jueves, 5 de septiembre de 2013
Capitulo 7
¡Bésame, maldita sea! Le suplico, pero no me puedo mover. Estoy paralizada por una extraña y desconocida necesidad, completamente cautivada por él.
Miro fijamente la exquisitamente esculpida boca de Pedro Alfonso, hipnotizada y él me devuelve la mirada, sus ojos oscurecidos y entornados. Respira con más fuerza de lo habitual y yo he dejado de respirar por completo. Estoy en tus brazos. Bésame, por favor. Cierra los ojos, respira profundamente y me ofrece una breve señal de negación con la cabeza, como si respondiera a mi silenciosa petición. Cuando abre los ojos de nuevo, lo hace con algún nuevo propósito, una firme resolución.
—Paula, debes mantenerte lejos de mí. No soy el hombre adecuado para ti —susurra. ¿Qué? ¿A qué viene esto? Ciertamente debería ser yo quien decida eso. Le frunzo el ceño y niego con la cabeza.
—Respira, Paula, respira. Voy a ponerte de pie y a dejarte ir —dice en voz baja y me aleja con gentileza.
La adrenalina se ha disparado a través de mi cuerpo, ya sea por el fallido atropellamiento del ciclista o por la embriagadora proximidad de Pedro, dejándome ansiosa y débil. ¡No! Grita mi mente cuando él se aleja, dejándome desamparada.
Tiene sus manos sobre mis hombros, sosteniéndome con sus brazos extendidos, observando mis reacciones cuidadosamente. Y en lo único en lo que puedo pensar es en que quería ser besada, que lo hice malditamente obvio y él no lo hizo. No me quiere.
Realmente no me quiere. He estropeado magníficamente el café de la mañana.
—Lo tengo —respiro, encontrando mi voz—. Gracias —murmuro, inundada de humillación. ¿Cómo pude haber malinterpretado tanto la situación entre nosotros?
Tengo que alejarme de él.
—¿Por qué? —Frunce el ceño. Aún mantiene sus manos sobre mis hombros.
—Por salvarme —susurro.
—Ese idiota manejaba en sentido contrario. Me alegro de que estaba aquí. Me estremezco al pensar lo que te podría haber pasado. ¿Quieres venir y sentarte en el Hotel por un momento? —Me libera, las manos a ambos lados de su cuerpo y estoy de pie frente a él sintiéndome como una tonta.
Con una sacudida, aclaro mi cabeza. Simplemente quiero irme. Todas mis vagas y no articuladas esperanzas han sido frustradas. No me quiere. ¿En qué estaba pensando? Me regaño. ¿Qué querría Pedro Alfonso contigo? Mi subconsciente se burla de mí. Envuelvo mis brazos a mí alrededor, me giro para hacerle frente a la calle y tomo nota con alivio de que el hombre verde ha aparecido. Rápidamente atravieso la calle, consciente de que Alfonso está detrás de mí. Fuera del Hotel, me volteo brevemente para hacerle frente pero no puedo mirarlo a los ojos.
—Gracias por el té y por hacer la sesión de fotos —murmuro.
—Paula… Yo… —Se detiene, y la angustia en su voz reclama mi atención, por lo que contra mi voluntad me encuentro mirándole detenidamente. Sus ojos grises lucen sombríos cuando se pasa una mano por el cabello. Se ve contrariado, frustrado, sus expresiones son crudas. Todo su cuidadoso control se ha evaporado.
—¿Qué, Pedro? —espeto con irritación después que él dice… nada. Sólo quiero irme. Tengo que llevarme lejos mi frágil y herido orgullo y de alguna manera cuidar de él hasta que sane.
—Buena suerte con tus exámenes —murmura.
¿Eh? ¿Esta es la razón de por qué se ve tan desolado? ¿Esta es la gran despedida? ¿Simplemente desearme suerte en mis exámenes?
—Gracias. —No puedo ocultar el sarcasmo en mi voz—. Adiós, Señor Alfonso. —Me
vuelvo sobre mis talones, vagamente sorprendida porque no tropiezo y sin darle unsegundo vistazo, desaparezco por la vereda hacia el estacionamiento subterráneo.
Una vez bajo el oscuro, frío concreto del estacionamiento con sus sombrías lucesfluorescentes, me apoyo contra la pared y pongo la cabeza en mis manos. ¿En qué estaba pensando? Espontáneas e indeseadas lágrimas llenan mis ojos. ¿Por qué estoy llorando? Me hundo en el suelo, enojada conmigo misma por esta reacción sin sentido.
Doblando mis rodillas, me doblo sobre mí misma. Quiero hacerme tan pequeña como sea posible. Quizás así este absurdo dolor sea menor mientras más pequeña me vuelva.
Colocando la cabeza sobre mis rodillas, dejo que las irracionales lágrimas caigan sin restricciones. Lloro por la pérdida de algo que nunca tuve. Qué ridículo. Estar en duelo por algo que nunca fue… mis frustrados sueños, esperanzas y mis deterioradas expectativas.
Nunca había recibido un rechazo. De acuerdo… sí era una de las últimas en ser
escogida para el baloncesto o el voleibol, pero entendía eso: correr y hacer algo más al mismo tiempo, como hacer rebotar o lanzar una pelota, no es lo mío. Soy realmente pasiva en cualquier tipo de deporte.
Aunque románticamente, nunca me he puesto a mí misma en esa posición, jamás.
Una vida de inseguridad: soy demasiado pálida, demasiado flacucha, demasiado desaliñada, descoordinada y una larga lista de defectos que continúa. He sido siempre la primera en rechazar a cualquiera que pudiera ser considerado como un admirador.
Había un chico en mi clase de química que me gustaba, pero nunca nadie ha
despertado mi interés, nadie excepto Pedro maldito Alfonso. Quizá debería ser más amable con gente a la que le gusto, como Paul Clayton y José Rodríguez, aunque estoy segura que ninguno de ellos ha sido encontrado sollozando a solas en lugares oscuros.
Quizás todo lo que necesito es un buen llanto.
¡Detente! ¡Detente ahora! Mi subconsciente está gritándome metafóricamente, de brazos cruzados, apoyándose en una pierna y golpeando con su pie en señal de frustración.
Sube al auto, ve a casa y continúa con tus estudios. Olvídate de él… ¡Ahora! Y detén toda esta
mierda de regodearte en la autocompasión.
Inhalo profundamente, me estabilizo y me levanto. Espabílate Chaves. Mientras me dirijo al automóvil de Zai seco las lágrimas de mi rostro. No pensaré en él de nuevo. Puedo lidiar con este incidente como si fuera sólo una experiencia más y concentrarme en mis exámenes.
Zai está sentada en la mesa del comedor con su computadora portátil cuando llego.
Su sonrisa de bienvenida se desvanece en cuanto me ve.
—Pau ¿qué va mal?
Ay no… no el Interrogatorio Zaira Nara. Niego con la cabeza, imitando su estilo de “ríndete ahora”, pero bien podría estar lidiando con un ciego sordomudo.
—Has estado llorando. —Ella tenía un don excepcional para señalar los malditos hechos obvios algunas veces—. ¿Qué te hizo ese cabrón? —gruñe y su rostro… Jesús, da miedo.
—Nada Zai. —En realidad ese el problema. El pensamiento trae una sonrisa irónica a mi rostro.
—Entonces, ¿por qué has estado llorando? Tú nunca lloras —dice, su voz suavizándose. Se pone de pie, sus ojos verdes rebosantes de preocupación. Pone sus brazos a mí alrededor y me abraza. Necesito decirle algo para hacerla retroceder.—Estuve a punto de ser golpeada por un ciclista. —Es lo mejor que puedo hacer, pero la distrae momentáneamente de… él.
—Por Dios, Paula, ¿Estás bien? ¿Te lastimaste? —Me sostiene con el brazo extendido y me mira rapidamente.
—No. Pedro me salvó —susurro—, pero estaba muy conmocionada.
—No me sorprende. ¿Cómo estuvo el café? Sé que lo odias.
—Tomé un té. Estuvo bien, nada que reportar en realidad. No sé por qué me lo pidió.
—Le gustas Pau. —Deja caer sus brazos.
—Ya no. No voy a volver a verlo. —Sí, de hecho consigo hacerlo sonar como que no me importa.
—¿De veras?
Mierda. Está intrigada. Me dirijo a la cocina para que no pueda ver mi rostro.
—Sí… él está un poco fuera de mi liga Zai —digo tan secamente como puedo.
—¿Qué quieres decir?
—Ay Zaira, es obvio. —Me doy media vuelta y la enfrento cuando se detiene en el umbral de la cocina.
—No lo es para mí —dice—. De acuerdo, tiene más dinero que tú, pero entonces ¡también tiene más dinero que la mayoría de las personas en América!
—Zai él es… —Me encojo de hombros.
—¡Paula! Por el amor de Dios, ¿Cuántas veces debo decírtelo? Eres absolutamente divina —me interrumpe. Ay no. Va comenzar con eso de nuevo.
—Zai, por favor. Tengo que estudiar —la interrumpo. Ella frunce el ceño.
—¿Quieres ver el artículo? Ya está terminado. José tomó algunas fotos realmente buenas.
¿Necesito un recordatorio visual del hermoso Pedro-no-te-quiero-Alfonso?
—Claro. —Conjuro una sonrisa en mi rostro y camino hasta la portátil. Y allí está él, mirándome en blanco y negro, mirándome y encontrándome carente de algo.
Pretendo leer el artículo, todo el tiempo encontrando su mirada gris, buscando en la
fotografía alguna pista que me diga por qué no es el hombre adecuado para mí, según sus propias palabras. Y de pronto, salta a la vista. Es demasiado gloriosamente bien parecido. Somos polos opuestos y de dos mundos muy diferentes. Tengo una visión de mí misma como Ícaro volando demasiado cerca del sol, ardiendo y estrellándome como resultado. Sus palabras cobran sentido. No es adecuado para mí. Esto es lo que quería decir y hace que su rechazo sea más fácil de aceptar… casi. Puedo vivir con esto. Lo comprendo.
—Muy buen trabajo, Zai. —Me las arreglo para decir—. Voy a estudiar. —No voy a
pensar en él de nuevo por ahora, me comprometo conmigo misma y abriendo mis apuntes, comienzo a leer.
Es sólo cuando estoy acostada, intentando dormir, que le permito a mis pensamientos
ir a la deriva, regresando a mi extraña mañana. Sigo volviendo a lo de “no suelo salir
con nadie” y me enfado por haberla recordado antes, cuando estaba en sus brazos
suplicándole mentalmente con cada fibra de mi ser que me besara. Lo había dicho allí
y antes. No me quería como novia. Me pongo de costado. Ociosamente, me pregunto
si tal vez es célibe. Cierro los ojos y comienzo a dejarme ir. Quizás se reserva para
alguien especial. Bueno, no para ti, mi subconsciente soñoliento me da un golpe final
antes de liberarse dentro de mis sueños.
Y esa noche, sueño con ojos grises, diferentes formas de hojas verdes en leche, corro a
través de lugares oscuros con espectrales luces fluorescentes y no sé si corro hacia o
estoy escapando de algo… simplemente no está claro.
Bajo mi lápiz. Terminado. Mi examen final está terminado. Siento la sonrisa del gato Risón extenderse en mi rostro. Probablemente es la primera vez que he sonreído en toda la semana. Es viernes y celebraremos esta noche, celebrar de verdad. ¡Incluso podría emborracharme! Nunca antes he estado borracha. Le doy un vistazo a través de la sala de deportes a Zai, quién continúa garabateando furiosamente, a cinco minutos para terminar. Esto es todo, el final de mi carrera académica. Nunca tendré que volver a sentarme entre filas de ansiosos y aislados estudiantes. Dentro de mi cabeza estoy haciendo elegantes piruetas, sabiendo muy bien que ese es el único lugar en el que puedo hacerlas. Zai deja de escribir y baja su lápiz. Me mira y también veo su sonrisa de gato Risón.
Volvemos a nuestro apartamento en su Mercedes, negándonos a hablar de nuestro examen final. Zai está más preocupada por lo que llevará puesto esta noche en el bar.
Yo estoy ocupada intentando tomar mis llaves dentro del bolso.
—Paula, hay un paquete para ti. —Zai está de pie en los escalones de la puerta principal sosteniendo un paquete envuelto en papel marrón. Qué raro. No he encargado nada en Amazon recientemente. Zai me da el paquete y toma mis llaves para abrir la puerta principal. Esta dirigido a la Srta. Paula Chaves. No hay un nombre o dirección de remitente. Quizás sea de mi mamá o de Ray.
—Probablemente es de mis padres.
—¡Ábrelo! —Zai está emocionada mientras se dirige a la cocina por nuestra “Champán para celebrar que nuestros exámenes han acabado”
Abro el paquete y dentro encuentro una cajita mediana de cuero que contiene tres libros aparentemente idénticos, cubiertos con tela vieja y una tarjeta blanca. Escrita por un solo lado, con tinta negra y una clara letra cursiva, dice lo siguiente:
¿Por qué no me dijiste que había peligro? ¿Por qué no me advertiste?
Las damas saben de lo que deben protegerse, ya que leen novelas en las que se les previene de estos trucos…
Reconozco la cita de Tess (Tess of the d'Urbervilles, es una novela del poeta inglés Thomas Hardy, publicada por primera vez en 1891). Estoy aturdida por la ironía de que acabo de pasar tres horas escribiendo acerca de las novelas de Thomas Hardy en mi examen final. Quizás
no es una ironía… quizás es deliberado. Inspecciono los libros de cerca, tres volúmenes
de Tess of the d'Urbervilles. Abro el libro. Escrito en el frente con algún tipo de letra antigua, está lo siguiente:
“Londres: Jack R. Osgood, McIlvaine & Co., 1981.”
Santa mierda, son primeras ediciones. Deben valer una fortuna y sé de inmediato
quién las envía. Zai está sobre mi hombro contemplando los libros. Toma la tarjeta.
—Primeras ediciones —susurro.
—No. —Los ojos de Zaira se amplían con incredulidad—. ¿Alfonso?
Asiento con la cabeza.
—No puedo pensar en nadie más.
—¿Qué significa esta tarjeta?
—No tengo la menor idea. Creo que es una advertencia, honestamente, él continúa advirtiéndome. No tengo ni idea de por qué. No es como si estuviera golpeando a su puerta. —Frunzo el ceño.
—Sé que no quieres hablar de él, Pau, pero de verdad está afectándote. Con o sin advertencias.
No me he permitido obsesionarme con Pedro Alfonso durante esta última semana.
Bueno… sus ojos grises siguen frecuentando mis sueños y sé que me tomará una
eternidad sacar la sensación de sus brazos a mi alrededor y su maravillosa fragancia de mi cerebro. ¿Por qué me envió esto? Me dijo que yo no era para él.
—He encontrado una primera edición de Tess en venta en Nueva York en 14.000 dólares. Pero la tuya se ve mucho mejor. Debe haber costado más. —Zai le está consultando a su buen amigo Google.
—Esta cita, Tess se la dice a su madre luego de que Alec D’Urberville le ha hecho una de sus maldades.
—Ya lo sé —reflexiona Zai—. ¿Qué intenta decir?
—No sé y no me importa. No puedo aceptar estos libros. Los enviaré de regreso con una cita igual de desconcertante de alguna parte oscura del libro.
—¿La cita en la que Angel Clare dice “vete a la mierda”? —pregunta Zai con el rostro completamente serio.
—Sí, esa cita. —Me río. Amo a Zai, es tan leal y solidaria.
Embalo los libros y los dejo en la mesa del comedor. Zai me da una copa de Champán.
—Por el término de los exámenes y nuestra nueva vida en Seattle. —Zaira sonríe abiertamente.
—Por el término de los exámenes, nuestra nueva vida en Seattle y excelentes resultados. —Chocamos las copas y bebemos
El bar es ruidoso y agitado, lleno de próximos graduandos dispuestos a emborracharse.
José se une a nosotras. No se graduará hasta el otro año, pero está de ánimo festivo y nos apoya en nuestro espíritu de libertad recién encontrada comprándonos una jarra de margarita. Mientras termino mi quinta, sé que esto no es una buena idea, principalmente por el champán ingerido.
—¿Y ahora qué, Paula? —me grita José por encima del ruido.
—Zai y yo nos mudaremos a Seattle. Los padres de Zai le han comprado un departamento allí.
—Dios mío. Así es como vive la otra mitad. Pero estarás de vuelta para mi Show.
—Por supuesto, José, no me lo perdería por nada en el mundo. —Sonrío y él pone su brazo alrededor de mi cintura y me cerca a él.
—Significa mucho para mí que estés allí, Pau. —Susurra en mi oído—. ¿Otra margarita?
—José Luis Rodríguez, ¿estás intentando emborracharme? Porque creo que está funcionando. —Suelto una risita—. Creo que será mejor que tome una cerveza. Iré a buscarnos una jarra.
—¡Más bebida! —grita Zai.
Zai tiene la constitución de un buey. Tiene su brazo envuelto alrededor de Levi, uno de nuestros compañeros de estudios en Inglés y su fotógrafo habitual en el periódico escolar. Ha renunciado a tomar fotos por la embriaguez que lo rodea. Sólo tiene ojos para Zai. Ella tiene puesta una camiseta minúscula, jeans ajustados y tacones altos, cabello recogido en alto con pequeños mechones colgándole alrededor del rostro, su yo usualmente impresionante. Yo, soy más usar Converses y camisetas de estilo niña, pero estoy usando mis jeans más favorecedores.
Me libero del agarre de José y me levanto de la mesa. Woah. La cabeza me da vueltas. Tengo que afirmarme del respaldo de la silla. Los cocteles a base de tequila no son una buena idea.
Me dirijo hacia la barra y decido que debería visitar el tocador mientras puedo
mantenerme sobre mis propios pies. Bien pensado, Pau.
Me tambaleo a través de la multitud. Por supuesto, hay una fila, pero al menos está tranquilo y fresco en el pasillo.
Tomo mi teléfono celular para aliviar el aburrimiento de la fila de espera. Hmm… ¿A
quién me llamé la última vez? ¿A José? Antes de ese hay un número que no reconozco.
Ah, sí. Alfonso, creo que este es su número. Me río tontamente. No tengo idea de qué hora es, tal vez lo despierte. Quizás pueda decirme porque me envío esos libros y el mensaje críptico. Si quiere que permanezca alejada, debería dejarme en paz.
Contengo una sonrisa de borracha y presiono el botón de re llamada. Responde al segundo timbre.
HELLOO SUCIAS!! Ah... Llore con solo releer el capitulo, no me gustan estas partes :'c
Por favor, digan si no entienden algo o si hay algo de la novela que no les gusta, o cualquier cosa. Si??
Y por si alguien no sabe lo que es célibe *que lo van a nombrar mucho* acá les dejo el significado jajaja
Celibe: persona que se mantiene casto durante toda su vida *nogarchaAH* y no contraen matrimonio
Bueno eso ♥
Si dejan mas de 7 coments mañana subimos otro!! Gracias por leer @soloosoiimica y @paisbrenda ♥
martes, 3 de septiembre de 2013
Capitulo 6
Salgo de la habitación para encontrar a Pedro Alfonso esperando, apoyado contra la pared, viéndose como un modelo masculino en una pose para alguna brillante revista de alta calidad.
—Está bien, vayamos por el café —murmuro, poniéndome color remolacha.
Él sonríe.
—Después de usted, señorita Chaves. —Se endereza, extendiendo su mano para que pase primero. Hago mi camino por el pasillo, con mis rodillas inestables, mi estómago lleno de mariposas y mi corazón latiendo en mi boca con un dramático ritmo desigual.
Voy a tomar un café con Pedro Alfonso... y odio el café.
Caminamos juntos por el pasillo del hotel hasta los ascensores. ¿Qué debo decirle? Mi mente está paralizada repentinamente con aprensión. ¿De qué vamos a hablar? ¿Qué diablos tengo en común con él? Su voz suave y cálida me saca de mi ensueño.
—¿Cuánto tiempo hace que conoce a Zaira Nara?
Ah, una pregunta fácil para empezar.
—Desde nuestro primer año. Es una buena amiga.
—Hmm —responde, sin compromiso. ¿Qué está pensando?
En los ascensores, presiona el botón de llamada y suena el timbre casi de inmediato.
Las puertas deslizables se abren revelando a una joven pareja en un abrazo apasionado. Sorprendidos y avergonzados, se separan de un salto, mirando con aire de culpabilidad hacia todos lados excepto a nosotros. Alfonso y yo subimos al ascensor.
Luchando por mantener un rostro serio, miro hacia el suelo, sintiendo mis mejillas volverse rosadas. Cuando fisgoneo a través de mis pestañas hacia Pedro, observo un atisbo de sonrisa en sus labios, pero es muy difícil de decir. La joven pareja no dice nada y viajamos hacia el primer piso en un silencio embarazoso. Ni siquiera tenemos un pretencioso hilo musical que nos distraiga.
Las puertas se abren y, para mi sorpresa, Alfonso toma mi mano, apretándola con sus
largos y fríos dedos. Siento la corriente a través de mí y el latido de mi corazón se acelera. A medida que me ayuda a salir del ascensor, escuchamos la erupción de carcajadas reprimidas de la pareja detrás de nosotros. Alfonso sonríe.
—¿Qué es lo que tienen los ascensores? —murmura.
Cruzamos el amplio y animado vestíbulo del hotel hacia la entrada, pero Alfonso evita la
puerta giratoria y me pregunto si se debe a que tendría que soltar mi mano.
Afuera, es un templado domingo de mayo. El sol brilla y el tráfico es ligero. Alfonso gira
a la izquierda y camina hacia la esquina, donde nos detenemos a esperar a que cambie la luz del semáforo para peatones. Todavía está sosteniendo mi mano. Estoy en la calle y Pedro Alfonso está tomando mi mano. Nadie ha tomado mi mano. Me siento mareada y con un hormigueo en todo el cuerpo. Intento sofocar la mueca ridícula que amenaza con dividir mi rostro en dos. Trata de ser genial, Paula, mi subconsciente me implora.
Entonces, el hombrecito verde se enciende y comenzamos a caminar otra vez.
Caminamos cuatro cuadras antes de llegar al Café de Portland House, en donde Alfonso me
suelta para mantener la puerta abierta para que pueda entrar.
—¿Por qué no eliges una mesa mientras voy a buscar las bebidas? ¿Qué le gustaría? —pregunta, amable como siempre.
—Voy a tomar... um, un té English Breakfast, con la bolsa afuera.
Levanta las cejas.
—¿No café?
—No estoy interesada en el café.
Sonríe.
—Está bien, bolsa de té. ¿Azúcar?
Por un momento, estoy sorprendida, pensando que es una palabra de cariño, pero afortunadamente, mi subconsciente se activa con los labios fruncidos. No, estúpida. ¿Tomas azúcar?
—No, gracias. —Miro hacia abajo a mis dedos cruzados.
—¿Algo para comer?
—No, gracias. —Niego con la cabeza y se dirige al mostrador.
Lo miro disimuladamente desde debajo de mis pestañas mientras se encuentra en la
línea de espera para ser atendido. Podría mirarlo todo el día... es alto, de hombros
anchos, delgados y la forma en que los pantalones cuelgan de su cadera... ¡Oh Dios!
Pasa una o dos veces sus dedos largos y elegantes por su cabello seco, pero todavía
desordenado. Hmm... Me gustaría hacer eso. El pensamiento viene espontáneamente a mi
mente y mi rostro quema. Me muerdo el labio y miro abajo hacia mis manos otra vez,
sin gustarme el curso de mis pensamientos rebeldes.
—¿Un penique por tus pensamientos? —Alfonso está de vuelta, sorprendiéndome.
Me pongo color carmesí. Sólo estaba pensando acerca de cómo pasaría mis dedos por tu
cabello y me preguntaba si se sentiría suave al tacto. Niego con la cabeza. Está cargando una bandeja, la cual coloca en la pequeña y redonda mesa de abedul. Me da una taza y un plato, un vaso de agua pequeño y una bandeja que lleva una solitaria bolsita de té etiquetada como Twinings English Breakfast… mi favorito. Él tiene un café que lleva una maravillosa imagen de hoja impresa en la leche. ¿Cómo lo hacen? Me pregunto sin decir nada. También se compró un muffin de arándanos. Pone la bandeja a un lado, se sienta frente a mí y cruza sus largas piernas. Se le ve tan cómodo, tan a gusto con su cuerpo, lo envidio. Aquí estoy yo, toda torpe y descoordinada, apenas capaz de ir de A a B sin caer de bruces.
—¿Tus pensamientos? —pregunta.
—Éste es mi té favorito. —Mi voz es baja, entrecortada. Simplemente no puedo creer que esté sentada frente a Pedro Alfonso en una cafetería de Portland. Frunce el ceño.
Sabe que estoy ocultando algo. Hago estallar la bolsita de té en la tetera y casi de inmediato la tomo de nuevo con mi cucharilla. Mientras pongo de nuevo la bolsita de té usada en la bandeja, él ladea la cabeza, mirándome con curiosidad.
—Me gusta el té negro y poco cargado —murmuro en tono de explicación.
—Ya veo. ¿Es tu novio?
Whoa... ¿Qué?
—¿Quién?
—El fotógrafo. José Rodríguez.
Me río, nerviosa pero curiosa. ¿Qué le daría esa impresión?
—No. José es un buen amigo mío, eso es todo. ¿Por qué pensaste que era mi novio?
—La forma en que le sonreíste y él a ti. —Sus ojos grises sostienen mi mirada. Es tan desconcertante. Quiero mirar hacia otro lado, pero estoy atrapada… hechizada.
—Es más como familia —susurro.
Alfonso asiente con la cabeza ligeramente, al parecer satisfecho con mi respuesta y mira hacia su muffin de arándanos. Sus largos dedos retiran con habilidad el papel mientras lo miro fascinada.
—¿Quieres un poco? —me pregunta y esa sonrisa secreta y divertida está de regreso.
—No, gracias. —Frunzo el ceño y miro hacia mis manos de nuevo.
—Y el chico que conocí ayer en la tienda. ¿Es tu novio?
—No. Pablo es sólo un amigo. Te lo dije ayer. —Oh, esto se está poniendo tonto—. ¿Por qué me lo preguntas?
—Pareces nerviosa alrededor de los hombres.
Mierda, eso es personal. Sólo estoy nerviosa a tu alrededor, Alfonso.
—Te encuentro intimidante. —Me sonrojo hasta llegar a escarlata, pero mentalmente me doy palmaditas en la espalda por mi franqueza y vuelvo la mirada a mis manos otra vez. Puedo escucharlo inhalar fuertemente.
—Deberías encontrarme intimidante. —Asiente con la cabeza—. Eres muy honesta. Por favor, no bajes la mirada. Me gusta ver tu rostro. —Oh. Pongo la mirada en él y me da una sonrisa alentadora, pero irónica—. Me da una especie de idea de lo que podrías estar pensando. —Respira—. Eres un misterio, señorita Chaves.
¿Misteriosa? ¿Yo?
—No hay nada misterioso en mí.
—Creo que eres muy reservada —murmura.
¿Lo soy? Wow... ¿Cómo voy a manejar eso? Esto es desconcertante. ¿Yo, reservada? De ninguna manera.
—Excepto cuando te ruborizas, por supuesto, lo que sucede a menudo. Sólo desearía saber el por qué de tu rubor. —Lanza un pequeño trozo de muffin a su boca y comienza a masticarlo lentamente, sin despegar sus ojos de mí. Y por supuesto, como si fuera el momento justo, me ruborizo. ¡Mierda!
—¿Siempre haces ese tipo de observaciones personales?
—No me había dado cuenta que lo hacía. ¿Te he ofendido? —Sonaba sorprendido.
—No —contesto sinceramente.
—Bueno.
—Pero eres muy prepotente —contraataco tranquilamente.
Levanta sus cejas y, si no me equivoco, su cara se enrojece ligeramente también.
—Estoy acostumbrado a hacer las cosas a mi manera, Paula —murmura—. En todas las cosas.
—No lo dudo. ¿Por qué no me pediste que te llamara por tu nombre? —Estoy sorprendida por mi atrevimiento. ¿Por qué esta conversación se ha puesto tan seria?
No va de la manera que en que pensé que iba a ir. No puedo creer que esté sintiendo
tanta antipatía hacia él. Es como si estuviera intentando ahuyentarlo.
—Las únicas personas que usan mi nombre son mi familia y unos pocos amigos íntimos. Es así como quiero que sea.
Oh. Él todavía no me ha dicho, llámame Pedro. Es un fanático del control, no hay ninguna otra explicación y una parte de mí está pensando que quizás habría sido mejor que Zai lo hubiera entrevistado. Dos fanáticos del control juntos. Un añadido es que ella es casi rubia, como todas las mujeres en su oficina. Y es hermosa, me recuerda mi subconsciente. No me gusta la idea de Pedro y Zai juntos. Tomo un sorbo de mi té y Alfonso come otro pequeño trozo de su muffin.
—¿Eres hija única? —pregunta.
Oh… cambio de tema.
—Sí.
—Háblame sobre tus padres.
¿Por qué quiere saber esto? Esto es tan aburrido.
—Mi madre vive en Georgia con su nuevo marido, Bob. Mi padrastro vive en Montesano.
—¿Y tu padre?
—Mi padre murió cuando yo era un bebé.
—Lo siento —murmura y una fugaz mirada triste cruza su rostro.
—No lo recuerdo.
—¿Y tu madre volvió a casarse?
Resoplo.
—Se podría decir eso.
Frunce el entrecejo.
—No me das mucha información, ¿verdad? —dice secamente, frotando su barbilla como si pensara profundamente.
—Tú tampoco.
—Tú me has interrogado ya una vez y yo trato de hacer algunas preguntas. —Me sonríe.
¡Mierda! Él está recordando la pregunta "homosexual". Una vez más, me mortifico.
Durante los próximos años, lo sé, necesitaré terapia intensiva para no sentirme avergonzaba cada vez que recuerde ese momento. Empiezo a balbucear sobre mi madre… cualquier cosa para bloquear ese recuerdo.
—Mi madre es maravillosa. Es una romántica incurable. Actualmente va por su cuarto marido.
Levanta sus cejas sorprendido.
—La echo de menos —continúo—. Ella tiene ahora a Bob. Y sólo espero que él pueda estar pendiente de ella y recoger sus pedacitos cuando sus planes no vayan como estaba previsto. —Sonrío con cariño. No he visto a mi madre desde hace mucho tiempo.
Pedro está mirándome fijamente, tomando sorbos de su café de vez en cuando.
Realmente no debería mirar su boca. Esos labios… son inquietantes.
—¿Te llevas bien con tu padrastro?
—Por supuesto. Crecí con él. Es el único padre que conozco.
—¿Y cómo es él?
—¿Ray? Es… reservado.
—¿Eso es todo? —pregunta Alfonso, sorprendido.
Me encojo de hombros. ¿Qué espera este hombre? ¿La historia de mi vida?
—Reservado como su hijastra —sugiere Alfonso.
Me abstengo de poner mis ojos en blanco hacia él.
—Le gusta el fútbol, el fútbol europeo sobre todo, los bolos, pescar y hacer muebles. Es carpintero. Ex carpintero —suspiro.
—¿Viviste con él?
—Sí. Mi madre encontró a su tercer marido cuando yo tenía quince años. Y me quedé con Ray.
Frunce el entrecejo como si no entendiera.
—¿No quisiste ir a vivir con tu madre? —pregunta.
Me ruborizo. Esto realmente no es de su incumbencia.
—Su tercer marido vivía en Texas. Mi casa estaba en Montesano. Y… ya sabes, mi mamá estaba recién casada. —Me detengo.
Mamá nunca habla sobre su tercer marido. ¿Hacia dónde quiere ir Alfonso con esto? Esto no es de su incumbencia. Los dos podemos jugar a este juego.
—Háblame sobre tus padres —pregunto.
Él se encoge de hombros.
—Mi padre es abogado, mi madre es pediatra. Ellos viven en Seattle.
¡Ah…! él pertenece a una familia acomodada. Y me pregunto por la próspera pareja que adopta a tres niños, uno de ellos se convierte en un atractivo hombre que asume el control empresarial y lo conquista sin la ayuda de nadie. ¿Qué lo llevó a ser así? Sus padres deben de estar orgullosos.
—¿Qué hacen tus hermanos?
—Elliot trabaja en construcción y mi hermana pequeña está en París, estudiando cocina bajo la supervisión de algún famoso chef francés.
Sus ojos se nublan con irritación. No quiere hablar de su familia o de sí mismo.
—He oído que París es encantador —murmuro. ¿Por qué no quiere hablar sobre su familia? ¿Porque es adoptado?
—Es bonito. ¿Has estado ahí? —pregunta, su irritación desaparece.
—Nunca he salido de Estados Unidos. —Así que ahora regresamos a las trivialidades.
¿Qué está escondiendo?
—¿Te gustaría ir?
—¿A París? —rechino. Esto me desconcierta, ¿quién no querría ir a París?—. Claro —admito—. Pero es Inglaterra lo que realmente me gustaría visitar.
Inclina su cabeza a un lado, recorriendo con su dedo índice su labio inferior… ¡Oh, Dios!
—¿Por qué?
Parpadeo rápidamente. Concéntrate, Chaves.
—Está la casa de Shakespeare, Austen, las hermanas Brontë, Thomas Hardy. Me gustaría ver los lugares que inspiraron a esas personas para escribir eso maravillosos libros.
Toda esta charla sobre los clásicos literarios me recuerda que debería estar estudiando.
Echo una ojeada a mi reloj.
—Será mejor que me vaya. Tengo que estudiar.
—¿Para tus exámenes?
—Sí. Comienzan el martes.
—¿Dónde está el automóvil de la señorita Nara?
—En el estacionamiento del hotel.
—Te acompaño.
—Gracias por el té, señor Alfonso.
Sonríe divertido y percibo una enorme sonrisa secreta.
—Eres bienvenida, Paula. Es un placer. Ven —ordena y me tiende su mano.
La tomo, aturdida y lo sigo fuera de la cafetería.
Paseamos de vuelta al hotel y me gustaría decir que el silencio es afable. Él parece tranquilo al menos, seguro de sí mismo. En cuanto a mí, estoy intentando evaluar desesperadamente cómo ha ido nuestro café de la mañana. Me siento como si me hubiera entrevistado para un empleo, pero no estoy segura de que sea eso.
—¿Siempre llevas pantalón? —pregunta inesperadamente.
—Normalmente.
Asiente con la cabeza. Estamos de regreso en la intersección, frente al hotel. Mi mente está dando vueltas. Qué pregunta tan extraña… Y soy consciente de que nuestro tiempo juntos es limitado. Eso es todo. Es así y lo he echado a perder por completo, lo sé.
Quizás él tiene a alguien.
—¿Tienes novia? —digo bruscamente. ¡Santo cielo! ¿Acabo de decir eso en voz alta?
Sus labios se curvan en una peculiar medio sonrisa y mira hacia abajo, hacia mí.
—No, Paula. No tengo novia —dice suavemente.
¡Oh…! ¿Qué significa? ¿No es homosexual? Oh, quizás es… ¡mierda! Debe de haberme mentido en su entrevista. Y por un momento, creo que va a continuar con alguna explicación, alguna pista sobre esta criptica declaración, pero no lo hace. Tengo que irme. Tengo que intentar reordenar mis pensamientos. Tengo que alejarme de él.
Camino hacia adelante y tropiezo, saliendo precipitadamente hacia el camino.
—¡Mierda, Pau! —grita Alfonso. Me toma de la mano y lo hace con tanta fuerza que caigo contra él, justo cuando un ciclista pasa a toda velocidad yendo en la dirección incorrecta por la calle de sentido único y casi me atropella.
Todo pasa tan rápido, en un minuto estoy cayendo, al próximo estoy en sus brazos y él me está sosteniendo fuertemente contra su pecho.
Inhalo su aroma limpio y vital. Él huele a ropa de lino recién lavada y a algún caro gel de baño. ¡Oh Dios, es embriagador!
Inhalo profundamente.
—¿Estás bien? —susurra. Tiene un brazo a mí alrededor, estrechándome contra él, mientras los dedos de su otra mano trazan suavemente mi rostro, sondeando suavemente, examinándome. Su pulgar roza mi labio inferior y escucho cómo contiene la respiración. Está mirándome fijamente a los ojos y sostengo su mirada ansiosa, ardiente durante un momento o quizás sea por siempre… pero finalmente, su hermosa boca atrae mi atención. ¡Oh Dios! Y por primera vez en veintiún años, quiero ser besada. Quiero sentir su boca contra la mía.
Perdón, perdón, PEEERDÓOOOOOON!!... Bueno, que hacen buachos?? Ah... Yo *@paisbrenda* tengo una indignación loco!! Porque?? Porque eligieron personajes para la película de "50 Sombras" y no me gustaron. Osea, Anastasia tenia que ser Alexis Bledel o Ashley Benson, y Christian tenia que ser Matt Bomer!! Una bromk vo'!! No se que les cuento si ni pelota dan jajaj, igual las odiQUIERO :)
Dice Mica que GRACIAS POR LEER *estoy de acuerdo* y que disculpen por la tardanza, sorry.
Bueno, comenten que ya falta poquito para entrar de lleno en la historia bhsbfakslndsbdhbsdkshbf... Pueden hacerlo acá o en nuestros tw's @soloosoiimica y/o @paisbrenda
martes, 27 de agosto de 2013
Capitulo 5
Zai está feliz.
—Pero ¿qué estaba haciendo en Clayton? —Su curiosidad exuda a través del teléfono. Estoy en el fondo de la sala de archivo, tratando de mantener mi voz casual.
—Estaba en la zona.
—Creo que es una enorme coincidencia, Pau. ¿No crees que estaba allí para verte? —especula. Mi corazón se tambalea ante la perspectiva, pero es una alegría efímera. La aburrida y decepcionante realidad es que él estaba allí por negocios.
—Estaba visitando la división de agricultura de la WSU. Está financiando una investigación —murmuro.
—Oh, sí. Le está dando al departamento 2.5 millones de dólares.
Wow.
—¿Cómo sabes?
—Pau, soy periodista y he escrito un artículo sobre él. Es mi trabajo saber esto.
—Bueno, Carla Bernstein, no te vuelvas loca. Entonces, ¿quieres estas fotos?
—Por supuesto que sí. La pregunta es, ¿quién va a hacerlo y dónde?
—Podríamos preguntarle a él en dónde. Dice que se va a quedar en la zona.
—¿Puedes comunicarte con él?
—Tengo su número de teléfono celular.
Zai jadea.
—El soltero más rico, difícil de alcanzar y enigmático en el estado de Washintong, simplemente te dio su número de teléfono celular.
—Eh... sí.
—¡Paula! Le gustas. Sin lugar a dudas. —Su tono es enfático.
—Zai, está tratando de ser amable. —Pero a medida que digo las palabras, me doy cuenta de que no es cierto… Pedro Alfonso no es amable. Educado, tal vez. Y una pequeña voz me susurra: tal vez Zaira tiene razón.
Mi cuero cabelludo se eriza ante la idea de que quizás, sólo quizás, tal vez le guste. Después de todo, dijo que se alegraba de que Zai no hiciera la entrevista. Me abrazo con silenciosa alegría, balanceándome de lado a lado, considerando por un breve momento con la posibilidad de que tal vez yo podría gustarle. Zai me trae de nuevo a la actualidad.
—No sé a quién vamos a llevar para hacer la toma. Levi, nuestro fotógrafo habitual, no puede. Está en su casa en Idaho Falls por el fin de semana. Se va a molestar por perder la oportunidad de fotografiar a uno de los empresarios líderes de América
—Hmm... ¿Qué hay de José?
—¡Buena idea! Pregúntale, él haría cualquier cosa por ti. Luego llamas a Alfonso y averigua dónde nos quiere. —Zai es irritantemente arrogante respecto a José.
—Creo que deberías llamarlo.
—¿A quién, a José? —se burla Zai.
—No, a Alfonso.
—Pau, tú eres la que tiene la relación.
—¿Relación? —chillo, alzando mi voz unas cuantas octavas—. Apenas lo conozco.
—Por lo menos lo conociste —dice con amargura—. Y parece que quiere conocerte mejor. Pau, sólo llámalo —dice y cuelga. Es tan mandona a veces. Le frunzo el ceño a mi celular y le saco la lengua.
Apenas estoy dejándole un mensaje a José cuando Paul entra en el almacén buscando
papel de lija.
—Estamos un poco ocupados allí, Pau —dice sin acritud.
—Sí, bueno, lo siento —murmuro, volviendo a salir.
—Así que, ¿cómo es que conoces a Pedro Alfonso? —La voz indiferente de Paul es poco convincentemente.
—Tuve que hacerle una entrevista para nuestro periódico estudiantil. Zai no estaba bien. —Me encojo de hombros, tratando de sonar casual pero no lo hago mejor que él.
—Pedro Alfonso en Clayton. Imagínate —resopla Paul, asombrado. Sacude la cabeza como para despejarse—. De todos modos, ¿quieres ir por un trago o algo esta noche?
Cada vez que está en casa me invita a salir y siempre le digo que no. Es un ritual.
Nunca he considerado una buena idea tener una cita con el hermano del jefe, además, Paul es lindo en ese estilo de Chico-Americano-hijo de vecino, pero no es un héroe literario, ni con un mínimo esfuerzo de imaginación. ¿Lo es Alfonso?, me pregunta mi subconsciente, con su ceja simbólicamente levantada. Le doy una palmada para que se calle.
—¿No tienes una cena familiar o algo debido a tu hermano?
—Eso es mañana.
—Quizás en otra ocasión, Paul. Tengo que estudiar esta noche. Tengo mis exámenes finales la próxima semana.
—Paula, uno de estos días, dirás que sí —dice sonriendo, mientras escapo hacia la sala de ventas.
—Yo hago fotos de lugares Pau, no de personas —se queja José.
—José, ¿por favor? —le ruego. Tomando mi celular, paseo por la sala de nuestro apartamento, deteniéndome frente a la ventana a mirar la pálida luz del atardecer.
—Dame ese teléfono. —Zaira me quita el teléfono, sacudiendo su sedoso cabello castaño rojizo por encima del hombro—. Escucha, José Rodríguez, si quieres que nuestro periódico cubra la entrada de tu show, tomarás esta foto para nosotros mañana ¿Capiche? —Zai puede ser increíblemente difícil. —Bien. Pau volverá a llamar con la dirección y la hora. Nos vemos mañana. —Cierra la tapa de mi teléfono—. Arreglado. Todo lo que necesitamos hacer ahora es decidir
dónde y cuándo. Llámalo. —Sostiene el teléfono frente a mí. Mi estómago gira—.
Llama a Alfonso, ¡ahora!
Le frunzo el ceño y busco en mi bolsillo su tarjeta. Tomo una respiración profunda, estabilizante y con los dedos temblorosos, marco el número.
Él responde al segundo timbre. Su tono es contenido, tranquilo y frío.
—Alfonso.
—Eh... ¿Sr. Alfonso? Es Paula Chaves. —No reconozco mi propia voz, estoy tan nerviosa. Hay una breve pausa. Estoy temblando.
—Señorita Chaves. Qué bueno saber de usted. —Su voz ha cambiado. Se sorprende, creo y suena tan cálido... incluso seductor. Mi respiración se entrecorta y suspiro. Soy consciente de que de repente Zaira Nara me está mirando con la boca abierta y me lanzo hacia la cocina para evitar su escrutinio no deseado.
—Eh… nos gustaría seguir adelante con la sesión de fotos para el artículo. —Respira, Paula, respira. Mis pulmones se arrastran en una respiración apresurada—. Mañana, si eso está bien. ¿Dónde sería conveniente para usted, señor?
Casi puedo escuchar su sonrisa de esfinge a través del teléfono.
—Me quedo en el Heathman de Portland. Digamos, ¿a las nueve y media de la mañana?
—Bueno, nos vemos allí. —Estoy toda efusiva y entrecortada… como un niño, no como una mujer adulta que puede votar y beber legalmente en el Estado de Washington.
—Estaré esperándolo, señorita Chaves. —Me imagino el brillo perverso en sus ojos grises. ¿Cómo hace para que cuatro pequeñas palabras contengan tantas tentadoras promesas? Cuelgo. Zai está en la cocina y me observa con una mirada de consternación total y absoluta en su rostro.
—Paula Chaves. ¡Te gusta! Nunca te he visto o escuchado tan, tan... afectada por nadie. En realidad estás ruborizada.
—Oh, Zai, tú sabes que me sonrojo todo el tiempo. Es un riesgo laboral conmigo. No seas ridícula —le suelto. Parpadea, mirándome con sorpresa —muy rara vez saco mis juguetes del coche— y me arrepiento brevemente—. Sólo lo encuentro... intimidante, eso es todo.
—Heathman, figúrate —murmura Kate—. Voy a llamar al manager para negociar un espacio para la toma.
—Haré la cena. Luego tengo que estudiar. —No puedo ocultar mi irritación con ella mientras abro uno de los armarios para hacer la cena.
Estoy intranquila esa noche, dando vueltas y vueltas. Soñando con ojos grises llenos de humo, overoles, piernas largas, dedos largos y oscuros, oscuros sitios inexplorados. Me levanto dos veces en la noche, mi corazón latiendo con fuerza. Oh, voy a lucir hermosa mañana durmiendo tan poco, me regaño. Golpeo mi almohada y trato de dormir.
El Heathman está situado en el corazón del centro de Portland. Su impresionante edificio de piedra marrón se terminó justo a tiempo para la ruptura de finales de 1920.
José, Travis y yo estamos viajando en mi escarabajo y Kate está en su CLK, ya que no caben todos en mi coche. Travis es el amigo de José y su ayudante, está aquí para ayudar con la iluminación. Kate ha logrado conseguir que nos permitan usar una habitación en el Heathman sin costo alguno por la mañana a cambio de un crédito en el artículo. Cuando ella explica en la recepción que estamos aquí para fotografiar al Gerente General Pedro Alfonso, instantáneamente nos suben a una suite. Una de tamaño regular, sin embargo, ya que al parecer el Sr. Alfonso está ocupando la más grande del edificio.
Un ejecutivo de marketing nos muestra la suite… es terriblemente joven y está muy nervioso por alguna razón. Sospecho que es la belleza de Zai y su forma autoritaria lo que lo desarma, porque él es como plastilina en sus manos. Las habitaciones son elegantes, discretas y decoradas con opulencia.
Son las nueve. Tenemos una media hora para arreglarlo todo. Zai está en pleno movimiento.
—José, creo que vamos a hacer la toma contra la pared, ¿estás de acuerdo? —No espera por su respuesta—. Travis, limpia las sillas. Paula, ¿podrías pedirle al ama de llaves que traiga algunos refrescadores de ambiente? Y Avísale a Alfonso dónde estamos.
Sí, señora. Ella es muy dominante. Pongo los ojos en blanco, pero hago lo que me dice.
Media hora más tarde, Pedro Alfonso entra en nuestra suite.
¡Santa Mierda! Lleva una camisa blanca, con el cuello abierto y pantalones de franela gris que cuelgan de sus caderas. Su pelo rebelde aún está húmedo por la ducha. Mi boca se seca mirándolo... es tan malditamente caliente. Alfonso es seguido dentro de la suite por un hombre de treinta y tantos años, con corte de militar, vestido con un traje oscuro y corbata, que se queda en silencio en un rincón. Sus ojos color avellana nos observan impasibles.
—Señorita Chaves, nos encontramos de nuevo. —Alfonso extiende su mano y la estrecho, parpadeando rápidamente. Oh mi... él es en realidad, bastante... wow. Mientras sujeto
su mano, percibo esa deliciosa corriente que atraviesa e ilumina mi cuerpo, me hace sonrojar y estoy segura de que mi respiración errática debe ser audible.
—Señor Alfonso, le presento a Zaira Nara —murmuro, agitando una mano hacia Zai, que se adelanta, mirándolo a los ojos.
—La tenaz señorita Nara. ¿Cómo está? —Le da una pequeña sonrisa, luciendo genuinamente divertido—. ¿Confío en que se sienta mejor? Paula dijo que estaba enferma la semana pasada.
—Estoy bien, gracias, Sr. Alfonso. —Le da la mano con firmeza y sin pestañear. Me recuerdo a mí misma que Zai ha estado en las mejores escuelas privadas de Washington. Su familia tiene dinero y ha crecido con confianza y segura de su lugar en el mundo. No asume ningún tipo de basura. Estoy asustada de ella—. Gracias por tomarse el tiempo para hacer esto. —Le da una sonrisa amable y profesional.
—Es un placer —responde, volviendo su mirada hacia mí, haciéndome sonrojar otra vez. Diablos.
—Este es José Rodríguez, nuestro fotógrafo —le digo, sonriéndole a José quien me devuelve una sonrisa afectuosa. Sus ojos son fríos cuando mira a Alfonso.
—Señor Alfonso. —Asiente con la cabeza.
—Señor Rodríguez. —La expresión de Alfonso cambia mucho mientras evalúa a José—. ¿Dónde me prefiere? —pregunta Alfonso. Su tono suena vagamente amenazante. Pero Zaira no está dispuesta a dejar que José haga un espectáculo.
—Señor Alfonso, ¿podría sentarse aquí por favor? Tenga cuidado con los cables de la iluminación. Y luego tomaremos también algunas de pie. —Lo dirige a una silla colocada contra la pared.
Travis enciende las luces, encegueciendo momentáneamente a Alfonso y murmura una disculpa. A continuación, Travis y yo damos un paso atrás y vemos cómo José dispara su cámara. Toma varias fotografías, pidiéndole a Alfonso que se mueva de esta manera, luego de esta otra, que mueva su brazo, que lo baje de nuevo. Pasando al trípode, José toma varias más, mientras que Alfonso se sienta y posa, paciente y naturalmente, durante unos veinte minutos.
Mi deseo se ha hecho realidad: Puedo estar de pie y admirar a Alfonso de cerca. Dos veces nuestros ojos se encuentran y tengo que alejarme de su mirada turbia.
—Suficientes sentado —dice Zaira de nuevo—. ¿De pie, Sr. Alfonso? —pregunta.
Él se pone de pie y Travis se escabulle para quitar la silla. El disparador en la Nikon de
José comienza a hacer clic de nuevo.
—Creo que tenemos suficientes —anuncia José, cinco minutos más tarde.
—Grandioso —dice Zai—. Gracias de nuevo, Sr. Alfonso. —Le da la mano, al igual que José.
—Estoy ansioso por leer el artículo, señorita Nara —murmura Alfonso y se vuelve hacia mí, de pie junto a la puerta—. ¿Podría caminar conmigo, señorita Chaves? —pregunta.
—Claro —digo, totalmente desconcertada. Miro ansiosamente a Zai, quien se encoge
de hombros. Me doy cuenta de que José tiene el ceño fruncido detrás de ella.
—Buen día para todos —dice Alfonso mientras abre la puerta, parándose a un lado para que yo pueda ir primero.
Infierno Santo... ¿qué es esto? ¿Qué quiere? Me detengo en el pasillo del hotel, moviéndome nerviosamente mientras Alfonso sale de la habitación, seguido por el Sr. corte de militar en su traje impecable.
—Yo te llamo, Taylor —murmura a corte de militar. Taylor camina por el pasillo y
Pedro vuelve sus ardientes ojos grises hacia mí. Mierda… ¿hice algo malo?—. Me preguntaba si te gustaría acompañarme a tomar café esta mañana.
Mi corazón salta de golpe hasta mi boca. ¿Una cita? Pedro Alfonso me está pidiendo una
cita. Pregunta si deseo tomar un café. Tal vez piensa que no te has despertado todavía, mi subconsciente gime en un modo burlón otra vez. Me aclaro la garganta tratando de controlar mis nervios.
—Debo llevar a todos a casa —murmuro en tono de disculpa, retorciendo mis manos y dedos frente a mí.
—¡Taylor! —llama, haciéndome saltar. Taylor, que se había retirado por el pasillo, se da la vuelta y se dirige de nuevo hacia nosotros—. ¿Regresan a la universidad? —pregunta Alfonso, su voz suave e inquietante. Asiento con la cabeza, demasiado aturdida como para hablar—. Taylor puede llevarlos. Es mi chofer. Tenemos un amplio 4x4 aquí, así que podrá también con el equipo.
—¿Señor Alfonso? —pregunta Taylor cuando llega hasta nosotros, dejando algo de
distancia.
—Por favor, ¿puedes llevar al fotógrafo, su ayudante y a la señorita Nara de vuelta a casa?
—Por supuesto, señor —responde Taylor.
—Ahí lo tienes. Ahora, ¿puedes acompañarme a tomar un café? —Alfonso sonríe como si fuera un hecho.
Frunzo el ceño ante él.
—Um, Sr. Alfonso, eh… esto realmente... mire, Taylor no tiene que llevarlos a casa. —Le doy una breve mirada a Taylor, quien se mantiene estoicamente impasible—. Puedo cambiar de vehículo con Zaira, si me da un momento.
Alfonso muestra una deslumbrante, descontrolada, natural y gloriosa sonrisa mostrando
los dientes. Oh mi... y abre la puerta de la suite para que pueda volver a entrar. Me deslizo alrededor de él para entrar en la habitación, encontrando a Zaira sumergida en una discusión con José.
—Paula, creo que definitivamente le gustas —dice sin preámbulos. José me mira con desaprobación—. Pero no confío en él —añade. Levanto mi mano hacia arriba con la esperanza de que deje de hablar. Por algún milagro, lo hace.
—Zai, si tomas el Beetle, ¿puedo quedarme con tu auto?
—¿Por qué?
—Pedro Alfonso me ha pedido que vaya a tomar un café con él.
Su boca se abre. ¡Zai sin palabras! Saboreo el momento. Me toma por el brazo y me arrastra hacia el dormitorio fuera de la sala de estar de la suite.
—Pau, hay algo en él. —Su tono de voz está lleno de advertencia—. Es hermoso, estoy de acuerdo, pero creo que es peligroso. Especialmente para alguien como tú.
—¿Qué quieres decir con alguien como yo? —demando ofendida.
—Alguien inocente como tú, Pau. Sabes a qué me refiero —dice un poco irritada. Me sonrojo.
—Zai, es sólo café. Empiezo mis exámenes esta semana y tengo que estudiar, así que no estaré mucho tiempo.
Frunce los labios, como si considerara mi argumento. Finalmente toma las llaves de su auto de su bolsillo y las coloca en mi mano. Le entrego las mías.
—Te veré más tarde. No te quedes mucho o voy a enviar un equipo de búsqueda y rescate.
—Gracias. —La abrazo.
Holaaa!! Esperamos que le guste y COMENTEN, por favor. De verdad, nosotras no sabemos si les gusta o no la nove y nos encantaría que nos den su opinión de si vale la pena o no seguir tomando parte de nuestro tiempo en subir la novela.
Si quiere que se la pasemos avisen por faaaas!!
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sábado, 24 de agosto de 2013
Capitulo 4
El sábado en la tienda es una pesadilla. Estamos asediados por personas que quieren arreglar sus casas ellos mismos.
El Sr. y la Sra. Clayton, John y Patrick, los otros dos trabajadores de medio tiempo y yo estamos corriendo. Pero hay un momento de calma alrededor de la hora del almuerzo y la Sra. Clayton me pide que verifique algunas de las órdenes, mientras estoy sentada detrás del mostrador de la caja discretamente comiendo mi bagel. Estoy enfrascada en la tarea, verificando los números del catálogo con los artículos que necesitamos y los elementos que hemos pedido, mis ojos moviéndose rápidamente del libro de órdenes a la pantalla de la computadora y de regreso, mientras corroboro que las entradas coincidan.
Entonces, por alguna razón, levanto la vista... y me encuentro atrapada en la atrevida mirada gris de Pedro Alfonso, quien está de pie en el mostrador, mirándome fijamente.
Insuficiencia cardíaca.
—Señorita Chaves. Qué sorpresa tan agradable. —Su mirada es firme e intensa.
Mierda. ¿Qué diablos está haciendo él aquí, con su cabello prolijamente despeinado, ropa de exterior, con su sweater tejido color crema, jeans y botas de caminar? Creo que mi boca se ha abierto y no puedo localizar mi cerebro o mi voz.
—Sr. Alfonso —susurro, porque eso es todo lo que puedo lograr. Hay un dejo de sonrisa en sus labios y sus ojos brillan con humor, como si estuviera disfrutando de alguna broma privada.
—Estaba por el área —dijo a modo de explicación—. Necesito reabastecer el stock de
algunas cosas. Es un placer verla de nuevo, Srta. Chaves.—Su voz es suave y profunda como el chocolate derretido con caramelo… o algo.
Sacudo mi cabeza para reunir mis ideas. Mi corazón está latiendo frenéticamente y por alguna razón, me estoy sonrojando furiosamente bajo su persistente escrutinio. Estoy anonadada por la visión de él parado frente a mi. Mis recuerdos no le hacían justicia.
No es simplemente atractivo, es el epítome de la belleza masculina, te quita la respiración y está aquí. Aquí en la ferretería Clayton. Imagínate. Finalmente, mis funciones cognitivas son restauradas y reconectadas con el resto de mi cuerpo.
—Paula. Mi nombre es Paula —logro modular—. ¿En qué puedo ayudarlo, Sr. Alfonso?
Él sonríe y de nuevo es como si fuera el dueño de algún gran secreto. Es tan desconcertante. Tomando una profunda respiración, pongo mi cara profesional de he-trabajado-en-esta-tienda-por-años. Puedo hacer esto.
—Hay algunas cosas que necesito. Para empezar, me gustaría algunos organizadores de cables —murmura, sus ojos grises tranquilos pero divertidos.
¿Organizadores de cables?
—Tenemos de varios largos. ¿Desea que le muestre? —digo, mi voz suave y profunda.
Tómalo con calma, Chaves. Un ligero fruncimiento de cejas marca la bella frente de Alfonso.
—Por favor. Guíeme, Srita. Chaves —dice.
Trato de parecer despreocupada mientras salgo del mostrador, pero en realidad, estoy concentrándome duramente en no caerme con mis propios pies, mis piernas repentinamente tienen la consistencia de la gelatina.
Estoy tan feliz de haber decidido usar mis mejores jeans esta mañana.
—Están con los insumos eléctricos, pasillo ocho. —Mi voz es un poco demasiado fuerte. Miro hacia él y me arrepiento casi de inmediato. Demonios, es atractivo. Me sonrojo.
—Después de usted —murmura, haciendo un gesto con sus manos de largos dedos, bellamente arregladas.
Con mi corazón casi ahogándome, porque está en mi garganta tratando de escapar por mi boca, me dirijo a uno de los pasillos de la sección eléctrica. ¿Por qué está en Portland?
¿Por qué está aquí, en Clayton? Y desde una pequeña y casi no usada parte de mi cerebro —probablemente localizada en la base de mi bulbo raquídeo, en donde habita mi subconciente— llega el pensamiento: está aquí para verte. ¡No puede ser!
Lo rechazo inmediatamente. ¿Por qué este hombre de ciudad, hermoso y poderoso querría verme?
La idea es absurda y la pateo fuera de mi cabeza.
—¿Está en Portland por negocios? —pregunto y mi voz es muy aguda, como si hubiera aplastado mi dedo con una puerta o algo. ¡Demonios! ¡Trata de parecer tranquila, Paula!
—Estaba visitando la división de granjas de la WSU. Tiene base en Vancouver. Actualmente, estoy fundando algunas investigaciones sobre la rotación de ganado y la ciencia del suelo —dice con naturalidad.
¿Ves? No está aquí para encontrarte en absoluto, mi subconsciente se burla de mí, fuerte, orgulloso y enfadado. Me sonrojo ante mis caprichosos y tontos pensamientos.
—¿Todo es parte de tu plan alimenta-al-mundo? —pregunto
—Algo así —reconoce y sus labios se curvan en una media sonrisa.
Mira a la selección de organizadores de cables que tenemos en Clayton. ¿Qué demonios va a hacer con esos? No puedo imaginarlo como un tipo de persona “hagalo usted mismo” en absoluto. Sus dedos viajan por varios de los paquetes mostrados y por alguna razón inexplicable, tengo que mirar para otro lado. Se inclina y elige un paquete.
—Estos funcionarán —dice con su tan secreta sonrisa y me sonrojo.
—¿Algo más?
—Me gustaría un poco de cinta para enmascarar.
¿Cinta de enmascarar?
—¿Está redecorando? —Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
¿Seguramente contrata trabajadores o tiene un equipo para ayudarlo a decorar?
—No, no redecorando —dice rápidamente, luego sonríe burlonamente y tengo el incómodo sentimiento de que se está riendo de mí.
¿Soy tan graciosa? ¿Me veo graciosa?
—Por aquí —murmuro avergonzada—. La cinta de enmascarar está en el pasillo de decoración.
—¿Trabajas aquí desde hace mucho? —Su voz es baja y me está mirando, sus ojos grises concentrados fuertemente. Me sonrojo aún más brillantemente. ¿Por qué demonios tiene ese efecto sobre mí? Siento como si tuviera catorce años, inoportuna como siempre y fuera de lugar. ¡Ojos al frente, Chaves!
—Cuatro años —mascullo mientras alcanzamos nuestro objetivo. Para distraerme, me inclino hacia abajo y escojo los dos anchos de cinta de enmascarar que tenemos en stock.
—Tomaré esa —dice Alfonso, apuntando suavemente a la más ancha, la cual le paso.
Nuestros dedos se rozan muy brevemente y la corriente está ahí de nuevo, corriendo a través de mí como si hubiera tocado un cable expuesto. Me atraganto involuntariamente cuando lo siento, todo el camino hacia abajo a algún lugar oscuro e inexplorado, profundo en mi barriga. Desesperadamente, busco alrededor por mi equilibrio.
—¿Algo más? —Mi voz es áspera y agitada.
—Algo de cuerda, creo. —Su voz refleja la mía, áspera.
—Por aquí. —Inclino mi cabeza hacia abajo para esconder mi recurrente sonrojo y me dirijo al pasillo. —¿De qué tipo buscaba? Tenemos cuerda sintética y natural de filamento… trenzada… cuerda de cable… —Me detengo ante su expresión, sus ojos oscureciéndose. Dios santo.
—Llevaré cuatro metros y medio de la soga natural de filamento, por favor.
Rápidamente, con dedos temblorosos, mido los cuatro metros y medio en la regla fija, consciente de su mirada gris y cálida sobre mí. No me atrevo a mirarlo. Jesús, ¿sería posible estar aún más conciente de mí misma? Tomando mi cuchillo Stanley del bolsillo trasero de mis jeans, la corto y la enrollo prolijamente antes de atarla en un nudo corredizo. Por algún milagro, me las arreglo para no cortarme un dedo con mi cuchillo.
—¿Fuiste una niña exploradora? —pregunta, labios esculturales y sensuales curvados
en sorpresa. ¡No mires su boca!
—Las actividades de grupo organizados no son realmente lo mío, Sr. Alfonso.
Levanta una ceja.
—¿Qué es lo tuyo, Paula? —pregunta, su voz suave y su sonrisa secreta de vuelta.
Lo miro, incapaz de expresarme. Estoy sobre placas tectónicas en movimiento. Trata de parecer tranquila, Pau, mi torturado subconsciente me ruega de rodillas.
—Libros —susurro, pero por dentro, mi subconsciente está gritando: ¡Tú! ¡Tú eres lo que me interesa! Lo callo de inmediato, mortificada porque mi psiquis esta teniendo ideas por encima de su nivel.
—¿Qué clase de libros? —Inclina su cabeza hacia un lado. ¿Por qué está tan interesado?
—Oh, ya sabes… lo usual. Los clásicos. Literatura británica, mayormente.
Frota su barbilla con su largo dedo índice y pulgar mientras contempla mi respuesta. O tal vez está muy aburrido y está intentando ocultarlo.
—¿Algo más que necesites? —Necesito poder superar este tema, esos dedos en en ese rostro son tan seductores.
—No lo sé. ¿Qué más me recomendarías?
¿Qué te recomendaría? Ni siquiera sé que estás haciendo.
—¿Para un hazlo-tú-mismo?
Asiente, sus ojos grises vivos con un secreto humor. Me sonrojo y mis ojos vuelan involuntariamente por sus cómodos jeans.
—Overoles —replico y sé que ya no controlo lo que está saliendo de mi boca.
Él levanta una ceja, sorprendido de nuevo.
—No querrás arruinar tu ropa. —Hago un gesto vago en dirección a sus jeans.
—Siempre podría quitármelos —replica.
—Um. —Siento el color en mis mejillas subiendo de nuevo. Debo estar del color del manifiesto comunista. Deja de hablar. Deja de hablar AHORA.
—Llevaré algunos overoles. El cielo no permita que arruine algo de ropa —dice secamente.
Trato de alejar la inconveniente imagen de él sin jeans.
—¿Necesita algo más? —pregunto tan rápido como le entrego los overoles azules.
Él ignora mi pregunta.
—¿Cómo va el artículo? —Finalmente me ha hecho una pregunta normal, lejos de todas las indirectas y la confusa conversación de doble sentido… Una pregunta que puedo responder. Tomo mis pensamientos firmemente con mis manos como si fuera algo de vida o muerte y elijo la honestidad.
—No voy a escribirlo. Zaira lo hará. La Srta. Nara. Mi compañera de cuarto, ella es la escritora. Está muy feliz por eso. Es la editora de la revista y estaba devastada por no poder hacer la entrevista en persona. —Siento que finalmente puedo respirar, al menos un tema normal de conversación—. Su única preocupación es no tener fotografías originales de usted.
Alfonso levanta una ceja.
—¿Qué clase de fotografías quiere?
De acuerdo. No había imaginado esto en su respuesta. Sacudo mi cabeza, porque simplemente no lo sé.
—Bueno, estoy por aquí. Tal vez mañana… —Se calla.
—¿Estaría dispuesto a ir a una sesión de fotos? —Mi voz es aguda de nuevo. Zai estará en el séptimo cielo si logro conseguir esto. Y tal vez lo veas de nuevo mañana, ese oscuro lugar en la base de mi cerebro me susurra seductoramente. Alejo el pensamiento: de todos los tontos, ridículos…
—Zai estará encantada, si conseguimos un fotógrafo. —Estoy tan contenta. Le sonrío ampliamente. Sus labios se se abren, como si estuviera tomando una repentina bocanada de aire y parpadea. Por una fracción de segundo, parece de alguna forma perdido y la tierra se mueve un poco de su eje, las placas tectónicas moviéndose a una nueva posición.
Oh, dios. La mirada perdida de Pedro Alfonso.
—Hazme saber sobre mañana. —Alcanzando su bolsillo trasero, saca su billetera—. Mi tarjeta. Tiene mi número de celular en ella. Necesitas llamar antes de las diez de la mañana.
—De acuerdo. —Lo miro de nuevo. Zai estará encantada.
—¡Pau!
Paul se ha materializado al otro final del pasillo. Es el hermano más joven del Sr. Clayton. Oí que había llegado a casa desde Princeton, pero no esperaba verlo hoy.
—Er, discúlpeme por un momento, Sr. Alfonso. —Grey frunce el ceño mientras me giro.
Paul siempre ha sido un amigo y en este extraño momento que estoy teniendo con el rico, poderoso, asombroso y extremadamente atractivo y controlador Alfonso, es genial hablar con alguien normal. Paul me abraza fuerte tomándome por sorpresa.
—Pau, hola, ¡es tan bueno verte! —dice.
—Hola, Paul. ¿Cómo estás? ¿Estás en casa por el cumpleaños de tu hermano?
—Síp. Te ves bien, Paula, muy bien. —Me mira mientras me examina a la distancia de un brazo. Luego me suelta, pero mantiene un brazo posesivo sobre mi hombro.
Cambio mi peso de un pie al otro, avergonzada. Es bueno ver a Paul, pero siempre ha sido confianzudo.
Cuando miro hacia Pedro Alfonso, está mirándonos como un halcón, sus ojos grises oscuros y especulativos, su boca en una dura línea. Ha cambiado del extraño y atento cliente a alguien más, alguien frío y distante.
—Paul, estoy con un cliente. Alguien que deberías conocer —digo, tratando de disuadir el antagonismo que veo en los ojos de Alfonso. Arrastro a Paul para presentarlo y se miden mutuamente. La atmósfera es súbitamente ártica
—. Er, Paul, este es Pedro Alfonso. Sr. Alfonso, este es Paul Clayton. Su hermano es el dueño del lugar. —Y por alguna extraña razón, siento que debo explicarme un poco más. —Conozco a Paul desde que trabajo aquí, aunque no nos vemos tan seguido. Ha vuelto de Princeton donde estudia administración de empresas. —Estoy balbuceando… ¡Detente ahora!
—Sr. Clayton. —Pedro mantiene su mano extendida, su mirada ilegible.
—Sr. Alfonso. —Paul devuelve el saludo—. Espera… ¿no es el Pedro Alfonso? ¿De empresas Holdings Alfonso's?
Paul va de insípido a asombrado en menos de un nanosegundo. Alfonso le ofrece una sonrisa educada que no llega a sus ojos.
—Guau… ¿hay algo que pueda ofrecerle?
—Paula lo tiene bajo control, Sr. Clayton. Ella ha sido muy atenta. —Su expresión es impasible pero sus palabras… es como si estuviera diciendo algo completamente distinto. Es desconcertante.
—Genial —responde Paul—. Te veo luego, Pau.
—Seguro, Paul. —Lo miro desaparecer en el almacén—. ¿Algo más, Sr. Alfonso?
—Sólo estas cosas. —Su tono es cortante y frío. Diablos… ¿Lo habré ofendido?
Tomando una profunda respiración, me giro y voy hacia la caja. ¿Cuál es su problema?
Junto la soga, overoles, cinta de enmascarar y organizadores de cables en el mostrador.
—Serían cuarenta y tres dólares, por favor. —Miro a Alfonso y deseo no haberlo hecho.
Está mirandome de cerca, sus ojos grises humeantes e intensos. Es inquietante—. ¿Le gustaría una bolsa? —pregunto mientras recibo su tarjeta de crédito.
—Por favor, Paula. —Su lengua acaricia mi nombre y mi corazón una vez más está frenético. Casi no puedo respirar. De prisa, pongo sus cosas en una bolsa de plástico
—. ¿Me llamarás si quieres que haga la sesión de fotos? —Es todo sobre negocios otra vez. Asiento, muda de nuevo y devuelvo su tarjeta de crédito.
—Bien. Hasta mañana, quizás. —Se gira para irse, luego hace una pausa—. Oh… y Paula, me alegra que la Srta. Nara no haya podido hacer la entrevista. —
Sonríe, luego sale con renovado interés fuera de la tienda, colocando la bolsa plástica sobre su hombro, dejándome como una temblorosa masa de iracundas hormonas femeninas. Paso varios minutos mirando la puerta cerrada por la que salió antes de volver al planeta tierra.
De acuerdo. Me gusta. Ahí, lo he admitido a mí misma. No puedo esconderme más de mis sentimientos. Nunca antes me he sentido así. Lo encuentro atractivo, muy atractivo. Pero es una causa perdida, lo sé y suspiro con un amargo resentimiento. Fue solo una coincidencia, su llegada aquí. Pero aún así, puedo admirarlo desde lejos, ¿no?
Ningún mal puede venir de eso. Y si encuentro un fotógrafo, puedo admirarlo seriamente mañana. Muerdo mi labio en anticipación y me encuentro a mi misma entusiasmada como una colegiala. Necesito llamar a Zai y organizar una sesión de fotos.
Holaa, hoy subimos dos ya que ayer no pudimos subir debido a unos problemitas :D
POR FAVOR digan si quieren que se la pasemos, plzzzz!!!
Esperamos les gusten y comenten, acá o en nuestros tw's @paisbrenda y @soloosoiimica
Capitulo 3
Mi corazón está latiendo con fuerza. El ascensor llega al primer piso y me apresuro a salir tan pronto como las puertas se abren, tropezando una vez, pero afortunadamente sin caerme en el inmaculado suelo de piedra arenisca. Corro por las anchas puertas de vidrio y estoy libre en el fresco, limpio y húmedo aire de Seattle. Levantando mi rostro, doy la bienvenida a la refrescante
lluvia.
Cierro mis ojos, tomo una profunda y purificante respiración y trato de recuperar lo que queda de mi equilibrio.
Ningún hombre me ha afectado de la manera en que Pedro Alfonso lo ha hecho y no puedo entender por qué. ¿Es su aspecto? ¿Su educación? ¿Riqueza? ¿Poder? No entiendo mi reacción irracional. Exhalo un gran suspiro de alivio. ¿Qué, en nombre de los cielos, fue todo eso? Apoyada en uno de los pilares de acero del edificio, intento valientemente calmarme y ordenar mis pensamientos. Sacudo mi cabeza. Santa mierda, ¿qué fue eso? Mi corazón se estabiliza a su ritmo regular y puedo respirar normalmente de nuevo. Me dirijo al automóvil.
Mientras dejo los límites de la ciudad atrás, me empiezo a sentir estúpida y avergonzada al reproducir la entrevista en mi mente. Sin duda estoy reaccionando exageradamente a algo que es imaginario. Bien, así que es muy atractivo, seguro, dominante, a gusto consigo mismo… pero por otro lado, es arrogante y debido a sus modales impecables, es autocrático y frío. Bueno, en la superficie.
Un escalofrío involuntario corre por mi columna. Puede ser arrogante, pero entonces tiene derecho a serlo: ha logrado tanto siendo tan joven. No soporta a los tontos, pero ¿por qué habría
de hacerlo? De nuevo, me irrita que Zaira no me diera una breve biografía.
Mientras me desplazo por la I-5 mi mente continúa vagando. Estoy realmente perpleja
en cuanto a lo que hace que alguien esté tan motivado para tener éxito. Algunas de sus
respuestas fueron tan crípticas, como si tuviera una agenda escondida. Y las preguntas
de Zai ¡ugh! ¡La adopción y preguntarle si era gay! Me estremezco. No puedo creer que dije eso. ¡Tierra, trágame ahora! Cada vez que piense en esa pregunta en el futuro,
temblaré de vergüenza. ¡Maldita Zaira Nara!
Compruebo el velocímetro. Estoy manejando con más cautela de lo que lo haría en cualquier otra ocasión. Y sé que es el recuerdo de dos penetrantes ojos grises mirándome, y una voz severa diciéndome que conduzca con cuidado. Sacudiendo la cabeza, me doy cuenta de que Alfonso es más como un hombre del doble de su edad.
Olvídalo Paula, me regaño. Decido que, en términos generales, ha sido una experiencia muy interesante, pero no debería pensar en ello. Olvidalo. Nunca tengo que volver a verlo. Inmediatamente estoy animada por la idea. Enciendo el reproductor de MP3 y subo el volumen, me reclino y escucho el golpeteo de la música indie rock mientras presiono el acelerador. Al entrar en la I-5, me doy cuenta de que puedo conducir tan rápido como yo quiera.
Vivimos en una pequeña comunidad de dúplexs en Vancouver, Washington, cerca del campus de la WSU. Tengo suerte: los padres de Zai compraron el lugar para ella y pago una miseria de alquiler.Ha sido mi hogar por cuatro años ahora. A medida que me detengo afuera, sé que Zai querrá una historia muy detallada y es obstinada.
Bueno, al menos tiene la mini grabadora. Por suerte no tendré que explicar mucho más
de lo que se dijo durante la entrevista.
—¡Pau! Estás de vuelta. —Zai se encuentra en nuestra sala de estar, rodeada de libros. Claramente ha estudiado para los exámenes finales, a pesar de que todavía está en su pijama de franela color rosa decorado con lindos conejitos, el que reserva para después de romper con sus novios, para variadas enfermedades y para estados depresivos en general.
Avanza hacia mí y me abraza con fuerza
—. Estaba empezando a preocuparme. Esperaba que regresaras más temprano.
—Ah, pensé que demoré poco tiempo, teniendo en cuenta que la entrevista se prolongó. —Muevo la mini grabadora hacia a ella.
—Pau, muchas gracias por hacer esto. Estoy en deuda, lo sé. ¿Cómo fue? ¿Cómo era él? —Oh, no... aquí vamos, el Interrogatorio Zaira Nara.
Me esfuerzo por responder a su pregunta. ¿Qué puedo decir?
—Me alegro de que haya terminado y que no tengo que volver a verlo. Fue bastante intimidante, sabes. —Me encojo de hombros—. Es muy centrado, incluso intenso y joven. Muy joven.
Zai me mira inocentemente. Le frunzo el ceño.
—No parezcas tan inocente. ¿Por qué no me diste una biografía? Me hizo sentir como una idiota por limitarme a la investigación básica. —Zai pone una mano sobre su
boca.
—Caray, Pau, lo siento... no pensé.
Resoplo.
—En su mayoría fue cortés y formal, un poco estirado, como si fuera mayor antes de tiempo. No habla como un hombre de veintitantos años. ¿Cuántos años tiene de todos modos?
—Veintisiete. Por Dios, Paula, lo siento. Debería haberte informado, pero tenía tanto pánico. Entrégame la mini grabadora y empezaré a transcribir la entrevista.
—Te ves mejor. ¿Has tomado tu sopa? —pregunto, dispuesta a cambiar de tema.
—Sí y estaba deliciosa, como siempre. Me siento mucho mejor. —Me sonríe con gratitud. Miro mi reloj.
—Tengo que correr. Todavía puedo hacer mi turno en Clayton’s.
—Pau, estarás agotada.
—Estaré bien. Te veré más tarde.
He trabajado en Clayton’s desde que empecé en la WSU. Es la mayor tienda independiente de herramientas en el área de Portland, durante los cuatro años que he trabajado aquí, he llegado a conocer un poco sobre la mayoría de los productos que vendemos... aunque, irónicamente, soy una mierda en HTM (hazlo tu mismo). Dejo todo eso a mi papá.
Soy más del tipo de chica de hacerse-ovillo-con-un-libro-en-una-cómoda-silla-junto-al-fuego. Me alegro de que puedo hacer mi turno, ya que me da algo en que concentrarme que no sea Pedro Alfonso.
Estamos ocupados: es el inicio de la temporada de verano, y la gente está redecorando sus hogares. La Sra. Clayton está encantada de verme.
—¡Pau! Pensé que no ibas a venir hoy.
—Mi cita no duró tanto como pensaba. Puedo hacer un par de horas.
—Estoy realmente contenta de verte.
Me envía a la bodega para comenzar a reordenar estantes y pronto estoy absorta en la tarea.
Cuando llego a casa más tarde, Zaira está usando los auriculares y trabajando en su portátil. Su nariz aún es rosada, pero tiene sus dientes en una historia, por lo que está concentrada y escribiendo frenéticamente. Estoy completamente agotada, exhausta por el largo viaje, la agotadora entrevista y por salir apresurada hacia Clayton’s.
Me desplomo en el sofá, pensando en el ensayo que tengo que terminar y todo el estudio que no he hecho hoy porque estaba retrasada con... él.
—Tienes algunas cosas buenas aquí, Pau. Bien hecho. No puedo creer que no aceptaras su oferta de mostrarte los alrededores. Obviamente quería pasar más tiempo contigo. —Me da una fugaz mirada burlona.
Me sonrojo y mi ritmo cardíaco aumenta inexplicablemente. Esa no era la razón,
¿verdad? Él sólo quería mostrarme los alrededores para que yo pudiera ver que era el
señor de todo lo que veía. Me doy cuenta que me estoy mordiendo el labio, y espero
que Zai no se dé cuenta. Pero ella parece absorta en su transcripción.
—He oído lo que quieres decir con eso de formal. ¿Tomaste notas? —pregunta.
—Um... no, no lo hice.
—Eso está bien. Todavía puedo hacer un buen artículo con esto. Es una pena que no tengamos algunas fotografías originales. Atractivo hijo de puta, ¿no?
Me ruborizo.
—Supongo que sí. —Trato de sonar desinteresada y creo que lo logro.
—Oh, vamos Paula, ni siquiera tú puedes ser inmune a su apariencia. —Arquea una ceja perfecta en mi dirección.
¡Mierda! La distraigo con halagos, siempre es una buena táctica.
—Probablemente habrías conseguido mucho más de él.
—Dudo eso, Pau. Vamos, prácticamente te ofreció un trabajo. Teniendo en cuenta que te he endosado esto a último minuto, lo hiciste muy bien. —Levanta la vista hacia mí especulativamente. Hago una retirada precipitada a la cocina.
—¿Y qué pensaste realmente de él? —Maldita sea, es curiosa. ¿Por qué no puede
simplemente dejar pasar esto? Piensa en algo, rápido.
—Él está muy motivado, es controlador, arrogante… realmente aterrador, pero muy carismático. Puedo entender la fascinación —agrego sinceramente, mientras la miro desde la puerta, esperando que esto la calle de una vez por todas.
—¿Tú, fascinada por un hombre? Esta es la primera vez —resopla.
Empiezo a reunir los ingredientes para un sándwich para que no pueda ver mi rostro.
—¿Por qué querías saber si era gay? Dicho sea de paso, esa fue la pregunta más vergonzosa. Estaba mortificaday él también estaba enojado de que se la hiciera. —Fruncí el ceño ante el recuerdo.
—Siempre que está en las páginas de sociedad nunca tiene una cita.
—Fue vergonzoso. Todo el asunto fue vergonzoso. Me alegro de que nunca tendré que posar los ojos en él.
—Oh, Paula, no puede haber sido tan malo. Creo que suena un poco como si le gustases.
¿Yo le gusto? Ahora Zai está siendo ridícula.
—¿Quieres un sándwich?
—Por favor.
No hablamos más de Pedro Alfonso esa noche, para mi alivio. Una vez que hemos cenado, soy capaz de sentarme a la mesa del comedor con Zai y, mientras ella trabaja en su artículo, yo trabajo en mi ensayo sobre Tess de los D'Urbervilles. Maldita sea, pero esa mujer estaba en el lugar, momento y siglo equivocado.
Para el momento en el que termino es medianoche y hace mucho que Zai se ha ido a la cama. Me dirijo a mi habitación, agotada pero contenta de que he logrado tanto para un lunes.
Me hundo en mi cama de hierro blanco, envolviéndome en la manta de mi madre, cierro mis ojos y estoy instantáneamente dormida. Esa noche sueño con lugares oscuros, inóspitos pisos blancos, fríos y ojos grises.
El resto de la semana, me sumergo en mis estudios y mi trabajo en Clayton’s. Zai también está ocupada, recopilando la última edición de su revista de estudiantes antes de tener que relegarla al nuevo editor mientras que también tiene que prepararse para sus finales. Para el miércoles ella está mucho mejor y ya no tengo que soportar la visión de su pijama de franela con demasiados conejos. Llamo a mi madre en Georgia para ver cómo está, pero también para que pueda desearme suerte en mis exámenes finales.
Procede a hablarme de su última aventura en la fabricación de velas: mi madre es aficionada a nuevos proyectos empresariales. Fundamentalmente está aburrida y quiere algo en que ocupar su tiempo, pero tiene la capacidad de concentración de un pez dorado. Será algo nuevo la próxima semana. Me preocupa. Espero que no haya hipotecado la casa para financiar este último plan. Y espero que Bob —su marido relativamente nuevo y mucho mayor— mantenga un ojo en ella ahora que ya no estoy allí. Parece más centrado que el esposo número tres.
—¿Cómo están las cosas contigo, Pauli?
Por un momento, dudo y tengo toda la atención de mamá.
—Estoy bien.
—¡Paula! ¿Has conocido a alguien? —Wow... ¿cómo hace eso? La emoción en su voz es palpable.
—No, mamá, no es nada. Serás la primera en saber si lo hago.
—Pau, realmente necesita salir más, cariño. Me preocupas.
—Mamá, estoy bien. ¿Qué tal Bob? —Como siempre, la distracción es la mejor política.
Más tarde esa noche llamo a Ray, mi padrastro, el esposo número dos de mamá, el hombre al que considero mi padre y cuyo apellido llevo. Es una breve conversación.
De hecho, más que una conversación, es más como una serie de gruñidos de un solo lado en respuesta a mi gentil persuasión. Ray no es hablador. Pero todavía está vivo, todavía está viendo fútbol en la televisión, yendo al bowling y a pescar con moscas o haciendo muebles cuando no hace otras cosas. Ray es un hábil carpintero y la razón por la que conozco la diferencia entre un halcón y un serrucho. Todo parece ir bien con él.
Viernes por la noche, Zai y yo estamos debatiendo qué hacer con nuestra noche: queremos algo de tiempo fuera de nuestros estudios, de nuestro trabajo y del periódico de alumnos… cuando suena el timbre. De pie delante de nuestra puerta está mi buen amigo José con una botella de champán.
—¡José! ¡Me alegro de verte! —Le doy un abrazo rápido—. Adelante.
José es la primera persona que conocí cuando llegué a WSU, luciendo igual de perdido y solo que yo. Reconocimos un espíritu afín en cada uno de nosotros ese día y hemos sido amigos desde entonces. No sólo compartimos un sentido del humor, también descubrimos que tanto Ray y José Padre estaban en la misma unidad del ejército juntos. Como resultado, nuestros padres se han convertido en grandes amigos también.
José está estudiando ingeniería y es el primero de su familia que logra ir a la universidad. Es muy brillante, pero su verdadera pasión es la fotografía. Tiene un gran ojo para una buena imagen.
—Tengo noticias. —Él sonríe, sus ojos oscuros pestañean.
—No me digas: has logrado no ser expulsado por una semana más —me burlo y él me frunce el ceño bromeando.
—La Galería de Portland Place va a exponer mis fotos el mes que viene.
—Eso es increíble. ¡Felicitaciones! —Muy contenta por él, lo abrazo de nuevo. Zai también le sonríe.
—¡Así se hace José! Debería poner esto en el periódico. Nada como cambios editoriales de último momento en un viernes en la noche. —Sonríe ella.
—Vamos a celebrar. Quiero que vengas a la apertura. —José me mira atentamente. Me sonrojo—. Ambas, por supuesto —añade, mirando nerviosamente a Zai.
José y yo somos buenos amigos, pero sé que en el fondo, le gustaría ser más. Es lindo y divertido, pero no es para mí. Es más como el hermano que nunca tuve. Zaira a menudo se burla de mí, de que me falta el gen de necesitar un novio, pero la verdad es que, simplemente no he conocido a nadie que... bueno, por quien me sienta atraída, a pesar de que parte de mí anhela esas rodillas temblorosas , el corazón en mi boca, mariposas en mi vientre, noches sin dormir.
A veces me pregunto si hay algo mal en mí. Quizás he pasado demasiado tiempo en compañía de mis héroes literarios románticos y por lo tanto, mis ideales y expectativas son demasiado altos. Pero en la realidad, nadie nunca me ha hecho sentir así.
Hasta hace muy poco, la desagradable y todavía pequeña voz de mi inconsciente me susurra. ¡NO! Destierro el pensamiento de inmediato. No voy a ir allí, no después de esa dolorosa entrevista. ¿Es gay Sr. Alfonso? Me estremezco ante el recuerdo. Sé que he soñado con él casi todas las noches desde entonces, pero eso es sólo para purgar la terrible experiencia de mi sistema, ¿verdad?
Veo a José abrir la botella de champán. Es alto, en sus pantalones vaqueros y camiseta es todo hombros y músculos, piel bronceada, cabello oscuro y ardientes ojos oscuros.
Sí, José es bastante caliente, pero creo que por fin capta el mensaje: sólo somos amigos. El corcho hace un fuerte chasquido, José mira hacia arriba y sonríe.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Capitulo 2
Tan joven… y atractivo, muy atractivo. Es alto, está vestido con un fino traje gris, camisa blanca, corbata negra, rebelde cabello e intensos y brillantes ojos grises que me observan sagazmente. Me toma un momento encontrar mi voz.
—Um… de hecho… —murmuro. Si este tipo está en sus treinta entonces estoy completamente sorprendida. Aturdida, pongo mi mano en la suya y nos damos un apretón. Cuando nuestros dedos se tocan, siento un raro y excitante hormigueo recorriéndome. Aparto mi mano apresuradamente, avergonzada. Debe ser la estática. Parpadeo rápidamente, mis pestañas igualando el ritmo de mi corazón—. La Srta. Nara está indispuesta, así que me envió a mí. Espero que no le moleste, Sr. Alfonso.
—¿Y usted es? —Su voz es cálida, posiblemente divertida, pero es difícil saberlo por lo impasible de su expresión. Parece ligeramente interesado, pero más que eso, cortés.
—Paula Chaves. Estoy estudiando Literatura Inglesa con Zai, um… Zaira… um… la Srta. Nara, en la Washington State.
—Ya veo —dice simplemente. Creo que veo el fantasma de una sonrisa en su expresión, pero no estoy segura.
—¿Le gustaría tomar asiento? —Me señala el sofá de cuero blanco con forma de “L”.
Su oficina es demasiado grande para sólo un hombre. Frente a las ventanas que van
desde el piso hasta el techo, hay un enorme escritorio moderno de madera oscura en el
que seis personas podrían comer cómodamente. Hace juego con la mesa de café junto
al sofá. Todo lo demás es blanco: el techo, los pisos y las paredes, excepto aquella
junto a la puerta en la que cuelga un mosaico de pequeñas pinturas, treinta y seis de
ellas arregladas formando un cuadrado. Son exquisitas, una serie de objetos mundanos
y olvidados pintados con detalles tan preciosos que lucen como fotografías. Puestas
juntas, son impresionantes.
—Un artista local. Trouton —dice Alfonso cuando atrapa mi mirada.
—Son adorables. Elevan lo ordinario hasta lo extraordinario —murmuro, distraída por
él y por las pinturas. Inclina su cabeza hacia un lado y me observa atentamente.
—No podría estar más de acuerdo, Srta. Chaves —responde, su voz es suave y por
alguna razón inexplicable, me encuentro a mí misma sonrojándome.
Fuera de las pinturas, el resto de la oficina es fría, limpia y clínica. Me pregunto si eso
refleja la personalidad del Adonis que se hunde con gracia en una de las sillas de cuero
blanco frente a mí. Sacudo la cabeza, alterada por la dirección que toman mis
pensamientos, y recupero las preguntas de Zai de mi cartera. Después, pongo la mini
grabadora y soy tan torpe, que la dejo caer dos veces en la mesa de café enfrente de mí.
El Sr. Alfonso no dice nada, esperando pacientemente —espero— mientras yo me
avergüenzo y me pongo más nerviosa. Cuando me armo de valor para mirarlo, él me
está observando, una mano relajada contra su regazo y la otra ahuecando su barbilla,
deslizando su largo dedo índice a través de sus labios. Creo que está intentando
suprimir una sonrisa.
—Lo lamento —tartamudeo—. No estoy acostumbrada a esto.
—Tómese todo el tiempo que necesite, Srta. Chaves —dice él.
—¿Le molesta si grabo sus respuestas?
—Después de que se ha tomado tantas molestias poniendo la grabadora, ¿me pregunta
ahora?
Me sonrojo. ¿Se está burlando? Eso espero. Parpadeo hacia él, insegura de qué decir, y
creo que le doy lástima porque cede. —No, no me molesta.
—¿Zai, quiero decir, la Srta. Nara, le explicó para qué era la entrevista?
—Sí. Para que aparezca en la publicación de la graduación del periódico escolar dado
que seré quien confiera los diplomas en la ceremonia de graduación de este año.
¡Oh! Estas son noticias nuevas para mí y estoy temporalmente preocupada por el
pensamiento de que alguien no mucho mayor que yo —de acuerdo, quizá seis años o
algo así, y bien, mega exitoso, pero aun así— va a entregarme mi diploma. Frunzo el
ceño, trayendo mi caprichosa atención de vuelta a la tarea que tengo en mano.
—Bien. —Trago nerviosamente—. Tengo algunas preguntas, Sr. Alfonso. —Acomodo un
mechón rebelde de mi cabello tras mi oreja.
—Pensé que las tendría —dice, inexpresivo. Se está riendo de mí. Mis mejillas se
calientan al darme cuenta de eso, me enderezo y cuadro los hombros en un intento de
verme más alta e intimidante. Presionando el botón de grabación en la grabadora,
intento lucir profesional.
—Es usted muy joven para haber acumulado un imperio así. ¿A qué le debe su éxito? —Lo miro. Su sonrisa es triste, pero luce vagamente decepcionado.
—Los negocios son siempre sobre las personas, Srta. Chaves, y soy muy bueno
juzgándolas. Sé qué las enoja, qué las hace prosperar y qué no, qué las inspira y cómo
incentivarlas. Doy empleo a un equipo excepcional y los recompenso bien. —Hace
una pausa y fija una mirada gris en mí—. Mi creencia es conseguir el éxito en
cualquier plan que uno tenga, para convertirse uno mismo en el maestro de dicho plan,
conocerlo por dentro y por fuera, conocer cada detalle. Trabajo duro, muy duro para
hacer eso. Tomo decisiones basadas en la lógica y los hechos. Tengo un instinto
natural que puede descubrir y nutrir una buena y sólida idea y a buenas personas. La
línea final siempre está reducida a las buenas personas.
—Quizá sólo tiene suerte. —Esto no está en la lista de Zai, pero él es tan arrogante.
Sus ojos destellan momentáneamente, sorprendidos.
—No me adhiero a la suerte o a la oportunidad, Srta. Chaves. Entre más duro trabajo
más suerte parezco tener. Realmente se trata de tener a las personas correctas en su
equipo y dirigir sus energías adecuadamente. Creo que fue Harvey Firestone quien dijo “El crecimiento y el desarrollo de las personas es la tarea más importante del
liderazgo”.
—Suena como un controlador. —Las palabras están fuera de mi boca antes de que
pueda detenerlas.
—Oh, practico el control en todas las cosas, Srta. Chaves —dice sin un rastro de humor
en su sonrisa. Lo miro, y él sostiene mi mirada firmemente, imperturbable. Mi pulso se
acelera, y mi cara se sonroja de nuevo.
¿Por qué tiene un efecto tan desconcertante en mí? ¿Su abrumadora y atractiva
apariencia quizás? ¿La forma en que me mira? ¿La forma en que frota suavemente su
dedo índice sobre su labio inferior? Me gustaría que dejara de hacer eso.
—Además, se adquiere un inmenso poder asegurándote a ti mismo en tus fantasías
secretas que naciste para controlar las cosas —continúa, su voz suave.
—¿Siente que tiene un inmenso poder? —Controlador.
—Empleo a alrededor de cuarenta mil personas, Srta. Chaves. Eso me da un cierto
sentido de responsabilidad… poder, si así prefiere. Si decidiera que ya no estaba
interesado en el negocio de las telecomunicaciones y vendo todo, veinte mil personas
lucharían para realizar los pagos de su hipoteca después de aproximadamente un mes.
Me quedo boquiabierta. Estoy pasmada por su falta de humildad.
—¿Y no tiene un comité ante el que responder? —pregunto, disgustada.
—Soy el dueño de mi compañía. No tengo que responder ante un comité. —Levanta
una ceja hacia mí. Me sonrojo. Por supuesto, sabría esto si hubiera hecho algo de
investigación. Pero Dios, es tan arrogante. Cambio de enfoque.
—¿Y tiene intereses fuera de su trabajo?
—Tengo intereses variados, Srta. Chaves. —El fantasma de una sonrisa llega a sus
labios—. Muy variados. —Y por alguna razón, estoy confundida y acalorada por su
firme mirada. Sus ojos están encendidos con algún pensamiento impío.
—Pero si trabaja tan duramente, ¿qué hace para relajarse?
—¿Relajarme? —Sonríe, revelando unos perfectos dientes blancos. Dejo de respirar.
Realmente es guapo. Nadie debería ser así de atractivo.
—Bueno, para “relajarme” como usted dice, navego, vuelo, disfruto de varias
actividades físicas. —Se mueve en su silla—. Soy un hombre muy rico, Srta. Chaves, y
tengo caros e interesantes pasatiempos.
Echo un rápido vistazo a las preguntas de Zai, queriendo salir de este tema.
—Usted invierte en el sector manufacturero. ¿Por qué en ese específicamente? —
pregunto. ¿Por qué me hace sentir tan incómoda?
—Me gusta construir cosas. Me gusta saber cómo funcionan, qué hace que se muevan,
cómo construirlas y desmontarlas. Y adoro los barcos. ¿Qué puedo decir?
—Eso suena como su corazón hablando en lugar de la lógica y los hechos.
Su boca hace una mueca y me mira, evaluándome.
—Posiblemente. Aunque hay gente que diría que no tengo corazón.
—¿Por qué dirían eso?
—Porque me conocen bien. —Sus labios se curvan en una sonrisa torcida.
—¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo? —Y me arrepiento de la pregunta tan
pronto como la digo. No está en la lista de Zai.
—Soy una persona muy privada, Srta. Chaves. Hago mucho para proteger mi
privacidad. No suelo dar entrevistas —termina.
—¿Por qué estuvo de acuerdo en hacer ésta?
—Porque soy benefactor de la Universidad, y a pesar de los intentos, no pude
conseguir que la Srta. Nara me dejara en paz. Acosó y acosó a mi gente de
RRPP, y admiro esa clase de tenacidad.
Sé lo tenaz que Zai puede ser. Ese es el por qué estoy sentada aquí retorciéndome
incómodamente bajo su penetrante mirada cuando debería estar estudiando para los
exámenes.
—También invierte en tecnologías de cultivo. ¿Por qué está interesado en esta área?
—No podemos comer dinero, Srta. Chaves, y hay demasiada gente en este planeta que
no tienen suficiente para comer.
—Eso suena muy filantrópico. ¿Es algo por lo que se siente apasionado? ¿Alimentar a
los pobres del mundo?
Se encoge de hombros, muy evasivo.
—Es un negocio astuto —murmura, aunque creo que no está siendo sincero. No tiene
sentido… ¿alimentar a los pobres del mundo? No puedo ver los beneficios financieros
de esto, sólo la integridad del ideal. Echo un vistazo a la siguiente pregunta, confusa
por su actitud.
—¿Tiene una filosofía? Si la tiene, ¿cuál es?
—No tengo una filosofía como tal. Quizás un principio rector, el de Carnegie: “El
hombre que adquiere la habilidad para asumir plena posesión de su mente puede
tomar posesión de todo lo demás a lo que tiene derecho.” Soy muy singular, tenaz. Me
gusta el control: de mí mismo y de aquellos a mí alrededor.
—¿Así que quiere poseer cosas? —Eres un controlador.
—Quiero merecer poseerlas, pero sí, en pocas palabras, lo hago.
—Suena como el consumidor final.
—Lo soy. —Sonríe, pero la sonrisa no llega a sus ojos. De nuevo esto no concuerda
con alguien que quiere alimentar al mundo, por lo que no puedo evitar pensar que
estamos hablando de otra cosa, pero estoy absolutamente desconcertada en cuanto a lo
qué es. Trago saliva. La temperatura en la habitación está elevándose, o tal vez soy
sólo yo. Sólo quiero que esta entrevista termine. Seguramente Zai tiene suficiente
material ahora, ¿no? Echo un vistazo a la siguiente pregunta.
—Usted fue adoptado. ¿Hasta qué punto cree que eso afectó su forma de ser? —Oh,
esto es personal. Lo miro, esperando que no esté ofendido. Frunce el ceño.
—No tengo modo de saberlo.
Mi interés se ha despertado.
—¿Qué edad tenía cuando fue adoptado?
—Ese es un material de registro público, Srta. Chaves. —Su tono es severo. Me sonrojo,
de nuevo. Mierda. Sí, por supuesto: si hubiera sabido que iba a hacer esta entrevista,
habría hecho alguna investigación. Avanzo rápidamente.
—Ha tenido que sacrificar una vida en familia por su trabajo.
—Esa no es una pregunta. —Es seco.
—Lo siento. —Me retuerzo, y él me hace sentir como si fuera una niña perdida. Lo
intento de nuevo—. ¿Ha tenido que sacrificar una vida en familia por su trabajo?
—Tengo una familia. Tengo un hermano, una hermana y dos padres cariñosos. No
estoy interesado en extender mi familia más allá de eso.
—¿Es usted gay, señor Alfonso?
Inhala fuertemente, y me avergüenzo, mortificada. Mierda. ¿Por qué no empleé alguna
clase de filtro antes de leer esto directamente? ¿Cómo puedo decirle que sólo estoy
leyendo las preguntas? ¡Maldita sea Zai y su curiosidad!
—No Paula, no lo soy. —Eleva las cejas, un brillo frío en sus ojos. No parece
contento.
—Pido disculpas. Está umm… escrito aquí. —Es la primera vez que ha dicho mi
nombre. Mi pulso se acelera, y mis mejillas están ardiendo otra vez. Nerviosa, pongo
mi cabello suelto detrás de la oreja.
Ladea la cabeza hacia un lado.
—¿Estas no son sus propias preguntas?
La sangre se drena de mi cabeza. Oh no.
—Esto… no. Zai, la Srta. Nara, compiló las preguntas.
—¿Son compañeras en el periódico estudiantil? —Oh mierda. No tengo nada que ver
con el periódico estudiantil. Es su actividad extracurricular, no la mía. Mi cara está en
llamas.
—No. Es mi compañera de habitación.
Se frota el mentón en silenciosa deliberación, sus ojos grises evaluándome.
—¿Te ofreciste voluntaria para hacer esta entrevista? —pregunta, su voz mortalmente
tranquila.
Espera, ¿quién se supone que está entrevistando a quién? Sus ojos me queman, y estoy
obligada a contestar la verdad.
—Estaba obligada. Ella no está bien. —Mi voz es débil y apenada.
—Eso explica muchas cosas.
Llaman a la puerta, y la Rubia Número Dos entra.
—Señor Alfonso, perdóneme por interrumpir, pero su siguiente reunión es en dos
minutos.
—No hemos terminado aquí, Andrea. Por favor cancela mi siguiente reunión.
Andrea duda, mirándolo. Parece perdida. Él vuelve la cabeza lentamente para hacerle
frente y levanta las cejas. Ella se ruboriza de un color rosa brillante. Oh bien. No soy sólo
yo.
—Muy bien, Sr. Alfonso —murmura, luego sale. Él frunce el ceño, y vuelve su atención
de nuevo hacia mí.
—¿Dónde estábamos, Srta. Chaves?
Oh, estamos de vuelta al “Srta. Chaves” ahora.
—Por favor no permita que lo interrumpa.
—Quiero saber acerca de usted. Creo que es lo justo. —Sus ojos grises están
encendidos con curiosidad. Doble mierda. ¿Adónde va con esto? Sitúa los codos en los
brazos de la silla y junta los dedos frente a su boca. Su boca… distrae mucho. Trago
saliva.
—No hay mucho que saber —digo, sonrojándome otra vez.
—¿Cuáles son sus planes después de graduarse?
Me encojo de hombros, confundida por su interés. Venir a Seattle con Zai, encontrar un
lugar, encontrar trabajo. Realmente no he pensado más allá de mis exámenes finales.
—No he hecho planes, Sr. Alfonso. Sólo necesito superar mis exámenes finales. —Para los
cuales debería estar estudiando ahora en lugar de estar sentada en tu grandiosa, ostentosa y estéril
oficina, sintiéndome incómoda bajo tu penetrante mirada.
—Llevamos a cabo un programa de pasantías excelente aquí —dice tranquilamente.
Levanto las cejas con sorpresa. ¿Está ofreciéndome un trabajo?
—Oh. Lo tendré en cuenta —murmuro, completamente confundida—. Aunque no
estoy segura de encajar aquí. —Oh no. Estoy reflexionando en voz alta otra vez.
—¿Por qué dice eso? —Ladea su cabeza a un lado, intrigado, un indicio de sonrisa
jugando en sus labios.
—Es obvio, ¿no? —Soy descoordinada, desaliñada, y no soy rubia.
—No para mí —murmura. Su mirada es intensa, todo el humor se ha ido, y extraños
músculos en lo profundo de mi vientre se aprietan de pronto. Aparto los ojos de su
escrutinio y miro ciegamente hacia abajo a mis dedos anudados. ¿Qué está pasando?
Tengo que irme, ahora. Me inclino hacia delante para recuperar la grabadora.
—¿Quiere que le enseñe los alrededores? —pregunta.
—Estoy segura de que está demasiado ocupado, Sr. Alfonso, y tengo que hacer un largo
viaje en coche.
—¿Está conduciendo de vuelta a la WSU en Vancouver? —Suena sorprendido,
preocupado incluso. Mira hacia fuera por la ventana. Ha comenzado a llover—.
Bueno, es mejor que conduzca con cuidado. —Su tono es duro, autoritario. ¿Por qué
debería preocuparse?—. ¿Ha conseguido todo lo que necesita? —añade.
—Sí señor —respondo, guardando la grabadora en mi cartera. Sus ojos se estrechan
especulativamente.
—Gracias por la entrevista, Sr. Alfonso.
—El placer ha sido todo mío —dice, educado como siempre.
Cuando me levanto, él se levanta y me tiende la mano.
—Hasta que nos encontremos de nuevo, Srta. Chaves. —Y suena como un desafío, o
una amenaza, no estoy segura de qué.
Frunzo el ceño. ¿Cuándo vamos a encontrarnos
otra vez? Sacudo su mano una vez más, asombrada de que esa extraña energía entre
nosotros siga ahí. Deben ser mis nervios.
—Sr. Alfonso. —Asiento hacia él. Moviéndose con una ágil elegancia atlética hacia la
puerta, la abre de par en par.
—Sólo asegurándome de que llegue a la puerta, Srta. Alfonso. —Me brinda una pequeña
sonrisa. Obviamente se está refiriendo a mi anterior poco elegante entrada a su oficina.
Me sonrojo.
—Eso es muy considerado, Sr. Alfonso —digo bruscamente, y su sonrisa se ensancha. Me
alegro de que me encuentres entretenida, frunzo el ceño interiormente, caminando hacia el
vestíbulo. Estoy sorprendida cuando me sigue fuera. Andrea y Olivia alzan la vista,
igualmente sorprendidas.
—¿Tiene un abrigo —pregunta Alfonso.
—Sí. —Olivia se levanta de un salto y recupera mi chaqueta, la cual le es arrebatada
por Grey antes de que pueda entregármela. La sostiene y, sintiéndome ridículamente
tímida, me encojo dentro de ella. Alfonso sitúa sus manos por un momento en mis
hombros. Jadeo ante el contacto. Si nota mi reacción, no dice nada. Su largo dedo
índice presiona el botón convocando el ascensor, y permanecemos de pie esperando...
Torpemente por mi parte, fríamente dueño de sí mismo por la suya. Las puertas se
abren, y me apresuro a entrar desesperada por escapar. Realmente necesito salir de aquí.
Cuando me vuelvo para mirarlo, está inclinado contra la puerta junto al ascensor con
una mano en la pared. Realmente es muy, muy atractivo. Es una distracción. Sus
ardientes ojos grises me miran.
—Paula —dice como despedida.
—Alfonso —respondo. Y gracias a Dios, las puertas se cierran
Y LARGAMOS CON EL SEGUNDO CAPITULO!!!! Ah
Los primeros capítulos van a ser un poco "tediosos" pero todo esto así da la gran introducción a lo que es la novela :) Esperamos les guste y no rompan las bolas, ahq.
Quería aclarar, NO vamos a cortar la novela, sino que vamos a dividir los capítulos, no se si entienden. Lo que pasa es que los caps. del libro son mooooy largos entonces nosotras dividimos un capitulo del libro en dos o tres en la nove. Eso.
AH, Y DICE MICA QUE LAS QUIERE y que es muy linda *tos*tos jajaja*saque lo otro* ♥ Jajaja
Comenten acá o en nuestros tw's @soloosoiimica o @paisbrenda
Ahora si, kisses y nos leemos el viernes!!
—Um… de hecho… —murmuro. Si este tipo está en sus treinta entonces estoy completamente sorprendida. Aturdida, pongo mi mano en la suya y nos damos un apretón. Cuando nuestros dedos se tocan, siento un raro y excitante hormigueo recorriéndome. Aparto mi mano apresuradamente, avergonzada. Debe ser la estática. Parpadeo rápidamente, mis pestañas igualando el ritmo de mi corazón—. La Srta. Nara está indispuesta, así que me envió a mí. Espero que no le moleste, Sr. Alfonso.
—¿Y usted es? —Su voz es cálida, posiblemente divertida, pero es difícil saberlo por lo impasible de su expresión. Parece ligeramente interesado, pero más que eso, cortés.
—Paula Chaves. Estoy estudiando Literatura Inglesa con Zai, um… Zaira… um… la Srta. Nara, en la Washington State.
—Ya veo —dice simplemente. Creo que veo el fantasma de una sonrisa en su expresión, pero no estoy segura.
—¿Le gustaría tomar asiento? —Me señala el sofá de cuero blanco con forma de “L”.
Su oficina es demasiado grande para sólo un hombre. Frente a las ventanas que van
desde el piso hasta el techo, hay un enorme escritorio moderno de madera oscura en el
que seis personas podrían comer cómodamente. Hace juego con la mesa de café junto
al sofá. Todo lo demás es blanco: el techo, los pisos y las paredes, excepto aquella
junto a la puerta en la que cuelga un mosaico de pequeñas pinturas, treinta y seis de
ellas arregladas formando un cuadrado. Son exquisitas, una serie de objetos mundanos
y olvidados pintados con detalles tan preciosos que lucen como fotografías. Puestas
juntas, son impresionantes.
—Un artista local. Trouton —dice Alfonso cuando atrapa mi mirada.
—Son adorables. Elevan lo ordinario hasta lo extraordinario —murmuro, distraída por
él y por las pinturas. Inclina su cabeza hacia un lado y me observa atentamente.
—No podría estar más de acuerdo, Srta. Chaves —responde, su voz es suave y por
alguna razón inexplicable, me encuentro a mí misma sonrojándome.
Fuera de las pinturas, el resto de la oficina es fría, limpia y clínica. Me pregunto si eso
refleja la personalidad del Adonis que se hunde con gracia en una de las sillas de cuero
blanco frente a mí. Sacudo la cabeza, alterada por la dirección que toman mis
pensamientos, y recupero las preguntas de Zai de mi cartera. Después, pongo la mini
grabadora y soy tan torpe, que la dejo caer dos veces en la mesa de café enfrente de mí.
El Sr. Alfonso no dice nada, esperando pacientemente —espero— mientras yo me
avergüenzo y me pongo más nerviosa. Cuando me armo de valor para mirarlo, él me
está observando, una mano relajada contra su regazo y la otra ahuecando su barbilla,
deslizando su largo dedo índice a través de sus labios. Creo que está intentando
suprimir una sonrisa.
—Lo lamento —tartamudeo—. No estoy acostumbrada a esto.
—Tómese todo el tiempo que necesite, Srta. Chaves —dice él.
—¿Le molesta si grabo sus respuestas?
—Después de que se ha tomado tantas molestias poniendo la grabadora, ¿me pregunta
ahora?
Me sonrojo. ¿Se está burlando? Eso espero. Parpadeo hacia él, insegura de qué decir, y
creo que le doy lástima porque cede. —No, no me molesta.
—¿Zai, quiero decir, la Srta. Nara, le explicó para qué era la entrevista?
—Sí. Para que aparezca en la publicación de la graduación del periódico escolar dado
que seré quien confiera los diplomas en la ceremonia de graduación de este año.
¡Oh! Estas son noticias nuevas para mí y estoy temporalmente preocupada por el
pensamiento de que alguien no mucho mayor que yo —de acuerdo, quizá seis años o
algo así, y bien, mega exitoso, pero aun así— va a entregarme mi diploma. Frunzo el
ceño, trayendo mi caprichosa atención de vuelta a la tarea que tengo en mano.
—Bien. —Trago nerviosamente—. Tengo algunas preguntas, Sr. Alfonso. —Acomodo un
mechón rebelde de mi cabello tras mi oreja.
—Pensé que las tendría —dice, inexpresivo. Se está riendo de mí. Mis mejillas se
calientan al darme cuenta de eso, me enderezo y cuadro los hombros en un intento de
verme más alta e intimidante. Presionando el botón de grabación en la grabadora,
intento lucir profesional.
—Es usted muy joven para haber acumulado un imperio así. ¿A qué le debe su éxito? —Lo miro. Su sonrisa es triste, pero luce vagamente decepcionado.
—Los negocios son siempre sobre las personas, Srta. Chaves, y soy muy bueno
juzgándolas. Sé qué las enoja, qué las hace prosperar y qué no, qué las inspira y cómo
incentivarlas. Doy empleo a un equipo excepcional y los recompenso bien. —Hace
una pausa y fija una mirada gris en mí—. Mi creencia es conseguir el éxito en
cualquier plan que uno tenga, para convertirse uno mismo en el maestro de dicho plan,
conocerlo por dentro y por fuera, conocer cada detalle. Trabajo duro, muy duro para
hacer eso. Tomo decisiones basadas en la lógica y los hechos. Tengo un instinto
natural que puede descubrir y nutrir una buena y sólida idea y a buenas personas. La
línea final siempre está reducida a las buenas personas.
—Quizá sólo tiene suerte. —Esto no está en la lista de Zai, pero él es tan arrogante.
Sus ojos destellan momentáneamente, sorprendidos.
—No me adhiero a la suerte o a la oportunidad, Srta. Chaves. Entre más duro trabajo
más suerte parezco tener. Realmente se trata de tener a las personas correctas en su
equipo y dirigir sus energías adecuadamente. Creo que fue Harvey Firestone quien dijo “El crecimiento y el desarrollo de las personas es la tarea más importante del
liderazgo”.
—Suena como un controlador. —Las palabras están fuera de mi boca antes de que
pueda detenerlas.
—Oh, practico el control en todas las cosas, Srta. Chaves —dice sin un rastro de humor
en su sonrisa. Lo miro, y él sostiene mi mirada firmemente, imperturbable. Mi pulso se
acelera, y mi cara se sonroja de nuevo.
¿Por qué tiene un efecto tan desconcertante en mí? ¿Su abrumadora y atractiva
apariencia quizás? ¿La forma en que me mira? ¿La forma en que frota suavemente su
dedo índice sobre su labio inferior? Me gustaría que dejara de hacer eso.
—Además, se adquiere un inmenso poder asegurándote a ti mismo en tus fantasías
secretas que naciste para controlar las cosas —continúa, su voz suave.
—¿Siente que tiene un inmenso poder? —Controlador.
—Empleo a alrededor de cuarenta mil personas, Srta. Chaves. Eso me da un cierto
sentido de responsabilidad… poder, si así prefiere. Si decidiera que ya no estaba
interesado en el negocio de las telecomunicaciones y vendo todo, veinte mil personas
lucharían para realizar los pagos de su hipoteca después de aproximadamente un mes.
Me quedo boquiabierta. Estoy pasmada por su falta de humildad.
—¿Y no tiene un comité ante el que responder? —pregunto, disgustada.
—Soy el dueño de mi compañía. No tengo que responder ante un comité. —Levanta
una ceja hacia mí. Me sonrojo. Por supuesto, sabría esto si hubiera hecho algo de
investigación. Pero Dios, es tan arrogante. Cambio de enfoque.
—¿Y tiene intereses fuera de su trabajo?
—Tengo intereses variados, Srta. Chaves. —El fantasma de una sonrisa llega a sus
labios—. Muy variados. —Y por alguna razón, estoy confundida y acalorada por su
firme mirada. Sus ojos están encendidos con algún pensamiento impío.
—Pero si trabaja tan duramente, ¿qué hace para relajarse?
—¿Relajarme? —Sonríe, revelando unos perfectos dientes blancos. Dejo de respirar.
Realmente es guapo. Nadie debería ser así de atractivo.
—Bueno, para “relajarme” como usted dice, navego, vuelo, disfruto de varias
actividades físicas. —Se mueve en su silla—. Soy un hombre muy rico, Srta. Chaves, y
tengo caros e interesantes pasatiempos.
Echo un rápido vistazo a las preguntas de Zai, queriendo salir de este tema.
—Usted invierte en el sector manufacturero. ¿Por qué en ese específicamente? —
pregunto. ¿Por qué me hace sentir tan incómoda?
—Me gusta construir cosas. Me gusta saber cómo funcionan, qué hace que se muevan,
cómo construirlas y desmontarlas. Y adoro los barcos. ¿Qué puedo decir?
—Eso suena como su corazón hablando en lugar de la lógica y los hechos.
Su boca hace una mueca y me mira, evaluándome.
—Posiblemente. Aunque hay gente que diría que no tengo corazón.
—¿Por qué dirían eso?
—Porque me conocen bien. —Sus labios se curvan en una sonrisa torcida.
—¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo? —Y me arrepiento de la pregunta tan
pronto como la digo. No está en la lista de Zai.
—Soy una persona muy privada, Srta. Chaves. Hago mucho para proteger mi
privacidad. No suelo dar entrevistas —termina.
—¿Por qué estuvo de acuerdo en hacer ésta?
—Porque soy benefactor de la Universidad, y a pesar de los intentos, no pude
conseguir que la Srta. Nara me dejara en paz. Acosó y acosó a mi gente de
RRPP, y admiro esa clase de tenacidad.
Sé lo tenaz que Zai puede ser. Ese es el por qué estoy sentada aquí retorciéndome
incómodamente bajo su penetrante mirada cuando debería estar estudiando para los
exámenes.
—También invierte en tecnologías de cultivo. ¿Por qué está interesado en esta área?
—No podemos comer dinero, Srta. Chaves, y hay demasiada gente en este planeta que
no tienen suficiente para comer.
—Eso suena muy filantrópico. ¿Es algo por lo que se siente apasionado? ¿Alimentar a
los pobres del mundo?
Se encoge de hombros, muy evasivo.
—Es un negocio astuto —murmura, aunque creo que no está siendo sincero. No tiene
sentido… ¿alimentar a los pobres del mundo? No puedo ver los beneficios financieros
de esto, sólo la integridad del ideal. Echo un vistazo a la siguiente pregunta, confusa
por su actitud.
—¿Tiene una filosofía? Si la tiene, ¿cuál es?
—No tengo una filosofía como tal. Quizás un principio rector, el de Carnegie: “El
hombre que adquiere la habilidad para asumir plena posesión de su mente puede
tomar posesión de todo lo demás a lo que tiene derecho.” Soy muy singular, tenaz. Me
gusta el control: de mí mismo y de aquellos a mí alrededor.
—¿Así que quiere poseer cosas? —Eres un controlador.
—Quiero merecer poseerlas, pero sí, en pocas palabras, lo hago.
—Suena como el consumidor final.
—Lo soy. —Sonríe, pero la sonrisa no llega a sus ojos. De nuevo esto no concuerda
con alguien que quiere alimentar al mundo, por lo que no puedo evitar pensar que
estamos hablando de otra cosa, pero estoy absolutamente desconcertada en cuanto a lo
qué es. Trago saliva. La temperatura en la habitación está elevándose, o tal vez soy
sólo yo. Sólo quiero que esta entrevista termine. Seguramente Zai tiene suficiente
material ahora, ¿no? Echo un vistazo a la siguiente pregunta.
—Usted fue adoptado. ¿Hasta qué punto cree que eso afectó su forma de ser? —Oh,
esto es personal. Lo miro, esperando que no esté ofendido. Frunce el ceño.
—No tengo modo de saberlo.
Mi interés se ha despertado.
—¿Qué edad tenía cuando fue adoptado?
—Ese es un material de registro público, Srta. Chaves. —Su tono es severo. Me sonrojo,
de nuevo. Mierda. Sí, por supuesto: si hubiera sabido que iba a hacer esta entrevista,
habría hecho alguna investigación. Avanzo rápidamente.
—Ha tenido que sacrificar una vida en familia por su trabajo.
—Esa no es una pregunta. —Es seco.
—Lo siento. —Me retuerzo, y él me hace sentir como si fuera una niña perdida. Lo
intento de nuevo—. ¿Ha tenido que sacrificar una vida en familia por su trabajo?
—Tengo una familia. Tengo un hermano, una hermana y dos padres cariñosos. No
estoy interesado en extender mi familia más allá de eso.
—¿Es usted gay, señor Alfonso?
Inhala fuertemente, y me avergüenzo, mortificada. Mierda. ¿Por qué no empleé alguna
clase de filtro antes de leer esto directamente? ¿Cómo puedo decirle que sólo estoy
leyendo las preguntas? ¡Maldita sea Zai y su curiosidad!
—No Paula, no lo soy. —Eleva las cejas, un brillo frío en sus ojos. No parece
contento.
—Pido disculpas. Está umm… escrito aquí. —Es la primera vez que ha dicho mi
nombre. Mi pulso se acelera, y mis mejillas están ardiendo otra vez. Nerviosa, pongo
mi cabello suelto detrás de la oreja.
Ladea la cabeza hacia un lado.
—¿Estas no son sus propias preguntas?
La sangre se drena de mi cabeza. Oh no.
—Esto… no. Zai, la Srta. Nara, compiló las preguntas.
—¿Son compañeras en el periódico estudiantil? —Oh mierda. No tengo nada que ver
con el periódico estudiantil. Es su actividad extracurricular, no la mía. Mi cara está en
llamas.
—No. Es mi compañera de habitación.
Se frota el mentón en silenciosa deliberación, sus ojos grises evaluándome.
—¿Te ofreciste voluntaria para hacer esta entrevista? —pregunta, su voz mortalmente
tranquila.
Espera, ¿quién se supone que está entrevistando a quién? Sus ojos me queman, y estoy
obligada a contestar la verdad.
—Estaba obligada. Ella no está bien. —Mi voz es débil y apenada.
—Eso explica muchas cosas.
Llaman a la puerta, y la Rubia Número Dos entra.
—Señor Alfonso, perdóneme por interrumpir, pero su siguiente reunión es en dos
minutos.
—No hemos terminado aquí, Andrea. Por favor cancela mi siguiente reunión.
Andrea duda, mirándolo. Parece perdida. Él vuelve la cabeza lentamente para hacerle
frente y levanta las cejas. Ella se ruboriza de un color rosa brillante. Oh bien. No soy sólo
yo.
—Muy bien, Sr. Alfonso —murmura, luego sale. Él frunce el ceño, y vuelve su atención
de nuevo hacia mí.
—¿Dónde estábamos, Srta. Chaves?
Oh, estamos de vuelta al “Srta. Chaves” ahora.
—Por favor no permita que lo interrumpa.
—Quiero saber acerca de usted. Creo que es lo justo. —Sus ojos grises están
encendidos con curiosidad. Doble mierda. ¿Adónde va con esto? Sitúa los codos en los
brazos de la silla y junta los dedos frente a su boca. Su boca… distrae mucho. Trago
saliva.
—No hay mucho que saber —digo, sonrojándome otra vez.
—¿Cuáles son sus planes después de graduarse?
Me encojo de hombros, confundida por su interés. Venir a Seattle con Zai, encontrar un
lugar, encontrar trabajo. Realmente no he pensado más allá de mis exámenes finales.
—No he hecho planes, Sr. Alfonso. Sólo necesito superar mis exámenes finales. —Para los
cuales debería estar estudiando ahora en lugar de estar sentada en tu grandiosa, ostentosa y estéril
oficina, sintiéndome incómoda bajo tu penetrante mirada.
—Llevamos a cabo un programa de pasantías excelente aquí —dice tranquilamente.
Levanto las cejas con sorpresa. ¿Está ofreciéndome un trabajo?
—Oh. Lo tendré en cuenta —murmuro, completamente confundida—. Aunque no
estoy segura de encajar aquí. —Oh no. Estoy reflexionando en voz alta otra vez.
—¿Por qué dice eso? —Ladea su cabeza a un lado, intrigado, un indicio de sonrisa
jugando en sus labios.
—Es obvio, ¿no? —Soy descoordinada, desaliñada, y no soy rubia.
—No para mí —murmura. Su mirada es intensa, todo el humor se ha ido, y extraños
músculos en lo profundo de mi vientre se aprietan de pronto. Aparto los ojos de su
escrutinio y miro ciegamente hacia abajo a mis dedos anudados. ¿Qué está pasando?
Tengo que irme, ahora. Me inclino hacia delante para recuperar la grabadora.
—¿Quiere que le enseñe los alrededores? —pregunta.
—Estoy segura de que está demasiado ocupado, Sr. Alfonso, y tengo que hacer un largo
viaje en coche.
—¿Está conduciendo de vuelta a la WSU en Vancouver? —Suena sorprendido,
preocupado incluso. Mira hacia fuera por la ventana. Ha comenzado a llover—.
Bueno, es mejor que conduzca con cuidado. —Su tono es duro, autoritario. ¿Por qué
debería preocuparse?—. ¿Ha conseguido todo lo que necesita? —añade.
—Sí señor —respondo, guardando la grabadora en mi cartera. Sus ojos se estrechan
especulativamente.
—Gracias por la entrevista, Sr. Alfonso.
—El placer ha sido todo mío —dice, educado como siempre.
Cuando me levanto, él se levanta y me tiende la mano.
—Hasta que nos encontremos de nuevo, Srta. Chaves. —Y suena como un desafío, o
una amenaza, no estoy segura de qué.
Frunzo el ceño. ¿Cuándo vamos a encontrarnos
otra vez? Sacudo su mano una vez más, asombrada de que esa extraña energía entre
nosotros siga ahí. Deben ser mis nervios.
—Sr. Alfonso. —Asiento hacia él. Moviéndose con una ágil elegancia atlética hacia la
puerta, la abre de par en par.
—Sólo asegurándome de que llegue a la puerta, Srta. Alfonso. —Me brinda una pequeña
sonrisa. Obviamente se está refiriendo a mi anterior poco elegante entrada a su oficina.
Me sonrojo.
—Eso es muy considerado, Sr. Alfonso —digo bruscamente, y su sonrisa se ensancha. Me
alegro de que me encuentres entretenida, frunzo el ceño interiormente, caminando hacia el
vestíbulo. Estoy sorprendida cuando me sigue fuera. Andrea y Olivia alzan la vista,
igualmente sorprendidas.
—¿Tiene un abrigo —pregunta Alfonso.
—Sí. —Olivia se levanta de un salto y recupera mi chaqueta, la cual le es arrebatada
por Grey antes de que pueda entregármela. La sostiene y, sintiéndome ridículamente
tímida, me encojo dentro de ella. Alfonso sitúa sus manos por un momento en mis
hombros. Jadeo ante el contacto. Si nota mi reacción, no dice nada. Su largo dedo
índice presiona el botón convocando el ascensor, y permanecemos de pie esperando...
Torpemente por mi parte, fríamente dueño de sí mismo por la suya. Las puertas se
abren, y me apresuro a entrar desesperada por escapar. Realmente necesito salir de aquí.
Cuando me vuelvo para mirarlo, está inclinado contra la puerta junto al ascensor con
una mano en la pared. Realmente es muy, muy atractivo. Es una distracción. Sus
ardientes ojos grises me miran.
—Paula —dice como despedida.
—Alfonso —respondo. Y gracias a Dios, las puertas se cierran
Y LARGAMOS CON EL SEGUNDO CAPITULO!!!! Ah
Los primeros capítulos van a ser un poco "tediosos" pero todo esto así da la gran introducción a lo que es la novela :) Esperamos les guste y no rompan las bolas, ahq.
Quería aclarar, NO vamos a cortar la novela, sino que vamos a dividir los capítulos, no se si entienden. Lo que pasa es que los caps. del libro son mooooy largos entonces nosotras dividimos un capitulo del libro en dos o tres en la nove. Eso.
AH, Y DICE MICA QUE LAS QUIERE y que es muy linda *tos*tos jajaja*saque lo otro* ♥ Jajaja
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