de Pedro, es su discordante calificativo.
—Mierda.





Comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica y/o @paisbrenda