sábado, 24 de agosto de 2013
Capitulo 4
El sábado en la tienda es una pesadilla. Estamos asediados por personas que quieren arreglar sus casas ellos mismos.
El Sr. y la Sra. Clayton, John y Patrick, los otros dos trabajadores de medio tiempo y yo estamos corriendo. Pero hay un momento de calma alrededor de la hora del almuerzo y la Sra. Clayton me pide que verifique algunas de las órdenes, mientras estoy sentada detrás del mostrador de la caja discretamente comiendo mi bagel. Estoy enfrascada en la tarea, verificando los números del catálogo con los artículos que necesitamos y los elementos que hemos pedido, mis ojos moviéndose rápidamente del libro de órdenes a la pantalla de la computadora y de regreso, mientras corroboro que las entradas coincidan.
Entonces, por alguna razón, levanto la vista... y me encuentro atrapada en la atrevida mirada gris de Pedro Alfonso, quien está de pie en el mostrador, mirándome fijamente.
Insuficiencia cardíaca.
—Señorita Chaves. Qué sorpresa tan agradable. —Su mirada es firme e intensa.
Mierda. ¿Qué diablos está haciendo él aquí, con su cabello prolijamente despeinado, ropa de exterior, con su sweater tejido color crema, jeans y botas de caminar? Creo que mi boca se ha abierto y no puedo localizar mi cerebro o mi voz.
—Sr. Alfonso —susurro, porque eso es todo lo que puedo lograr. Hay un dejo de sonrisa en sus labios y sus ojos brillan con humor, como si estuviera disfrutando de alguna broma privada.
—Estaba por el área —dijo a modo de explicación—. Necesito reabastecer el stock de
algunas cosas. Es un placer verla de nuevo, Srta. Chaves.—Su voz es suave y profunda como el chocolate derretido con caramelo… o algo.
Sacudo mi cabeza para reunir mis ideas. Mi corazón está latiendo frenéticamente y por alguna razón, me estoy sonrojando furiosamente bajo su persistente escrutinio. Estoy anonadada por la visión de él parado frente a mi. Mis recuerdos no le hacían justicia.
No es simplemente atractivo, es el epítome de la belleza masculina, te quita la respiración y está aquí. Aquí en la ferretería Clayton. Imagínate. Finalmente, mis funciones cognitivas son restauradas y reconectadas con el resto de mi cuerpo.
—Paula. Mi nombre es Paula —logro modular—. ¿En qué puedo ayudarlo, Sr. Alfonso?
Él sonríe y de nuevo es como si fuera el dueño de algún gran secreto. Es tan desconcertante. Tomando una profunda respiración, pongo mi cara profesional de he-trabajado-en-esta-tienda-por-años. Puedo hacer esto.
—Hay algunas cosas que necesito. Para empezar, me gustaría algunos organizadores de cables —murmura, sus ojos grises tranquilos pero divertidos.
¿Organizadores de cables?
—Tenemos de varios largos. ¿Desea que le muestre? —digo, mi voz suave y profunda.
Tómalo con calma, Chaves. Un ligero fruncimiento de cejas marca la bella frente de Alfonso.
—Por favor. Guíeme, Srita. Chaves —dice.
Trato de parecer despreocupada mientras salgo del mostrador, pero en realidad, estoy concentrándome duramente en no caerme con mis propios pies, mis piernas repentinamente tienen la consistencia de la gelatina.
Estoy tan feliz de haber decidido usar mis mejores jeans esta mañana.
—Están con los insumos eléctricos, pasillo ocho. —Mi voz es un poco demasiado fuerte. Miro hacia él y me arrepiento casi de inmediato. Demonios, es atractivo. Me sonrojo.
—Después de usted —murmura, haciendo un gesto con sus manos de largos dedos, bellamente arregladas.
Con mi corazón casi ahogándome, porque está en mi garganta tratando de escapar por mi boca, me dirijo a uno de los pasillos de la sección eléctrica. ¿Por qué está en Portland?
¿Por qué está aquí, en Clayton? Y desde una pequeña y casi no usada parte de mi cerebro —probablemente localizada en la base de mi bulbo raquídeo, en donde habita mi subconciente— llega el pensamiento: está aquí para verte. ¡No puede ser!
Lo rechazo inmediatamente. ¿Por qué este hombre de ciudad, hermoso y poderoso querría verme?
La idea es absurda y la pateo fuera de mi cabeza.
—¿Está en Portland por negocios? —pregunto y mi voz es muy aguda, como si hubiera aplastado mi dedo con una puerta o algo. ¡Demonios! ¡Trata de parecer tranquila, Paula!
—Estaba visitando la división de granjas de la WSU. Tiene base en Vancouver. Actualmente, estoy fundando algunas investigaciones sobre la rotación de ganado y la ciencia del suelo —dice con naturalidad.
¿Ves? No está aquí para encontrarte en absoluto, mi subconsciente se burla de mí, fuerte, orgulloso y enfadado. Me sonrojo ante mis caprichosos y tontos pensamientos.
—¿Todo es parte de tu plan alimenta-al-mundo? —pregunto
—Algo así —reconoce y sus labios se curvan en una media sonrisa.
Mira a la selección de organizadores de cables que tenemos en Clayton. ¿Qué demonios va a hacer con esos? No puedo imaginarlo como un tipo de persona “hagalo usted mismo” en absoluto. Sus dedos viajan por varios de los paquetes mostrados y por alguna razón inexplicable, tengo que mirar para otro lado. Se inclina y elige un paquete.
—Estos funcionarán —dice con su tan secreta sonrisa y me sonrojo.
—¿Algo más?
—Me gustaría un poco de cinta para enmascarar.
¿Cinta de enmascarar?
—¿Está redecorando? —Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
¿Seguramente contrata trabajadores o tiene un equipo para ayudarlo a decorar?
—No, no redecorando —dice rápidamente, luego sonríe burlonamente y tengo el incómodo sentimiento de que se está riendo de mí.
¿Soy tan graciosa? ¿Me veo graciosa?
—Por aquí —murmuro avergonzada—. La cinta de enmascarar está en el pasillo de decoración.
—¿Trabajas aquí desde hace mucho? —Su voz es baja y me está mirando, sus ojos grises concentrados fuertemente. Me sonrojo aún más brillantemente. ¿Por qué demonios tiene ese efecto sobre mí? Siento como si tuviera catorce años, inoportuna como siempre y fuera de lugar. ¡Ojos al frente, Chaves!
—Cuatro años —mascullo mientras alcanzamos nuestro objetivo. Para distraerme, me inclino hacia abajo y escojo los dos anchos de cinta de enmascarar que tenemos en stock.
—Tomaré esa —dice Alfonso, apuntando suavemente a la más ancha, la cual le paso.
Nuestros dedos se rozan muy brevemente y la corriente está ahí de nuevo, corriendo a través de mí como si hubiera tocado un cable expuesto. Me atraganto involuntariamente cuando lo siento, todo el camino hacia abajo a algún lugar oscuro e inexplorado, profundo en mi barriga. Desesperadamente, busco alrededor por mi equilibrio.
—¿Algo más? —Mi voz es áspera y agitada.
—Algo de cuerda, creo. —Su voz refleja la mía, áspera.
—Por aquí. —Inclino mi cabeza hacia abajo para esconder mi recurrente sonrojo y me dirijo al pasillo. —¿De qué tipo buscaba? Tenemos cuerda sintética y natural de filamento… trenzada… cuerda de cable… —Me detengo ante su expresión, sus ojos oscureciéndose. Dios santo.
—Llevaré cuatro metros y medio de la soga natural de filamento, por favor.
Rápidamente, con dedos temblorosos, mido los cuatro metros y medio en la regla fija, consciente de su mirada gris y cálida sobre mí. No me atrevo a mirarlo. Jesús, ¿sería posible estar aún más conciente de mí misma? Tomando mi cuchillo Stanley del bolsillo trasero de mis jeans, la corto y la enrollo prolijamente antes de atarla en un nudo corredizo. Por algún milagro, me las arreglo para no cortarme un dedo con mi cuchillo.
—¿Fuiste una niña exploradora? —pregunta, labios esculturales y sensuales curvados
en sorpresa. ¡No mires su boca!
—Las actividades de grupo organizados no son realmente lo mío, Sr. Alfonso.
Levanta una ceja.
—¿Qué es lo tuyo, Paula? —pregunta, su voz suave y su sonrisa secreta de vuelta.
Lo miro, incapaz de expresarme. Estoy sobre placas tectónicas en movimiento. Trata de parecer tranquila, Pau, mi torturado subconsciente me ruega de rodillas.
—Libros —susurro, pero por dentro, mi subconsciente está gritando: ¡Tú! ¡Tú eres lo que me interesa! Lo callo de inmediato, mortificada porque mi psiquis esta teniendo ideas por encima de su nivel.
—¿Qué clase de libros? —Inclina su cabeza hacia un lado. ¿Por qué está tan interesado?
—Oh, ya sabes… lo usual. Los clásicos. Literatura británica, mayormente.
Frota su barbilla con su largo dedo índice y pulgar mientras contempla mi respuesta. O tal vez está muy aburrido y está intentando ocultarlo.
—¿Algo más que necesites? —Necesito poder superar este tema, esos dedos en en ese rostro son tan seductores.
—No lo sé. ¿Qué más me recomendarías?
¿Qué te recomendaría? Ni siquiera sé que estás haciendo.
—¿Para un hazlo-tú-mismo?
Asiente, sus ojos grises vivos con un secreto humor. Me sonrojo y mis ojos vuelan involuntariamente por sus cómodos jeans.
—Overoles —replico y sé que ya no controlo lo que está saliendo de mi boca.
Él levanta una ceja, sorprendido de nuevo.
—No querrás arruinar tu ropa. —Hago un gesto vago en dirección a sus jeans.
—Siempre podría quitármelos —replica.
—Um. —Siento el color en mis mejillas subiendo de nuevo. Debo estar del color del manifiesto comunista. Deja de hablar. Deja de hablar AHORA.
—Llevaré algunos overoles. El cielo no permita que arruine algo de ropa —dice secamente.
Trato de alejar la inconveniente imagen de él sin jeans.
—¿Necesita algo más? —pregunto tan rápido como le entrego los overoles azules.
Él ignora mi pregunta.
—¿Cómo va el artículo? —Finalmente me ha hecho una pregunta normal, lejos de todas las indirectas y la confusa conversación de doble sentido… Una pregunta que puedo responder. Tomo mis pensamientos firmemente con mis manos como si fuera algo de vida o muerte y elijo la honestidad.
—No voy a escribirlo. Zaira lo hará. La Srta. Nara. Mi compañera de cuarto, ella es la escritora. Está muy feliz por eso. Es la editora de la revista y estaba devastada por no poder hacer la entrevista en persona. —Siento que finalmente puedo respirar, al menos un tema normal de conversación—. Su única preocupación es no tener fotografías originales de usted.
Alfonso levanta una ceja.
—¿Qué clase de fotografías quiere?
De acuerdo. No había imaginado esto en su respuesta. Sacudo mi cabeza, porque simplemente no lo sé.
—Bueno, estoy por aquí. Tal vez mañana… —Se calla.
—¿Estaría dispuesto a ir a una sesión de fotos? —Mi voz es aguda de nuevo. Zai estará en el séptimo cielo si logro conseguir esto. Y tal vez lo veas de nuevo mañana, ese oscuro lugar en la base de mi cerebro me susurra seductoramente. Alejo el pensamiento: de todos los tontos, ridículos…
—Zai estará encantada, si conseguimos un fotógrafo. —Estoy tan contenta. Le sonrío ampliamente. Sus labios se se abren, como si estuviera tomando una repentina bocanada de aire y parpadea. Por una fracción de segundo, parece de alguna forma perdido y la tierra se mueve un poco de su eje, las placas tectónicas moviéndose a una nueva posición.
Oh, dios. La mirada perdida de Pedro Alfonso.
—Hazme saber sobre mañana. —Alcanzando su bolsillo trasero, saca su billetera—. Mi tarjeta. Tiene mi número de celular en ella. Necesitas llamar antes de las diez de la mañana.
—De acuerdo. —Lo miro de nuevo. Zai estará encantada.
—¡Pau!
Paul se ha materializado al otro final del pasillo. Es el hermano más joven del Sr. Clayton. Oí que había llegado a casa desde Princeton, pero no esperaba verlo hoy.
—Er, discúlpeme por un momento, Sr. Alfonso. —Grey frunce el ceño mientras me giro.
Paul siempre ha sido un amigo y en este extraño momento que estoy teniendo con el rico, poderoso, asombroso y extremadamente atractivo y controlador Alfonso, es genial hablar con alguien normal. Paul me abraza fuerte tomándome por sorpresa.
—Pau, hola, ¡es tan bueno verte! —dice.
—Hola, Paul. ¿Cómo estás? ¿Estás en casa por el cumpleaños de tu hermano?
—Síp. Te ves bien, Paula, muy bien. —Me mira mientras me examina a la distancia de un brazo. Luego me suelta, pero mantiene un brazo posesivo sobre mi hombro.
Cambio mi peso de un pie al otro, avergonzada. Es bueno ver a Paul, pero siempre ha sido confianzudo.
Cuando miro hacia Pedro Alfonso, está mirándonos como un halcón, sus ojos grises oscuros y especulativos, su boca en una dura línea. Ha cambiado del extraño y atento cliente a alguien más, alguien frío y distante.
—Paul, estoy con un cliente. Alguien que deberías conocer —digo, tratando de disuadir el antagonismo que veo en los ojos de Alfonso. Arrastro a Paul para presentarlo y se miden mutuamente. La atmósfera es súbitamente ártica
—. Er, Paul, este es Pedro Alfonso. Sr. Alfonso, este es Paul Clayton. Su hermano es el dueño del lugar. —Y por alguna extraña razón, siento que debo explicarme un poco más. —Conozco a Paul desde que trabajo aquí, aunque no nos vemos tan seguido. Ha vuelto de Princeton donde estudia administración de empresas. —Estoy balbuceando… ¡Detente ahora!
—Sr. Clayton. —Pedro mantiene su mano extendida, su mirada ilegible.
—Sr. Alfonso. —Paul devuelve el saludo—. Espera… ¿no es el Pedro Alfonso? ¿De empresas Holdings Alfonso's?
Paul va de insípido a asombrado en menos de un nanosegundo. Alfonso le ofrece una sonrisa educada que no llega a sus ojos.
—Guau… ¿hay algo que pueda ofrecerle?
—Paula lo tiene bajo control, Sr. Clayton. Ella ha sido muy atenta. —Su expresión es impasible pero sus palabras… es como si estuviera diciendo algo completamente distinto. Es desconcertante.
—Genial —responde Paul—. Te veo luego, Pau.
—Seguro, Paul. —Lo miro desaparecer en el almacén—. ¿Algo más, Sr. Alfonso?
—Sólo estas cosas. —Su tono es cortante y frío. Diablos… ¿Lo habré ofendido?
Tomando una profunda respiración, me giro y voy hacia la caja. ¿Cuál es su problema?
Junto la soga, overoles, cinta de enmascarar y organizadores de cables en el mostrador.
—Serían cuarenta y tres dólares, por favor. —Miro a Alfonso y deseo no haberlo hecho.
Está mirandome de cerca, sus ojos grises humeantes e intensos. Es inquietante—. ¿Le gustaría una bolsa? —pregunto mientras recibo su tarjeta de crédito.
—Por favor, Paula. —Su lengua acaricia mi nombre y mi corazón una vez más está frenético. Casi no puedo respirar. De prisa, pongo sus cosas en una bolsa de plástico
—. ¿Me llamarás si quieres que haga la sesión de fotos? —Es todo sobre negocios otra vez. Asiento, muda de nuevo y devuelvo su tarjeta de crédito.
—Bien. Hasta mañana, quizás. —Se gira para irse, luego hace una pausa—. Oh… y Paula, me alegra que la Srta. Nara no haya podido hacer la entrevista. —
Sonríe, luego sale con renovado interés fuera de la tienda, colocando la bolsa plástica sobre su hombro, dejándome como una temblorosa masa de iracundas hormonas femeninas. Paso varios minutos mirando la puerta cerrada por la que salió antes de volver al planeta tierra.
De acuerdo. Me gusta. Ahí, lo he admitido a mí misma. No puedo esconderme más de mis sentimientos. Nunca antes me he sentido así. Lo encuentro atractivo, muy atractivo. Pero es una causa perdida, lo sé y suspiro con un amargo resentimiento. Fue solo una coincidencia, su llegada aquí. Pero aún así, puedo admirarlo desde lejos, ¿no?
Ningún mal puede venir de eso. Y si encuentro un fotógrafo, puedo admirarlo seriamente mañana. Muerdo mi labio en anticipación y me encuentro a mi misma entusiasmada como una colegiala. Necesito llamar a Zai y organizar una sesión de fotos.
Holaa, hoy subimos dos ya que ayer no pudimos subir debido a unos problemitas :D
POR FAVOR digan si quieren que se la pasemos, plzzzz!!!
Esperamos les gusten y comenten, acá o en nuestros tw's @paisbrenda y @soloosoiimica
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Hermosos los 2 caps!!!!
ResponderEliminarMuy bueno.. gracias por compartirlo conmigo!! bss
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