―Señorita Chaves. ―Ofrece su mano.
Estoy de pie en la entrada, con los ojos muy abiertos y cautelosos, mis brazos envueltos a mí alrededor. Camino hacia delante mientras disimuladamente admiro su físico. Él es simplemente delicioso. Mi subconsciente se desvanece y se desmaya en algún lugar de la parte posterior de mi cabeza. Tomo su mano y me invita a entrar en la tina mientras todavía estoy usando su camisa. Hago lo que me dice. Tengo que
acostumbrarme a eso si es que voy a aceptar su escandalosa oferta… ¡si es que! El agua está seductoramente caliente.
―Date la vuelta, déjame ver tu rostro ―ordena, su voz es suave. Hago lo que me dice.
Me está observando atentamente.
―Sé que ese labio es delicioso, puedo dar fe de eso, pero ¿podrías dejar de morderlo?―dice con los dientes apretados―. Me hace querer follarte y estas dolorida, ¿bien?
Jadeo, automáticamente liberando mi labio, sorprendida.
―Sí. ―Me reta―. Comprendiste. ―Me observa. Asiento frenéticamente. No tenía idea de que podía afectarlo así.
―Bien. ―Se estira y toma mi iPod del bolsillo del pecho y lo pone cerca del lavamanos.
―Agua y iPods, una combinación no muy inteligente ―murmura. Se agacha, toma el dobladillo de mi camisa blanca, la levanta por encima de mi cabeza y la arroja al suelo.
Se aleja para observarme. Estoy desnuda por el amor de Dios. Me sonrojo de color carmesí y miro abajo hacia mis manos, al nivel de la base de mi vientre y desesperadamente quiero desaparecer en el agua caliente y la espuma, pero sé que él no querría eso.
―Oye ―me llama. Le doy un vistazo y su cabeza está ladeada hacia un lado―.Paula, eres una mujer muy hermosa, el paquete completo. No cuelgues tu cabeza como si estuvieras avergonzada. No tienes nada de qué avergonzarte, es un real gusto estar de pie aquí y observarte. ―Toma mi barbilla en su mano e inclina mi cabeza hacia arriba para ver sus ojos. Son suaves y cálidos, incluso calientes.
Oh por Dios. Está tan cerca. Podría estirarme y tocarlo.
―Puedes sentarte ahora. ―Detiene mis pensamientos dispersos y me deslizo hacia abajo dentro de la cálida y acogedora agua. Ooh… pica. Lo que me toma por sorpresa, pero huele celestialmente también y el escozor pronto mengua. Me recuesto hacia atrás y brevemente cierro mis ojos, relajándome en la tranquilizadora agua. Cuando los abro, él está observándome.
―¿Por qué no te unes? ―pregunto, con valentía, mi voz ronca.
―Creo que lo haré. Muévete hacia delante ―ordena.
Se quita sus pantalones de pijama y se sube detrás de mí. El agua sube mientras él se sienta y me empuja hacia su pecho. Pone sus largas piernas sobre las mías, sus rodillas dobladas y sus tobillos nivelados con los míos, separa sus pies, abriendo mis piernas.
Jadeo sorprendida. Su nariz está en mi cabello e inhala profundamente.
—Hueles muy bien, Paula.
Un estremecimiento recorre mi cuerpo. Estoy desnuda en una bañera con Pedro Alfonso.
Él está desnudo. Si alguien me hubiese dicho que estaría haciendo esto cuando me levanté en su suite ayer, no lo habría creído.
Acerca una botella de jabón para el cuerpo del estante ubicado al lado de la bañera y vierte un poco en su mano. Frota sus manos, creando una suave espuma, luego pone sus manos alrededor de mi cuello y empieza a frotar el jabón en mi cuello, mis hombros, masajeando con firmeza con sus largos y fuertes dedos. Gimo, sus manos en mi se sienten bien.
—¿Te gusta eso? —Lo escucho sonreír.
—Mmm.
Baja hasta mis brazos, luego debajo de ellos, lavándolos con suavidad. Estoy tan agradecida de que Zai insistiera en que me afeitara. Sus manos se deslizan a través de mis pechos e inhalo bruscamente mientras sus dedos los rodean y comienzan a amasarlos suavemente, sin tomarlos por mucho tiempo. Mi cuerpo se arquea instintivamente, empujando mis pechos hacia sus manos. Mis pezones están sensibles, muy sensibles, sin duda por su nada delicado trato hacia ellos la noche anterior.
No demora mucho tiempo y desliza sus manos hacia mi estomago y mi vientre. Mi respiración aumenta y mi corazón está acelerado. Su creciente erección presionando detrás de mí. Me excita saber que es mi cuerpo lo que lo hace sentirse de esa forma.
Ja… es tu imaginación. Mi subconsciente se burla. Alejo la molesta idea.
Él se detiene y toma una toalla mientras jadeo, queriéndolo… necesitándolo. Mis manos descansan en sus firmes y musculosos muslos. Sostengo mi aliento, sus dedos me estimulan con destreza a través de la tela, es celestial y mis caderas empiezan a moverse a su propio ritmo, presionando contra su mano. Mientras las sensaciones empiezan a tomar el control, inclino la cabeza hacia atrás, poniendo mis ojos en
blanco, mi boca se afloja y gimo. La presión aumenta lenta e inexorablemente en mí…
Oh mi Dios.
—Siéntelo, nena —Pedro susurra en mi oído y muy gentilmente roza mi oreja con sus dientes—. Siéntelo por mí. —Mis piernas están sujetas por él en el lado de la bañera, manteniéndome prisionera, dándole libre acceso a la parte más privada de mí ser.
—Oh, por favor —susurro, trato de endurecer mis piernas mientras mi cuerpo se pone rígido. Soy una esclava sexual de éste hombre y no me deja moverme.
—Creo que ya estás lo suficientemente limpia —murmura y se detiene. ¿Qué? ¡No! ¡No! ¡No! Mi aliento es irregular.
—¿Por qué te detienes? —jadeo.
—Porque tengo otros planes para ti Paula.
Que… oh Dios… pero… yo estaba… no es justo.
—Gírate. Necesito lavarme también —murmura.
¡Oh! Dándome la vuelta para encararlo, estoy sorprendida de encontrar que tiene su erección firme en su agarre. Mi boca se abre.
—Quiero que te familiarices bien, con nombre de pila si es posible, con la más apreciada y favorita parte de mi cuerpo. Estoy muy unido a esto.
Es muy grande y está creciendo. Su erección está sobre la línea del agua, el agua llega hasta sus caderas. Alzo la mirada y me encuentro cara a cara con su sonrisa maliciosa.
Está disfrutando mi expresión de asombro. Me doy cuenta de que estoy mirándolo fijamente. Trago. ¡Eso estuvo dentro de mí! No parece posible. Él quiere que lo toque.
Uhm… de acuerdo. Aquí vamos.
Le sonrío y alcanzo el jabón para el cuerpo, exprimiéndolo en mi mano. Hago como él lo hizo, restregando el jabón en mis manos hasta que genera espuma. No alejo mis ojos de los suyos. Mis labios están separados para poder respirar… muy deliberadamente, suavemente, muerdo mi labio inferior y luego deslizo mi lengua por él, siguiendo el camino donde estuvieron mis dientes. Sus ojos están serios, oscuros y se abren a medida que mi lengua se desliza por mi labio inferior. Me acerco y lo rodeo con una de mis manos, reflejo de cómo él lo está sosteniendo. Sus ojos se cierran brevemente. Wow… se siente más firme de lo que esperé. Aprieto y él pone su mano sobre la mía.
—Así —susurra y mueve su mano de arriba a abajo con un firme agarre alrededor de mis dedos. Cierra sus ojos de nuevo y su aliento da tirones en su garganta. Cuando vuelve a abrirlos, su mirada es de un abrazador gris fundido—. Así es correcto, nena.
Suelta mi mano, dejándome para que continúe sola y cierra sus ojos mientras muevo de arriba hacia abajo toda su longitud. Flexiona sus caderas un poco en mi mano y reflexivamente lo siento más apretado. Un gemido escapa de las profundidades de su garganta. Folla mi boca… mmm. Lo recuerdo empujando su dedo pulgar en mi boca, haciéndome chupar, duro. Su boca se abre ligeramente a medida que su respiración
aumenta.
Me inclino hacia adelante, mientras él tiene sus ojos cerrados, pongo mis labios alrededor de él y tentativamente chupo, deslizando mi lengua sobre la punta.
—Wow…. Paula. —Sus ojos se abren. Y chupo con más fuerza.
Mmm… es suave y duro a la vez, como acero revestido de terciopelo y sorprendentemente sabroso, salado y suave.
—Cristo —gime y cierra de nuevo sus ojos.
Moviéndome hacia abajo, lo empujo en mi boca. Gime de nuevo. ¡Ja¡ Mi diosa interior está emocionada. Puedo hacer esto, lo puedo follar con mi boca.
Giro mi lengua alrededor de la punta de nuevo, y él flexiona sus caderas. Sus ojos están ahora abiertos y encendidos con el calor. Sus dientes están apretados de nuevo mientras vuelve a flexionar y lo empujo más profundo en mi boca, apoyándome en sus muslos. Siento sus piernas tensarse bajo mis manos. Se acerca y toma mis coletas y empieza a moverse.
—Oh… nena… eso se siente muy bien —murmura. Chupo aún más fuerte, chasqueando mi lengua en la cabeza de su impresionante erección. Envolviendo mis dientes detrás de mis labios, sujetando mi boca alrededor de él. Su aliento silba entre dientes y gime.
—Jesús. ¿Qué tan lejos puedes ir? —susurra.
Mmm… lo meto más profundo dentro de mi boca, lo puedo sentir en la parte posterior de mi garganta y luego de nuevo en el frente. Mi lengua gira alrededor de su final. Escomo un helado con sabor a… Pedro Alfonso. Chupo con más y más fuerza, metiéndolo más y más profundo, girando mi lengua a su alrededor. Mmm… no tenía idea que dar placer pudiese ser tan candente, verlo retorcerse sutilmente con ansias
carnales. Mi diosa interior está haciendo el merengue con algunos pasos de salsa.
—Paula, voy a venirme en tu boca. —El tono entre cortado es de advertencia—.Si no quieres que lo haga, detente ahora. —Flexiona de nuevo sus caderas, sus ojos están abiertos, cautelosos y llenos de obscena necesidad, necesidad de mí. Necesidad de mi boca… Oh Dios.
Santa Mierda. Sus manos están realmente agarrando mi cabello. Puedo hacer esto, presiono con más fuerza y en un momento de extraordinaria confianza, desnudo mis dientes. Eso lo lleva hasta el límite. Grita y se queda quieto y puedo sentir el cálido y salado líquido rebosando en mi garganta. Trago rápidamente. Ugh… no estoy segura de esto. Pero lo miro y se está viniendo en la bañera gracias a mí y no me importa. Me
siento y lo observo, una sonrisa de triunfo regodeándose en las comisuras de mis labios. Su respiración es irregular. Abriendo sus ojos, me mira.
—¿No tienes nauseas? —pregunta, asombrado—. Cristo, Pau… eso estuvo… bien, muy bien, pero inesperado. —Frunce el ceño—. Sabes, nunca dejas de sorprenderme.
Sonrió y conscientemente muerdo mi labio. Me mira de manera especulativa.
—¿Has hecho eso antes?
—No. —Y no puedo evitar el pequeño matiz de orgullo en mi negación.
—Bien —dice complaciente y creo, aliviado—. Entonces, otra novedad, señorita Chaves. —Me mira de manera valorativa—. Bueno, obtienes una A en habilidades orales. Ven, vamos a la cama, te debo un orgasmo.
¡Orgasmo! ¡Otro!
Rápidamente, sale de la bañera, dándome la primera versión completa del adonis, divinamente formado, ese es Pedro Alfonso. Mi diosa interior deja de bailar y mira también, la boca abierta y babeando un poco. Su erección domesticada pero solida… wow.
Envuelve una pequeña toalla alrededor de su cintura, cubriendo lo esencial y sostiene una plumosa toalla grande para mí. Saliendo de la tina, tomo su mano tendida. Me envuelve en la toalla, me toma en sus brazos y me besa con fuerza, apretando su lengua en mi boca. Tengo muchos deseos de girarme y abrazarlo…
tocarlo… pero tiene mis brazos atrapados en la toalla. Pronto, estoy perdida en su beso. Acuna mi cabeza, su lengua explorando mi boca y tengo la sensación de que está expresando su gratitud —quizás— ¿por mi primera mamada? ¿Eh?
Se aleja, con las manos a cada lado de mi rostro, mirando fijamente mis ojos. Se ve perdido.
—Di sí —susurra fervientemente.
Frunzo el ceño, sin entender.
—¿A qué?
—A nuestro acuerdo. A ser mía. Por favor, Paula —susurra enfatizando la última palabra y mi nombre, suplicando. Me besa de nuevo, dulcemente, apasionadamente, antes de que se aleje y se quede mirándome, parpadeando ligeramente. Toma mi mano y me lleva de regreso a su cuarto, dejándome temblorosa, así que lo sigo mansamente.
Aturdida. Realmente quiere esto.
En su cuarto, me mira mientras estamos de pie al lado de su cama.
—¿Confías en mi? —pregunta de repente. Asiento, con los ojos muy abiertos con la súbita comprensión de que confió en él. ¿Qué me va a hacer ahora? Un estremecimiento eléctrico zumba a través de mí.
—Buena chica —dice en un respiro, su pulgar deslizándose por mi labio inferior. Se dirige a su armario y regresa con una corbata de seda gris.
—Pon tus manos juntas en frente tuyo —ordena mientras jala la toalla y la tira al piso.
Hago lo que pide y une las muñecas con su corbata, anudándolas con firmeza. Sus ojos están brillantes y salvajes, llenos de excitación. Tira del nudo, está asegurado. Tuvo que haber sido alguna clase de chico explorador para aprender estos nudos.
¿Ahora qué? Mi pulso se ha ido por las nubes, el corazón latiendo a un ritmo frenético. Pasa sus dedos por
mis coletas.
—Te ves muy joven con estas —murmura y se mueve hacia el frente. Instintivamente, me muevo hacia atrás hasta que siento la cama contra la parte de atrás de mis rodillas.
Tira su toalla, pero no puedo alejar mis ojos de su rostro. Su expresión es ardiente, llena de deseo.
—Oh Paula, ¿qué te haré? —susurra mientras me baja hacia la cama, acostándose a mi lado y poniendo mis brazos sobre mi cabeza—. Mantén tus manos aquí arriba, no las muevas, ¿entiendes? —Sus ojos arden en los míos y estoy sin aliento por su intensidad. Este no es un hombre con el que me querría cruzar… nunca.
—Respóndeme —exige, su voz suave.
—No moveré mis manos. —Estoy sin aliento.
—Buena chica —murmura y deliberadamente lame su labio lentamente. Estoy fascinada por su lengua, mientras esta se desliza lentamente sobre su labio superior.
Me está mirando a los ojos, evaluándome. Se inclina y me da un beso limpio, un rápido beso en mis labios.
—Te voy a besar por completo, señorita Chaves —dice suavemente y toma mi barbilla, alzándola, dándole acceso a mi garganta. Sus labios se deslizan por mi garganta, besando, chupando y mordisqueando, desde la pequeña caída hasta la base de mi cuello. Mi cuerpo demanda atención en todas partes. El reciente baño ha dejado mi piel hipersensible. Mi sangre caliente baja hacia mi vientre, entre mis piernas, justo ahí
abajo. Gimo.
Quiero tocarlo. Muevo mis manos con bastante torpeza, dado que estoy restringida y siento su cabello. Deja de besarme y alza la mirada hacia mí, agitando su cabeza de un lado al otro, haciendo un sonido de desaprobación. Alcanza mis manos y las pone de nuevo sobre mi cabeza.
—No muevas tus manos o tendremos que empezar desde el principio. —Me regaña suavemente. Oh, es todo un bromista.
—Quiero tocarte. —Mi voz es entrecortada y fuera de control.
—Lo sé —murmura—. Mantén tus manos sobre tu cabeza —exige, su voz fuerte.
Toma mi barbilla de nuevo y empieza a besar mi cuello como antes. Oh… es tan frustrante. Sus manos bajan por mi cuerpo y sobre mis pechos, mientras alcanza la inclinación en la base de mi cuello con sus labios. Gira la punta de su nariz alrededor de ella y entonces, empieza una travesía muy placentera con su boca, dirigiéndose al sur, siguiendo el camino de sus manos, desde mi esternón hasta mis pechos. Cada uno
es besado y mordido suavemente y mis pezones son chupados tiernamente. Mierda Santa. Mis caderas empiezan a balancearse y a moverse bajo su propia voluntad, con el mismo ritmo que lleva su boca en mí y estoy tratando de recordar desesperadamente mantener mis manos sobre mi cabeza.
—Quédate quieta —advierte, su aliento se siente cálido contra mi piel. Llegando a mi ombligo, mete su lengua y luego roza suavemente mi vientre con sus dientes. Mi cuerpo se arquea sobre la cama.
—Eres muy dulce, señorita Chaves. —Su nariz se desliza sobre la línea entre mi vientre y mi vello púbico, mordiéndome suavemente, jugueteando con su lengua. Se sienta de repente, se arrodilla a mis pies, tomando mis tobillos y abriendo mis piernas.
Mierda Santa. Toma mi pie izquierdo, dobla mi rodilla y lleva mi pie hasta su boca. Observando y evaluando cada una de mis reacciones, besa con ternura cada uno de mis dedos y luego muerde cada uno suavemente bajo las almohadillas. Cuando llega a mi dedo pequeño, lo muerde con más fuerza y convulsiono, gimiendo. Desliza su lengua por mi empeine. Y no puedo mirarlo más. Es demasiado erótico. Voy a quemarme. Aprieto mis ojos y trato de absorber y manejar todas las sensaciones que él está creando. Besa mi tobillo y hace un sendero de besos desde mi pantorrilla hasta mi rodilla, justo un poco más arriba. Luego, empieza con el pie derecho, repitiendo todo el seductor y alucinante proceso.
—Oh, por favor —gimo cuando muerde mi dedo pequeño, la acción resonando profundamente en mi vientre.
—Todas las cosas buenas, señorita Chaves —respira.
Esta vez no se detiene en mi rodilla, sigue hasta el interior de mi muslo, separando mis muslos mientras lo hace. Y sé que va a hacer y parte de mi quiere alejarlo porque estoy mortificada y avergonzada. Me va a besar ¡ahí! Lo sé. Y parte de mi está haciendo gala de la anticipación. Se gira hacia mi otra rodilla y me besa hasta los muslos, besando, lamiendo, chupando y luego está entre mis piernas, deslizando su nariz arriba y abajo sobre mi sexo, muy suave, muy dulce, me retuerzo… Oh Dios…
Se detiene, esperando a que me calme. Lo hago y alzo mi cabeza para mirarlo, mi boca abierta mientras los latidos de mi corazón se esfuerzan por salir.
—¿Sabes cuán intoxicante hueles, señorita Chaves? —murmura y mantiene sus ojos en mi, empuja su nariz en mi vello púbico y aspira.
Me pongo de un color escarlata, por todas partes, sintiendo desmayo e instantáneamente cierro mis ojos. No puedo verlo haciendo esto.
Lame suavemente la longitud de mi sexo. Oh mierda.
—Me gusta esto. —Suavemente tira de mi vello púbico—. Quizás mantengamos esto.
—Oh, por favor —ruego.
—Mmm, me gusta cuando me ruegas Paula.
Gimo.
—Ojo por ojo no es mi estilo habitual, señorita Chaves —susurra mientras me lame suavemente de arriba abajo—. Pero me has complacido hoy y deberías ser premiada.—Escucho la maliciosa sonrisa en su voz y mientras mi cuerpo está cantando por sus palabras, su lengua empieza lentamente a hacer círculos en mi clítoris mientras sus manos sostienen mis muslos.
—¡Ahhhh! —gimo mientras mi cuerpo se arquea y convulsiona bajo el toque de su lengua.
Da vueltas con su lengua, una y otra vez, manteniendo la tortura. Estoy perdiendo todo sentido de mi misma, cada átomo en mi cuerpo muy concentrado en ese pequeño y potente vértice entre mis muslos. Mis piernas se ponen rígidas, él desliza su dedo en mi interior y escucho su gruñido.
—Oh, nena. Me encanta que estés tan mojada para mí.
Mueve su dedo en un gran círculo, estirándome, tirando de mi, su lengua repitiendo sus acciones y gimo. Es demasiado… mi cuerpo pide ayuda y no lo puedo negar más.
Lo dejo ir, perdiendo todo pensamiento coherente mientras mi orgasmo se apodera de mí, retorciéndose en mi interior una y otra vez. Santa mierda. Grito y el mundo se derrumba y desaparece de vista mientras la fuerza de mi clímax hace todo nulo y vacio.
Estoy jadeando y vagamente escucho el sonido del empaque abriéndose. Lentamente se acomoda sobre mí y empieza a moverse. Oh… Dios. La sensación es dolorosa y dulce, fuerte y suave a la vez.
—¿Cómo se siente esto? —dice sin aliento.
—Bien, muy bien —digo. Y empieza a moverse en serio, rápido, fuerte y grande, entrando y saliendo de mi una y otra vez, implacable, empujándome y empujándome hasta que estoy de nuevo cerca del límite. Gimo.
—Vente para mi, nena. —Su voz es dura, áspera, cruda en mi oído y exploto alrededor de él.
—Gracias, joder —susurra, la mete duro una vez más y gime cuando llega a su clímax, apretándose contra mí. Luego se queda quieto, su cuerpo rígido.
Colapsando sobre mí, siento todo su peso apretándome contra el colchón. Tiro mis manos atadas sobre su cuello y lo sostengo lo mejor que puedo. Sé en este instante, que haría lo que fuese por este hombre. Soy suya. La maravilla que él me ha presentado está más allá de cualquier cosa que pudiese haber imaginado. Y él quiere llevarlo más lejos, mucho más lejos, a un lugar que no puedo, en mi ignorancia, siquiera imaginar.
Oh, ¿qué hacer?
Se apoya en sus codos y me mira con sus grises e intensos ojos.
—Ves cuán buenos somos juntos —murmura—. Si te entregas a mí, será mucho mejor. Créeme, Paula, puedo llevarte a lugares que ni siquiera sabes que existen.
Sus palabras hacen eco en mis pensamientos. Rozo su nariz contra la mía. Todavía me estoy recuperando de mi extraordinaria reacción física hacia él y alzo la mirada en su dirección, sin comprender, buscando algún pensamiento coherente.
De repente, nos damos cuentas de las voces en el pasillo afuera de su dormitorio. Me toma un momento procesar lo que he escuchado.
—Pero si todavía está en la cama entonces debe estar enfermo. Nunca está en la cama a estas horas. Pedro nunca se queda dormido.
—Señora Alfonso, por favor.
—Taylor. No puedes alejarme de mi hijo.
—Señora Alfonso, él no está solo.
—¿A qué te refieres con que no está solo?
—Tiene a alguien con él.
—Oh. —Incluso yo escucho la incredulidad en su voz
Pedro parpadea rápidamente, mirándome, con los ojos muy abiertos y llenos de horror.
—Mierda, es mi madre.
Perdon por tan tarde :/ Comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica @paisbrenda
sábado, 16 de noviembre de 2013
martes, 15 de octubre de 2013
Capitulo 18
La luz llena la habitación, persuadiéndome desde el sueño profundo a la vigilia. Me estiro y abro los ojos. Es una hermosa mañana de mayo, con Seattle a mis pies. Vaya, qué vista. A mi lado, Pedro Alfonso está profundamente dormido. Vaya, qué vista.
Me sorprende que todavía esté en la cama. Está frente a mí y tengo una oportunidad sin precedentes para estudiarlo. Su hermoso rostro parece más joven, relajado en el sueño. Sus esculpidos labios carnosos están separados un poco y su cabello brillante y claro es un desastre glorioso. ¿Cómo podría alguien verse así de bien y aún así ser legal? Recuerdo su habitación de arriba... a lo mejor no es legal.
Niego con la cabeza, es mucho para pensar. Es tentador estirarse y tocarlo, pero como un niño pequeño, es
tan adorable cuando está dormido. No tengo que preocuparme de lo que voy a decir, de lo que va a decir, qué planes tiene, sobre todo sus planes para mí.
Podría mirarlo todo el día, pero tengo necesidades… necesidades de cuarto de baño.
Deslizándome de la cama, encuentro su camisa blanca en el suelo y me la pongo.
Camino a través de una puerta pensando que podría ser el cuarto de baño, pero estoy en un inmenso clóset tan grande como mi dormitorio. Filas y filas de trajes caros, camisas, zapatos y corbatas. ¿Cómo puede alguien necesitar esta cantidad de ropa?
Hago un gesto de desaprobación. En realidad, el armario de Zai probablemente compita con esto. ¡Zaira! Oh, no. No pensé en ella toda la noche. Se suponía que le escribiría. Mierda. Voy a estar en problemas. Me pregunto brevemente cómo lo está pasando con Elliot.
Volviendo a la habitación, Pedro sigue durmiendo. Intento la otra puerta. Es el cuarto de baño y es más grande que mi dormitorio. ¿Por qué un hombre solo necesita tanto espacio? Dos lavabos, me doy cuenta con ironía. Teniendo en cuenta que no se acuesta con nadie, uno de ellos no puede haber sido utilizado.
Me miro en el espejo gigante por encima de los lavabos. ¿Me veo diferente? Me siento diferente. Me siento un poco dolorida, si soy honesta y mis músculos… Caray, es como si nunca hubiera hecho ningún ejercicio en mi vida. No has hecho ningún ejercicio en tu vida, mi subconsciente se ha despertado. Ella me mira con los labios fruncidos, dando golpecitos con el pie.
Así que acabas de dormir con él, le diste tu virginidad a un hombre que no te ama. De hecho, tiene ideas muy extrañas acerca de ti, quiere hacerte una especie de esclava sexual y perversa.
¡¿Estás loca?! Me está gritando.
Me estremezco cuando me miro en el espejo. Voy a tener que procesar todo esto.
Sinceramente, fantasear con enamorarse de un hombre que es más que hermoso, más rico que Croesus y tiene un Salón Rojo del Dolor esperando por mí. Me estremezco.
Estoy desconcertada y confundida. Mi cabello está en su propia rebeldía de costumbre. El cabello de acabo de follar no me sienta. Trato de poner orden al caos con mis dedos, pero fallo miserablemente y me rindo; tal vez encontraré cintas para el cabello en mi bolso.
Me muero de hambre. Me dirijo de nuevo hacia el dormitorio. El Bello Durmiente sigue durmiendo, así que lo dejo y me dirijo a la cocina.
Oh, no... Zai. Dejé mi bolso en el estudio de Pedro. Lo busco y alcanzo mi teléfono celular. Tres mensajes de texto.
*Stas Bn Pau*
*Dónde stas Paauu*
*Maldición, PAULA*
Llamo a Za. Cuando no contesta, le dejo un mensaje rastrero para decirle que estoy viva y no he sucumbido a Barba Azul, bueno, no en el sentido que ella se preocuparía; o tal vez yo lo he hecho. Oh, esto es muy confuso. Tengo que tratar de clasificar y analizar mis sentimientos por Pedro Alfonso. Es una tarea imposible. Niego con la cabeza.
Necesito tiempo a solas, lejos de aquí para poder pensar.
Encuentro dos cintas para el cabello al mismo tiempo en mi bolso y rápidamente ato mi cabello en coletas. ¡Sí! Cuanto más femenina me vea, tal vez más segura estaré de Barba Azul.
Saco mi iPod del bolso y conecto los auriculares. No hay nada como la música para cocinar. Lo guardo en el bolsillo de la camisa de Pedro, encendiéndolo a todo volumen y comienzo a bailar.
Santos infiernos, tengo hambre.
Estoy intimidada por su cocina. Es muy elegante, moderna y ninguno de los armarios tiene asideros. Me toma unos segundos para deducir que tengo que empujar las puertas del armario para abrirlos. Tal vez debería hacerle el desayuno a Pedro.
Estaba comiendo un omelet el otro día... uhm, ayer en el Heathman.
Vaya, han pasado muchas cosas desde entonces.
Reviso en la nevera, donde hay un montón de huevos y decido que quiero panqueques y tocino. Estoy haciendo un poco de masa, bailando a mi manera alrededor de la cocina.
Estar ocupada es bueno. Me permite un poco de tiempo para pensar, pero no demasiado profundamente. La música a todo volumen en mis oídos también ayuda a evitar los pensamientos profundos. He venido aquí a pasar la noche en la cama de Pedro Alfonso y lo logré, a pesar de que no permite a nadie en su cama.
Sonrío, misión cumplida. A lo grande. Sonrío. Grande, a lo grande y me distraigo por el
recuerdo de la noche anterior.
Sus palabras, su cuerpo mientras me hace el amor...
Cierro los ojos mientras mi cuerpo zumba ante el recuerdo y mis músculos se contraen deliciosa y profundamente en mi vientre. Mi subconsciente me frunce el ceño... mierda, no hacer el amor me grita como una arpía. La ignoro, pero en el fondo, sé que ella tiene un punto. Niego con la cabeza para concentrarme en la tarea a mano.
Hay una extensa cocina estilizada. Creo que le tomo el truco a esto. Necesito un lugar para mantener los panqueques calientes y me pongo con el tocino. Amy Studt está cantando en mi oído acerca de inadaptados. Esta canción solía significar mucho para mí, porque soy una inadaptada social. Nunca he encajado en ningún lugar y ahora... tengo una propuesta indecente a considerar desde el propio Rey de los Inadaptados.
¿Por qué es así? ¿De naturaleza o de crianza? Es tan ajeno a todo lo que sé.
Pongo el tocino en la parrilla y mientras se cocina, bato algunos huevos.
Me giro y Pedro está sentado en uno de los taburetes de la barra en el mostrador del desayuno, apoyándose en ella, su rostro apoyado en sus manos. Todavía está vistiendo la camiseta con la que durmió. El cabello de acabo de follar realmente, en serio le sienta, al igual que su barba naciente.
Se ve a la vez divertido y perplejo. Me quedo paralizada, ruborizada, luego me recobro y quito los auriculares de mis oídos, mis rodillas se tambalean a la vista de él.
―Buenos días, señorita Chaves. Está con mucha energía esta mañana ―dice secamente.
―Dormí bien ―tartamudeo mi explicación. Sus labios intentan disimular su sonrisa.
―No puedo imaginar por qué. ―Hace una pausa y frunce el ceño―. Yo también, después de que regresé a la cama.
―¿Tienes hambre?
―Mucha ―dice con una mirada intensa y no creo que se esté refiriendo a la comida.
―¿Panqueques, tocino y huevos?
―Suena muy bien.
―No sé donde guardas tus manteles. ―Me encojo de hombros, tratando desesperadamente de no parecer nerviosa.
―Yo haré eso. Tú cocina. ¿Quieres que ponga algo de música para que puedas continuar con tu... err... baile?
Miro abajo hacia mis dedos, sabiendo que estoy volviéndome de un pardo rojizo.
―Por favor, no te detengas por mí. Es muy entretenido. ―Su tono es uno de diversión irónica.
Frunzo mis labios. Entretenido, ¿eh? Mi subconsciente se ha reído de mí el doble. Me doy vuelta y continúo batiendo los huevos, probablemente batiéndolos un poco más duro de lo que necesitan.
En un momento, él está a mi lado. Tira suavemente de mi coleta.
―Me encantan estas ―susurra―. No te van a proteger. ―Hmm, Barba Azul…
―¿Cómo te gustan los huevos? ―le pregunto con aspereza. Él sonríe.
―Completamente batidos y golpeados. ―Sonríe.
Me dirijo de nuevo a la tarea en cuestión, tratando de ocultar mi sonrisa. Es difícil estar enojada por eso. Especialmente cuando está siendo tan inusualmente juguetón.
Abre un cajón y saca dos manteles para colocar en la barra del desayuno. Vierto la mezcla de huevos en una cacerola, saco el tocino, lo giro sobre ella y lo pongo de nuevo en la parrilla.
Cuando me vuelvo del todo, hay jugo de naranja sobre la mesa y está haciendo el café.
―¿Quieres un poco de té?
―Sí, por favor. Si tienes un poco.
Encuentro un par de platos y los coloco en la bandeja de calentamiento de la cocina. Pedro llega a un armario y saca algo de té Twining Breakfast Inglés. Frunzo mis labios.
―Soy una conclusión inevitable, ¿no es cierto?
―¿Lo eres? No estoy seguro de que hayamos concluido nada, señorita Chaves ―murmura.
¿Qué quiere decir con eso? ¿Nuestras negociaciones? ¿Nuestra, err... relación... sea lo que sea?
Sigue siendo tan críptico. Sirvo el desayuno caliente en los platos y los pongo sobre los manteles. Rebusco en el refrigerador y encuentro un poco de jarabe de arce.
Echo un vistazo a Pedro y él me está esperando para sentarse.
―Señorita Chaves. ―Hace un gesto a uno de los taburetes de la barra.
―Señor Alfonso. ―Asiento en reconocimiento. Me subo y hago una ligera mueca de dolor cuando me siento.
―¿Qué tan dolorida estás? ―pregunta mientras se sienta. Sus ojos grises se oscurecen.
Me sonrojo. ¿Por qué hace preguntas tan personales?
―Bueno, para ser sincera, no tengo nada con que comparar esto ―le espeto―. ¿Desea ofrecer su conmiseración? ―pregunto, demasiado dulce. Creo que está tratando de reprimir una sonrisa, pero no puedo estar segura.
―No. Me preguntaba si deberíamos continuar con tu entrenamiento básico.
―Oh. ―Lo miro atónita mientras dejo de respirar y todo dentro de mí se aprieta.
Ooh... eso es tan agradable. Suprimo mi gruñido.
―Come, Paula. ―Mi apetito se ha vuelto incierto otra vez... más... más sexo... sí, por favor.
―Esto es delicioso, por cierto. ―Me sonríe.
Pruebo un bocado del omelet pero apenas puedo saborearlo. ¡Entrenamiento básico!
Quiero follar tu boca. ¿Eso forma parte del entrenamiento básico?
―Deja de morderte el labio. Es muy distractor y resulta que sé que no estás usando nada debajo de mi camisa, lo que lo hace aún más distractor ―gruñe.
Mojo mi bolsita de té en el pequeño tarro que Pedro me ha proporcionado. Mi mente está en un torbellino.
―¿Qué tipo de entrenamiento básico tienes en mente? ―pregunto, mi voz es también ligeramente alta, traicionando mi deseo de sonar tan desinteresada, natural y calmada como puedo con mis hormonas causando estragos a través de mi cuerpo.
―Bueno, como estás dolorida, creo que podríamos continuar con habilidades orales.
Me ahogo con mi té y lo observo con los ojos abiertos y ampliándose más. Me palmea delicadamente la espalda y me pasa jugo de naranja. No puedo decir lo que está pensando.
―Eso si quieres quedarte ―agrega. Levanto la mirada hacia él, intentando recuperar mi equilibrio. Su expresión es ilegible. Es tan frustrante.
―Me gustaría quedarme por hoy. Si eso está bien. Tengo que trabajar mañana.
―¿A qué hora tienes que estar en el trabajo mañana?
―Nueve.
―Te llevaré al trabajo a las nueve mañana.
Frunzo el ceño. ¿Acaso él quiere que me quede otra noche?
―Necesito ir a casa esta noche, necesito ropas limpias.
―Puedo conseguirte algunas aquí.
No tengo dinero de sobra para gastar en ropa.
Su mano sube y sostiene mi barbilla, tirando de ella para que mi labio sea liberado del agarre de mis dientes. No me había dado cuenta de que estaba mordiendo mi labio.
―¿Qué pasa? ―pregunta.
—Necesito estar en casa esta tarde.
Su boca es una dura línea.
—Bien, esta tarde. ―Está de acuerdo―. Ahora come tu desayuno.
Mis pensamientos y mi estómago están en un torbellino. Mi apetito se ha desvanecido.
Observo mi desayuno a mitad de comer. Simplemente no tengo hambre.
―Come, Paula. No comiste anoche.
―Realmente no tengo hambre ―susurro.
Sus ojos se angostan.
―Realmente me gustaría que terminaras tu desayuno.
―¿Qué tienes con la comida? ―espeto. Su frente se arruga.
―Te lo dije, tengo problemas con la comida desperdiciada. Come ―chasquea. Sus ojos están oscuros, afligidos.
Santa Mierda. ¿De qué se trata? Recojo mi tenedor y como lentamente, intentando masticar. Debo recordar no poner mucho en mi plato si se va a poner raro con la comida. Su expresión se suaviza cuando cuidadosamente me termino mi desayuno.
Noto que recoge su plato. Espera a que termine y recoge mi plato.
―Tu cocinaste, yo recojo.
―Eso es muy democrático.
―Sí. ―Frunce el ceño―. No es mi estilo habitual. Después de que termine esto, tomaremos un baño.
―Oh, de acuerdo. ―Oh mi… Preferiría tomar una ducha. Mi celular suena,interrumpiendo mi ensueño. Es Zai.
―Hola. ―Vago hacia las puertas de vidrio del balcón, lejos de él.
―Pau, ¿por qué no me mandaste un mensaje de texto anoche? ―Está enojada.
―Lo siento, fui sobrepasada por los acontecimientos.
―¿Estás bien?
―Sí, estoy bien.
―¿Lo hicieron? ―Está pescando información. Pongo mis ojos en blanco con laexpectación en su voz.
―Zai, no hablaré de esto por teléfono. ―Pedro me mira.
―Lo hicieron… puedo notarlo.
¿Cómo puede notarlo? Está fanfarroneando y no puedo hablar sobre esto. Firmé un maldito acuerdo.
―Zai, por favor.
―¿Cómo fue? ¿Estás bien?
―Te dije que estoy bien.
―¿Fue cuidadoso?
―¡Zaira, por favor! ―No puedo ocultar mi exasperación.
―Paula, no lo ocultes de mí, he estado esperando este día por casi cuatro años.
―Te veré en la tarde. ―Cuelgo.
Este va a ser un cuadrado difícil de circular. Es tan tenaz y quiere saber, en detalle y no le puedo contar porque he firmado un… ¿cómo se llamaba? CDC. Ella va a enloquecer y con razón. Necesito un plan. Vuelvo la cabeza para ver a Pedro moverse con elegancia en su cocina.
―¿El CDC cubre todo? ―pregunto cautelosamente.
―¿Por qué? ―Se gira y me mira mientras guarda los Twinings. Me sonrojo.
―Bueno, tengo algunas preguntas, tu sabes, sobre sexo. ―Bajo la mirada hacia mis dedos―. Y me gustaría preguntarle a Zai.
―Puedes preguntarme a mí.
―Pedro, con el debido respeto. ―Mi voz se desvanece. No puedo preguntarte a ti. Obtendré tu predispuesta, perversa como-el-infierno, distorsionada visión del mundo en cuanto al sexo. Quiero una opinión imparcial―. Es sólo sobre aspectos prácticos. No mencionaré el Salón Rojo del Dolor.
Él levanta sus cejas.
―¿Salón Rojo del Dolor? Es más sobre placer, Paula. Créeme ―dice él―.Además ―su tono se endurece―, tu compañera de cuarto está haciendo la bestia de dos espaldas (Tener relaciones sexuales) con mi hermano. Realmente preferiría que no lo hicieras.
―¿Tu familia sabe sobre tu… preferencia?
―No. No es asunto suyo. ―Deambula hacia mí hasta que está parado frente a mí.―¿Qué quieres saber? ―pregunta y levantando sus manos recorre desde mi mejilla hacia mi barbilla suavemente con sus dedos, inclinando mi cabeza hacia atrás para poder verme directamente a los ojos.
Me retuerzo por dentro. No puedo mentirle a este hombre.
―Nada específico por el momento ―susurro.
―Bueno, podemos empezar con: ¿cómo estuvo anoche para ti? ―Sus ojos queman, llenos de curiosidad. Está ansioso por saber. Wow.
―Bien ―murmuro.
Sus labios se levantan ligeramente
―Para mí también ―él murmura―. Nunca había tenido sexo vainilla antes. Hay mucho que decir de eso. Pero claro, tal vez es por ti. ―Mueve su pulgar a través de mi labio inferior.
Inhalo fuertemente. ¿Sexo vainilla?
―Ven, vamos a darnos un baño. ―Se inclina y me besa. Mi corazón da un brinco y el deseo se desliza demasiado abajo… demasiado ahí abajo.
La tina es una piedra blanca, profunda, de forma ovoide, muy diseñada. Pedro se inclina y la llena desde la llave en la pared de azulejos. Vierte un aceite de baño con aspecto caro dentro del agua. Hace espuma mientras la tina se llena, huele a dulce y sensual jazmín. Se pone de pie y me observa, sus ojos oscurecidos, luego se quita su camiseta y la arroja al suelo.
sábado, 12 de octubre de 2013
Capitulo 17
Todavía estoy jadeando, tratando de aminorar mi respiración, mi corazón desbocado y mis pensamientos están desenfrenados. Guao... eso fue asombroso. Abro los ojos y tiene su frente apretada contra la mía, sus ojos cerrados, su respiración entrecortada.
Los ojos de Pedro parpadean abriéndose y me miran, sombríos pero suaves.
Todavía está dentro de mí. Inclinándose, presiona suavemente un beso en mi frente y luego, lentamente, se retira de mí.
—Oh. —Me estremezco con la falta de familiaridad.
—¿Te lastimé? —pregunta Pedro mientras se acuesta a mi lado, recostado sobre un codo. Se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Y tengo que sonreír, ampliamente.
—¿Me estas preguntando si me heriste?
—No he perdido la ironía —sonríe sardónicamente—. De verdad, ¿estás bien? —Sus ojos son intensos, minuciosos, exigentes incluso.
Me tiendo a su lado, sintiéndome despejada, mis huesos como la mermelada, pero estoy relajada, profundamente relajada. Le sonrío. No puedo dejar de sonreír. Ahora sé por qué tanto alboroto. Dos orgasmos… llegando al tope, como una lavadora en centrifugado, wow. No tenía idea de lo que mi cuerpo era capaz de hacer, podía ser enrollado con tanta fuerza y liberado con tanta violencia, tan gratificante. El placer era indescriptible.
—Estas mordiéndote el labio y no me has respondido. —Tiene el ceño fruncido. Le sonrío con picardía. Luce glorioso con su pelo alborotado, sus ojos grises ardientes y la expresión seria y oscura.
—Me gustaría hacer eso de nuevo —susurro. Por un momento, pienso que veo una mirada fugaz de alivio en su rostro antes de que las persianas bajen y me mira con los ojos entornados.
—¿Lo harías ahora, señorita Chaves? —murmura secamente. Se inclina y me besa gentilmente en la esquina de mi boca—. No exiges pequeñas cosas. Voltéate.
Parpadeo en su dirección momentáneamente y me volteo. Me desabrocha el sujetador y pasa su mano de la espalda a mi trasero.
—De verdad tienes la piel más bella —murmura. Se mueve hasta que una de sus piernas está entre las mías y esta acostado a medias en mi espalda. Puedo sentir los botones de su camisa presionándome mientras recoge mi cabello y besa mi hombro desnudo.
—¿Por qué estas usando tu camisa? —pregunto. Él se queda quieto. Después de un latido, se quita la camisa y se acuesta sobre mí. Siento su cálida piel contra la mía.
Mmmm… se siente celestial. Tiene una fina capa de pelo en el pecho que me hace cosquillas en la espalda.
—Entonces, ¿quieres que te folle otra vez? —me susurra en el oído y comienza a dejar un rastro de suaves y delicados besos alrededor de mi oído y bajando por mi cuello.
Sus manos bajan, rozando mi cintura, encima de mi cadera y abajo de mi muslo a la parte de atrás de mi rodilla. Empuja mi rodilla más arriba y mi aliento se dificulta...
¡Oh! ¿qué está haciendo ahora? Se mueve para estar entre mis piernas, presionándose contra mi espalda y su mano se desplaza desde mi muslo hasta mi trasero. Me acaricia el glúteo lentamente y luego arrastra los dedos por entre mis piernas.
—Te voy a tomar desde atrás, Paula —murmura y con su otra mano sujeta mi pelo por la nuca en un puño y tira suavemente, manteniéndome en posición. No puedo mover la cabeza. Estoy maniatada por debajo de él, impotente.
—Eres mía —susurra—. Solo mía. No lo olvides. —Su voz es intoxicante, sus palabras emocionantes y seductoras. Siento su erección creciendo contra mi muslo.
Sus largos dedos se desplazan para masajear suavemente mi clítoris, dando vueltas lentamente. Surespiración es suave contra mi cara mientras lentamente me pellizca a lo largo de mi mandíbula.
—Hueles divino —me acaricia detrás de la oreja. Su mano se frota contra mí, dando vueltas y vueltas. Acto reflejo, mis caderas comienzan a circular, imitando su mano, mientras el insoportable placer despunta a través de mi sangre como adrenalina.
—Quédate quieta —me ordena, su voz suave pero urgida y lentamente introduce su pulgar dentro de mí, girándolo en vueltas y vueltas, acariciando la pared frontal de mi vagina. El efecto es alucinante, toda mi energía se concentra en este espacio pequeño dentro de mi cuerpo. Gimo.
—¿Te gusta? —pregunta suavemente, sus dientes tomando mi oreja y comienza a flexionar el dedo lentamente, adentro, afuera, adentro, afuera... sus dedos siguen dando vueltas.
Cierro mis ojos, tratando de mantener mi respiración bajo control, tratando de absorber las caóticas sensaciones desordenadas a las que sus dedos dan rienda suelta, el fuego atravesando mi cuerpo. Gimo de nuevo.
—Estas muy mojada, tan rápido. Tan entusiasta, Oh, Paula, me gusta eso. Me gusta mucho —susurra.
Quiero endurecer mis piernas pero no me puedo mover. Me está inmovilizando, manteniendo una constante, el ritmo lento y tortuoso. Es absolutamente exquisito.
Gimo de nuevo y se mueve de repente.
—Abre tu boca —ordena y mete su dedo en mi boca. Mis ojos se abren, parpadeando salvajemente. —Prueba como sabes —respira contra mi oído—. Chúpame, cariño. —Su pulgar se presiona contra mi lengua y mi boca se cierra alrededor de él, succionándolo salvajemente. Pruebo la salinidad en su pulgar y el sabor metálico de la sangre.
Santa mierda. Esto está mal, pero santos infiernos, es erótico.
—Quiero follarte la boca, Paula y lo haré pronto — su voz es ronca, cruda, su respiración más inconexa.
¡Follarme la boca! Gimo y lo muerdo. Él jadea y me tira el pelo más fuerte, con dolor, así que lo libero.
—Mi atrevida y dulce chica —susurra y luego alcanza la mesa de noche para conseguir un paquete plateado—. Quédate tranquila, no te muevas —me ordena mientras libera mi cabello.
Rompe el papel mientras respiro con dificultad, la sangre zumbando en mis venas. La anticipación es estimulante. Se inclina hacia abajo, su peso sobre mí y me agarra del cabello manteniendo mi cabeza inmóvil. No me puedo mover. Estoy seductoramente atrapada por él, preparada y lista para que me tome otra vez.
—Vamos a hacerlo de verdad, despacio esta vez, Paula —resopla.
Y poco a poco se acomoda en mí, poco a poco, lentamente, hasta que está enterrado en mí. Estirándose, llenándome, implacable. Gimo ruidosamente. Se siente más profundo esta vez, delicioso. Gimo otra vez y deliberadamente hace circular sus caderas y retrocede, se pausa un segundo y luego vuelve a entrar. Repite esto una y otra vez. Me está volviendo loca, sus embestidas juguetonas, deliberadamente lentas y
la sensación de plenitud intermitente es abrumadora.
—Te sientes tan bien —gime y mis entrañas comienzan a temblar. Se retira y espera—. Oh, no, nena, todavía no —murmura y cuando el temblor cesa, comienza el delicioso proceso de nuevo.
—Oh, por favor —suplico. No estoy segura de que pueda soportarlo más. Mi cuerpo esta aprisionado, ansiando la liberación.
—Quiero que te duela, cariño —murmura y continua su dulce tormento, sin prisa, hacia atrás, hacia adelante—. Cada vez que te muevas mañana, quiero que recuerdes que he estado aquí. Sólo yo. Eres mía.
Gimo.
—Por favor, Pedro —susurro.
—¿Qué quieres, Paula? Dime.
Gimo de nuevo. Lo saca y se mueve lentamente hacia mí, girando las caderas una vez más.
—Dime —murmura.
—A ti, por favor. —Incrementa el ritmo sólo un poco y su respiración se vuelve más errática. Mis entrañas empiezan a acelerarse y Pedro coge el ritmo.
—Eres.Tan.Dulce —murmura entre cada embestida—. Te.Deseo.Tanto.
Gimo.
—Eres.Mía. Acaba para mi, cariño —gruñe.
Sus palabras son mi perdición, inclinándome por el precipicio. Mi cuerpo se convulsiona en torno a él y acabo, ruidosamente diciendo en voz alta una versión distorsionada de su nombre en el colchón y Pedro sigue con dos embestidas agudas, y se congela, acabando dentro de mí mientras se libera. Se derrumba sobre mí, su rostro en mi pelo.
—Mierda. Paula —susurra. Se quita sobre mi inmediatamente y rueda sobre su lado de la cama. Subo mis rodillas hasta mi pecho, completamente agotada e inmediatamente me quedo dormida o pierdo el conocimiento en un sueño exhausto.
Cuando me despierto, todavía está oscuro. No tengo idea de cuánto he dormido. Me extiendo por debajo de la manta y me siento adolorida, deliciosamente adolorida.
Pedro no se ve por ningún lado. Me siento, viendo el paisaje de la ciudad en frente de mí. Hay unas pocas luces entre los rascacielos y hay un susurro del amanecer en el este. Escucho música. Las notas melodiosas del piano, un lamento triste y dulce. Bach, creo, pero no estoy segura.
Me envuelvo en el edredón y silenciosamente voy hacia el corredor y hacia el gran salón. Pedro está en el piano, completamente perdido en la música que está sonando. Su expresión es triste y desamparada, como la música. Su interpretación es fascinante.
Recostada contra la pared de la entrada, escucho embelesada. Él es un músico consumado. Se sienta desnudo, su cuerpo bañado por la cálida luz emitida por una lámpara solitaria junto al piano. Con el resto de la gran sala en la oscuridad, es como si estuviera en su propia aislada piscina, intocable... solo en una burbuja.
Voy lentamente en silencio hacia él, atraída por la música sublime, la melancolía.
Estoy hipnotizada viendo sus hábiles dedos largos mientras se encuentran y presionan suavemente las teclas, pensando en cómo esos mismos dedos han manejado y acariciado hábilmente mi cuerpo. Me sonrojo y jadeo ante los recuerdos y presiono mis muslos. El alza la mirada, sus ojos grises brillantes e insondables, su expresión indescifrable.
—Lo siento —susurro—. No quise interrumpirte.
Una arruga revolotea en su rostro.
— Sin duda debería decirte eso a ti —murmura. Termina de tocar y pone sus manos en sus piernas.
Noto que está usando pantalones de pijama. Corre sus dedos a través de su cabello y se levanta. Sus pantalones cuelgan de sus caderas, de esa manera... oh Dios. Mi boca se seca mientras casualmente pasea alrededor del piano hacia mí. Tiene los hombros anchos, caderas estrechas y sus abdominales se tensan a medida que camina. Es realmente impresionante.
—Deberías estar en la cama —me advierte.
—Esa es una bella pieza. ¿Bach?
—La transcripción es de Bach, pero originalmente es un concierto para oboe de Alessandro Marcello.
—Fue exquisita, pero muy triste, una gran melodía melancólica.
Sus labios se tuercen en una media sonrisa.
—Cama —ordena—. Estarás exhausta en la mañana.
—Me desperté y no estabas allí.
—Se me hace difícil dormir, no estoy acostumbrado a dormir con nadie —murmura.
No puedo entender su estado de ánimo. Parece un poco desanimado, pero es difícil decir en la oscuridad. Tal vez fue el tono de la pieza que estaba tocando. Pone su brazo a mí alrededor y gentilmente me regresa a la habitación.
—¿Por cuánto tiempo has estado tocando? Tocas maravillosamente.
—Desde que tenía seis.
—Oh. —Pedro como un niño de seis años… mi mente invoca una imagen de un lindo niño de pelo cobrizo con ojos verdes y mi corazón se derrite, un niño a quien le gusta la música triste.
—¿Cómo te sientes? —pregunta cuando estamos de nuevo en el cuarto. Enciende una luz lateral.
—Estoy bien.
Miramos a la cama al mismo tiempo. Hay sangre en las sábanas, evidencia de mi virginidad perdida. Me sonrojo, avergonzada, tirando del edredón más fuerte a mí alrededor.
—Bueno, eso le va a dar a la señora Jones algo en lo que pensar —murmura Pedro mientras se pone delante de mí. Pone su mano debajo de mi barbilla e inclina hacia atrás mi cabeza, mirándome. Sus ojos son intensos y examina mi rostro. Me doy cuenta de que no había visto su pecho desnudo antes. Instintivamente, me estiro para correr mis dedos a través del puñado de vello oscuro en el pecho para ver cómo se siente. Inmediatamente, él da un paso atrás fuera de mi alcance.
—Métete en la cama —dice bruscamente—. Iré y me acostaré contigo. — Su voz se suaviza. Dejo caer mi mano y frunzo el ceño. No creo que jamás haya tocado su torso.
Abre una cómoda, saca una camiseta y rápidamente la desliza sobre él.
—Cama —ordena de nuevo. Subo de nuevo en la cama, tratando de no pensar en la sangre. Se trepa a mi lado y me jala en su abrazo, envolviendo sus brazos alrededor de mí, de modo que estoy de espaldas a él. Besa mi cabello suavemente e inspira profundamente.
—Duerme, dulce Paula —murmura y cierro mis ojos, pero no puedo evitar sentir una melancolía residual, de la música o de su conducta. Pedro Alfonso tiene un lado triste.
Perdón por no subir c: Comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica y/o @paisbrenda
Capitulo 16
―¡Aargh! ―grito mientras siento una extraña sensación de pinchazo profunda en mi interior mientras él rasga mi virginidad. Se queda quieto, mirándome, sus ojos brillantes con triunfo extático.
Su boca está abierta ligeramente y su respiración es pesada. Gime.
―Estás tan apretada. ¿Estás bien?
Asiento, mis ojos amplios, mis manos en sus antebrazos. Me siento tan llena. Sigue quieto, dejándome aclimatarme a la sensación intrusiva y abrumadora de él en mi interior.
―Voy a moverme, nena ―respira después de un momento, su voz tirante.
Oh.
Se retira con una lentitud exquisita. Y cierra sus ojos, gime y empuja en mi interior de nuevo. Grito una segunda vez y él se queda quieto.
―¿Más? ―susurra, su voz torca.
―Sí. ―Aspiro. Él lo hace una vez más y se queda quieto de nuevo.
Gimo. Mi cuerpo aceptando… Oh, quiero esto.
―¿Otra vez? ―aspira.
―Sí. ―Es una súplica.
Y él se mueve, pero esta vez no se detiene. Se echa sobre sus codos para así poder sentir su peso sobre mí, oprimiéndome. Se mueve lentamente al principio, impulsándose dentro y fuera de mí. Acelera. Yo gimo, él se mueve más fuerte, acelerando la velocidad, sin piedad, un ritmo incesante y yo mantengo el ritmo, encontrándome con sus embestidas.
Agarra mi cabeza entre sus manos y me besa fuertemente, sus dientes agarrando mi labio inferior otra vez. Se mueve un poco y puedo sentir la edificación de algo muy dentro de mí, como antes. Empiezo a ponerme
más rígida a medida que el empuja una y otra vez. Mi cuerpo se estremece, se arquea, un brillo de sudor se acumula sobre mí. Oh Dios... no sabía que iba a sentirse así... no sabía que podía sentirse tan bueno como esto. Mis pensamientos se dispersan... sólo hay sensación... sólo él... sólo yo... oh, por favor... me pongo rígida.
—Acaba para mí —susurra sin aliento y me deshago con sus palabras, explotando alrededor de él mientras llego al clímax y me desarmo en un millón de pedazos debajo de él.
Mientras él se viene, dice mi nombre, empujando duro, luego quedándose quieto mientras acaba dentro de mí.
viernes, 4 de octubre de 2013
Capitulo 15
Pedro está pasando ambas manos por su cabello y caminando de un lado a otro por su estudio. Dos manos, eso es doble exasperación. Su control sólido usual se ha esfumado.
―No entiendo por qué no me dijiste ―me crítica severamente.
―El tema nunca surgió. No tengo el hábito de revelar mi estatus sexual a todo el que conozco. Quiero decir, apenas si nos conocemos. ―Estoy mirando mis manos. ¿Por qué me estoy sintiendo culpable? ¿Por qué está tan enojado? Le doy una mirada.
―Bueno, tú sabes mucho sobre mí ahora ―chasquea, su boca se presiona en una línea severa―. ¡Sabía que eras inexperta, pero virgen! ―Lo dice como si realmente fuera una mala palabra―. Rayos, Pau, acabo de mostrarte ―gime―. Puede que Dios me perdone. ¿Alguna vez has sido besada, sin contarme a mí?
―Por supuesto que sí. ―Hago mi mejor esfuerzo para lucir ofendida. De acuerdo… quizás dos veces.
―¿Y un joven agradable no ha caído rendido a tus pies? Simplemente no entiendo. Tienes veintiuno, casi veintidós. Eres hermosa. ―Pasa sus manos por su cabello otra vez.
Hermosa. Me sonrojo, complacida. Pedro Alfonso piensa que soy hermosa. Anudo mis dedos, mirándolos fijamente, tratando de ocultar mi sonrisa tonta. Quizás es corto de vista, mi subconsciente ha levantado su cabeza, sonámbula. ¿Dónde estaba cuando la necesitaba?
―Y estás discutiendo con seriedad lo que quiero hacer, cuando no tienes experiencia. ―Sus cejas se juntan―. ¿Cómo has evitado el sexo? Dime, por favor.
Me encojo de hombros.
―No ha habido nadie en realidad, ya sabes. ―Nadie ha estado a la altura, sólo tú. Y resultaste ser alguna clase de monstruo―. ¿Por qué estás tan enojado conmigo? ―susurro.
―No estoy enojado contigo, estoy enojado conmigo. Simplemente asumí… ―Suspira. Me mira con astucia y luego sacude su cabeza―. ¿Quieres irte? ―pregunta, su voz gentil.
―No, a menos que quieras que me vaya ―murmuro. Oh no… No quiero irme.
―Por supuesto que no. Me gusta tenerte aquí. ―Él frunce el ceño mientras dice esto y luego mira su reloj―. Es tarde. ―Y se gira para mirarme―. Estás mordiéndote el labio. ―Su voz es ronca y está mirándome especulativamente.
―Lo siento.
―No te disculpes. Es sólo que también quiero morderlo, duro.
Jadeo… cómo puede decirme cosas como esa y esperar que no esté afectada.
―Ven ―murmura.
―¿Qué?
―Vamos a rectificar la situación ahora mismo.
―¿Qué quieres decir? ¿Qué situación?
―Tu situación. Paula, voy a hacerte el amor, ahora.
―Oh. ―El piso se ha desmoronado. Soy una situación. Estoy sosteniendo mi respiración.
―Si es que quieres hacerlo, quiero decir, no quiero empujar mi suerte.
―Creí que tú no hacías el amor. Creí que follabas duro. ―Trago saliva, mi boca repentinamente seca.
Me da una sonrisa maliciosa, los efectos de ésta viajan todo el camino hasta allí.
―Puedo hacer una excepción o quizás combine los dos, ya veremos. Realmente quiero hacerte el amor. Por favor, ven a mi cama conmigo. Quiero que nuestro acuerdo funcione, pero realmente necesitas tener alguna idea de en qué te estás metiendo. Podemos empezar tu entrenamiento esta noche, con lo básico. Esto no significa que todo vaya a volverse corazones y flores, es un medio para un fin, pero uno que quiero, y que espero que tú también. ―Su mirada gris es intensa.
Me sonrojo… oh Dios mío… los deseos se hacen realidad.
―Pero no he hecho todas las cosas que exiges de tu lista de reglas. ―Mi voz está entrecortada, vacilante.
―Olvídate de las reglas. Olvídate de todos esos detalles por esta noche. Te deseo. Te he deseado desde que entraste en mi oficina y sé que me deseas. No estarías sentada aquí discutiendo calmadamente sobre castigo y límites estrictos si no lo quisieras. Por favor, Pau, pasa la noche conmigo. ―Extiende su mano en mi dirección, sus ojos están brillantes, ardientes… excitados y pongo mi mano en la suya.
Él me empuja hacia sus brazos así que puedo sentir la longitud de su cuerpo contra el mío, esta acción rápida me toma por sorpresa. Pasa sus dedos alrededor de mi cuello, enrolla mi cola de caballo alrededor de su muñeca y empuja gentilmente, así que me veo obligada a mirar arriba hacia él. También me mira.
―Eres una joven valiente ―susurra―. Estoy impresionado.
Sus palabras son como alguna clase de artefacto incendiario; mi sangre arde. Se inclina, besa mis labios gentilmente y chupa mi labio inferior.
―Quiero morder este labio ―murmura contra mi boca y cuidadosamente tira de éste con sus dientes. Gimo y él sonríe.
―Por favor, Pau, déjame hacerte el amor.
―Sí ―susurro, porque esa es la razón por la que estoy aquí. Su sonrisa es triunfante mientras me libera, toma mi mano y me lleva a través del apartamento.
Su habitación es enorme. Las ventanas dejan ver un Seattle iluminado y elevado. Las paredes son blancas y los muebles son azul pálido. La cama enorme es ultra-moderna, hecha de madera gris y áspera, cuatro postes pero sin dosel. Sobre la pared encima de estos hay una pintura impresionante del mar.
Estoy temblando como una hoja. Esto es. Finalmente, después de todo este tiempo, voy a hacerlo, con nadie más que Pedro Alfonso. Mi respiración es superficial y no puedo quitarle los ojos de encima. Él se quita su reloj y lo pone sobre la parte superior de un mueble con cajones a juego con la cama y se quita la chaqueta, dejándola sobre la silla. Está vestido con una camisa de lino blanco y pantalones. Es de una belleza sorprendente. Su cabello cobrizo oscuro es un desastre, su camisa está por fuera, sus ojos grises audaces y deslumbrantes.
Se quita sus Converse, se estira y se saca las medias, una por una. Los pies de Pedro Alfonso… vaya… ¿qué tienen los pies descalzos? Girándose, me mira, su expresión suave.
―Asumo que no tomas la píldora.
¡Qué! Mierda.
―Pensé que no. ―Abre el cajón superior del mueble y saca un paquete de condones.
Me mira atentamente.
―Prepárate ―murmura―. ¿Quieres las cortinas cerradas?
―No me importa ―susurro―. Pensé que no dejabas que nadie durmiera en tu cama.
―¿Quién dice que vamos a dormir? ―murmura suavemente.
―Oh. ―Santa mierda.
Camina lentamente hacia mí. Confiado, sexy, sus ojos ardientes y mi corazón empieza a palpitar. Mi sangre está bombeando alrededor de mi cuerpo. Deseo, denso y caliente llena mi estómago. Él se para frente de mí, mirándome a los ojos. Es jodidamente atractivo.
―Vamos a quitar esta chaqueta, ¿de acuerdo? ―dice suavemente, toma las solapas y desliza gentilmente mi chaqueta por mis hombros. La deja sobre la silla.
―¿Tienes idea de lo mucho que te deseo, Paula Chaves? ―susurra. Mi respiración se entrecorta. No puedo quitar mis ojos de los suyos. Se estira y gentilmente pasa sus dedos desde mi mejilla hasta mi barbilla.
―¿Tienes alguna idea de lo que voy a hacerte? ―agrega, acariciando mi barbilla.
Los músculos dentro de la parte más profunda y más oscura de mí se aprietan de la forma más deliciosa. El dolor es tan dulce y agudo que quiero cerrar mis ojos, pero estoy hipnotizada por los ojos grises mirándome fervientemente. Inclinándose, me besa. Sus labios son demandantes, firmes y lentos, moldeando los míos. Empieza a desabotonar mi camisa mientras deja besos como toques de plumas sobre mi mandíbula, mi barbilla y las esquinas de mi boca. Lentamente la quita y la deja caer al suelo. Retrocede y me mira. Tengo un sostén de ajuste perfecto de color azul claro.
Gracias al cielo.
―Oh, Pau ―respira―. Tienes la piel más hermosa, pálida y perfecta. Quiero besar cada centímetro de tu cuerpo.
Me sonrojo. Oh Dios mío… ¿Por qué dijo que no podía hacerme el amor? Haré cualquier cosa que quiera. Toma mi lazo para el cabello, lo quita y jadea cuando mi cabello cae en cascadas alrededor de mis hombros.
―Me gustan las morenas ―murmura y sus manos están en mi cabello, agarrando cada lado de mi cabeza. Su beso es demandante, su lengua y labios miman los míos. Gimo y mi lengua encuentra tentativamente la suya. Pone sus brazos a mí alrededor y me arrastra contra su cuerpo, apretándome con fuerza. Una mano permanece en mi cabello, la otra viaja por mi espina dorsal hasta mi cintura y luego a mi trasero. Sus manos se flexionan sobre él y aprieta gentilmente. Me sostiene contra sus caderas y siento su erección, que lánguidamente empuja hacia mí.
Gimo una vez más en su boca. Difícilmente puedo contener las sensaciones desenfrenadas o las hormonas que se alborotan a través de mi cuerpo. Lo deseo con tantas ganas. Tomando la parte superior de sus brazos, siento sus bíceps, él es sorprendentemente fuerte… muscular. Tentativamente, muevo mis manos a su rostro y hacia su cabello. Santo Moisés. Es tan suave, revuelto. Tiro gentilmente y él gime. Me lleva hacia la cama, hasta que la siento detrás de mis rodillas. Creo que va a empujarme sobre ella, pero no lo hace. Liberándome, repentinamente cae sobre sus rodillas. Agarra mis caderas con ambas manos y recorre con su lengua alrededor de mi ombligo, luego mordisquea gentilmente su camino hasta el hueso de mi cadera, luego
sobre mi vientre hasta el otro lado.
―Ah ―gimo.
Mirarlo sobre sus rodillas en frente de mí, sentir su boca sobre mí, es tan inesperado y caliente. Mis manos permanecen en su cabello, empujando gentilmente mientras trato de tranquilizar mi respiración demasiado fuerte. Me mira a través de esas pestañas imposiblemente largas, sus ojos de un gris ahumado ardiente. Sus manos alcanzan y deshacen el botón de mis jeans y sin prisas baja la cremallera.
Sin quitar sus ojos de mí, sus manos se mueven bajo la pretina, rozándome y moviéndose a mi trasero. Sus
manos se deslizan lentamente desde mi trasero a mis muslos, quitando mis jeans mientras lo hace. No puedo alejar mi mirada. Él se detiene y lame sus labios, nunca rompiendo el contacto visual. Se inclina hacia adelante, recorriendo su nariz hasta el vértice entre mis muslos. Lo siento. Allí.
―Hueles tan bien ―murmura y cierra sus ojos, una mirada de placer puro sobre su cara y prácticamente convulsiono. Se estira y tira de la manta de la cama, luego me empuja gentilmente hasta que caigo sobre el colchón.
Todavía arrodillado, agarra mi pie y desata mi Converse, quitándome mi zapato y la media. Me levanto sobre mis codos para ver lo que está haciendo. Estoy jadeando… queriendo. Él levanta mi pie por el talón y corre la uña de su pulgar por el empeine. Es casi doloroso, pero siento que el movimiento hace eco en mi ingle. Jadeo. Sin quitar sus ojos de los míos, otra vez pone su lengua a lo largo de mi empeine y luego sus
dientes. Mierda. Gimo… cómo puedo sentir esto, allí. Me recuesto sobre la cama, gimiendo. Escucho su risita suave.
―Oh, Paula, lo que podría hacerte ―susurra. Me quita mi otra media y zapato, luego se para y me quita los jeans. Estoy acostada sobre su cama vestida sólo con mi sostén y bragas y él está mirándome.
―Eres muy hermosa, Paula Chaves. No puedo esperar a estar dentro de ti.
Santa Mierda. Sus palabras. Él es tan seductor. Me quita la respiración.
―Muéstrame cómo te complaces.
¿Qué? Frunzo el ceño.
―No seas tímida, Pau, muéstrame ―susurra.
Sacudo mi cabeza.
―No sé qué quieres decir. ―Mi voz es ronca, difícilmente la reconozco, enlazada con el deseo.
―¿Cómo te haces correr? Quiero verlo.
Sacudo mi cabeza.
―No lo hago ―murmuro. Él levanta sus cejas, asombrado por un momento, sus ojos se oscurecen y sacude su cabeza en incredulidad.
―Bueno, tendremos que ver lo que podemos hacer sobre eso. ―Su voz es suave, desafiante, una amenaza deliciosa y sensual.
Deshace los botones de sus pantalones y lentamente se los baja, sus ojos sobre los míos todo el tiempo. Se inclina sobre mí y, agarrando cada uno de mis tobillos, separa rápidamente mis piernas y se arrastra sobre la cama entre ellas. Se cierne sobre mí. Estoy temblando con necesidad.
―Quédate quieta ―murmura y luego se inclina y besa el interior de mi muslo, dejando un rastro de besos hacia arriba, sobre el material de encaje delgado de mis bragas, besándome.
Oh… no puedo quedarme quieta. ¿Cómo no puedo moverme? Me retuerzo bajo él.
―Vamos a tener que trabajar en que te quedes quieta, nena. ―Deja besos sobre mi vientre, su lengua se hunde en mi ombligo. Todavía está dirigiéndose al norte, besándome sobre mi torso. Mi piel está en llamas. Estoy sonrojada, demasiado caliente, demasiado fría, estoy agarrando la sábana bajo mí. Se tumba a mi lado y su mano viaja desde mi cadera, a mi cintura y hasta mi pecho. Me mira, su expresión ilegible y gentilmente acuna mi pecho.
―Llenas mi mano perfectamente, Paula ―murmura y hunde su dedo índice en la copa de mi sostén y gentilmente la tira hacia abajo liberando mi pecho, pero el alambre de abajo y la tela de la copa lo fuerzan hacia arriba. Su dedo se mueve a mi otro pecho y repite el proceso. Mis pechos están hinchados y mis pezones se endurecen bajo su mirada firme. Estoy atada por mi propio sostén.
―Muy lindo ―susurra apreciativamente y mis pezones se endurecen incluso más.
Sopla muy suavemente sobre uno mientras su mano se mueve a mi otro pecho y su pulgar gira lentamente al final de mi pezón, alargándolo. Gimo, sintiendo la dulce sensación hasta en mi ingle. Estoy tan húmeda. Oh por favor, ruego internamente mientras mis dedos aprietan mucho más la sábana. Sus labios se cierran alrededor de mi otro pezón y tira de él.
Casi convulsiono.
―Vamos a ver si podemos hacer que te corras de esta manera ―susurra, continuando su asalto lento y sensual.
Mis pezones soportan el peso delicioso de sus dedos hábiles y labios, encendiendo cada terminación nerviosa de mi cuerpo así que mi cuerpo entero canta con dulce agonía, él simplemente no se detiene.
―Oh… por favor ―ruego y echo mi cabeza hacia atrás, mi boca abierta mientras gimo, mis piernas endurecidas. Santa mierda, ¿qué está sucediéndome?
―Vamos, nena ―murmura. Sus dientes se cierran sobre mi pezón y su pulgar y dedo empujan fuerte y me deshago en sus manos, mi cuerpo convulsionando haciéndose añicos en miles de pedazos. Él me besa, profundamente, su lengua en mi boca absorbiendo mis gritos.
Oh Dios mío. Eso fue extraordinario. Ahora sé de qué se trata todo esto. Su mirada baja hacia mí, una sonrisa satisfecha sobre su rostro, aunque estoy segura de que no hay nada más que gratitud y admiración en la mía.
―Eres muy sensible ―respira―. Vas a tener que aprender a controlar eso y va a ser muy divertido enseñarte cómo. ―Me besa otra vez.
Mi respiración todavía está entrecortada mientras bajo de mi orgasmo. Su mano se mueve a mi cintura, a mi cadera y luego me acuna, íntimamente… Caramba. Su dedo se desliza a través del encaje fino y lentamente hace círculos a mí alrededor… allí.
Brevemente cierra sus ojos y su respiración se entrecorta.
―Estás tan deliciosamente húmeda. Dios, te deseo. ―Empuja su dedo en mi interior y grito mientras lo hace una y otra vez. Pasa su mano por mi clítoris y grito una vez más.
Empuja en mi interior más y más fuerte. Gimo.
De repente, se sienta, tira de mis bragas y la lanza sobre el suelo. Se quita sus bóxers y su erección se libera. Santa vaca… Se estira sobre su mesa de noche y agarra un paquete de aluminio y luego se mueve entre mis piernas, separándolas mucho más. Se pone de rodillas y empuja un condón sobre su considerable longitud. Oh no… ¿Lo hará? ¿Cómo?
―No te preocupes ―respira, sus ojos sobre los míos―. También te expandes. ―Se inclina, su mano en cada lado de mi cabeza, así se cierne sobre mí, mirándome a los ojos, su mandíbula apretada, sus ojos quemando.
Es sólo ahora que me doy cuenta que todavía está vistiendo su camisa.
―¿Realmente quieres hacer esto? ―pregunta suavemente.
―Por favor ―ruego.
―Pon tus rodillas arriba ―ordena suavemente y soy rápida en obedecer―. Voy a follarte ahora, señorita Chaves ―murmura, mientras posiciona la cabeza de su erección en la entrada de mi sexo―. Duro ―susurra y se hunde de un golpe en mi interior.
Según COMO y CUANTO (aprox. 10 coments) comenten subimos otro :D
Si, somos crueles (?
Nuestros tw's: @soloosoiimica y/o @paisbrenda
sábado, 28 de septiembre de 2013
Capitulo 14
—¿Cuáles son las reglas que tengo que seguir?
—Las tengo bajo escrito. Las revisaremos una vez hayamos comido.
Comida. ¿Cómo puedo comer ahora?
—No estoy realmente hambrienta —susurro.
—Comerás —dice simplemente. Pedro el Dominante, todo se vuelve claro ahora—. ¿Te gustaría otra copa de vino?
—Sí, por favor.
Vierte vino en mi copa y viene a sentarse a mi lado. Tomo un sorbo apresurado.
—Sírvete, Paula.
Tomo un racimo pequeño de uvas. Esto lo puedo manejar. Entorna los ojos.
—¿Llevas largo rato siendo así? —pregunto.
—Sí.
—¿Es fácil encontrar mujeres que quieran hacer esto?
Enarca una ceja.
—Te sorprenderías —dice con sequedad.
—Entonces, ¿por qué yo? Realmente no lo entiendo.
—Paula, ya te lo he dicho. Hay algo en ti. Simplemente no puedo alejarme. —Sonríe irónicamente—. Soy como la polilla a la llama. —Su voz se oscurece—. Te quiero de una forma tan terrible, especialmente ahora, cuando estás mordiendo tu labio de nuevo. —Toma una profunda respiración y traga.
Mi estómago se sobresalta, él me desea… de una extraña manera, cierto, pero este hermoso, extraño y pervertido hombre me desea.
—Pienso que tienes ese cliché al revés —me quejo. Yo soy la polilla y él la llama y me voy a quemar. Lo sé.
—¡Come!
—No, no he firmado nada todavía, así que pienso que tiraré de mi libertad un poco más, si eso está bien para ti.
Sus ojos se suavizan y sus labios cambian a una sonrisa.
—Como desee, señorita Chaves.
—¿Cuántas mujeres? —Suelto la pregunta. Pero soy muy curiosa.
—Quince.
Oh… no tantas como había pensado.
—¿Por largos periodos de tiempo?
—Algunas de ellas, si.
—¿Alguna vez heriste a alguna?
—Sí.
Santa mierda
—¿Gravemente?
—No.
—¿Vas a herirme?
—¿Qué quieres decir?
—Físicamente, ¿vas a herirme?
—Te castigaré cuando lo requieras y será doloroso.
Creo que me siento un poco débil. Tomo otro sorbo de vino. Alcohol, esto me hará más valiente.
—¿Alguna vez has sido golpeado? —pregunto.
—Sí.
Oh… eso me sorprende. Antes de que pueda preguntarle más sobre esta revelación, interrumpe mi tren de pensamientos.
—Discutámoslo en mi estudio. Quiero mostrarte algo.
Esto es muy duro de procesar. Allí estaba yo, tontamente pensando que me gustaría pasar una noche de pasión en la cama de este hombre y en realidad, estábamos negociando este extraño acuerdo.
Lo sigo dentro de su estudio, una espaciosa habitación con otra ventana del piso al techo que se abre hacia afuera en un balcón. Se sienta al escritorio, indicándome con un movimiento que me siente en un sillón de cuero frente a él y me entrega una hoja de papel.
—Estas son las reglas. Pueden estar sujetas a cambios. Forman parte del contrato, que también puedes tener. Lee las reglas y las discutiremos.
REGLAS
Obediencia:
La Sumisa obedecerá todas las instrucciones dadas por el Dominante de inmediato, sin vacilación ni reservas y de manera expedita. La Sumisa estará de acuerdo con cualquier actividad sexual considerada adecuada y agradable por el Dominante, con excepción de aquellas actividades que se detallan en los límites de dureza (Anexo 2). Lo hará con entusiasmo y sin titubeos.
Dormir:
La Sumisa se asegurará de alcanzar un mínimo de siete horas de sueño por noche cuando no esté con el Dominante.
Comida:
La Sumisa comerá regularmente para mantener su salud y bienestar de una lista de alimentos (Anexo 4). La Sumisa no ingerirá alimentos entre comidas, con excepción de fruta.
Vestimenta:
Durante el plazo, la Sumisa vestirá solo lo aprobado por el Dominante. El Dominante proporcionará un presupuesto de ropa a la Sumisa, el cual la Sumisa debe utilizar. El Dominante deberá acompañar a la Sumisa a comprar sobre una base ad hoc (Se refiere al término utilizado por los jueces que literalmente significa “específicamente para este fin”. Es decir que la va a acompañar a comprar ropa solo para el fin del contrato). Si el Dominante así lo exige, la Sumisa deberá usar, durante el plazo, cualquier adorno que el Dominante requiera, en presencia del Dominante y en cualquier otro momento que el Dominante considere conveniente.
Ejercicio:
El Dominante proveerá a la Sumisa un entrenador personal cuatro veces por semana en sesiones de una hora de duración, en horarios de mutuo acuerdo entre el entrenador personal y la Sumisa. El entrenador personal reportará al Dominante sobre el progreso de la Sumisa.
Higiene personal / belleza:
La Sumisa se mantendrá limpia y afeitada y/o depilada en todo momento. La Sumisa visitará el salón de belleza de la elección del Dominante las veces que decida el Dominante y se someterá a tratamientos que el Dominante crea convenientes.
Cuidado personal:
La Sumisa no beberá en exceso, no fumará, no tomará drogas recreativas o se expondrá a cualquier peligro innecesario.
Cualidades personales:
La Sumisa no tendrá relaciones sexuales con alguien que no sea el Dominante. La Sumisa se conducirá de una manera respetuosa y modesta en todo momento. Debe reconocer que su comportamiento es un reflejo directo del Dominante. Ella se hará responsable por cualquier delito, error o mala conducta cometida cuando no esté en presencia del Dominante.
El incumplimiento de cualquiera de los anteriores, resultará en un castigo inmediato, cuya naturaleza será determinada por el Dominante.
Santa mierda.
—¿Límites de dureza? —pregunto.
—Si. Lo que no vas a hacer, lo que no voy a hacer, tenemos que especificarlo en nuestro contrato.
—No estoy segura sobre aceptar dinero para ropa. Se siente incorrecto. —Me muevo incómodamente.
—Quiero despilfarrar dinero sobre ti, déjame comprarte unas cuantas prendas. Quizás necesite que me acompañes a algunas funciones y quiero que vistas bien. Estoy seguro de que tu salario, cuando consigas un trabajo, no va a cubrir el tipo de ropa que me gustaría que uses.
—¿No tendré que usarlos cuando no esté contigo?
—No.
—De acuerdo. —Piensa en ello como un uniforme.
—No quiero ejercicios cuatro veces a la semana.
—Paula, te necesito flexible, fuerte y con resistencia. Créeme. Necesitas ejercicio.
—Pero seguramente no cuatro veces a la semana, ¿qué tal tres?
—Quiero que hagas cuatro.
—¿Pensaba que esto era una negociación?
Frunce los labios en mi dirección.
—De acuerdo, señorita Chaves, otro punto bien hecho. ¿Qué te parece una hora por tres días y un día de media hora?
—Tres días, tres horas. Tengo la impresión de que vas a mantenerme ejercitada cuando este aquí.
Sonríe con malicia y sus ojos brillan como aliviados.
—Sí, lo haré —estuvo de acuerdo—. ¿Segura de que no quieres practicar en mi compañía? Eres buena negociando.
—No, no pienso que sea buena idea. —Miro abajo, hacia sus reglas. ¡Depilación! ¿Depilar qué? ¿Todo? Uf.
—Entonces, límites. Estos son los míos. —Me da otra hoja de papel.
Límites de dureza:
No actos que involucren encender fuego.
No actos que involucren micción, defecación y derivados.
No actos que involucren agujas, cuchillos, piercings o sangre.
No actos que involucren instrumentos médicos ginecológicos.
No actos que involucren niños o animales.
No actos que puedan dejar marcas permanentes en la piel.
No actos que involucren control de la respiración.
Ugh. ¡Tenía que escribir esto hasta abajo! Por supuesto, todo ello luce muy sensible y, francamente, necesario… a cualquier persona sana no le gustaría estar involucrada en este tipo de cosas ¿no? Aunque ahora, me siento un poco mareada.
—¿Hay algo que te gustaría agregar? —pregunta amablemente.
Mierda. No tengo idea. Estoy completamente perpleja. Me mira y frunce el ceño.
—¿Hay algo que no quieras hacer?
—No lo sé.
—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?
Me remuevo incómoda y muerdo mi labio.
—Nunca he hecho algo como esto.
—Bueno, cuando has tenido sexo, ¿hubo algo que no te gustara hacer?
Por primera vez en lo que parecían ser años, me sonrojo.
—Puedes decirme, Paula. Debemos ser honestos con el otro o esto no va a funcionar.
Me remuevo incómoda nuevamente y miro mis dedos entrelazados.
—Dime —ordena.
—Bueno… nunca antes he tenido sexo, así que no sé. —Mi voz se reduce. Lo miro y él está mirándome, con la boca abierta, congelado y pálido, muy pálido.
—¿Nunca? —Susurra. Niego con la cabeza.
—¿Eres virgen? —Respira. Asiento con la cabeza, enrojeciendo de nuevo. Cierra los ojos y parece como si contara hasta diez. Cuando los abre nuevamente, está enojado, mirándome.
—¿Por qué mierda no me lo dijiste? —gruñe.
HI BITCHS!! Acá les dejamos dos capítulos en el que otra vez les amagamos jajaj, pero no se preocupen, YA va a venir lo que quieren :d
Bueno, comenten y kcio, si quieren pueden seguir la nove no se c:
Comenten acá o en @soloosoiimica y/o @paisbrenda
Les dejamos muchos kisses nalgables (?
—Las tengo bajo escrito. Las revisaremos una vez hayamos comido.
Comida. ¿Cómo puedo comer ahora?
—No estoy realmente hambrienta —susurro.
—Comerás —dice simplemente. Pedro el Dominante, todo se vuelve claro ahora—. ¿Te gustaría otra copa de vino?
—Sí, por favor.
Vierte vino en mi copa y viene a sentarse a mi lado. Tomo un sorbo apresurado.
—Sírvete, Paula.
Tomo un racimo pequeño de uvas. Esto lo puedo manejar. Entorna los ojos.
—¿Llevas largo rato siendo así? —pregunto.
—Sí.
—¿Es fácil encontrar mujeres que quieran hacer esto?
Enarca una ceja.
—Te sorprenderías —dice con sequedad.
—Entonces, ¿por qué yo? Realmente no lo entiendo.
—Paula, ya te lo he dicho. Hay algo en ti. Simplemente no puedo alejarme. —Sonríe irónicamente—. Soy como la polilla a la llama. —Su voz se oscurece—. Te quiero de una forma tan terrible, especialmente ahora, cuando estás mordiendo tu labio de nuevo. —Toma una profunda respiración y traga.
Mi estómago se sobresalta, él me desea… de una extraña manera, cierto, pero este hermoso, extraño y pervertido hombre me desea.
—Pienso que tienes ese cliché al revés —me quejo. Yo soy la polilla y él la llama y me voy a quemar. Lo sé.
—¡Come!
—No, no he firmado nada todavía, así que pienso que tiraré de mi libertad un poco más, si eso está bien para ti.
Sus ojos se suavizan y sus labios cambian a una sonrisa.
—Como desee, señorita Chaves.
—¿Cuántas mujeres? —Suelto la pregunta. Pero soy muy curiosa.
—Quince.
Oh… no tantas como había pensado.
—¿Por largos periodos de tiempo?
—Algunas de ellas, si.
—¿Alguna vez heriste a alguna?
—Sí.
Santa mierda
—¿Gravemente?
—No.
—¿Vas a herirme?
—¿Qué quieres decir?
—Físicamente, ¿vas a herirme?
—Te castigaré cuando lo requieras y será doloroso.
Creo que me siento un poco débil. Tomo otro sorbo de vino. Alcohol, esto me hará más valiente.
—¿Alguna vez has sido golpeado? —pregunto.
—Sí.
Oh… eso me sorprende. Antes de que pueda preguntarle más sobre esta revelación, interrumpe mi tren de pensamientos.
—Discutámoslo en mi estudio. Quiero mostrarte algo.
Esto es muy duro de procesar. Allí estaba yo, tontamente pensando que me gustaría pasar una noche de pasión en la cama de este hombre y en realidad, estábamos negociando este extraño acuerdo.
Lo sigo dentro de su estudio, una espaciosa habitación con otra ventana del piso al techo que se abre hacia afuera en un balcón. Se sienta al escritorio, indicándome con un movimiento que me siente en un sillón de cuero frente a él y me entrega una hoja de papel.
—Estas son las reglas. Pueden estar sujetas a cambios. Forman parte del contrato, que también puedes tener. Lee las reglas y las discutiremos.
REGLAS
Obediencia:
La Sumisa obedecerá todas las instrucciones dadas por el Dominante de inmediato, sin vacilación ni reservas y de manera expedita. La Sumisa estará de acuerdo con cualquier actividad sexual considerada adecuada y agradable por el Dominante, con excepción de aquellas actividades que se detallan en los límites de dureza (Anexo 2). Lo hará con entusiasmo y sin titubeos.
Dormir:
La Sumisa se asegurará de alcanzar un mínimo de siete horas de sueño por noche cuando no esté con el Dominante.
Comida:
La Sumisa comerá regularmente para mantener su salud y bienestar de una lista de alimentos (Anexo 4). La Sumisa no ingerirá alimentos entre comidas, con excepción de fruta.
Vestimenta:
Durante el plazo, la Sumisa vestirá solo lo aprobado por el Dominante. El Dominante proporcionará un presupuesto de ropa a la Sumisa, el cual la Sumisa debe utilizar. El Dominante deberá acompañar a la Sumisa a comprar sobre una base ad hoc (Se refiere al término utilizado por los jueces que literalmente significa “específicamente para este fin”. Es decir que la va a acompañar a comprar ropa solo para el fin del contrato). Si el Dominante así lo exige, la Sumisa deberá usar, durante el plazo, cualquier adorno que el Dominante requiera, en presencia del Dominante y en cualquier otro momento que el Dominante considere conveniente.
Ejercicio:
El Dominante proveerá a la Sumisa un entrenador personal cuatro veces por semana en sesiones de una hora de duración, en horarios de mutuo acuerdo entre el entrenador personal y la Sumisa. El entrenador personal reportará al Dominante sobre el progreso de la Sumisa.
Higiene personal / belleza:
La Sumisa se mantendrá limpia y afeitada y/o depilada en todo momento. La Sumisa visitará el salón de belleza de la elección del Dominante las veces que decida el Dominante y se someterá a tratamientos que el Dominante crea convenientes.
Cuidado personal:
La Sumisa no beberá en exceso, no fumará, no tomará drogas recreativas o se expondrá a cualquier peligro innecesario.
Cualidades personales:
La Sumisa no tendrá relaciones sexuales con alguien que no sea el Dominante. La Sumisa se conducirá de una manera respetuosa y modesta en todo momento. Debe reconocer que su comportamiento es un reflejo directo del Dominante. Ella se hará responsable por cualquier delito, error o mala conducta cometida cuando no esté en presencia del Dominante.
El incumplimiento de cualquiera de los anteriores, resultará en un castigo inmediato, cuya naturaleza será determinada por el Dominante.
Santa mierda.
—¿Límites de dureza? —pregunto.
—Si. Lo que no vas a hacer, lo que no voy a hacer, tenemos que especificarlo en nuestro contrato.
—No estoy segura sobre aceptar dinero para ropa. Se siente incorrecto. —Me muevo incómodamente.
—Quiero despilfarrar dinero sobre ti, déjame comprarte unas cuantas prendas. Quizás necesite que me acompañes a algunas funciones y quiero que vistas bien. Estoy seguro de que tu salario, cuando consigas un trabajo, no va a cubrir el tipo de ropa que me gustaría que uses.
—¿No tendré que usarlos cuando no esté contigo?
—No.
—De acuerdo. —Piensa en ello como un uniforme.
—No quiero ejercicios cuatro veces a la semana.
—Paula, te necesito flexible, fuerte y con resistencia. Créeme. Necesitas ejercicio.
—Pero seguramente no cuatro veces a la semana, ¿qué tal tres?
—Quiero que hagas cuatro.
—¿Pensaba que esto era una negociación?
Frunce los labios en mi dirección.
—De acuerdo, señorita Chaves, otro punto bien hecho. ¿Qué te parece una hora por tres días y un día de media hora?
—Tres días, tres horas. Tengo la impresión de que vas a mantenerme ejercitada cuando este aquí.
Sonríe con malicia y sus ojos brillan como aliviados.
—Sí, lo haré —estuvo de acuerdo—. ¿Segura de que no quieres practicar en mi compañía? Eres buena negociando.
—No, no pienso que sea buena idea. —Miro abajo, hacia sus reglas. ¡Depilación! ¿Depilar qué? ¿Todo? Uf.
—Entonces, límites. Estos son los míos. —Me da otra hoja de papel.
Límites de dureza:
No actos que involucren encender fuego.
No actos que involucren micción, defecación y derivados.
No actos que involucren agujas, cuchillos, piercings o sangre.
No actos que involucren instrumentos médicos ginecológicos.
No actos que involucren niños o animales.
No actos que puedan dejar marcas permanentes en la piel.
No actos que involucren control de la respiración.
Ugh. ¡Tenía que escribir esto hasta abajo! Por supuesto, todo ello luce muy sensible y, francamente, necesario… a cualquier persona sana no le gustaría estar involucrada en este tipo de cosas ¿no? Aunque ahora, me siento un poco mareada.
—¿Hay algo que te gustaría agregar? —pregunta amablemente.
Mierda. No tengo idea. Estoy completamente perpleja. Me mira y frunce el ceño.
—¿Hay algo que no quieras hacer?
—No lo sé.
—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?
Me remuevo incómoda y muerdo mi labio.
—Nunca he hecho algo como esto.
—Bueno, cuando has tenido sexo, ¿hubo algo que no te gustara hacer?
Por primera vez en lo que parecían ser años, me sonrojo.
—Puedes decirme, Paula. Debemos ser honestos con el otro o esto no va a funcionar.
Me remuevo incómoda nuevamente y miro mis dedos entrelazados.
—Dime —ordena.
—Bueno… nunca antes he tenido sexo, así que no sé. —Mi voz se reduce. Lo miro y él está mirándome, con la boca abierta, congelado y pálido, muy pálido.
—¿Nunca? —Susurra. Niego con la cabeza.
—¿Eres virgen? —Respira. Asiento con la cabeza, enrojeciendo de nuevo. Cierra los ojos y parece como si contara hasta diez. Cuando los abre nuevamente, está enojado, mirándome.
—¿Por qué mierda no me lo dijiste? —gruñe.
HI BITCHS!! Acá les dejamos dos capítulos en el que otra vez les amagamos jajaj, pero no se preocupen, YA va a venir lo que quieren :d
Bueno, comenten y kcio, si quieren pueden seguir la nove no se c:
Comenten acá o en @soloosoiimica y/o @paisbrenda
Les dejamos muchos kisses nalgables (?
Capitulo 13
La primera cosa que noto es el olor; cuero, madera y encerado con un cierto aroma cítrico. Es muy agradable, la iluminación es suave y sutil. De hecho no puedo ver la fuente de iluminación, pero está alrededor de la esquina de la sala, emitiendo una brillante luminosidad de tipo ambiental. Las paredes y el techo son de un profundo y oscuro color vino tinto, dándole a la espaciosa habitación un aspecto similar al útero femenino. El piso es de madera antigua barnizada. Hay una gran cruz fijada en la pared frente a la puerta en forma de X. Está hecha de caoba pulida y hay esposas en cada esquina. Por encima, hay una reja de hierro que cuelga del techo. Mide por lo menos unos ocho metros cuadrados y de ella cuelgan todo tipo de cuerdas, cadenas y relucientes grilletes. A cada lado de la puerta se sitúan dos largos mástiles pulidos y finamente tallados como cabezales de una baranda pero más largos, cuelgan como cortinas a través de la pared. De ellos, cuelgan un asombroso surtido de paletas, látigos, fustas e implementos plumosos de aspecto gracioso.
Al lado de la puerta hay un baúl de caoba con cajones de tamaño considerable, cada cajón es prácticamente minúsculo, como si estuvieran diseñados para contener ejemplares de un viejo museo bohemio. Me pregunto, brevemente, cuál será realmente el contenido de los cajones. ¿Quiero saber? En el rincón más alejado hay una banqueta de cuero acolchada de color granate y justo al lado, está fijado a la pared un estante de madera pulida que luce como una base para sostener palos de billar, pero en una inspección más cercana, me doy cuenta que sostiene bastones de diferentes longitudes y anchos. En la esquina opuesta hay una sólida mesa de seis metros —de madera pulida y patas intrincadamente talladas— y dos taburetes a juego por debajo.
Pero lo que domina la habitación es la cama. Es más grande incluso que el tamaño extra-grande, de estilo rococó, elaboradamente tallada con cuatro postes y una cima plana. Parece de finales del siglo XIX. Bajo el dosel, puedo ver más cadenas y relucientes manguitos. No hay ropa de cama… sólo un colchón cubierto de cuero y rojos cojines de satén apilados en un extremo.
A los pies de la cama, a unos cuantos metros, hay un sofá tapizado en granate, justo en medio de la habitación, de cara a la cama. Una extraña disposición… tener un sofá frente a la cama y me sonrío a mí misma: elijo decir que el sofá es extraño cuando en realidad, es la pieza más mundana entre todo el mobiliario de la habitación.
Miro hacia arriba y me quedo mirando el techo. Hay mosquetones recubriéndolo a intervalos impares. Vagamente, me pregunto para qué son. Extrañamente, toda la madera, paredes oscuras, débil iluminación y tapicería de cuero granate le dan a la habitación algo de suavidad y romanticismo… aunque sé que es todo menos eso. Pero creo que esta es la versión suave y romántica de Pedro.
Me volteo. Él está contemplándome atentamente como sabía que estaría haciéndolo, su expresión es totalmente ilegible. Me adentro aún más en la habitación y él me sigue.
La cosa con plumas me ha intrigado. La toco vacilante. Es gamuza, como un pequeño gato de nueve colas, pero más espesa. En los extremos tiene cuentas de plástico pequeñitas.
—Se llama flogger. —La voz de Pedro es suave y silenciosa.
Un flogger… Hmm. Creo que estoy conmocionada. Mi subconsciente ha emigrado, se ha quedado mudo o simplemente se desplomo y pereció. Estoy entumecida. Puedo observar y asimilar, pero no puedo expresar mis sentimientos, porque estoy conmocionada. ¿Cuál es la respuesta adecuada al encontrar en un amante potencial a un completo sádico o masoquista? Miedo… Sí… Ese parece ser el sentimiento más preocupante. Lo reconozco ahora. Pero extrañamente, no temo de él. No creo que él vaya a lastimarme, bueno, no sin mi consentimiento. Por lo que un montón de preguntas nublan mi mente. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con qué frecuencia? ¿Con quién? Me acerco a la cama y recorro con mis manos uno de los postes de madera tallada. El mástil es muy sólido, una excepcional artesanía.
—Di algo —ordena Pedro, su voz es engañosamente suave.
—¿Le haces esto a la gente o ellos te lo hacen a ti?
Su boca se levanta en una sonrisa torcida, con diversión o quizás alivio.
—¿Gente? —Parpadea un par de veces como si considerara su respuesta—. Le hago esto a las mujeres que me desean.
No entiendo.
—Si tienes voluntarias más que dispuestas ¿Por qué estoy aquí?
—Porque quiero hacer esto contigo, muchísimo.
—Ah. —Se me corta la respiración. ¿Por qué?
Deambulo hasta la esquina más alejada de la habitación, acaricio el talle superior de la banqueta acolchada y deslizo mis dedos sobre el cuero. Le gusta hacer daño a las mujeres.
El pensamiento me deprime.
—¿Eres un sádico?
—Soy un Dominante. —Sus ojos son de un gris abrasador, intensos.
—¿Qué significa eso? —susurro.
—Significa que quiero que voluntariamente te entregues a mí, en todas las cosas.
Frunzo el ceño mientras intento asimilar la idea.
—¿Por qué lo haría?
—Para complacerme —susurra mientras ladea la cabeza hacia un lado y veo el fantasma de una sonrisa.
¡Complacerlo! ¡Él quiere que yo lo complazca! Creo que incluso mi boca se abre. Complacer a Pedro Alfonso.
Y me doy cuanta en ese momento, que sí, eso es exactamente lo que quiero. Quiero que esté condenadamente encantado conmigo. Es una revelación.
—En términos muy simples, deseo que quieras complacerme —dice en voz baja. Su voz es hipnótica.
—¿Y cómo lo hago? —Tengo la boca seca y deseo beber más vino. De acuerdo, entiendo la parte de complacer pero, ¿en dónde encaja este agradable cuartito de torturas isabelino? ¿Quiero saber la respuesta?
—Tengo reglas y quiero que las acates. Están hechas para mi placer y tu beneficio. Si sigues estas reglas hechas para mi satisfacción, te recompensaré. Si no lo haces, te castigaré y así aprenderás —susurra y le doy un vistazo al estante de bastones en cuanto lo dice.
—¿Y en dónde encaja todo esto? —Muevo mi mano abarcando toda la habitación.
—Todo esto es parte del paquete de incentivos. Tanto recompensa como castigo.
—Así que obtendrás gozo por ejercer tu voluntad sobre mí.
—Se trata de ganar tu confianza y respeto, por eso me dejarás ejercer mi voluntad sobre ti. Obtendré un gran placer, dicha, debido a tu sumisión. Mientras mayor sea tu sumisión, mayor será mi dicha, es una ecuación muy simple.
—Bueno, ¿y qué obtendré yo de esto?
Él se encoge de hombros, casi en modo de disculpas.
—A mi —dice con sencillez.
Por Dios. Pedro desliza una mano entre su cabello cuando me mira.
—No estarás regalando nada, Paula, serás retribuida —murmura exasperado—. Bajemos las escaleras a donde pueda concentrarme mejor. Es una gran distracción tenerte aquí. —Me extiende su mano, la cual ahora estoy reacia a tomar.
Zai había dicho que era peligroso y estaba tan en lo cierto. ¿Cómo lo sabía? Él es peligroso para mi salud porque sé que diré que sí. Y parte de mí no quiere. Parte de mí quiere salir corriendo, dando gritos, de esta habitación y lo que representa. Estoy tan sobrepasada por la situación, fuera de lugar.
—No voy a hacerte daño, Paula—. Sus ojos grises imploran y sé que dice la verdad. Tomo su mano y entonces, me conduce fuera de la habitación.
—Si haces esto, entonces déjame enseñarte. —En vez de bajar las escaleras, gira a la derecha de la “Sala de juegos”, como él mismo le llama y bajamos por un corredor.
Pasamos varias puertas hasta que nos detenemos en la última. Más allá de ella hay un dormitorio con una cama extra grande, todo en blanco… todo: muebles, paredes, ropa de cama. Es estéril y fría, pero con la vista más gloriosa de Seattle a través de la pared de vidrio.
—Esta será tu habitación. Puedes decorarla como quieras, tener lo que quieras aquí.
—¿Mi habitación? ¿Esperas que me mude? —No puedo ocultar el horror en mi voz.
—No a tiempo completo. Sólo por ejemplo, desde el viernes por la noche hasta el domingo. Tenemos que hablar todo eso, negociar. Si quieres hacer esto —añade, su voz es calmada y titubeante.
—¿Dormiré aquí?
—Sí.
—No contigo.
—No. Ya te lo dije, no duermo con nadie, excepto tú, cuando estás aturdida el trago.
—En sus ojos hay reprimenda.
Juntos mis labios en una dura línea. Esto es lo que no puedo conciliar. El amable y bondadoso Pedro, que me rescata de la embriaguez y me sostiene gentilmente mientras vomito en las azaleas con el monstruo que posee cadenas y látigos en una habitación especial.
—¿Dónde duermes tú?
—Mi habitación está abajo. Ven, debes tener hambre.
—Extrañamente, parece que he perdido el apetito —murmuro con petulancia.
—Tienes que comer, Paula —me reprende y tomando mi mano, me conduce hacia abajo.
De vuelta a la imposiblemente gran sala, me lleno de profunda inquietud. Estoy en el borde de un precipicio y tengo que decidir si salto o no.
—Estoy plenamente consciente de que es un sendero oscuro por el que te estoy conduciendo, Paula, por lo que realmente quiero que pienses en esto. Debes tener algunas preguntas —dice mientras se pasea por la zona de la cocina, liberando mi mano.
Las tengo. Pero, ¿por dónde empezar?
—Has firmado un CDC. Puedes preguntarme lo que quieras y contestaré.
Me quedo de pie delante de la barra del desayuno, observándolo mientras abre el refrigerador y saca un plato con diferentes quesos y dos grandes racimos de uvas rojas y verdes. Lo pone en la encimera y procede a rebanar una barra de pan francés.
—Siéntate. —Señala uno de los taburetes de la barra de desayuno y obedezco sus órdenes. Si voy a hacer esto, voy a tener acostumbrarme a ello. Me doy cuenta que de que él ha sido así de mandón desde que lo conocí.
—Mencionaste un documento.
—Sí.
—¿Qué documento es ese?
—Bueno, aparte del CDC hay un documento que dice lo que haremos y lo que no. Tengo que conocer tus límites y tú tienes que conocer los míos. Esto es consensual, Paula.
—¿Y si no quiero hacer esto?
—No habría problema —dice con cuidado.
—Pero ¿no tendríamos ningún tipo de relación? —pregunto.
—No.
—¿Por qué?
—Este es el único tipo de relación en la que estoy interesado.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros.
—Es mi manera de ser.
—¿Cómo te volviste de esta manera?
—¿Por qué cualquiera es de la forma que es? Eso es algo difícil de responder ¿Por qué algunas personas adoran el queso y otras lo odian? ¿Te gusta el queso? La señora Jones, mi ama de llaves, ha dejado esto para cenar. —Toma algunos platos grandes de color blanco de un armario y pone uno frente a mí.
Estamos hablando de queso… Mierda santa.
LEAN EL QUE SIGUE...
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Capitulo 12
Cuando estamos más cerca, me doy cuenta que es más grande de lo que pensaba. Esperaba que fuera una versión compacta para dos, pero este tiene al menos siete asientos. Pedro abre la puerta y me dirige hacia uno de los asientos del frente.
—Siéntate, no toques nada —me ordena mientras se sube detrás de mí.
Cierra la puerta. Me alegra que el área este iluminada, de otra forma, me hubiera costado trabajo ver dentro de la pequeña cabina. Me siento en mi asiento y él se hinca a un lado de mí para ponerme los arneses. Es un arnés de cuatro puntas con todas las correas conectadas a un seguro central. Ajusta las dos correas superiores, así que apenas me puedo mover. Está tan cerca y concentrado en lo que está haciendo. Si me inclinara hacia adelante, mi nariz estaría en su cabello. Huele limpio, fresco, celestial, pero estoy asegurada en mi asiento y totalmente inmóvil. Él voltea a verme y sonríe, como si estuviera disfrutando un chiste privado, sus ojos grises cálidos. Está tan tentadoramente cerca. Detengo mi respiración mientras él estira una de las correas superiores.
—Asegurada, no hay escape —murmura, sus ojos son abrasadores—. Respira, Paula —añade suavemente. Levanta su mano y acaricia mi mejilla, pasando sus dedos largos hacia mi barbilla, la cual toma entre su pulgar y dedo índice. Se inclina y planta un corto y puro beso en mis labios, dejándome anonadada, mi interior conmocionado por la emoción del inesperado toque de sus labios.
—Me gusta este arnés —murmuro.
¿Qué?
Se sienta a mi lado y se abrocha el cinturón y entonces, comienza un prolongado procedimiento de chequear indicadores, mover interruptores y botones de la alucinante matriz de diales, luces e interruptores frente a mí. Pequeñas luces parpadean y brillan en diversos diales y el panel completo se enciende.
—Ponte tus auriculares —dice, apuntando al juego de auriculares frente a mí. Me los pongo y las hélices se encienden. Son ensordecedoras. Él se pone sus auriculares y continúa moviendo varios interruptores.
—Sólo estoy haciendo la rutina de chequeos antes de volar. —La voz de Pedro está en mis oídos a través de los auriculares. Volteo y le sonrío.
—¿Sabes qué estás haciendo? —pregunto. Voltea y me sonríe.
—He sido un piloto calificado por cuatro años, Paula, estás a salvo conmigo. —Y me da una sonrisa lobuna—. Bueno, mientras estemos volando. —Añade y guiña.
Guiñando… ¡Pedro!
—¿Estás lista?
Asiento con los ojos muy abiertos.
—Okay, torre. PDX, este es Charlie Tango Golf, Golf Echo Hotel, libre para despegar. Por favor confirmar, cambio.
—Charlie Tango, estás libre. PDX llamar, preceder a uno cuatro mil, dirigiéndose cero
uno cero, cambio.
—Torre Roger, Charlie Tango listo, cambio y fuera. Aquí vamos —añade para mí y el helicóptero se eleva lenta y suavemente en el aire.
Portland desaparece frente a nosotros cuando nos aproximamos al espacio aéreo estadounidense, aunque mi estómago continúa firmemente en Oregon. ¡Wow! Todas las luces se encogen hasta que parpadean dulcemente bajo nosotros. Es como mirar hacia afuera desde una pecera. Una vez que estamos más alto, realmente no hay nada para ver. Es negro como la boca de un lobo, ni siquiera la luna derrama alguna luz sobre nuestro viaje. ¿Cómo puede ver hacia dónde vamos?
—Sobrecogedor ¿no? —La voz de Pedro está en mi oído.
—¿Cómo sabes que vas en el camino correcto?
—Aquí. —Señala con su dedo índice uno de sus indicadores y me muestra una brújula electrónica—. Esto es un Eurocopter EC135. Uno de los más seguros de su clase. Está equipado para el vuelo nocturno. —Me da un vistazo y sonríe.—Hay una pista de aterrizaje en la cima del edificio donde vivo. Hacia allá nos dirigimos.
Desde luego que hay una pista de aterrizaje donde él vive. Estoy tan fuera de mi liga aquí. Su rostro está suavemente iluminado por las luces del panel de instrumentos.
Está muy concentrado mientras continuamente mira varios diales al frente. Me empapo en sus rasgos, mirándolo de reojo. Tiene un perfil hermoso. La nariz recta, la mandíbula cuadrada; me gustaría recorrer con mi lengua toda su mandíbula. No se ha afeitado y su barba hace el panorama doblemente tentador. Mmm... Me gustaría sentir que tan áspera es bajo mi lengua, mis dedos, contra mi rostro.
—Cuando vuelas en la noche, vuelas sin visibilidad. Tienes que confiar en tus instrumentos. —Interrumpe mi sueño erótico.
—¿Cuánto durará el vuelo? —consigo decir, jadeando. No estaba pensando en sexo en absoluto, no, de ninguna manera.
—Menos de una hora, el viento está a nuestro favor.
Mmm, menos de una hora para Seattle... eso no está mal, no importa que estemos volando.
Tengo menos de una hora antes de la gran revelación. Todos los músculos en mi vientre se aprietan, fuerte. Tengo un serio caso de mariposas. Se multiplican en mi estómago. Oh, mierda, ¿qué tiene reservado para mí?
—¿Estás bien, Paula?
—Sí. —Mi respuesta es corta y sale con dificultad por mis nervios.
Creo que sonríe, pero es difícil decirlo en la oscuridad. Pedro mueve otro interruptor.
—PDX, esto es Charlie Tango ahora a los mil cuatrocientos, cambio. —Él intercambia información con el control de tráfico aéreo. Todo suena muy profesional para mí. Creo que nos movemos del espacio aéreo de Portland al Aeropuerto Internacional de Seattle.
—Sea-Tac entendido, cambio y fuera.
—Mira hacia allá. —Señala a una pequeña luz a lo lejos—. Eso es Seattle.
—¿Siempre impresionas a las mujeres de ésta manera? “Ven y vuela en mi helicóptero”—le pregunto, genuinamente interesada.
—Nunca traje a una mujer aquí, Paula. Es otra primera vez para mí también. —Su voz es tranquila, seria.
Oh, esa es una respuesta inesperada. ¿Otra primera vez? ¿Oh, lo de dormir con alguien, tal vez?
—¿Estás impresionada?
—Estoy intimidada, Pedro.
Él sonríe.
—¿Intimidada? —Y por un breve momento, él tiene su edad de nuevo.
Asentí.
—Eres tan... competente.
—¡Vaya! Gracias señorita Chaves —dice cortésmente. Creo que está contento, pero no estoy segura.
Sea-Tac, Aeropuerto Internacional de Seattle-Tacoma.
Volamos en silencio por la oscuridad de la noche por un tiempo. La mota brillante que es Seattle, poco a poco se hace más grande.
—Torre de Sea-Tac a Charlie Tango. Plan de vuelo hacia Escala. Por favor, continúe y esté alerta. Fuera.
—Esto es Charlie Tango, entendido Sea-Tac. Estoy alerta, cambio y fuera.
—Realmente disfrutas esto —murmuro.
—¿Qué? —Me mira. Parece burlón a la penumbra de los instrumentos.
—Volar —contesté.
—Requiere control y concentración... ¿Cómo podría no amarlo? Aunque prefiero volar.
—¿Volar?
—Sí. Volar sin motor. Planeadores y helicópteros. Piloteo ambos.
—Ah. —Aficiones caras. Lo recuerdo diciéndome eso durante la entrevista. A mí me gusta leer y en ocasiones ir a ver películas. Soy más común.
—Charlie Tango adelante, por favor, cambio. —La voz incorpórea de control aéreo interrumpe mi sueño. Pedro responde, sonando controlado y seguro.
Seattle se está acercando. Ahora estamos realmente afuera. ¡Oh! Luce absolutamente impresionante. Seattle de noche, desde el cielo...
—Luce bien, ¿no? —murmura.
Asiento entusiasmada. Parece de otro mundo, irreal y me siento como en el reparto de una película de gigantes, tal vez la película favorita de José, Bladerunner. El recuerdo del intento de beso de José me atormenta. Me empiezo a sentir un poco cruel por no llamarlo. Puede esperar hasta mañana... Seguro.
—Estaremos allí en unos minutos —murmura Pedro y de repente, mi sangre palpita en mis oídos mientras los latidos de mi corazón se aceleran y la adrenalina recorre mi sistema. Empieza a hablar de nuevo con control aéreo, pero no escucho más.
Oh mi... Creo que me voy a desmayar. Mi destino está en sus manos.
Ahora volamos entre los edificios y frente a nosotros, puedo ver un rascacielos con una pista de aterrizaje en la cima. La palabra “Escala” está pintada en blanco en la cima del edificio. Está cada vez más cerca, se hace cada vez más y más grande... Como mi ansiedad. Dios, espero no defraudarlo. Él me encontrará carente de algo. Desearía haber escuchado a Zai y haber tomado uno de sus vestidos, pero a mí me gustan mis jeans negros, estoy usando una camisa verde claro y la chaqueta negra de Zai. Me veo elegante.
Sujeto el borde de mi asiento cada vez más fuerte. Puedo hacerlo. Puedo hacerlo. Canto ese mantra mientras descendemos.
El helicóptero reduce la marcha, se sostiene en el aire y Pedro lo deja sobre la pista de aterrizaje en la cima del edificio. Mi corazón está en mi boca. No puedo decir si es por nervios anticipados, alivio de que llegamos vivos o miedo de que de alguna manera fallaré. Él apaga el motor, el sonido del rotor disminuye y se tranquiliza hasta que escucho el sonido de mi respiración irregular. Pedro se quita sus auriculares, alcanza los míos y también los quita.
—Estamos aquí —dice suavemente.
Su mirada es tan intensa, la mitad en las sombras y la otra mitad iluminada por las luces de aterrizaje. El caballero oscuro y el caballero blanco, es una metáfora apropiada para Pedro. Parece tenso. Su mandíbula está apretada y sus ojos ceñidos.
Desata su cinturón de seguridad y se estira para desatar el mío. Su rostro a centímetro del mío.
—No tienes que hacer nada que no quieras, sabes eso, ¿no? —Su tono es tan serio, incluso desesperado, sus ojos grises apasionados. Me toma por sorpresa.
—Nunca haría algo que no quisiera, Pedro. —Y mientras digo las palabras, no estoy completamente convencida, porque en este momento, probablemente haría cualquier cosa por este hombre sentado a mi lado. Pero eso hace la magia. Él está calmado.
Me mira con cautela por un momento y de alguna manera, aunque es tan alto, logra hacer con gracia su camino hacia la puerta del helicóptero y abrirla. Salta fuera, esperando que lo siga y toma mi mano cuando me deslizo hacia abajo a la pista de aterrizaje. Hace mucho viento en la cima del edificio y estoy nerviosa por el hecho de que estoy soportando al menos a treinta metros de altura. Pedro rodea mi cintura con su brazo, atrayéndome fuertemente contra él.
—Vamos —grita sobre el ruido del viento. Me arrastra hacia un ascensor y, después de tocar un número en el teclado, la puerta se abre. Dentro está cálido y lleno de espejos.
Puedo mirar a Pedro hacia donde sea que mire y lo maravilloso es que me está llevando al infinito también. Pedro introduce otro código en el teclado, luego las puertas se cierran y el ascensor desciende.
Momentos más tarde, estamos en un vestíbulo blanco. En el centro hay una oscura mesa redonda de madera y sobre ésta, un ramo increíblemente enorme de flores blancas. En las paredes, hay cuadros en todas partes. Él abre una puerta doble y el blanco continúa por el pasillo, directamente hacia una gran habitación. Es la sala de estar, con techos altísimos. Enorme es una palabra demasiado pequeña para esto. La pared lejana es de cristal y conduce a un balcón con vista a todo Seattle.
A la derecha hay un imponente sofá con forma de “u”, en el cual pueden sentarse diez adultos cómodamente. Frente a este, una chimenea moderna de acero inoxidable o platino… algo así. El fuego alumbra y arde con cuidado. A nuestra izquierda, por el camino de entrada, está la cocina. Toda de blanco, con encimeras oscuras de madera y una larga barra de desayuno para seis personas.
Cerca de la zona de la cocina, frente a la pared de vidrio, hay una mesa para cenar rodeada por dieciséis sillas. Y en la esquina hay un piano de cola negro brillante. Oh, sí... Probablemente él también toca el piano. Hay arte de todas las formas y tamaños en todas las paredes. De hecho, el apartamento parece más una galería que un lugar para vivir.
—¿Puedo tomar tu chaqueta? —pregunta Pedro. Niego con la cabeza. Todavía tengo frío por el viento en la pista de aterrizaje.
—¿Quieres una bebida? —pregunta él. Parpadeo.
¡Después de ayer en la noche! ¿Está tratando de ser gracioso? Por un segundo, pienso en pedirle una margarita, pero no tengo el valor.
—Voy a tomar una copa de vino blanco ¿te gustaría acompañarme?
—Sí, por favor —murmuro.
Estoy de pie en esta enorme sala, sintiéndome fuera de lugar. Me acerco a la pared de cristal y me doy cuenta que la mitad inferior de la pared se abre hacia el balcón al estilo acordeón. Seattle está iluminado y animado en el fondo. Camino de regreso a la zona de la cocina —eso toma algunos segundos ya que está muy lejos de la pared de vidrio— y Pedro está abriendo una botella de vino. Se ha quitado la chaqueta.
—¿Pouilly Fumé está bien para ti?
—No sé nada sobre vinos, Pedro. Estoy segura de que estará bien. —Mi voz es baja y vacilante. Mi corazón late con fuerza. Quiero huir. Esto es seriamente suntuoso.
Seriamente excesivo al estilo acaudalado de Bill Gates. ¿Qué estoy haciendo aquí?
Sabes muy bien qué estás haciendo aquí, mi subconsciente se burla de mí. Sí, quiero estar en la cama de Pedro Alfonso.
—Aquí tienes. —Me da una copa de vino. Incluso las copas son suntuosas... pesadas, contemporáneas y de cristal. Tomo un sorbo y el vino es ligero, fresco y delicioso.
—Estás muy callada y ni siquiera estás sonrojándote. De hecho, creo que esto es lo más pálida que te he visto, Paula —murmura—. ¿Tienes hambre?
Niego con la cabeza. No de comida.
—Tienes un lugar muy grande aquí.
—¿Grande?
—Grande.
—Es grande. —Coincide y sus ojos brillan con diversión. Tomo otro sorbo de vino.
—¿Tocas? —Apunto con mi barbilla hacia el piano.
—Sí.
—¿Bien?
—Sí.
—Por supuesto que sí. ¿Hay algo que no puedas hacer bien?
—Sí... un par de cosas. —Toma un sorbo de vino. No quita sus ojos de mí. Los siento siguiéndome cuando me doy la vuelta y echo un vistazo alrededor de esta enorme sala.
Sala es una palabra incorrecta. Esta no es una sala, es una declaración de principios.
—¿Quieres sentarte?
Asiento con la cabeza, él toma mi mano y me lleva al extenso sofá blanco grisáceo. Cuando me siento, estoy sorprendida por el hecho de que me siento como Tess Durbeyfield, contemplando la nueva casa que pertenece al célebre Alec D'Urberville.
El pensamiento me hace sonreír.
—¿Qué es tan divertido? —Se sienta a mi lado, volviéndose para mirarme a la cara.
Reposa la cabeza en su mano derecha, con su codo apoyado en el respaldo del sofá.
—¿Por qué me regalaste específicamente Tess of the D'Urbervilles? —pregunto. Pedro me mira fijamente por un momento. Creo que está sorprendido por mi pregunta.
—Bueno, dijiste que te gustaba Thomas Hardy.
—¿Esa es la única razón? —Incluso yo puedo escuchar la decepción en mi voz. Su boca se aprieta en una línea dura.
—Me pareció apropiado. Podía mantenerte en un ideal imposiblemente alto, como Angel Clare o degradarte por completo, como Alec D'Urberville —murmura y sus ojos grises brillan oscuros y peligrosos.
—Si sólo hay dos opciones, me quedo con la degradación —susurro, mirándolo fijamente. Mi subconsciente está mirándome con asombro. Él jadea.
—Paula, deja de morderte el labio, por favor. Es muy distractor. No sabes lo que estás diciendo.
—Es por eso que estoy aquí.
Frunce el ceño.
—Sí. ¿Me disculpas un momento? —Desaparece por una puerta ancha al lado opuesto de la sala. Se va por un par de minutos y vuelve con un documento.
—Este es un acuerdo de confidencialidad. —Se encoge de hombros y tiene la gracia de verse un poco avergonzado—. Mi abogado insiste en ello. —Me lo entrega. Estoy completamente perpleja—. Si optas por la segunda opción, la degradación, tendrás que firmar esto.
—¿Y si no quiero firmar nada?
—Entonces, serán los altos ideales de Angel Clare, bueno, por la mayor parte del libro de todos modos.
—¿Qué significa este acuerdo?
—Significa que no puedes revelar nada sobre nosotros. Nada, a nadie.
Lo miro con incredulidad. Mierda. Esto es malo, realmente malo y ahora estoy muy curiosa por saber.
—Está bien. Firmaré.
Me da una pluma.
—¿Ni siquiera vas a leerlo?
—No.
Frunce el ceño.
—Paula, siempre debes leer cualquier cosa que firmes —me aconseja.
—Pedro, lo que no entiendes es que no hablaría de nosotros con nadie, de todos modos. Ni siquiera con Zai. Por lo tanto, es irrelevante si firmo un acuerdo o no. Si eso significa tanto para ti o para tu abogado… con quién obviamente hablaste, entonces está bien. Voy a firmar.
Él me mira y asiente con la cabeza seriamente.
—Punto justo bien planteado, señorita Chaves.
Firmo ostentosamente en la línea punteada de ambas copias y le devuelvo una.
Doblando la otra, la pongo en mi bolso y tomo un gran trago de vino. Estoy pareciendo mucho más valiente de lo que realmente me siento.
—¿Esto significa que vas a hacer el amor conmigo esta noche, Pedro? —Mierda.
¿Acabo de decir eso? Su boca se abre ligeramente, pero se recupera rápidamente.
—No, Paula no. En primer lugar, yo no hago el amor. Follo... duro. En segundo lugar, hay mucho más papeleo por hacer y en tercer lugar, todavía no sabes lo que te espera. Aún puedes huir por las colinas. Ven, quiero mostrarte mi cuarto de juegos.
Mi boca se abre. ¡Follar duro! Mierda, eso suena tan... caliente. Pero ¿por qué vamos a ver un cuarto de juegos? Estoy desconcertada.
—¿Quieres jugar con tu Xbox? —pregunto. Se ríe fuerte.
—No, Paula, ningún Xbox, ni Playstation. Ven. —Se pone de pie, extendiendo la mano. Dejo que me lleve de nuevo hacia el pasillo. A la derecha de las puertas dobles, por dónde entramos, otra puerta conduce a una escalera. Subimos al segundo piso y doblamos a la derecha. Sacando una llave de su bolsillo, abre otra puerta y toma una respiración profunda.
—Puedes irte en cualquier momento. El helicóptero está listo para llevarte cuando quieras irte, puedes pasar la noche aquí y volver a casa por la mañana. Lo que decidas está bien.
—Sólo abre la maldita puerta, Pedro.
Abre la puerta y retrocede para dejarme entrar. Lo miro una vez más. Quiero saber lo que hay aquí. Tomando una respiración profunda, entro.
Y se siente como si hubiera viajado en el tiempo de vuelta al siglo XVI y a la Inquisición española.
Mierda.
OOLEEEEE!!! Se pensaron que ya iban a garchar?? EKIBOKEISHON Ahq.
Bueno, pero no falta mucho :d Y se que están esperando porque son re perverts e.e Negras coshinas (?
Bueno, comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica y/o @paisbrenda
COMENTEN MIERDAS INMUNDAS (? Ah, y digan si les gusta el blog, osea las porquerias nuevas que le agregamos ♥
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)