Tan joven… y atractivo, muy atractivo. Es alto, está vestido con un fino traje gris, camisa blanca, corbata negra, rebelde cabello e intensos y brillantes ojos grises que me observan sagazmente. Me toma un momento encontrar mi voz.
—Um… de hecho… —murmuro. Si este tipo está en sus treinta entonces estoy completamente sorprendida. Aturdida, pongo mi mano en la suya y nos damos un apretón. Cuando nuestros dedos se tocan, siento un raro y excitante hormigueo recorriéndome. Aparto mi mano apresuradamente, avergonzada. Debe ser la estática. Parpadeo rápidamente, mis pestañas igualando el ritmo de mi corazón—. La Srta. Nara está indispuesta, así que me envió a mí. Espero que no le moleste, Sr. Alfonso.
—¿Y usted es? —Su voz es cálida, posiblemente divertida, pero es difícil saberlo por lo impasible de su expresión. Parece ligeramente interesado, pero más que eso, cortés.
—Paula Chaves. Estoy estudiando Literatura Inglesa con Zai, um… Zaira… um… la Srta. Nara, en la Washington State.
—Ya veo —dice simplemente. Creo que veo el fantasma de una sonrisa en su expresión, pero no estoy segura.
—¿Le gustaría tomar asiento? —Me señala el sofá de cuero blanco con forma de “L”.
Su oficina es demasiado grande para sólo un hombre. Frente a las ventanas que van
desde el piso hasta el techo, hay un enorme escritorio moderno de madera oscura en el
que seis personas podrían comer cómodamente. Hace juego con la mesa de café junto
al sofá. Todo lo demás es blanco: el techo, los pisos y las paredes, excepto aquella
junto a la puerta en la que cuelga un mosaico de pequeñas pinturas, treinta y seis de
ellas arregladas formando un cuadrado. Son exquisitas, una serie de objetos mundanos
y olvidados pintados con detalles tan preciosos que lucen como fotografías. Puestas
juntas, son impresionantes.
—Un artista local. Trouton —dice Alfonso cuando atrapa mi mirada.
—Son adorables. Elevan lo ordinario hasta lo extraordinario —murmuro, distraída por
él y por las pinturas. Inclina su cabeza hacia un lado y me observa atentamente.
—No podría estar más de acuerdo, Srta. Chaves —responde, su voz es suave y por
alguna razón inexplicable, me encuentro a mí misma sonrojándome.
Fuera de las pinturas, el resto de la oficina es fría, limpia y clínica. Me pregunto si eso
refleja la personalidad del Adonis que se hunde con gracia en una de las sillas de cuero
blanco frente a mí. Sacudo la cabeza, alterada por la dirección que toman mis
pensamientos, y recupero las preguntas de Zai de mi cartera. Después, pongo la mini
grabadora y soy tan torpe, que la dejo caer dos veces en la mesa de café enfrente de mí.
El Sr. Alfonso no dice nada, esperando pacientemente —espero— mientras yo me
avergüenzo y me pongo más nerviosa. Cuando me armo de valor para mirarlo, él me
está observando, una mano relajada contra su regazo y la otra ahuecando su barbilla,
deslizando su largo dedo índice a través de sus labios. Creo que está intentando
suprimir una sonrisa.
—Lo lamento —tartamudeo—. No estoy acostumbrada a esto.
—Tómese todo el tiempo que necesite, Srta. Chaves —dice él.
—¿Le molesta si grabo sus respuestas?
—Después de que se ha tomado tantas molestias poniendo la grabadora, ¿me pregunta
ahora?
Me sonrojo. ¿Se está burlando? Eso espero. Parpadeo hacia él, insegura de qué decir, y
creo que le doy lástima porque cede. —No, no me molesta.
—¿Zai, quiero decir, la Srta. Nara, le explicó para qué era la entrevista?
—Sí. Para que aparezca en la publicación de la graduación del periódico escolar dado
que seré quien confiera los diplomas en la ceremonia de graduación de este año.
¡Oh! Estas son noticias nuevas para mí y estoy temporalmente preocupada por el
pensamiento de que alguien no mucho mayor que yo —de acuerdo, quizá seis años o
algo así, y bien, mega exitoso, pero aun así— va a entregarme mi diploma. Frunzo el
ceño, trayendo mi caprichosa atención de vuelta a la tarea que tengo en mano.
—Bien. —Trago nerviosamente—. Tengo algunas preguntas, Sr. Alfonso. —Acomodo un
mechón rebelde de mi cabello tras mi oreja.
—Pensé que las tendría —dice, inexpresivo. Se está riendo de mí. Mis mejillas se
calientan al darme cuenta de eso, me enderezo y cuadro los hombros en un intento de
verme más alta e intimidante. Presionando el botón de grabación en la grabadora,
intento lucir profesional.
—Es usted muy joven para haber acumulado un imperio así. ¿A qué le debe su éxito? —Lo miro. Su sonrisa es triste, pero luce vagamente decepcionado.
—Los negocios son siempre sobre las personas, Srta. Chaves, y soy muy bueno
juzgándolas. Sé qué las enoja, qué las hace prosperar y qué no, qué las inspira y cómo
incentivarlas. Doy empleo a un equipo excepcional y los recompenso bien. —Hace
una pausa y fija una mirada gris en mí—. Mi creencia es conseguir el éxito en
cualquier plan que uno tenga, para convertirse uno mismo en el maestro de dicho plan,
conocerlo por dentro y por fuera, conocer cada detalle. Trabajo duro, muy duro para
hacer eso. Tomo decisiones basadas en la lógica y los hechos. Tengo un instinto
natural que puede descubrir y nutrir una buena y sólida idea y a buenas personas. La
línea final siempre está reducida a las buenas personas.
—Quizá sólo tiene suerte. —Esto no está en la lista de Zai, pero él es tan arrogante.
Sus ojos destellan momentáneamente, sorprendidos.
—No me adhiero a la suerte o a la oportunidad, Srta. Chaves. Entre más duro trabajo
más suerte parezco tener. Realmente se trata de tener a las personas correctas en su
equipo y dirigir sus energías adecuadamente. Creo que fue Harvey Firestone quien dijo “El crecimiento y el desarrollo de las personas es la tarea más importante del
liderazgo”.
—Suena como un controlador. —Las palabras están fuera de mi boca antes de que
pueda detenerlas.
—Oh, practico el control en todas las cosas, Srta. Chaves —dice sin un rastro de humor
en su sonrisa. Lo miro, y él sostiene mi mirada firmemente, imperturbable. Mi pulso se
acelera, y mi cara se sonroja de nuevo.
¿Por qué tiene un efecto tan desconcertante en mí? ¿Su abrumadora y atractiva
apariencia quizás? ¿La forma en que me mira? ¿La forma en que frota suavemente su
dedo índice sobre su labio inferior? Me gustaría que dejara de hacer eso.
—Además, se adquiere un inmenso poder asegurándote a ti mismo en tus fantasías
secretas que naciste para controlar las cosas —continúa, su voz suave.
—¿Siente que tiene un inmenso poder? —Controlador.
—Empleo a alrededor de cuarenta mil personas, Srta. Chaves. Eso me da un cierto
sentido de responsabilidad… poder, si así prefiere. Si decidiera que ya no estaba
interesado en el negocio de las telecomunicaciones y vendo todo, veinte mil personas
lucharían para realizar los pagos de su hipoteca después de aproximadamente un mes.
Me quedo boquiabierta. Estoy pasmada por su falta de humildad.
—¿Y no tiene un comité ante el que responder? —pregunto, disgustada.
—Soy el dueño de mi compañía. No tengo que responder ante un comité. —Levanta
una ceja hacia mí. Me sonrojo. Por supuesto, sabría esto si hubiera hecho algo de
investigación. Pero Dios, es tan arrogante. Cambio de enfoque.
—¿Y tiene intereses fuera de su trabajo?
—Tengo intereses variados, Srta. Chaves. —El fantasma de una sonrisa llega a sus
labios—. Muy variados. —Y por alguna razón, estoy confundida y acalorada por su
firme mirada. Sus ojos están encendidos con algún pensamiento impío.
—Pero si trabaja tan duramente, ¿qué hace para relajarse?
—¿Relajarme? —Sonríe, revelando unos perfectos dientes blancos. Dejo de respirar.
Realmente es guapo. Nadie debería ser así de atractivo.
—Bueno, para “relajarme” como usted dice, navego, vuelo, disfruto de varias
actividades físicas. —Se mueve en su silla—. Soy un hombre muy rico, Srta. Chaves, y
tengo caros e interesantes pasatiempos.
Echo un rápido vistazo a las preguntas de Zai, queriendo salir de este tema.
—Usted invierte en el sector manufacturero. ¿Por qué en ese específicamente? —
pregunto. ¿Por qué me hace sentir tan incómoda?
—Me gusta construir cosas. Me gusta saber cómo funcionan, qué hace que se muevan,
cómo construirlas y desmontarlas. Y adoro los barcos. ¿Qué puedo decir?
—Eso suena como su corazón hablando en lugar de la lógica y los hechos.
Su boca hace una mueca y me mira, evaluándome.
—Posiblemente. Aunque hay gente que diría que no tengo corazón.
—¿Por qué dirían eso?
—Porque me conocen bien. —Sus labios se curvan en una sonrisa torcida.
—¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo? —Y me arrepiento de la pregunta tan
pronto como la digo. No está en la lista de Zai.
—Soy una persona muy privada, Srta. Chaves. Hago mucho para proteger mi
privacidad. No suelo dar entrevistas —termina.
—¿Por qué estuvo de acuerdo en hacer ésta?
—Porque soy benefactor de la Universidad, y a pesar de los intentos, no pude
conseguir que la Srta. Nara me dejara en paz. Acosó y acosó a mi gente de
RRPP, y admiro esa clase de tenacidad.
Sé lo tenaz que Zai puede ser. Ese es el por qué estoy sentada aquí retorciéndome
incómodamente bajo su penetrante mirada cuando debería estar estudiando para los
exámenes.
—También invierte en tecnologías de cultivo. ¿Por qué está interesado en esta área?
—No podemos comer dinero, Srta. Chaves, y hay demasiada gente en este planeta que
no tienen suficiente para comer.
—Eso suena muy filantrópico. ¿Es algo por lo que se siente apasionado? ¿Alimentar a
los pobres del mundo?
Se encoge de hombros, muy evasivo.
—Es un negocio astuto —murmura, aunque creo que no está siendo sincero. No tiene
sentido… ¿alimentar a los pobres del mundo? No puedo ver los beneficios financieros
de esto, sólo la integridad del ideal. Echo un vistazo a la siguiente pregunta, confusa
por su actitud.
—¿Tiene una filosofía? Si la tiene, ¿cuál es?
—No tengo una filosofía como tal. Quizás un principio rector, el de Carnegie: “El
hombre que adquiere la habilidad para asumir plena posesión de su mente puede
tomar posesión de todo lo demás a lo que tiene derecho.” Soy muy singular, tenaz. Me
gusta el control: de mí mismo y de aquellos a mí alrededor.
—¿Así que quiere poseer cosas? —Eres un controlador.
—Quiero merecer poseerlas, pero sí, en pocas palabras, lo hago.
—Suena como el consumidor final.
—Lo soy. —Sonríe, pero la sonrisa no llega a sus ojos. De nuevo esto no concuerda
con alguien que quiere alimentar al mundo, por lo que no puedo evitar pensar que
estamos hablando de otra cosa, pero estoy absolutamente desconcertada en cuanto a lo
qué es. Trago saliva. La temperatura en la habitación está elevándose, o tal vez soy
sólo yo. Sólo quiero que esta entrevista termine. Seguramente Zai tiene suficiente
material ahora, ¿no? Echo un vistazo a la siguiente pregunta.
—Usted fue adoptado. ¿Hasta qué punto cree que eso afectó su forma de ser? —Oh,
esto es personal. Lo miro, esperando que no esté ofendido. Frunce el ceño.
—No tengo modo de saberlo.
Mi interés se ha despertado.
—¿Qué edad tenía cuando fue adoptado?
—Ese es un material de registro público, Srta. Chaves. —Su tono es severo. Me sonrojo,
de nuevo. Mierda. Sí, por supuesto: si hubiera sabido que iba a hacer esta entrevista,
habría hecho alguna investigación. Avanzo rápidamente.
—Ha tenido que sacrificar una vida en familia por su trabajo.
—Esa no es una pregunta. —Es seco.
—Lo siento. —Me retuerzo, y él me hace sentir como si fuera una niña perdida. Lo
intento de nuevo—. ¿Ha tenido que sacrificar una vida en familia por su trabajo?
—Tengo una familia. Tengo un hermano, una hermana y dos padres cariñosos. No
estoy interesado en extender mi familia más allá de eso.
—¿Es usted gay, señor Alfonso?
Inhala fuertemente, y me avergüenzo, mortificada. Mierda. ¿Por qué no empleé alguna
clase de filtro antes de leer esto directamente? ¿Cómo puedo decirle que sólo estoy
leyendo las preguntas? ¡Maldita sea Zai y su curiosidad!
—No Paula, no lo soy. —Eleva las cejas, un brillo frío en sus ojos. No parece
contento.
—Pido disculpas. Está umm… escrito aquí. —Es la primera vez que ha dicho mi
nombre. Mi pulso se acelera, y mis mejillas están ardiendo otra vez. Nerviosa, pongo
mi cabello suelto detrás de la oreja.
Ladea la cabeza hacia un lado.
—¿Estas no son sus propias preguntas?
La sangre se drena de mi cabeza. Oh no.
—Esto… no. Zai, la Srta. Nara, compiló las preguntas.
—¿Son compañeras en el periódico estudiantil? —Oh mierda. No tengo nada que ver
con el periódico estudiantil. Es su actividad extracurricular, no la mía. Mi cara está en
llamas.
—No. Es mi compañera de habitación.
Se frota el mentón en silenciosa deliberación, sus ojos grises evaluándome.
—¿Te ofreciste voluntaria para hacer esta entrevista? —pregunta, su voz mortalmente
tranquila.
Espera, ¿quién se supone que está entrevistando a quién? Sus ojos me queman, y estoy
obligada a contestar la verdad.
—Estaba obligada. Ella no está bien. —Mi voz es débil y apenada.
—Eso explica muchas cosas.
Llaman a la puerta, y la Rubia Número Dos entra.
—Señor Alfonso, perdóneme por interrumpir, pero su siguiente reunión es en dos
minutos.
—No hemos terminado aquí, Andrea. Por favor cancela mi siguiente reunión.
Andrea duda, mirándolo. Parece perdida. Él vuelve la cabeza lentamente para hacerle
frente y levanta las cejas. Ella se ruboriza de un color rosa brillante. Oh bien. No soy sólo
yo.
—Muy bien, Sr. Alfonso —murmura, luego sale. Él frunce el ceño, y vuelve su atención
de nuevo hacia mí.
—¿Dónde estábamos, Srta. Chaves?
Oh, estamos de vuelta al “Srta. Chaves” ahora.
—Por favor no permita que lo interrumpa.
—Quiero saber acerca de usted. Creo que es lo justo. —Sus ojos grises están
encendidos con curiosidad. Doble mierda. ¿Adónde va con esto? Sitúa los codos en los
brazos de la silla y junta los dedos frente a su boca. Su boca… distrae mucho. Trago
saliva.
—No hay mucho que saber —digo, sonrojándome otra vez.
—¿Cuáles son sus planes después de graduarse?
Me encojo de hombros, confundida por su interés. Venir a Seattle con Zai, encontrar un
lugar, encontrar trabajo. Realmente no he pensado más allá de mis exámenes finales.
—No he hecho planes, Sr. Alfonso. Sólo necesito superar mis exámenes finales. —Para los
cuales debería estar estudiando ahora en lugar de estar sentada en tu grandiosa, ostentosa y estéril
oficina, sintiéndome incómoda bajo tu penetrante mirada.
—Llevamos a cabo un programa de pasantías excelente aquí —dice tranquilamente.
Levanto las cejas con sorpresa. ¿Está ofreciéndome un trabajo?
—Oh. Lo tendré en cuenta —murmuro, completamente confundida—. Aunque no
estoy segura de encajar aquí. —Oh no. Estoy reflexionando en voz alta otra vez.
—¿Por qué dice eso? —Ladea su cabeza a un lado, intrigado, un indicio de sonrisa
jugando en sus labios.
—Es obvio, ¿no? —Soy descoordinada, desaliñada, y no soy rubia.
—No para mí —murmura. Su mirada es intensa, todo el humor se ha ido, y extraños
músculos en lo profundo de mi vientre se aprietan de pronto. Aparto los ojos de su
escrutinio y miro ciegamente hacia abajo a mis dedos anudados. ¿Qué está pasando?
Tengo que irme, ahora. Me inclino hacia delante para recuperar la grabadora.
—¿Quiere que le enseñe los alrededores? —pregunta.
—Estoy segura de que está demasiado ocupado, Sr. Alfonso, y tengo que hacer un largo
viaje en coche.
—¿Está conduciendo de vuelta a la WSU en Vancouver? —Suena sorprendido,
preocupado incluso. Mira hacia fuera por la ventana. Ha comenzado a llover—.
Bueno, es mejor que conduzca con cuidado. —Su tono es duro, autoritario. ¿Por qué
debería preocuparse?—. ¿Ha conseguido todo lo que necesita? —añade.
—Sí señor —respondo, guardando la grabadora en mi cartera. Sus ojos se estrechan
especulativamente.
—Gracias por la entrevista, Sr. Alfonso.
—El placer ha sido todo mío —dice, educado como siempre.
Cuando me levanto, él se levanta y me tiende la mano.
—Hasta que nos encontremos de nuevo, Srta. Chaves. —Y suena como un desafío, o
una amenaza, no estoy segura de qué.
Frunzo el ceño. ¿Cuándo vamos a encontrarnos
otra vez? Sacudo su mano una vez más, asombrada de que esa extraña energía entre
nosotros siga ahí. Deben ser mis nervios.
—Sr. Alfonso. —Asiento hacia él. Moviéndose con una ágil elegancia atlética hacia la
puerta, la abre de par en par.
—Sólo asegurándome de que llegue a la puerta, Srta. Alfonso. —Me brinda una pequeña
sonrisa. Obviamente se está refiriendo a mi anterior poco elegante entrada a su oficina.
Me sonrojo.
—Eso es muy considerado, Sr. Alfonso —digo bruscamente, y su sonrisa se ensancha. Me
alegro de que me encuentres entretenida, frunzo el ceño interiormente, caminando hacia el
vestíbulo. Estoy sorprendida cuando me sigue fuera. Andrea y Olivia alzan la vista,
igualmente sorprendidas.
—¿Tiene un abrigo —pregunta Alfonso.
—Sí. —Olivia se levanta de un salto y recupera mi chaqueta, la cual le es arrebatada
por Grey antes de que pueda entregármela. La sostiene y, sintiéndome ridículamente
tímida, me encojo dentro de ella. Alfonso sitúa sus manos por un momento en mis
hombros. Jadeo ante el contacto. Si nota mi reacción, no dice nada. Su largo dedo
índice presiona el botón convocando el ascensor, y permanecemos de pie esperando...
Torpemente por mi parte, fríamente dueño de sí mismo por la suya. Las puertas se
abren, y me apresuro a entrar desesperada por escapar. Realmente necesito salir de aquí.
Cuando me vuelvo para mirarlo, está inclinado contra la puerta junto al ascensor con
una mano en la pared. Realmente es muy, muy atractivo. Es una distracción. Sus
ardientes ojos grises me miran.
—Paula —dice como despedida.
—Alfonso —respondo. Y gracias a Dios, las puertas se cierran
Y LARGAMOS CON EL SEGUNDO CAPITULO!!!! Ah
Los primeros capítulos van a ser un poco "tediosos" pero todo esto así da la gran introducción a lo que es la novela :) Esperamos les guste y no rompan las bolas, ahq.
Quería aclarar, NO vamos a cortar la novela, sino que vamos a dividir los capítulos, no se si entienden. Lo que pasa es que los caps. del libro son mooooy largos entonces nosotras dividimos un capitulo del libro en dos o tres en la nove. Eso.
AH, Y DICE MICA QUE LAS QUIERE y que es muy linda *tos*tos jajaja*saque lo otro* ♥ Jajaja
Comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica o @paisbrenda
Ahora si, kisses y nos leemos el viernes!!
me encantó chicas, me gustan los capítulos que se vienen, haberla leído me da ventaja, pero me encanta que sea con ellos dos de protragonistas.. besos!
ResponderEliminarSImplemente GENIAL!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarbuenísimo,me encanto!!!
ResponderEliminar